Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 7 #5
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Capítulo 7 #5

—Eso me temía. Gracias, capitán Broome. —En respuesta a un gesto, un sirviente se llevó la sopera.

Eleanora Fitzgerald dejó escapar un suspiro de exasperación—.

Hacemos lo posible, pero en este clima no es fácil.

Bueno, solo puedo esperar que nuestros invitados se conformen con la copa de frutas.

Lo bueno es que aquí tenemos frutas de todo tipo, y crecen de manera prodigiosa.

Ah… —se interrumpió y chasqueó la lengua en señal de disculpa—, casi lo olvido.

Hay una carta para usted. Ha llegado por correo desde Nueva Gales del Sur.

Las comunicaciones entre aquí y Sídney son escasas y esporádicas, así que ha sido una suerte que la carta llegara antes de que usted zarpara.

Si quiere pasar a la biblioteca, capitán Broome…

Mi marido la ha dejado en su escritorio y me ha pedido que se la entregara en cuanto usted llegara.

Red siguió a la esposa del gobernador a través del oscuro vestíbulo, consciente de una sensación de euforia.

La carta, se decía a sí mismo, debía de ser de su madre, quien, al parecer, había recibido la noticia de su inminente llegada con suficiente antelación para escribirle y darle la bienvenida.

La señora Fitzgerald le entregó el sobre lacrado.

Pensativa, encendió la lámpara de aceite que ardía sobre el escritorio del gobernador.

—Le dejaré leerla —le dijo—. Vuelva y únase al baile cuando haya terminado.

Salió y cerró la puerta de la biblioteca.

Red se acercó una silla y rompió el sello de la carta.

Extendió la fina hoja sobre el escritorio y acercó la lámpara para poder leer.

Notó que era la letra de su padre. A diferencia de las largas epístolas de su madre que, llenas de noticias, solían abarcar varias páginas e invadir los márgenes, esta era muy breve.

Mi querido Red:

Te escribo con gran tristeza, y espero que esta carta te encuentre en Perth. Tengo que decirte que tu querida madre, mi amada esposa, falleció en paz hace una semana, mientras dormía, tras una larga y dolorosa enfermedad que soportó con valentía y fortaleza.

Recibió tu carta, con la noticia de que tenías previsto zarpar hacia esta colonia al mando del buque de Su Majestad Galah, un día antes de que dejara este mundo, y le trajo una inmensa alegría.

Tu nombre estaba en sus labios cuando su amada y dulce alma se marchó con el último aliento. Yo estaba con ella y puedo dar fe.

No pretendo reprocharte tu larga ausencia, pero tampoco puedo fingir, por ella, que no la lamento.

Que tengas vientos favorables y llegues pronto a puerto.

La firma decía «Tu afectuoso padre, Justin Broome». Según Red pudo distinguir, pues la letra se le había vuelto borrosa y casi indescifrable, estaba fechada el 10 de abril de 1851.

Se quedó sentado durante mucho tiempo, con la carta aplastada entre sus dos grandes manos, tratando de controlar el dolor que lo embargaba.

Lamentaba con mayor amargura aún que su padre haber estado ausente durante tanto tiempo.

¿Y para qué? ¿Para descollar en su carrera?

¿Para cumplir sus propias ambiciones? Respiró hondo y con tristeza.

Se recompuso cuando la puerta se abrió y entró Tim.

El primer teniente, pálido, con una ira apenas contenida, señaló con la cabeza hacia al salón de baile improvisado.

—Señor, aquí está. ¡De Lancey está aquí con la señora Lucas! ¡Y ha tenido el descaro de ponerse a bailar con ella, por favor!

Red se obligó a volver al presente.

—Entonces será mejor que nos ocupemos de él, ¿no? Venga conmigo, Tim, y busque a uno de los guardiamarinas, por si acaso intentara montar una escena. Nos esperará en el bote salvavidas, bajo vigilancia, hasta que podamos marcharnos.

De repente, Red también se sintió invadido por una fría ira.

Su rabia aumentó cuando, con Tim a su lado, estuvo de regreso en el salón de baile y vio con qué intimidad la pareja bailaba el vals.

Dora Lucas rodeaba el cuello de su pareja con los brazos, y él, sin dejar de mirarla al rostro, parecía no darse cuenta de que no estaban solos en la abarrotada sala.

La hizo girar, con su cuerpo pegado al de ella, y pareció más sorprendido que alarmado cuando Red, no con suavidad, lo agarró por el hombro y lo detuvo.

—Está ausente sin permiso, señor De Lancey —le dijo con frialdad—, y zarparemos por la mañana.

Lo pongo bajo arresto. Se marchará de aquí de inmediato, con el primer teniente y el señor Vibart, y esperará en el bote salvavidas, bajo la custodia del contramaestre, hasta que yo me haya despedido de Su Excelencia el Gobernador y pueda reunirme con vosotros. Usted…

Dora Lucas lo interrumpió y protestó con voz aguda:

—¡No, no…, no puede llevárselo! ¡Él se queda aquí, ¿no lo sabe? ¡Va a dejar la marina y su miserable barco! Me lo ha prometido, ¿verdad, Francis?

El joven Francis De Lancey comenzó a hacerse eco de esa protesta, con sus ojos azules brillantes de desafío. Las cabezas se giraron, la gente cercana dejó de bailar para escuchar lo que se decía. Decidido a evitar un escándalo a toda costa por el bien del capitán Lucas, Red ordenó en voz baja:

—Continúe, señor Broome, ya sabe lo que tiene que hacer. —Se volvió hacia Dora Lucas, esperó hasta ver que Tim Broome y el guardiamarina Vibart estuvieran colocados a ambos lados del prisionero y sugirió con absoluta cortesía—: Supongo que aún no le han presentado a Sus Excelencias, señora.

La joven se sonrojó, resentida, y echó atrás una mano enguantada en blanco, como para golpearlo.

Anticipándose a su intención, Red le cogió la mano, tiró de ella para encajarla entre sus brazos y se llevó a la muchacha de inmediato hasta el otro lado de la sala, donde estaba sentada la señora Fitzgerald con algunas de las damas de más edad.

—¿Me permite presentarle a la señora Lucas, Excelencia? —preguntó muy formal—. Esta es la esposa del capitán Benjamin Lucas, señora, que tiene la desgracia de estar recluido en el hospital como consecuencia de una grave enfermedad.

Con la sensibilidad que Red había previsto, la señora Fitzgerald estuvo a la altura de las circunstancias e invitó a Dora a sentarse a su lado. La enfadada joven, obligada a reconocer su derrota, lanzó una mirada venenosa a Red y se sentó malhumorada junto a su anfitriona.

Red, agradecido, se despidió. Lo último que vio de Dora Lucas fue que el gobernador la llevaba del brazo y la acompañaba, muy galante, de vuelta a la pista de baile. La mujer tenía una sonrisa fija en su rostro enrojecido y enfadado.

El viaje río abajo en el bote fue silencioso.

Los marineros desaparecidos ya habían sido detenidos y Francis iba sentado con la cabeza entre las manos y sin decir nada.

Red tenía el corazón encogido, pensando en la carta que había recibido de su padre.

Celebraba viajar en silencio, ya que su conciencia lo estaba atormentando otra vez.

Sin embargo, de vuelta a bordo del barco, había otros asuntos prácticos en que ocupar su tiempo y sus pensamientos.

Cerró la mente a todo lo demás y se enfrascó en los preparativos para la partida.

Poco después del amanecer, el Galah levó anclas y, a puro foque, se adentró en la mar abierta impulsado por una brisa fresca.

Muy pronto estuvo fuera de la vista de Fremantle y del grupo de pequeños edificios pintados de blanco que distinguían el asentamiento.

Red fijó el rumbo hacia el sur y ordenó a Francis De Lancey que se quedara en cubierta para hacer la guardia. Solo entonces bajó y, en la intimidad de su camarote de día, lloró por la madre a la que el destino le había impedido volver a ver.

Al día siguiente, la Gran Bahía Australiana desató su furia en una violenta tormenta.

Entre truenos ensordecedores y con el chirrido del viento en sus oídos, la conciencia dejó tranquilo a Red.

La tormenta amainó después de cuarenta y ocho horas ansiosas y el Galah volvió a desplegar sus alas de lona.

Se ajustó el rumbo hacia el este. Red fue a su litera y durmió el sueño de quien está físicamente exhausto.

Cuando por fin despertó, renovado, guardó con cuidado la carta de su padre y subió a cubierta.

Se encontró con un sol brillante y un cielo despejado de nubes.