Capítulo 8 #2
—El capitán viene de vuelta. Y supongo que… —Cerró la boca y se protegió los ojos del resplandor—. Sí, hay una mujer con él, y también dos jóvenes blancos, ¿los ves? Me pregunto qué significará eso.
—Podrían ser visitantes —sugirió Mercy con incertidumbre—. Amigos suyos, Luke. El viejo Saleh ha dicho que su amo conoce a la gente de la misión.
—O pasajeros —corrigió Luke—. Hay baúles y algunas piezas de equipaje en dos de las canoas.
Quizá viajen con nosotros a Sídney. —Sus ojos se iluminaron con un destello de esperanza—.
¡Espero por Dios que así sea! Y espero que tengan prisa por llegar a su destino.
No podría soportar otra larga demora mientras Van Buren regatea con los nativos.
¡Jasper Morgan podría haberse ido al infierno sin que hayamos conseguido llegar a Sídney!
Mercy había estado acariciando la esperanza de hacer lo que los marineros llamaban «una escapada».
Claus la llevaba a tierra en la mayoría de los puertos en los que hacían escala y ella había disfrutado mucho de esas experiencias, pero, por lealtad a Luke y su misión, no dijo nada.
No quiso enfadarlo. Sin embargo, veía acercarse las canoas con el gesto ensombrecido.
Se movían a gran velocidad, deslizándose sobre las tranquilas aguas azules, con los fuertes brazos de los remeros agitándose al ritmo de un canto melodioso.
Ahora, al verlas de cerca, Mercy pudo notar que la mujer blanca, sentada al lado de Claus en la canoa más adelantada, era delgada y tenía el pelo gris.
Iba vestida con sobriedad: falda oscura, blusa blanca almidonada y sin sombrero.
Su pequeño y agraciado rostro estaba muy bronceado, como si pasara mucho tiempo al aire libre o…
hasta con los maoríes en sus canoas. Sin duda, viajar así era su elección, ya que la lancha del barco en la que Claus había dejado el Dolphin cerraba la procesión.
Sus sudorosos marineros remaban sin poder seguir el ritmo de los hábiles maoríes.
De los dos jóvenes blancos que Luke había mencionado, Mercy solo podía ver poco más que sus cabezas blanqueadas por el sol hasta alcanzar un tono amarillento. Hacían un vivo contraste con las oscuras cabezas de los guerreros que los rodeaban.
—El capitán —afirmó Luke con un ligero tono de irritación en la voz— parece muy amigo de la dama blanca. Bueno, tal vez ella le sea más cercana en edad que tú, Mercy.
Mercy se sonrojó, resentida. Hacía poco, Luke había empezado a criticar su amistad con el capitán del Dolphin, y era cierto que Claus Van Buren le estaba prestando una atención especial y buscaba su compañía para pasear por la cubierta en las cálidas noches de luna llena.
Tras la partida de los demás pasajeros del barco, la invitaba a comer con él en el camarote de popa del clíper, amueblado con gran gusto.
El camarote de Mercy, en la misma cubierta, era el de un oficial, mientras que Luke, como el marinero que era, dormía en la proa con el resto de la tripulación, y también comía con ellos.
Por supuesto, los dos seguían sosteniendo el ardid que habían ideado desde el inicio: para la tripulación del Dolphin, así como para su capitán, eran hermanos.
A ninguno de los dos le había parecido aconsejable o necesario confesar la verdad, salvo, se recordó Mercy con sentimiento de culpa, al padre Ignatius.
Ella le había dicho la verdad en confesión.
Levantó la vista hacia el rostro de Luke y se tragó su breve resentimiento.
Era a Luke a quien debía su presencia allí.
Trabajando como marinero, él estaba pagando su pasaje.
No la había abandonado en San Francisco, como ella había temido, sino que la había llevado.
Había aceptado la responsabilidad de cuidarla cuando le más fácil hubiera sido continuar solo en la búsqueda de Jasper Morgan.
Nunca se le había declarado, ni siquiera le había puesto una mano encima durante los días de intimidad forzada, pero…
estaban unidos por un vínculo tácito, más fuerte, quizás, que el amor.
Y Claus Van Buren… Mercy frunció el ceño.
Claus no le estaba haciendo la corte, al menos no de una forma que ella pudiera reconocer.
Él nunca había intentado abrazarla. Tan solo le ofrecía el brazo cuando paseaban juntos por la cubierta y seguía tratándola con formalidad.
Ella era la señorita Mercy y él, por supuesto, el capitán Van Buren, y sin embargo…
Se sonrojó aún más al toparse con la mirada inquisitiva de Luke y oírlo decir en tono acusador:
—Te esfuerzas por provocar el interés del capitán, ¿verdad?
—No —negó Mercy indignada—, ¡no es cierto! ¿Cómo puedes decir algo así?
Luke se encogió de hombros.
—Porque es verdad. Y, si quieres mi opinión, creo que él está mostrando un interés bastante enérgico. O lo hacía hasta… —señaló la canoa— ahora. Quizás la dama blanca sea el objeto de su afecto.
El segundo oficial subió a cubierta y gritó a la guardia que se diera prisa y preparara un cabrestante para subir el equipaje a bordo. Luke se apresuró a obedecer.
Aquel segundo, un hombre canoso, veterano de muchos viajes que, según admitía sin cortapisas, había llegado a Nueva Gales del Sur como convicto, se tocó la gorra descolorida y le dedicó a Mercy una cálida sonrisa.
—Pasajeros, señorita —le dijo, lo que confirmaba la suposición de Luke—.
Ella es la señora Yates, de la misión de Rangihoua, esposa del médico de allí, Simon Yates.
Los maoríes piensan que, si el sol brilla, lo hace por estos dos, y es un hecho.
Desde que vi a la señora Yates en la canoa, me he estado preguntando qué podría haberla llevado a querer marcharse de aquí e irse a Sídney.
Ella y el médico han estado en Rangihoua desde que murió el viejo reverendo Marsden, y eso fue hace mucho tiempo.
—¿El reverendo Marsden? —repitió Mercy, desconcertada—. ¿Quién era, señor Deacon?
—Me llevaría un mes explicárselo, señorita —respondió Silas Deacon—, pero fue él quien estableció la primera misión cristiana aquí, y todas las tribus maoríes lo trataban como si fuera el mismísimo Dios Todopoderoso.
El viejo Marsden los tenía comiendo de su mano.
Habrían hecho cualquier cosa por él, incluso los jefes.
Sin embargo, es curioso que no fuera muy querido por los de su propia raza en Nueva Gales del Sur.
Allí… —Se interrumpió para gritarle una orden a uno de los marineros.
Luego se volvió hacia Mercy y se excusó—.
Disculpe, señorita, por favor, tengo que asegurarme de que el equipaje se embarque sin problemas.
Pregunte a la señora Yates por el señor Marsden y los primeros tiempos, que ella se lo contará.
Y también sobre la guerra. Fue un asunto desagradable, sobre todo cuando tuvieron que traer a los soldados.
Se alejó arrastrando los pies para comprobar a conciencia el cabrestante que Luke y los demás habían instalado.
Las canoas se pusieron de banda y Mercy observó con interés cómo Claus Van Buren ayudaba a los recién llegados a subir a bordo.
Lo vio tender las dos manos a la señora Yates, ayudarla, solícito, a levantarse de su asiento en la popa de la canoa y subir a la entrada del Dolphin.
Los dos blancos los siguieron. Mercy vio que ambos eran muy jóvenes; el mayor, de unos veinte años, y el otro, un poco menor.
Eran chicos sonrientes y apuestos, de físico imponente, y vestían de forma tan sencilla y práctica como su madre.
Diez minutos más tarde, la llamaron al camarote del capitán. Ahí le presentaron a Emily Yates y a sus hijos, así como a los dos jefes maoríes que los acompañaban.
—La señora Yates no vendrá con nosotros a Sídney —le explicó Claus Van Buren.
El capitán hizo un gesto a Saleh, que estaba de pie detrás de una mesa, expectante, con una vajilla de plata y dulces—.
Solo ha venido a tomar una taza de té con nosotros.
Luego volverá a la misión con el jefe Te Marire, cuya hijita enferma está siendo tratada por el buen doctor Yates.
Pero Rob y Simon… —para sorpresa de Mercy, el tono de Claus era de crítica manifiesta, incluso de irritación, a medida que continuaba— están empeñados en unirse a la nueva fiebre del oro que, al parecer, está surgiendo en las montañas Azules de Nueva Gales del Sur. O eso dicen los rumores.
—Es cierto, capitán Van Buren —insistió el mayor de los chicos—, no es solo un rumor.
Un hombre llamado Hargraves, recién llegado de los yacimientos auríferos de California, descubrió oro en la zona del río Macquarie.
Y el gobernador Fitzroy ya lo ha reconocido.
Ha nombrado a Hargraves comisionado del oro para la colonia.
Y nosotros… —Miró a su madre con un poco de vergüenza—.
Simon y yo no queremos pasar el resto de nuestras vidas aquí como colonos, sin un centavo. Queremos hacer fortuna en Australia.
Por un momento, Claus pareció dispuesto a discutir, pero la señora Yates, con una sonrisa encantadora, aceptó una taza de té de Saleh e intervino en voz baja:
—Es un hecho, Claus. Nos hemos enterado por un anuncio oficial de nuestro gobernador, sir George Grey.
Desde entonces, hemos leído los informes en los periódicos de Sídney que nos han llegado hace muy poco.
Nada de lo que el doctor Yates o yo digamos disuadirá a nuestros dos hijos de marcharse de aquí para unirse a los buscadores de oro.
—Entró en detalles, solo que Mercy apenas la escuchaba.