Capítulo 8 #5
—Son hombres libres, Red —respondió su padre con un gesto de resignación—, no convictos a los que se les pueda asignar un trabajo determinado.
Cuando llegan aquí y se enteran de que hay oro, muy pocos siguen dispuestos a firmar como trabajadores agrícolas, incluso aunque se les ofrezca un salario alto y casa para sus familias.
Muchos de los grandes terratenientes se están viendo obligados a sacrificar ovejas y ganado por no tener quien los cuide.
Y si consiguen esquilar sus ovejas, no pueden transportar la lana al mercado, ya que los carros de bueyes se utilizan para llevar suministros a las excavaciones.
Y en Sídney no se puede comprar un caballo ni por amor ni por dinero.
—Algunos terratenientes están haciendo caudal —intervino Johnny con un tono de desaprobación en la voz—.
De hecho, se están forrando; entre ellos, William Charles Wentworth, cuyo nombre no te resultará desconocido.
Una de las principales explotaciones mineras se encuentra en sus tierras, en el valle Frederick, por la carretera que va de Orange a Bathurst. Cuando estuve allí hace un par de semanas, en una zona de menos de una milla a lo largo del arroyo había más de seiscientos hombres excavando y lavando oro.
Estaban viviendo en condiciones de considerable incomodidad: en chozas de corteza y tiendas de lona, y la mayoría de ellos obtenían dos o tres libras de oro al día, según me dijeron.
Libras esterlinas, claro está. Un afortunado calculó que había obtenido trescientas libras en pepitas que desenterró de la arcilla.
La más grande pesaba casi cuatro libras.
Lo vi cuando la estaba pesando y te aseguro que no exageraba.
Algunos no han tenido tanta suerte, pero…
Se marchan sin más o, si no tienen con qué pagar las licencias de prospección, que cuestan treinta chelines al mes, se ofrecen para trabajar con los que se han hecho ricos.
—¡Dios mío! —exclamó Red—. No es de extrañar que la mano de obra sea tan cotizada en las granjas de ovejas. ¿Y qué hay del tío Rick, padre?, ¿ha encontrado oro en sus tierras? Están en el valle del Macquarie, ¿no?
—Así es —confirmó Justin—, y estoy seguro de que lo ha hecho. Pero hace mucho que no sé nada de él, Red.
—¿No estabais asociados? —preguntó Red mientras le venían los recuerdos—. La tierra en…, ¿cómo se llama?, ¿Pengallon, no? Seguro que al principio era tuya.
—La concesión original era mía, pero no podía permitirme mantenerla —confesó Justin—. Dejé que Rick comprara mi parte. Yo estaba en la mar; no tenía tiempo para hacer de agricultor.
—Papá no es un hombre codicioso, Red —le recordó Johnny.
Red alcanzó a notar un tono peculiar en la voz de su hermano, aunque su expresión mientras miraba a su padre al otro lado de la mesa era de tolerancia, incluso de extraño orgullo—.
No ansía riqueza ni honores, ni siquiera una recompensa justa por sus logros.
Pero tú eres ambicioso, ¿no es así, hermano?
¿Lo bastante ambicioso como para conseguirlo?
Red se volvió hacia él con una punzada de dolor, pero, antes de que pudiera responder, su hermana Jenny se levantó decidida.
—Pensé que tomaríamos el café en el salón —anunció, y deslizó su brazo bajo el de su hermano mayor—, y os confieso que ya he oído suficiente sobre la fiebre del oro.
Parece que es el único tema de todo el mundo estos días.
Quiero oír las noticias de Red, las noticias de Inglaterra y…
Ay, Red, ¿qué hay de Timothy, nuestro primo Timothy?
No lo has traído contigo, pero es uno de tus oficiales, ¿no?
—Sí —asintió Red—, es mi primer teniente. Está visitando a los Dawson. Tim…
—¿Y Francis De Lancey? —insistió Jenny.
Red contuvo un suspiro. Francis había sido rebelde e intratable desde que el Galah zarpara de Fremantle.
Red había intentado, Dios sabe cuánto lo había intentado, hacer entrar en razón al chico, pero su fracaso había sido estrepitoso.
Francis hacía sus deberes con hosca indiferencia.
Un día antes de que el barco atracara en el puerto, había solicitado una entrevista para anunciar que tenía la intención de abandonar el servicio lo antes posible.
Por derecho, tendría que haber sido juzgado por un tribunal militar, lo que casi con toda seguridad habría supuesto su expulsión.
Sin embargo, por el bien de su familia, Red había sido indulgente.
Y ya que albergaba la esperanza que el padre de Tim, el juez De Lancey, ejerciera alguna influencia sobre el chico, le había dado permiso para visitar a su familia.
—Lamento decir que Francis quiere poner fin a su carrera naval —respondió con cautela—. Y, como no he podido convencerlo de que cambie de opinión, le he dicho que vaya a Newcastle a hablar con su padre. Le…
—Pero el juez De Lancey está aquí —interrumpió Jenny—, y también la tía Rachel.
Han renunciado a su propiedad en Broadmeadows y viven en su casa de antes, detrás de las oficinas del juez en la calle Macquarie.
Dicen que es una jubilación, pero ambos están muy activos…
¡En particular, la tía Rachel! —Miró a su padre, sonriendo, y él le devolvió la sonrisa.
—Activa es decir poco en el caso de tu tía Rachel —dijo Justin—.
Cría caballos de pura sangre, Red, y tiene una magnífica cuadra de carreras a las afueras de Parramatta.
Y su señoría, el tío George, sigue en el Consejo Legislativo y es un miembro destacado de la Asociación Pastoral del señor Wentworth, así como del Comité para la Reforma Constitucional.
Red aceptó una taza de café de Jenny y se sentó junto a la ventana, que ofrecía una magnífica vista de la bahía Rose y del puerto, más allá.
—¿Magdalen también está en Sídney? —preguntó a su hermana con una deliberada informalidad.
Jenny no se dejó engañar y su sonrisa se hizo más grande. Habló en tono burlón:
—Por supuesto que sí. Estuve con ella en casa de Abigail Dawson hace una semana, y me contó que te había visto en Londres.
Creo que debiste causarle una gran impresión, Red, porque se mostró muy contenta cuando le dije que estábamos esperando tu regreso y que llegarías al mando de tu propio barco. De hecho, hablamos mucho de ti.
Red imitó su tono ligero.
—Como la hermanita leal que eres, espero que le hayas cantado mis alabanzas —respondió.
—No pude hacerlo, ya que hacía mucho tiempo que no te veía. Pero Magdalen sí te había visto. Me aseguró que estabas convertido en un joven muy agradable, un orgullo para el servicio superior de Su Majestad y para Australia.
—¿De verdad? —Red se rio—. Me cuesta creerlo.
Pero, mientras sorbía el café y prestaba media oreja a una disputa amistosa entre Johnny y su padre sobre la nueva constitución propuesta para la colonia, pensaba que Magdalen De Lancey le había causado una profunda y duradera impresión.
No podía negarlo: era una chica de singular hermosura, con el color oscuro de su padre y la figura esbelta y elegante de su madre, la tía Rachel, y tenía los ojos azules de los Broome; ojos que brillaban cautivadores cuando ella se divertía o se emocionaba, recordó él con una emoción que le aceleró el pulso.
Red había estado en Londres como ayudante de Sus Señorías del Almirantazgo después de que su barco, el Thetis, fuera desguazado.
Él y Magdalen se habían conocido por casualidad en un baile celebrado en la embajada portuguesa; un acontecimiento memorable, según recordaba él.
Le debía la invitación a su antiguo capitán, sir Danvers Mundy, que había prestado servicios al gobierno portugués durante la estancia del Thetis con la Flota Mediterránea.
Lo último que Red esperaba era encontrarse con alguien conocido en una ocasión tan formal. Pero… se encontró con Magdalen.
La moza había acudido acompañando a uno de sus tíos escoceses, el general Donaldson, un distinguido veterano de la campaña peninsular.
El resto de los invitados eran tan mayores como el tío de Magdalen.
Según recordaba Red, cuando comenzó el baile, el general miró a su alrededor, lo llamó con un gesto imperioso y lo invitó a bailar con su sobrina.
Luego, revelados sus nombres, los dos se habían sentido tan sorprendidos como encantados.
Durante el resto de su demasiado breve permiso en tierra, Red había visitado casi a diario la casa de los Donaldson en la plaza Belgrave, dispuesto y ansioso por acompañar a Magdalen siempre que ella le concedía ese privilegio.
El general y su amable y voluptuosa esposa los llevaron a las carreras de Ascot, a una regata en el río Henley y al teatro.
Acudieron también a una recepción ofrecida por el regimiento del general en conmemoración de una de las famosas batallas de la campaña peninsular en la que se había ganado sus laureles.
De haber tenido más tiempo, el noviazgo se habría vuelto serio, pero…
El permiso había terminado y Red tenía que volver a la mar, recordó acongojado.
Magdalen se marchó de la plaza Belgrave poco después y se embarcó en el viaje de regreso a Sídney.
Las mutuas promesas de escribirse se vieron frustradas por el tiempo, la distancia y los caprichos del servicio postal.
Él había recibido una carta de ella, enviada desde Cabo, pero era breve y evasiva, y…
Cruzó la mirada con Johnny y se sonrojó.
—Tengo intención de visitar a los De Lancey —afirmó a la defensiva—. Además de que deseo renovar mi amistad con Magdalen, está la cuestión de Francis y su idea de dejar el servicio y mi barco. Tendré que hablar con su padre al respecto.
Justin captó el último comentario y preguntó con gravedad:
—¿Tiene el muchacho una buena razón?