Capítulo 6 #3
En realidad, pensó con tristeza, no había conseguido otra cosa que espolear aún más las sospechas del capitán Lucas.
Con casi tres meses de travesía por delante, eso no era lo que había querido.
Francis De Lancey era un joven idiota e insensato.
De tener más sentido común, no andaría por ahí buscando problemas.
Quizá otros veinte minutos en el mastelero enfriarían su ardor…
Red suspiró. Fue solo a comprobar el diario de navegación y el rumbo que había fijado.
Luego bajó a la sala de artillería, donde bebió dos tazas de café hirviendo.
Se le unió el viejo timonel del Galah, Fergus Macrae, que, como él, era modelo de la teoría de la navegación ortodrómica y un buen conocedor de las ventajas que se obtenían con su práctica.
En consecuencia, Red estaba menos irritable cuando Francis De Lancey, temblando y castañeando los dientes, se presentó ante él.
Lo hizo beber café con ron y luego lo envió a su camarote a cambiarse de ropa.
Pero cuando el joven teniente regresó, lo mantuvo de pie y lo sometió a un silencioso escrutinio.
Fue evidente que la inspección tuvo el efecto de ponerlo nervioso.
El chico tenía apenas veintiún años y había sido nombrado oficial solo para el Galah, ya que todo su servicio naval anterior había actuado como guardiamarina.
La mayor parte de ese ejercicio lo había hecho en buques de línea, donde era demasiado joven para que se le confiara el mando de una guardia.
Era un joven delgado y apuesto, con el color claro y los rasgos redondeados de su madre y el porte de su padre.
Red sabía que su hermana, Magdalen, la única hija del juez De Lancey, estaba unida al muchacho por lazos profundos.
Por esa razón, entre otras, el capitán se había tomado tantas molestias para que el chico fuera destinado a su propio barco.
Red había cortejado a Magdalen De Lancey mientras ella estuvo en Inglaterra, dieciocho meses antes.
Había sido un cortejo breve y apresurado, interrumpido cuando terminó el permiso de Red para permanecer en tierra.
Con la esperanza de que esa amistad pudiera renovarse a su regreso a Sídney, y en condiciones más favorables, se había esforzado por complacerla llevando consigo a su adorado hermanito.
No conseguiría su propósito si permitiera que Francis se metiera en un lío con Dora Lucas, así que… Miró al chico con severidad.
—El capitán Lucas se ha quejado ante mí por las atenciones que usted parece prestarle a su esposa, señor De Lancey —lo acusó—. Me ha informado de que sus deferencias son inoportunas. Él…
—No le son desagradables —lo interrumpió Francis indignado—.
Le aseguro que no lo son, señor. Dora es infeliz.
El capitán Lucas la trata de forma abominable.
Usted mismo lo ha visto, señor, y lo ha oído.
Yo no le hablaría a un perro como él le habla a ella, y además lo hace en público. En privado, ella dice…
Red lo interrumpió.
—No quiero oír nada más, señor De Lancey —exclamó enfadado—. Lucas es capitán de navío y es mi superior, y también el suyo. Él y la señora Lucas son pasajeros en este barco. Espero que mis oficiales los traten como tales, con el respeto que se les debe.
—Pero, señor —protestó Francis De Lancey.
Su indignación se imponía a la discreción—, Dora Lucas tiene…
Señor, tiene dieciocho años apenas, es una niña indefensa, mientras que él es un anciano.
Y es un tirano cruel que no tiene la menor consideración por los sentimientos de su esposa.
Esta mañana la ha golpeado, señor, le ha dado un puñetazo en la cara.
Eso es lo que ella ha venido a contarme cuando nos hemos encontrado en la cubierta; y sé que es cierto, porque tenía la boca muy magullada.
¿Usted no se ha dado cuenta cuando estaba hablando con ella, señor?
Red negó con la cabeza.
—No. Pero, aunque lo hubiera notado, no es asunto mío y, desde luego, tampoco suyo, señor De Lancey.
Esto era peor, mucho peor de lo que había esperado, pensó Red.
Si el chico diera rienda suelta a su instinto caballeroso, se vería en serios problemas durante lo que quedaba de viaje.
Dora Lucas no era inocente, por supuesto.
Era indiscutible que había hecho todo lo posible por ganarse la simpatía del chico, sin importarle las consecuencias, pero de ella tendría que ocuparse su marido, no él.
Francis sí que era asunto suyo; él no podía permitir que el muchacho pusiera en peligro toda su carrera al convertirse en una amenaza para el matrimonio de Lucas, y eso era lo que estaba haciendo al despertar sus celos.
Cambió de táctica y adoptó un tono menos acusatorio.
—Por el amor de Dios, Francis —dijo—, debes controlar tus sentimientos personales, sean cuales sean. Esta joven está casada con el capitán Lucas. Ella decidió casarse con él, a pesar de que él es mucho mayor que ella.
—Pero ella le tiene un miedo mortal, señor —insistió Francis con tristeza—.
Ella no sabía cómo era este sujeto hasta que se casó con él.
De verdad, señor, el capitán Lucas la trata de forma abominable.
Yo… No puedo quedarme de brazos cruzados viendo lo que le hace sin…
mover un dedo para ayudarla. Ella me ha suplicado que la ayude, señor, y no pide nada drástico.
Dora no me pediría eso. Solo quiere hablar conmigo de vez en cuando, confiar en mí.
Seguro que no es pedir demasiado, ¿verdad, señor?
Red sintió la tentación de decirle que era demasiado en esas circunstancias, pero contuvo el impulso y, una vez más, trató de razonar con el chico.
Por el bien de Magdalen, pensó, debía hacer comprender al joven idiota en qué situación desesperada se estaba metiendo.
Lucas no lo perdonaría si las cosas se le salieran de control. Pero sus argumentos caían en saco roto.
—Escuche…, señor, la amo —afirmó Francis—. No puedo evitarlo. Me he enamorado de ella. Y ella, señor… Dora siente lo mismo por mí, ¡lo juro!
Por el amor de Dios, pensó Red, alarmado en verdad.
La queja del capitán Lucas no había sido tan infundada como había supuesto cuando el hombre se la estaba formulando.
¿Acaso él mismo había estado ciego, ya que no había notado nada alarmante hasta que Lucas había ido a llamar su atención?
¿Cuánto tiempo llevaba Dora Lucas viéndose en secreto con Francis sin que el propio Red se diera cuenta?
Tim, como su primer teniente, lo habría puesto sobre aviso de haberse enterado de lo que estaba pasando, sin duda.
A bordo de un barco del tamaño del Galah, poco acontecía sin que la mayoría de la tripulación se enterara, y…
¡Maldita sea! Las reuniones clandestinas entre un oficial y uno de los pasajeros no habrían pasado inadvertidas, menos aun cuando el pasajero era mujer y esposa de un oficial del rango de Lucas.
Red hizo la pregunta. Tuvo que poner un rígido control a sus ganas de gritarla. Francis De Lancey bajó la cabeza, roja bajo el bronceado de sus mejillas.
—Solo en los últimos días nos hemos reunido a solas, señor.
Pero, por supuesto, he estado mirando a Dora, la he observado y…
he hablado con ella en compañía. Yo… señor, la he amado casi desde el primer momento en que la vi.
Pero no dije nada hasta que ella… vino a mí.
Fue en cubierta, señor. Yo tenía la guardia del medio y el señor Broome vino a relevarme.
El capitán dormía. Esa fue la primera vez, una semana después de zarpar de Río.
Yo había estado en tierra con ellos, señor, y…
Supongo, ay, que fue entonces cuando ella intuyó lo que yo sentía. Y me dijo lo infeliz que era.
Red frunció el ceño.
—¿Dónde os habéis reunido? —preguntó, vacilante, sin saber qué creer—. No ha sido en la cubierta, ¿verdad? Os habrían visto.
Francis De Lancey se puso rojo y se ruborizó aún más. A regañadientes, negó con la cabeza.
—No, señor. En… mi camarote. Ah… no ha ocurrido nada inapropiado, señor, se lo juro. Dora solo quería hablar. Hemos sido discretos, señor.
La paciencia de Red se volatilizó.
—¿Discretos? —rugió furioso—. ¡Maldito joven insensato, eso no ha sido discreción, ha sido una locura!
No puedo permitir que esta situación continúe.
Señor De Lancey, exijo su promesa solemne de que no volverá a ocurrir.
Debe asegurarme que no buscará a la señora Lucas ni hablará con ella, salvo en público y en el ejercicio de sus funciones. ¿Queda claro?
De Lancey lo miró desafiante.
—No puedo hacerlo, señor. Dora… cuenta conmigo. No puedo defraudarla.
La boca de Red se tensó en una línea severa y airada.
—Entonces —dijo con frialdad—, no tendré más remedio que ordenar su arresto y poner un guardia fuera de su camarote…
Y tendré que dejar constancia de mi actuación.
Es muy probable que eso lo lleve a enfrentarse a un consejo de guerra cuando lleguemos a Sídney.
No creo que a su padre le haga mucha gracia, ¿verdad?
, teniendo en cuenta su eminente posición en la judicatura.
El chico palideció. Era evidente que la perspectiva de incurrir en el descontento de su padre le resultaba alarmante, pues, tras una momentánea vacilación, Francis tragó saliva y soltó con tristeza:
—Tiene mi palabra, señor. No me queda opción, ¿verdad?
—No —confirmó Red con gravedad—. Me temo que no. Muy bien, señor De Lancey, eso es todo. Puede seguir con lo suyo.