Capítulo 7
Parecía que solo habían pasado unos minutos cuando el sueño y la paz de Red se vieron interrumpidos con brusquedad.
Una mano lo estaba sacudiendo por el hombro al mismo tiempo que una voz de mujer, angustiada y llorosa, lo llamaba por su nombre y le suplicaba que se despertara.
Luchó por incorporarse. Parpadeó bajo la luz que entraba por la portilla abierta, con el cerebro aún nublado por el sueño y todos sus instintos rebelándose ante la inesperada presencia de la joven esposa del capitán Lucas en su camarote.
—¡Por el amor de Dios, señora! —protestó airado—. No debería haber venido a buscarme aquí. Podría haber mandado a alguien. Cualquiera de mis oficiales o mi mayordomo me habría transmitido el mensaje y yo habría acudido a usted.
Las lágrimas de Dora Lucas se duplicaron.
Red, mientras se levantaba de su litera con movimientos torpes, vio que el pequeño y chispeante rostro estaba manchado y abultado.
Los ojos azules de la muchacha estaban enrojecidos por el llanto.
Reacio a tocarla por temor a que el gesto fuera malinterpretado, señaló con la mano la litera que acababa de desocupar y la instó con rudeza a que se sentara.
Se puso con apresurado la camisa y los pantalones.
—Intente recomponerse, señora Lucas, y luego dígame qué le pasa y cómo puedo ayudarla.
Ella se sentó en la litera desordenada, entre visibles temblores.
—He querido… enviarlo a buscar —se defendió—, pero me han dicho que usted estaba demasiado ocupado en la cubierta como para… ser molestado. Y Francis De Lancey dice que hay algunos daños que…
—¿Ha estado viendo al teniente De Lancey? —la acusó Red con un tono cortante en la voz.
Dora Lucas no se inmutó ante la pregunta; de hecho, a Red le pareció que ni siquiera la había oído.
—Se trata de mi… marido, el capitán Lucas —le dijo ella con la voz aguda y agitada—. Está… muy enfermo, grave, y no sé qué hacer. Tiene mucha fiebre, capitán Broome, y a veces no habla con claridad. Y yo no tengo ninguna experiencia con… enfermos, ninguna en absoluto. No sé cómo ayudarlo.
—Hay un ayudante médico a bordo —le recordó Red—, Jonathan Brown. ¿No lo ha llamado?
Dora se retorció las manos con desesperación.
—Sí, eso he hecho. Él le ha administrado un purgante y le ha puesto sanguijuelas en el pecho… —Se estremeció—. ¡Ah, qué cosas tan horribles y detestables! Pero está peor, y divaga más. Usted… Ay, por favor, ¿podría venir a ver cómo se encuentra? Me… Me temo que… puede morir, capitán Broome.
Red accedió, aunque con cierta reticencia.
Sabía que el joven ayudante médico, si bien era concienzudo, carecía de experiencia.
Estaba más acostumbrado a tratar las lesiones y dolencias de los marineros que las afecciones médicas graves, como la que describía la esposa del capitán Lucas.
Sus temores se confirmaron unos minutos más tarde, cuando entró en el camarote en el que yacía el enfermo y vio al joven Brown intentando, sin ningún éxito, administrar un medicamento a su paciente.
Lucas tenía un aspecto terrible. Su rostro, casi siempre regordete y sonrosado, parecía pálido.
Tenía los labios azules y respiraba con dificultad, a jadeos.
A pesar de los intentos de Brown por incorporarlo, carecía de fuerzas incluso para enderezarse un poco.
Lucas apartó la cabeza, y el contenido de la taza que el ayudante médico le estaba acercando a los labios se derramó sobre su pecho.
Con un jadeo de enfado, le exigió al joven que lo dejara en paz.
—Fuera —logró decir—. ¡No quiero más de sus malditas purgas! Déjeme solo.
Brown se sonrojó avergonzado al darse cuenta de que el capitán había sido testigo de su fracaso. Dijo a la defensiva:
—Lo siento, señor. He hecho todo lo posible por el capitán, señor, pero no responde.
Tiene mucha fiebre y parece que sus pulmones están muy afectados.
Creo que es neumonía, señor, y dudo que yo pueda hacer mucho más.
He estado sentado a su lado casi toda la noche, pero —se encogió de hombros con impotencia— no deja de decirme que lo deje en paz.
—Muy bien, señor Brown —respondió Red—. Vaya a descansar.
Yo me quedaré con él un rato. —Notó sin sorprenderse que Dora Lucas no había entrado con él en el camarote, por lo que añadió—: De camino abajo, dígale a mi mayordomo que prepare una litera para la señora Lucas en el camarote diurno.
Vea si puede convencerla de que también descanse un poco. Imagino que lo necesita.
—Ya lo he hecho, señor —afirmó con candidez el ayudante médico—. La señora no ha estado aquí. Apenas se ha asomado una o dos veces para preguntar cómo se encontraba el capitán. Me ha dicho que temía que este mal pudiera ser contagioso, ya ve, señor.
Esto tampoco sorprendió a Red.
—Muy bien, señor Brown, vaya —dijo con desdén
Cuando Brown se hubo marchado, acercó la silla que había ocupado el ayudante médico y se dispuso a velar al capitán.
Lucas, si acaso era consciente de que él estaba ahí, no dio ninguna señal.
Cayó en un sueño desapacible, si bien podía respirar un poco más tranquilo.
Al cabo de media hora, empero, comenzó a tener fuertes convulsiones.
Red apiló encima de él las mantas de la otra cama.
Luego llamó a su mayordomo y lo envió a buscar calentadores de piedra y, como idea de último momento, le pidió un ponche caliente de ron.
Cuando se lo trajeron, logró ayudar a Lucas a tragar la mayor parte del líquido, aunque le costó trabajo.
Tomó quinina de los suministros médicos de Brown y la disolvió en la bebida.
El enfermo volvió a quedarse dormido. Red no supo si por el efecto de la quinina o del ron, el sueño del capitán se hizo más tranquilo y los violentos temblores cesaron.
Tim fue a informarlo de que la mar estaba en calma y soplaba un viento constante a favor. Red le ordenó que desplegara las velas.
—Tenemos que llegar a Perth lo más rápido posible para que el capitán Lucas reciba atención médica especializada en tierra —dijo.
En voz baja, añadió—: Esto es grave, Tim, y ni el joven Brown ni yo podemos hacer gran cosa para curarlo.
Tendrá que ser trasladado al hospital tan pronto como lleguemos al puerto de Fremantle.
—¿Y la señora Lucas, señor? —preguntó Tim Broome.
—Tendrá que desembarcar con él.
—Sí, señor, lo entiendo. Eh… —Tim dudó y luego preguntó con incertidumbre—: ¿Usted se quedará en Perth para después llevarlos a Sídney, señor?
—No, no puedo. —Red sintió alivio al decirlo—.
Pasarán semanas antes de que el capitán Lucas esté en condiciones de continuar su travesía, si es que llega a recuperarse.
Tengo órdenes de relevar al Falcon en el puerto Jackson para que su gente pueda regresar a casa y liquidar cuentas.
No deberíamos retrasar nuestra salida más de unos pocos días.
El joven primer teniente asintió con la cabeza para indicar que lo entendía. Volvió a dudar, esa vez durante más tiempo, como si luchara con su conciencia, y Red, que percibía su indecisión, lo instó con brusquedad:
—Si tiene algo que decirme, ¡suéltelo, señor Broome! Supongo que tiene que ver con el señor De Lancey.
—Sí, señor, así es. No me gusta contar chismes, pero… —Se interrumpió y se sonrojó con gesto triste.
—Se han estado viendo, sin duda —concluyó Red por él—. ¿Él y la señora Lucas se han estado viendo mientras el marido de esa mujer ha estado confinado en esta cabina?
—Me temo que sí, señor. Francis es un maldito tonto, y ya se lo he dicho. Pero no es del todo culpa suya. Dora, es decir, la señora Lucas, ha estado… Bueno, señor, ella lo ha estado buscando. Y Francis siente lástima, ha dicho. Está preocupada por el capitán Lucas y…
—Y tiene una forma estupenda de demostrarlo —intervino Red con sequedad.
Miró con pena la figura acurrucada en el catre, medio oculta bajo la gruesa pila de mantas, y se preguntó qué habría llevado a Benjamin Lucas a casarse con una chica de menos de la mitad de su edad.
Ahora bien, si ambos desembarcaban en la capital de Australia Occidental, el problema llegaría a su fin, por lo que concernía a él… y a Francis De Lancey.
Antes de despedir a Tim, discutió con él algunos asuntos técnicos.
—Pídale al señor Macrae que se presente ante mí, por favor, antes de que lo releve a usted en la cubierta.
Y ponga al señor De Lancey bajo vigilancia; eso le dará menos tiempo para dedicarse a consolar a la señora Lucas, ¿no es así?
Muy bien, señor Broome, hágalo, por favor. Y llámeme si es necesario.
—Sí, señor —respondió Tim Broome.
Red reanudó su vigilia. Subió dos veces a cubierta y comprobó que todo estaba bien y que la corbeta navegaba a toda vela, a trece nudos.
El capitán le dio una estimación de treinta horas hasta Fremantle, siempre que el viento se mantuviera.
Satisfecho de que se estaba haciendo todo lo posible para acelerar la llegada, Red volvió al lado del capitán Lucas.
El enfermo dormía a ratos. Justo antes de la medianoche, despertó con otro alarmante ataque de escalofríos que culminó en convulsiones.
Red lo sujetó lo más que pudo y, desesperado, le administró una segunda dosis grande de quinina.
Tuvo que metérsela a fuerza entre los dientes castañeantes.
El joven Brown volvió, todavía somnoliento y sin ninguna nueva idea para tratar al enfermo, más allá de las que había intentado.
Red le pidió ayuda para cambiar las cobijas, que estaban empapadas en sudor, y rellenar los calentadores de la cama.
Luego le dio órdenes de permanecer disponible y lo despidió.
Para su alivio, el capitán Lucas cayó por fin en un sueño profundo y reparador.
Y él también dormitó, a pesar de la incomodidad de la silla de madera y el movimiento del barco, a veces violento.
Despertó de inmediato cuando, con una voz casi normal, el enfermo lo llamó por su nombre.