Capítulo 8 #7
—Entonces es probable que te pases el resto del día encerrado con él —sugirió Johnny con sequedad—.
Es muy consciente de la magnitud de sus responsabilidades, y tu Galah será un regalo del cielo, ya que su mando total en esta estación consiste en el viejo Calliope y tres pequeñas balandras.
Pero te llevaré a su residencia oficial.
Giremos a la izquierda y bajemos la colina.
Iban charlando mientras caminaban juntos a paso ligero por la polvorienta y soleada calle hacia la cala de Sídney.
Cuando por fin se detuvieron frente a la imponente residencia de piedra del capitán Skinner, Red sentía que, al menos en lo que tenía que ver con su hermano, una parte del abismo de los años se había salvado.
En la puerta principal, custodiada por un centinela marino uniformado, Johnny le tendió la mano.
—Supongo que irás a visitar a los De Lancey cuando termines aquí, ¿no?
—Ni siquiera esperó la respuesta de Red.
Le estrechó la mano con cordialidad y con una sonrisa burlona en los labios—.
Magdalen De Lancey es una chica encantadora, Red.
Al igual que nuestra hermanita Jenny, podría elegir entre los solteros más codiciados de Sídney, pero, por alguna razón, no parece haber mostrado preferencia por ninguno. ¿Crees que tú podrías ser ese motivo?
Red le devolvió la sonrisa.
—Eso espero —admitió—, pero aún tengo que averiguarlo.
Se tocó el sombrero en señal de reconocimiento al saludo del centinela. Enseguida, la puerta se abrió para dejarlo pasar y presentarse ante el capitán John Skinner.
—Ah, comandante Broome… —El corpulento capitán de navío, de rostro rubicundo, no respondió al saludo indeciso de su visitante y le indicó con impaciencia que se sentara.
Sin preámbulos, fue al grano—. Cuando usted entró en el puerto, un compromiso me impidió subir a bordo.
Pero no retrasaré mi… inspección oficial.
Supongo que usted y la tripulación de su barco estarán preparados para recibirme mañana por la mañana, ¿no es así?
Sorprendido por lo inesperado del aviso, Red se las ingenió para ocultar sus sentimientos. Sabía que tendría que reparar el barco de inmediato, lo que probablemente le impediría hacer la planeada visita a los De Lancey, pero…
—Por supuesto, señor —respondió con moderación—. Si ese es su deseo, estaremos listos para recibirlo.
—Bien —aprobó el capitán Skinner. Seleccionó un cigarro de una caja que tenía al alcance de la mano, lo encendió y se repantigó en su sillón—.
Ahora, cuénteme cómo ha ido el viaje. Quizá pueda explicarme la ausencia del nuevo superintendente de astillero que venía con usted.
¿Lucas? Así se apellida, ¿verdad? ¿El capitán Benjamin Lucas?
Está bien, está bien —dijo cuando vio a Red dudar—.
No quiero un informe oficial todavía, eso puede esperar.
Solo quiero saber por qué no está aquí. Me han dicho que se ha puesto enfermo. ¿Es cierto?
—Sí, señor, así es —confirmó Red mientras se preguntaba cómo su interrogador se había enterado de la ausencia de Lucas, a pesar de que un compromiso anterior y, por lo visto, más importante le había impedido embarcar la víspera en el Galah.
Con voz monótona y bien controlada, Red comenzó su explicación.
—El capitán Lucas enfermó de gravedad, señor, mientras aún estábamos en latitudes meridionales. Sufrió una infección pulmonar y, supongo, una neumonía. Mi barco solo cuenta con un joven ayudante médico sin experiencia. Él hizo todo lo que pudo y yo lo ayudé hasta el límite de mi capacidad, pero…
El capitán Skinner lo interrumpió con un movimiento impaciente de su cigarro.
—¿Así que decidió dirigirse a Perth, en Australia Occidental, para que el capitán pudiera recibir tratamiento médico especializado?
Red asintió.
—En efecto, señor. Dada la gravedad del estado del capitán Lucas, me pareció que era la única opción posible. Yo…
Skinner volvió a silenciarlo.
—Pero ¿usted decidió, por su propio arbitrio, desembarcarlo en Fremantle junto con su esposa y en contra de sus deseos?
Red lo miró con fijeza y frunció el ceño, cada vez más convencido de que a su nuevo superior le habían contado una versión distorsionada de los hechos. Se tensó.
—Por consejo del médico del puerto de Fremantle, el capitán Lucas fue trasladado al hospital de la ciudad de Perth, señor.
—¿En contra de los deseos del capitán, comandante Broome?
—preguntó un Skinner acusador—, ¿y de los de la señora Lucas?
—Antes de que Red pudiera responder, sacó unos folios de una carpeta que tenía sobre su escritorio.
Seleccionó uno y lo colocó boca arriba entre los demás.
La letra redondeada e infantil era la de Dora Lucas.
Sin darle tiempo a leer más que la primera frase, el capitán Skinner volvió a coger la carta—.
En esta carta, que me ha entregado esta mañana uno de sus oficiales, la señora Lucas formula ciertas acusaciones perjudiciales contra usted, comandante.
Dichas acusaciones han sido confirmadas por el oficial en cuestión, y lo ha hecho por escrito.
—¿Ha sido el teniente De Lancey? —preguntó Red, que apretaba los labios iracundo.
—Ah, ¿así que está al tanto de las quejas del teniente De Lancey? —preguntó Skinner con tono desafiante—. Es obvio que también debe saber que es hijo de uno de nuestros ciudadanos más respetados, el juez De Lancey.
—Sí, señor, lo sé. —Red trataba de contener su creciente ira.
No estaba preparado para ese movimiento de Francis De Lancey, pero reflexionó con ironía que, dadas las circunstancias, quizá no debería haberlo estado.
El chico tendría miedo de contarle a su padre la verdad.
Y aún más miedo tendría de confesar que había intentado renunciar a su cargo sin una buena razón y abandonar su carrera en la marina. Aun así…
Empezó a hablar, pero, una vez más, el cigarro a medio fumar del capitán Skinner describió un círculo autoritario.
—Ha sido una buena idea que decidiera venir a verme, comandante Broome —observó—.
Aquí, en la intimidad de mi despacho, podremos hablar del asunto entre nosotros, ¿no es así?
Escucharé su versión de este, mmm, desafortunado asunto y luego decidiré si es necesario llevar a cabo una investigación oficial al respecto.
Como sin duda comprenderá, se han presentado graves acusaciones contra usted.
De demostrarse, me obligarán a relevarlo de su mando.
No tomaré esa decisión a la ligera, puede estar seguro…
, y no haré nada hasta que haya inspeccionado el Galah y comprobado por mí mismo el estado, mmm, moral de sus oficiales y la tripulación del barco.
Por eso, tengo la intención de hacer mi inspección sin demora.
A Red le costó mucho no explotar de indignación. Lo consiguió de alguna manera y preguntó con voz inexpresiva:
—¿Puedo saber qué acusaciones ha formulado contra mí el teniente De Lancey, señor?
El pequeño y corpulento capitán dudó un momento. Hojeó los papeles que tenía delante con el ceño fruncido en señal de reflexión.
—Bueno —dijo sin dejar de fruncir el ceño—, las más graves las formula la señora Lucas.
Afirma que usted intentó abusar de ella después de que el capitán Lucas enfermara y la mujer se quedara desprotegida.
Afirma que, en consecuencia, buscó la protección del teniente De Lancey, pero que, cuando este intentó acudir en su ayuda, usted lo hizo arrestar.
—Su ceño se apretó aún más mientras pasaba la página y seguía leyendo—.
Ejem… Debo confesar que esto es una lectura condenatoria, comandante Broome.
La señora Lucas escribe que usted ordenó que su marido fuera desembarcado sin su consentimiento y que, cuando ella se lo recriminó, usted la hizo desembarcar por la fuerza. Usted…
—No fue sin su consentimiento, señor —protestó Red—. El capitán Lucas solicitó, de manera muy específica, que su esposa permaneciera en Perth con él.
—¿Niega la acusación de que usted la ha obligado a prestarle atención, comandante?
—Con rotundidad, señor. No hay nada de cierto en eso, le doy mi palabra.
—Mmm… Bien, tomo nota de su garantía. La señora es joven, ¿no es así? —El capitán Skinner hizo una pausa y levantó la vista de los papeles para encontrarse con la mirada indignada de Red—. ¿Más joven que el capitán Lucas?
—Sí, mucho más joven, señor. Pero eso no significa que yo…
—Exacto, comandante Broome. Ah, hay un cargo más.
Permítame encontrar el comunicado. Verá…
Sí, aquí está. Se trata de una carta que, según creo, ha escrito el capitán Lucas de su puño y letra y está dirigida al secretario de Sus Señorías del Almirantazgo.
Debo suponer que el capitán Lucas tenía la intención de enviarla por correo, pero, debido a su enfermedad, no ha podido hacerlo.
Skinner leyó con lentitud la carta y a Red se le iba encogiendo el corazón. Podía adivinar el contenido con certeza. Lucas la habría escrito al comienzo del viaje del Galah, por supuesto, cuando Red le anunció por primera vez su intención de seguir el principio de la navegación ortodrómica.
Escuchó. Su aprensión iba en aumento a medida que Skinner seguía leyendo.
Lucas también mencionaba la persecución del barco negrero y, con el estilo pedante que caracterizaba al capitán ingeniero, describía las acciones de Red y las decisiones que había tomado, que parecían, como mínimo, irresponsables.
Pero Lucas no parecía tener ninguna intención de enviar esa carta; la habría escrito al calor del momento.
Dora, quizá cuando hacía las maletas antes de desembarcar, debió de encontrarla y verla como un arma útil.
—¿Y bien, comandante? —preguntó el capitán Skinner—. ¿Qué tiene que decir al respecto, si me permite preguntárselo?
Red contuvo un suspiro de exasperación.