Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 8
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Capítulo 8

El Dolphin se balanceaba manso en el ligero oleaje del fondeadero mientras Mercy Bancroft, de pie en la cubierta, contemplaba embelesada la tranquila belleza de la bahía de las Islas de Nueva Zelanda.

Durante el largo y tranquilo viaje desde San Francisco, a través del Pacífico, el Dolphin, bajo la experta mano de su propietario y capitán, Claus Van Buren, había hecho escala en muchos puertos insulares pintorescos: Hawái —el destino de tres de las familias misioneras— y otros con nombres tan románticos como Fénix, Pago Pago y Tongatapu.

Pero allí, en la isla Norte de Nueva Zelanda, Mercy tenía la impresión de haber encontrado el paraíso.

El último de los misioneros, un joven sacerdote inglés de fe católica, había desembarcado allí, acompañado por Claus y escoltado por media docena de canoas de guerra maoríes, cada una tripulada por hasta un centenar de guerreros de piel morena y rostros con horribles tatuajes.

Las canoas rodearon el Dolphin incluso antes de que este echara el ancla, pero, para gran alivio de Mercy, Claus le aseguró que sus ocupantes eran amistosos.

Había habido guerras, admitió, y batallas campales contra los colonos británicos y los barcos de guerra enviados para protegerlos, pero los misioneros nunca habían sufrido ningún daño.

Con Nueva Zelanda declarada colonia imperial y el capitán Grey de gobernador —nombrado caballero por la reina Victoria y ahora con el título de sir George Grey—, las feroces tribus maoríes vivían en paz con un número cada vez mayor de colonos.

Así debía ser, pensaba Mercy, en un lugar de insuperable belleza como ese.

Su mirada repasó las colinas onduladas, con sus cimas nevadas en la distancia y los grandes pinos kauri que rodeaban la costa.

Las copas plumosas de esos árboles empequeñecían las achaparradas viviendas pintadas de blanco de la pequeña Waitangi —‘agua que llora’ en lengua maorí, según le había dicho Claus—, donde hacía unos diez años el gobernador y los jefes tribales habían firmado un tratado.

Claus había hecho muchos viajes a Nueva Zelanda, a puertos y asentamientos más nuevos en lo que se conocía como la isla Media, así como a los golfos y bahías de la isla Norte.

El hombre era una mina de información sobre la historia de la colonia desde sus primeros años.

Mercy pensó con cierta tristeza que habría escuchado gustosa sus relatos sobre los grandes jefes maoríes, Hongi Ika, entre ellos, quien había visitado Inglaterra y había sido recibido por el rey Jorge III, solo que…

Luke había echado un jarro de agua fría sobre su ansia de conocimiento.

Luke se volvía cada vez más impaciente a medida que pasaban las semanas y los meses y el Dolphin saltaba de una isla a otra. Claus intercambiaba hachas y artículos de hierro por copra, conchas de perlas, sándalo y suministros frescos para su tripulación.

—El rastro se habrá enfriado —se quejaba Luke sin parar—. Jasper Morgan nos lleva demasiada ventaja. No sabremos nada de él cuando estemos en Sídney, ¡si es que llegamos!

Mercy contuvo un suspiro. Se daba cuenta de que nunca había compartido el afán vengativo de Luke.

En cuanto supo que Jasper Morgan había salido de San Francisco, dejó de creer que serían capaces de atraparlo y llevarlo ante la justicia.

Luke sí que confiaba, por supuesto, y eso lo seguía sosteniendo, a pesar de las enormes dificultades a las que se enfrentaban.

Pero él tenía más motivos para perseverar: el asesinato de su hermano y el de sus dos socios australianos pesaban en su conciencia y alimentaban su obstinada determinación de triunfar a cualquier precio.

Ella, por su parte… Mercy volvió a suspirar.

Jasper Morgan le había hecho daño; había abusado con crueldad de su inocencia y su indefensión, pero no había conseguido dañar más que su orgullo, su autoestima.

La relación con las familias misioneras durante ese largo viaje le había devuelto lo que aquel hombre le había quitado.

Los «hombres de Dios», como Claus siempre los llamaba, la habían tratado como a una amiga y como a una igual.

Ella los había ayudado con el cuidado de sus hijos, había hablado con ellos, rezado con ellos, y había encontrado paz espiritual en su amistad y compasión.

El joven padre Ignatius, el sacerdote que acababa de abandonar el barco esa mañana, había escuchado la narración de su viaje con la caravana de carros tras la muerte de sus padres.

Se había horrorizado por las penurias que ella le había descrito, por la tensión del agotador viaje a través de pantanos y desiertos e inhóspitos puertos de montaña hasta la tierra prometida de California.

Un viaje de más de dos mil millas recorrido, en su mayor parte, a un ritmo de quince millas al día.

Al final de su relato, él le había dado la absolución y, como habían hecho los demás, había rezado con ella y por ella.

Mercy se agarró a la barandilla que tenía delante.

Sentía… Una sonrisa de puro asombro y deleite se dibujó en sus labios mientras buscaba la palabra adecuada para describir sus impresiones actuales: se sentía renovada, renacida, fuerte una vez más en su fe. La inocencia perdida ya no atormentaba su conciencia ni le provocaba vergüenza.

Claus también había desempeñado un papel importante en esa regeneración.

Desde el principio, la había tratado con respeto, había procurado su compañía y paseado con ella por la cubierta cuando terminaba la jornada de trabajo y el barco reducía la velocidad.

Habían charlado durante horas y horas, como hablan los amigos, de todos los temas imaginables.

Ahora sabía mucho de Claus Van Buren, Sídney y Australia en general; también sobre las islas que habían visitado y las personas que las habitaban, y sobre el barco, que llenaba de orgullo y alegría a su propietario.

Luke también se había beneficiado de la relación entre Mercy y Claus, pero…

La sonrisa de la chica se desvaneció. Al principio, el joven estaba dispuesto a aprender.

Con el tiempo, se había convertido en un marinero competente y, bajo la tutela tanto de Claus como del segundo capitán del Dolphin, había comenzado a dominar las complejidades de la navegación.

Llegó a mostrar tal entusiasmo y comprensión que era un deleite para sus mentores.

Sin embargo, su entusiasmo había disminuido en los últimos días.

Desempeñaba sus tareas con más que un toque de malhumor y, cuando estaban a solas, apenas le hablaba de otra cosa que no fuera Jasper Morgan.

Se quejaba del tiempo que estaban perdiendo como consecuencia del prolongado viaje del Dolphin y de los días perdidos a causa de las actividades comerciales del capitán.

—El capitán Van Buren tiene amigos en todas partes —afirmaba resentido—, pero, para comerciar con ellos, considera necesario visitar sus hogares y sus aldeas, festejar con ellos y organizar carreras de canoas.

¡Lo que él ha conseguido yo podría haberlo negociado a la mitad del precio y en una cuarta parte del tiempo!

Sin la buena voluntad, empero, pensó Mercy.

Recordaba la recepción que los maoríes habían dispensado al capitán del Dolphin el día anterior.

Un venerable jefe de rostro tatuado con el recuerdo de hazañas guerreras, de corona de plumas en el cabello oscuro y de cuerpo robusto envuelto en un manto de plumas, había abrazado a Claus Van Buren.

Había saludado al recién llegado con un toque de narices, como si de su hijo se tratara.

Más tarde, cuando las grandes canoas guerreras de proa alta ya habían partido, Claus le había dicho a Mercy que el viejo jefe se llamaba Kawiti y era uno de los guerreros más venerados entre las tribus de las islas.

—Admiras a estos maoríes, ¿verdad? —le había preguntado ella—, pero ¿no son, acaso…? —Había vacilado antes de pronunciar la palabra, sorprendida por sus horribles implicaciones—. ¿Caníbales? Y uno de los tripulantes me ha dicho que comercian con las cabezas reducidas de sus enemigos. ¿Es cierto?

—Sí —se había visto obligado a admitir Claus—, pero los misioneros, a quienes ellos respetan, han convertido a muchos al cristianismo.

Esas prácticas bárbaras cesarán con el tiempo y con la influencia de los hombres de Dios.

Son personas buenas y valientes, dotadas de gran inteligencia y una nobleza de espíritu natural.

Su guerra con los colonos se debió a que les estaban robando tierras unos hombres blancos sin escrúpulos.

Compraban grandes extensiones a cambio de unas pocas hachas y bolsas de clavos.

Un maorí nunca vende sus tierras, solo las arrienda, pero los colonos no entendieron eso y, por supuesto, reclamaron la propiedad a perpetuidad.

Eso es algo que ningún maorí podría tolerar.

Así que entraron en liza y lucharon hasta que el gobierno británico reconoció sus justas quejas y rectificó en la medida de lo posible.

Aun así, se perdieron muchas vidas en ambos bandos.

Triste con el recuerdo de esas palabras, Mercy se dijo a sí misma que la imagen que Claus le había pintado no era nada reconfortante.

Y su primer contacto con los maoríes la había dejado alarmada, sin duda, a pesar de los rostros sonrientes de algunos de ellos cuando el día anterior, después de abordar el Dolphin, saludaron a Claus por su nombre y con un evidente gusto de verlo.

Sin embargo… Se tensó sin quererlo al ver una procesión de canoas de guerra que partían de la playa y se dirigían hacia el barco anclado.

Claus había desembarcado temprano y… Se inclinó hacia delante y siguió observando con ansiedad.

Luke salió por la escotilla de proa, se detuvo a su lado y señaló las canoas con una delgada mano morena.