Capítulo 8 #6
—Él cree que sí, padre. Tiene que ver con una mujer, de la que el joven idiota se ha enamorado como un tonto —admitió Red—.
Para serte franco, no lo echaré mucho de menos si se marcha.
Me parece que no está hecho para el servicio.
Y tengo un joven oficial muy prometedor al que puedo ascender a ese puesto, pero…
—Se encogió de hombros—. Siento que a su familia le debo intentar retenerlo, si es posible.
—Nunca vale la pena conservar a un oficial que no está comprometido con su carrera naval —observó Justin.
Empezó a llenar su pipa, la encendió y, cuando estuvo satisfecho con el tiro, continuó—: Has dicho que habías dejado en el hospital de Perth a mi sustituto como superintendente del astillero, Red. ¿Estaba muy mal?
—El capitán Lucas padecía una infección pulmonar. Estaba muy enfermo antes de nuestra llegada a Fremantle, pero creo que lo peor ya había pasado cuando lo desembarcamos. Los médicos parecían esperanzados de que se recuperara con la ayuda del tiempo y el descanso.
—¿Y su esposa?
—Está con él. —Red se esforzó por mantener la voz tranquila, pero Johnny, con un brillo en los ojos, se aferró a esa breve noticia.
—¿Ella es la razón por la que el joven De Lancey quiere renunciar, Red?
—preguntó—. ¿Es por eso que…? —Su padre levantó una mano admonitoria y lo hizo callar—.
Está bien, papá, no estoy tratando de entrometerme.
Admito que he sentido curiosidad porque…
Bueno, hace unos meses tuvimos aquí al hermano mayor de Francis, que venía de la India con un permiso.
Will De Lancey es oficial del Tercer Regimiento de Dragones Ligeros de Su Majestad y rara vez he conocido a un tipo más agradable.
Tiene el corazón en el lugar correcto, aunque estuvo a punto de perder el juicio por nuestra hermanita Jenny.
—Dedicó una afable sonrisa a su hermana, que, avergonzada, se ruborizó y dejó la taza con un estruendo—.
Pero eso no le impidió volver a Calcuta cuando se le acabó el permiso, ¿verdad, Jenny?
—Yo no le di alas a Will —replicó Jenny indignada—. ¿Cómo puedes decir algo así?
Johnny parecía dispuesto a discutir con ella, pero, una vez más la mano levantada de su padre lo silenció. Jenny seguía ruborizada. Se levantó y recogió la bandeja del café.
—Tengo trabajo que hacer, aunque tú no —dijo con tono incisivo, y se dirigió hacia la salida. Johnny se puso de pie de un salto y se apresuró a abrir la puerta. Le dio un rápido beso en la mejilla, a modo de disculpa, antes de volver a sentarse.
—Jenny podría tener a cualquier hombre de Sídney que le gustara —le dijo a Red—, pero el que le gusta pasa todo el tiempo en el interior, en Pengallon, tal vez buscando oro. En cualquier caso, casi nunca lo vemos.
Red frunció el ceño, tratando de recordar.
—¿Te refieres al hijo de los Tempest? Rick y Katie tuvieron un hijo, ¿no?
Johnny asintió.
—Sí, así es, Edmund Tempest. Un tipo bastante agradable, pero con un temperamento un poco bucólico, en mi humilde opinión.
En cambio, Will De Lancey… ¡Ese sí que es un futuro general!
Se cubrió de gloria en la reciente guerra contra los sijes en el Punyab, hazaña que incluso fue mencionada en los despachos, y fue elogiado por Lord Cough en persona.
Volvió como capitán del Noveno Regimiento de Lanceros sin haber tenido que comprar el nombramiento.
Es curioso que su hermano sea tan diferente, pero supongo que las mujeres pueden volvernos locos a todos.
—Nunca se les debería permitir viajar a bordo de buques de guerra —intervino Justin pensativo—, y menos aún en viajes largos. Eso es buscarse problemas. —Miró a Red—. ¿Puedo suponer que ha sido la esposa del capitán Lucas de quien el joven Francis De Lancey se ha enamorado?
—Por desgracia, sí —confirmó Red—. Ella y Francis tienen la misma edad, mientras que Lucas es lo bastante mayor como para ser su padre.
No profundizó en el tema. Su padre tampoco lo presionó, pero dijo con un poco de cansancio:
—Así que tendré que seguir en el astillero un poco más. ¡Maldita sea, tenía deseos de jubilarme!
—No pareces estar listo para jubilarte —protestó Red.
—Estoy a punto de cumplir sesenta años, Red —le recordó su padre—.
Y el astillero está diseñado para dar servicio a barcos de vapor y repararlos.
En un futuro muy próximo, el vapor sustituirá a la vela en la Armada de Su Majestad y los ingenieros como tu capitán Lucas estarán más capacitados que yo para el comando en la isla Cockatoo.
Ya se están construyendo barcos de vapor con ruedas laterales y de popa.
Los usarán en trabajos costeros y fluviales, así como para repartir el correo por aquí.
Si los nuevos yacimientos de oro de la zona del puerto Phillip resultan tan ricos como sugieren las previsiones, tendremos cientos de barcos de vapor procedentes de Inglaterra y los Estados Unidos.
Corre el rumor de que el Great Britain podría estar listo, ¡y es un vapor con casco de hierro y de más de tres mil toneladas!
Tres mil quinientas, creo. Cierto es que también está equipado para navegar a vela, pero estamos viendo las señales, Red.
Tienes suerte de estar al mando de un symondite como el Galah.
—¿Y qué hay de los clíperes estadounidenses, señor?
—preguntó Johnny—. Hace unas semanas entrevisté para el periódico a un buscador de oro yanqui.
Me contó que había hecho la travesía de Nueva York a San Francisco, rodeando el Cabo de Hornos, en un clíper diseñado por un tal Donald McKay en un astillero de Boston.
Afirmaba que había hecho la travesía en noventa y siete días, cuando lo mejor que podían lograr los barcos de vapor era algo así como ciento cuarenta.
¿No es eso una prueba de que el vapor no sustituirá a la vela durante muchos años?
—Quizás sea así en viajes largos —admitió Justin— y mientras haya suministros de carbón en todos los puertos de escala.
Si los barcos de vapor han de transportar carga, no podrán llevar, además, el carbón necesario para un viaje largo.
—Suspiró—. No quisiera ver el día en que los veleros cedan el paso a barcos de vapor escupidores de humo, Dios lo sabe, y menos aún en la Marina Real.
Pero, a pesar de todo, me temo que ese día llegará.
Durante un rato más entablaron una discusión amistosa. Entonces, Red, después de haber echado un vistazo al reloj de la repisa de la chimenea, se levantó para marcharse.
—Tengo que visitar al gobernador —le dijo a su padre—, y también al capitán Skinner.
Después, si Skinner no me ha retenido y me queda tiempo, intentaré ver al juez De Lancey.
¿Y vosotros, Jenny, Johnny y tú, me daréis el gusto de acompañarme a cenar mañana a bordo del Galah ?
Me gustaría mostraros el barco como es debido y presentaros a mis oficiales, si tenéis tiempo.
Su padre lo recompensó con una sonrisa de satisfacción.
—Estaremos encantados de cenar contigo, Red. De hecho, será un placer, te lo aseguro. No puedo expresarte el gusto que nos da tenerte de vuelta.
Se despidieron con mucho afecto. Johnny acompañó a su hermano hasta la puerta de la calle.
—El gobernador está en Parramatta, Red —le advirtió—.
Si quieres verlo en persona, tendrás que ir allí.
¿Sabes que perdió a su esposa hace cuatro años?
Salían de la Casa de Gobierno en Parramatta para venir aquí, en su carruaje, cuando los caballos se desbocaron.
La pobre Lady Fitzroy murió en el acto. Su Excelencia sufrió heridas graves, por lo que aún hoy sigue un poco lisiado.
El accidente le destrozó el corazón. Pasa más tiempo en Parramatta que aquí y deja la mayor parte de la administración en manos del secretario de la colonia, Deas Thomson, y del Consejo Legislativo.
Deberías intentar ver a Deas Thomson si puedes.
Es un hombre muy capaz y agradable. —Se quedó sosteniendo la puerta con una amplia sonrisa—.
Como ha dicho papá, me alegro de que hayas vuelto a casa, Red.
—En tu caso, no estaba seguro de que mi regreso fuera motivo de celebración, John —confesó Red. Sentía la necesidad de desahogarse con su hermano y, de ser posible, averiguar el motivo de su resentimiento inicial—. Parecías…, ¿cómo decirlo?, un poco distante.
—Cauteloso, hermano —corrigió Johnny—. Ha pasado mucho tiempo y has estado viviendo en un mundo diferente al del resto de nosotros.
Temía que hubieras cambiado. No quisiera ser demasiado directo, pero temía que te hubieras vuelto más británico que australiano.
Y luego está lo de mamá, por supuesto. Te echaba mucho de menos y, maldita sea, ¡estuviste alejado!
Incluso cuando la pobre se estaba muriendo, era a ti a quien quería a su lado.
Ninguno de nosotros significaba tanto para mamá, lo sabes, ni siquiera papá.
Red sintió como si le hubieran clavado un cuchillo en el corazón.
Sabía que no podía defenderse; las acusaciones de Johnny estaban justificadas.
Había dejado que la ambición lo dominara, había antepuesto el avance de su carrera naval a la lealtad familiar y a los lazos que lo unían a la tierra que lo vio nacer.
—Me declaro culpable —dijo con pesar—, y no hay nada que pueda hacer para volver atrás, ¿verdad? No en lo que respecta a mamá. Solo puedo decirte que no sabía que estaba enferma, ni mucho menos que se estaba muriendo. Sus cartas nunca me lo insinuaron.
—No —admitió Johnny—, ella no quería que lo supieras. —Extendió una mano para agarrar el brazo de su hermano—. Mira, voy a acompañarte, ¿te parece? Así podremos hablar. ¿Cuál es tu primera parada, la Casa de Gobierno?
Red se puso a caminar a su lado.
—No, si el gobernador no está. Creo que será mejor que vaya a presentar mis respetos a nuestro oficial naval de mayor rango, el capitán Skinner.