Capítulo 7 #2
—Señor… —Se puso alerta al instante—. ¿Hay algo que pueda hacer por usted?
—Me estoy muriendo, capitán Broome, ¿verdad? —El tono de Lucas era firme, desprovisto de su habitual quejumbrosidad. Interrumpió las inútiles negativas de Red—. Por el amor de Dios, hombre, ¿cree que no lo sé?
—Llegaremos a Fremantle en menos de veinticuatro horas, señor. Entonces podremos trasladarlo al hospital, donde recibirá atención médica adecuada. Usted…
Lucas continuó como si Red no le hubiera dicho nada.
—Me preocupa mi esposa. Es joven y se quedará sin medios ni protección en caso de que yo muera. Soy consciente del aprecio que siente por usted, capitán Broome. No lo ha ocultado en ningún momento.
Sorprendido, Red se puso tenso.
—Le aseguro, capitán Lucas, que no he hecho nada para merecer la estima de su esposa —comenzó—. De hecho, señor, yo…
—Ahórreme sus excusas —suplicó Lucas con cansancio—.
Ella misma me ha dicho que ha buscado su compañía desde que esta infernal afección pulmonar me dejó postrado.
Es comprensible; se siente sola y ansiosa, ¿no es así?
Y no se preocupe, sé que es usted un hombre honrado, Broome.
No se aprovechará de mi… infeliz situación, soy consciente de ello.
Pero Dora es una joven muy hermosa y usted es mucho más joven que yo. ¡Ah!, y no está casado.
Intentó incorporarse.
Red, consternado por lo que implicaban esas palabras, tragó saliva antes de pasarle un brazo por los hombros y ayudarlo a sentarse.
Solo podía suponer que Dora Lucas debía de haber mentido a su desafortunado esposo para engañarlo y para ocultarle la verdad sobre sus continuas citas clandestinas con el joven Francis De Lancey.
¡Que se fuera al demonio, mujerzuela sin principios!
Incapaz de contener su enfado, empezó a protestar, pero el capitán Lucas volvió a pasar por alto la interrupción.
—No le guardo ningún rencor, créame —afirmó con sinceridad—.
Le aseguro que cuenta con toda mi confianza.
Pero pronto me enfrentaré al Divino Creador, Broome, y le hablo ante esa perspectiva tan desalentadora.
Debo hacer las paces. No, permítame decir lo que tengo que decir, porque mis fuerzas están decayendo.
Y tengo que pedirle un favor para mi pobre esposa.
Su voz, que había empezado bastante fuerte y firme, se estaba debilitando. Red se tragó la negativa que estaba a punto de repetir y agarró la mano temblorosa del capitán.
—Por supuesto, señor —respondió a regañadientes—. Haré todo lo que pueda, todo lo que esté en mi mano para ayudar.
—Quiero que me asegure que, en caso de que yo ya no pueda cuidar de mi esposa, usted lo hará. Yo… —La voz de Lucas era un susurro vibrante de emoción—. Es una joven encantadora, Broome, no hace falta que se lo diga, ¿verdad?
—No, señor —reconoció Red con moderación—.
Pero está usted mucho mejor que antes. Con toda sinceridad, creo que ha superado la crisis.
Y, como le he dicho, llegaremos a puerto en las próximas veinticuatro horas como máximo.
Con la atención médica adecuada, señor, no hay razón para suponer que no se recuperará por completo.
—Quizás —admitió Lucas sin convicción—, pero, si no viviera para llegar a puerto en Australia, ¿llevará a mi esposa, a mi viuda, con usted a Sídney y se asegurará de que no le falte de nada? Usted tiene familia allí, ¿no? ¿Sus padres?
—Sí, los tengo. Si…
—Habrá una pensión, capitán Broome, pero llevará tiempo conseguirla. Y tengo dinero en mi baúl, suficiente para las necesidades inmediatas. Pero…
Un ataque de tos seca y áspera lo silenció. Lleno de compasión, Red volvió a recostar al enfermo sobre las almohadas y lo cubrió con las mantas.
—Intente dormir, señor —lo aconsejó amable—. Lo llevaremos a Australia, no se preocupe.
Al mediodía siguiente, el Galah soltó anclas en Gage’s Road, frente al puerto de Fremantle, en Australia Occidental. Jonathan Brown subió a cubierta para informar de que el capitán Lucas había pasado una noche tranquila.
—La fiebre ha bajado, señor —añadió el joven ayudante médico en respuesta a la pregunta de Red—, pero le agradecería que lo pusieran bajo el cuidado de un médico cualificado. ¿Se encargará usted de trasladar al capitán al hospital de tierra, señor?
—Así lo haré, señor Brown —le aseguró Red con honda emoción—, tan pronto como las autoridades sanitarias del puerto hayan subido a bordo. El piloto ha bajado a tierra y ha prometido avisar de que necesitamos ayuda.
Desde la cubierta de popa del Galah, la costa lejana parecía mostrar pocos signos de actividad.
El rasgo más llamativo del paisaje era una torre achaparrada y redonda en un alto promontorio, con una bandera de señales ondeando en ella.
A los pies de la torre había grupos de casitas de piedra caliza, dispersas, y algunos edificios más grandes que parecían almacenes y cobertizos de aduanas.
Cerca también había un muelle con una docena de balleneros amarrados en una línea irregular.
Para gran alivio de Red, el traslado del capitán Lucas se organizó con una demora mínima.
El médico del puerto, un eficiente cirujano naval de mediana edad, prescindió de las formalidades habituales cuando lo informaron del rango del enfermo.
En menos de media hora, a Lucas, bien envuelto en mantas, lo estaban bajando en una silla de contramaestre al bote que lo esperaba.
Iba del todo consciente. Cuando se despidió de Red, lo hizo con efusiva gratitud.
—Creo que le debo la vida, capitán Broome —dijo con voz ronca—, y no lo olvidaré.
Tengo entendido que me llevarán río arriba en barco hasta Perth, ya que aquí no hay hospital para oficiales ni, al parecer, ningún camino para carruajes desde el puerto.
¡Y eso que esta colonia ha existido durante más de veinte años!
—A pesar de su frágil estado, su tono volvía a ser crítico, y Red no hizo ningún comentario.
El enfermo siguió hablando, ahora un tanto quejumbroso—.
Le estaré muy agradecido, Broome, si hace los arreglos necesarios para que mi esposa y su doncella desembarquen lo antes posible y para que la señora Lucas se aloje en, eh, la ciudad de Perth.
—Ya se están ocupando de ello, señor —pudo decirle Red—. El teniente Martin, que es el oficial médico del puerto, señor, y quien lo acompaña, ha prometido hacer los arreglos necesarios para la señora Lucas. Enviará un barco para llevarla a Perth a primera hora de mañana.
Al día siguiente, el barco fue despachado con rigurosa puntualidad.
Llevaba una tripulación naval bajo el mando de un joven guardiamarina.
El equipaje personal de los Lucas fue izado a bordo y la criada se plantó en la entrada a esperar, pero Dora Lucas no llegó hasta media hora más tarde.
Cuando apareció, estaba llorando. Su renuencia a abandonar el barco se manifestaba en cada paso que, a regañadientes, daba por la cubierta del Galah.
A Red, que permanecía rígido junto a la plancha de embarque, lo reprendió:
—Tiene prisa por deshacerse de mí, ¿verdad, capitán Broome?
—A instancias de su marido, señora Lucas —respondió Red sin remordimientos.
Su mirada se dirigió a Francis De Lancey.
El chico había pedido permiso para acompañar a Dora Lucas y asegurarse de que quedara instalada sin problemas en el alojamiento que le tenían preparado.
Red, contra su propia voluntad, había dado su consentimiento, aunque…
Apretó los labios. El trayecto de catorce millas por el río Swan hasta la capital duraría unas dos horas y, como esposa del capitán Lucas, ella tenía derecho a esperar que uno de sus oficiales la acompañara.
Quizás el propio Red estaba tentando a la Providencia al permitir que Francis fuera ese oficial.
—¿Entiende que debe regresar a bordo tan pronto como haya acompañado a la señora Lucas a Perth, señor De Lancey? —añadió con tono seco.
De Lancey lo miró de mal humor y asintió.
—Lo entiendo, señor, sí.
—Entonces, asegúrese de hacerlo —le ordenó el capitán—. El barco lo está esperando. Vaya, por favor.
De Lancey lo obedeció. Ayudó a Dora Lucas a bajar por la escalera de embarque y a subir al barco.
Luego fue a sentarse en la popa, al lado de la joven, y, por un momento, pasó un brazo protector por sus hombros.
Lo retiró de inmediato. El barco zarpó y se dirigió a la costa.
A pesar de todos sus esfuerzos por ocultar sus sentimientos, Red se encontró intercambiando sonrisas con su primer teniente y con el capitán.
—Un buque de guerra, señor, no es lugar para mujeres.
—observó Fergus Macrae con sequedad mientras señalaba con uno de sus gruesos dedos a la doncella de Dora Lucas, que había seguido a su señora al barco con bastante recato y estaba sentada, en precario equilibrio, sobre uno de los baúles de hojalata del capitán—.
Esa es una muchacha sobria y bien educada.
A pesar de todo, deja atrás a varios pretendientes; entre ellos, uno de mis compañeros.
¿Tiene intención de conceder a la tripulación permiso para bajar a tierra, señor?
Red frunció el ceño.
—Todos lo han hecho muy bien. No veo por qué habría de privarlos de un paseo por tierra. —Suspiró—. ¿Usted sí, señor Macrae?
—No, señor, tampoco —dijo el timonel, pero él también soltó un suspiro—. Solo espero que los traigamos a todos de vuelta. ¿Cuánto tiempo prevé quedarse aquí, si me permite la osadía de preguntarlo?
—No más del necesario —respondió Red sin concesiones. Miró a Tim y su expresión se relajó—. No más tiempo de lo que al primer teniente le lleve instalar un nuevo bauprés, y a mí, visitar al gobernador y algunos de mis antiguos lugares favoritos en Perth.
Tim arqueó las cejas.
—Por supuesto —dijo—. Había olvidado por completo que usted estuvo aquí con el almirante Stirling, señor. Sin duda, verá muchos cambios.