Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Así es, señor —respondió Lucas con frialdad—.

Soy consciente de que usted permite a sus oficiales subalternos más libertades de las que yo considero aconsejables.

Sin embargo, confío, en este caso, en que no sea demasiado pedirle que le señale al teniente De Lancey los extravíos de su comportamiento.

Por favor, asegúrese de que no vuelva a ofenderla.

—Estoy seguro, señor, de que, si el señor De Lancey ha actuado de forma inapropiada, no ha sido intencionado —protestó Red—. Hablaré con él, por supuesto, pero…

—Es pariente suyo, ¿no es así, comandante? —preguntó Lucas, con toda la intención de ser ofensivo.

—Es mi primo. —Una vez más, Red tuvo que obligarse a responder con calma a la provocación.

—¿Y su primer teniente, Timothy Broome, también es primo suyo? Lleva el mismo apellido que usted, así que tal vez sea su hermano.

—También es mi primo, señor. Su padre, el señor William Broome, propietario de una granja de ovejas en el río Murray, en Victoria, es mi tío.

—Irritado a pesar de su determinación de no permitir que Lucas lo provocara, Red añadió—: Antes de que me acuse de nepotismo, tal vez debería explicarle que Sus Señorías me dieron instrucciones específicas de elegir a mis oficiales entre aquellos que tuvieran conexiones con Australia.

Mi nave, señor, permanecerá en aguas australianas durante dos años.

La tripulación de mi barco está formada por voluntarios, y varios de ellos tienen vínculos con la colonia.

Por lo visto, el capitán Lucas juzgó que ya había dicho suficiente, por lo que adoptó un tono más conciliador:

—Ah, ya veo —admitió—. No me había dado cuenta de que sus instrucciones procedían del Almirantazgo.

Una sabia precaución por parte de Sus Señorías, dada la naturaleza de la colonia.

Mire… —Se quedó sin aliento y un segundo ataque de tos le impidió seguir hablando.

Fue tan violento que, para mantenerse en pie, tuvo que agarrarse al borde de la mesa mientras se llevaba a la boca la mano libre.

Red llamó al camarero de la sala de armas y le pidió que trajera brandy. Enseguida cogió a Lucas del brazo y lo ayudó a sentarse. El camarero regresó de inmediato y Red tomó la copa de brandy de la bandeja para dejarla junto a la mano de Lucas.

—Beba esto, señor —lo invitó—. Tiene una tos muy desapacible, sin duda.

Lucas no respondió, pero aceptó la invitación y bebió agradecido el fuerte licor sin mezclar.

Red aprovechó la oportunidad para salir de ahí; se puso el grueso abrigo de guardia, cogió su gorra de la percha que había en un mamparo de la sala de armas y subió a cubierta por la escotilla de popa.

Una rápida mirada hacia arriba le mostró que la corbeta seguía navegando a buen ritmo, impulsada por el viento constante del noroeste.

En esas latitudes, el viento parecía ser siempre el mismo, por lo que, durante horas o incluso días, no era necesario recoger velas ni ajustarlas.

Red recordó con gratitud que eso lo había aprendido de Keppel y, a pesar de las objeciones del capitán Benjamin Lucas, siguió obstinado en mantener la derrota hasta avistar las islas Príncipe Eduardo.

Era cierto que hacía frío; tanto, que el aparejo ya tenía una envoltura de hielo.

La guardia en la cubierta, bien abrigada contra el tiempo gélido, sacudía los obenques congelados para despejarlos.

El aliento formaba nubes de vapor alrededor de las cabezas de los hombres.

Timothy Broome estaba de guardia y se irguió al ver salir a su comandante por la escotilla.

Cuando ya se disponía a retirarse al lado de sotavento, Red lo detuvo con un gesto de la mano.

Tim tenía veintitrés años y era bajo y musculoso como su padre.

Había heredado el pelo rojizo de su abuela y, por lo que Red había oído de ella en voz de sus padres, lo mismo podía decirse de su valentía y estoicismo.

Nunca habían servido juntos. De hecho, hasta que Tim se unió al Galah, se habían visto en contadas ocasiones.

Red recordaba haberse sorprendido cuando su padre le contó que el joven Tim estaba decidido a abandonar la granja familiar de ovejas para alistarse en la Escuela Naval, con la intención de seguir el ejemplo del propio Red y hacer carrera en la Marina Real.

Otros dos hijos, más jóvenes que Tim, se quedarían a trabajar en la vasta propiedad del río Murray, por lo que la familia no puso ninguna objeción.

Y Tim no parecía arrepentido de su elección profesional.

Por una extraña coincidencia, también había servido bajo el mando del capitán Keppel y, dos años antes, había sido uno de los guardiamarinas del Maeander cuando Keppel visitó Hobart y Sídney, así como China y Sarawak.

Sin embargo, había sido trasladado al buque de investigación Rattlesnake tras la muerte de su capitán.

Volvió a Inglaterra cuando el Rattlesnake fue llevado al desguace, momento en que el Galah estaba siendo equipado.

Al verlo ahora, Red se alegró de que su joven primo hubiera estado disponible.

Tim era un excelente primer teniente y… Sonrió para sus adentros, pues acababa de recordar uno de los comentarios despectivos del capitán Lucas acerca de la disciplina naval.

Como todos los protegidos de Henry Keppel, Tim sabía cómo dirigir un barco feliz y eficaz, sin los azotes que Lucas parecía considerar indispensables incluso cuando la tripulación se componía de voluntarios entusiastas.

Tim presentó su parte formal con una brevedad encomiable.

A continuación, con el ceño fruncido por la preocupación, señaló a dos figuras que estaban juntas cabe la barandilla.

Iban tan abrigadas como los marineros de guardia, así que, por un momento, Red no supo quiénes eran.

Sin embargo, cuando por fin logró identificarlas, soltó un silbido de consternación.

—Por el amor de Dios, ¿es la señora Lucas? ¿Y el que está con ella es Francis, maldita sea?

—Sí, señor, me temo que sí —confirmó Tim—. Y no estaba seguro de qué debía hacer yo al respecto, pero sabía que el capitán Lucas estaba con usted en la sala de armas y… Bueno, cuando el gato no está… Dora ha dicho que necesitaba tomar el aire y…

—¿Dora, señor Broome? —exclamó Red en tono brusco.

El primer teniente se sonrojó.

—Nos ha dicho que la llamemos así, señor. Lo siento, se me ha escapado.

—Mejor vigile su lengua —le advirtió Red—. Tal familiaridad con la esposa de un oficial superior puede ser malinterpretada. Vale, continúe. Yo me encargaré del señor De Lancey.

Su intención no era otra que darle a Francis De Lancey órdenes de que bajara, pero, mientras se dirigía hacia la pareja, vio que se levantaba la tapa de la escotilla de popa. Supuso que era el capitán Lucas, que iba en busca de su esposa, de modo que aceleró el paso y dijo con brusquedad:

—Suba al mastelero del mayor, señor De Lancey, ¡rápido!

—¿Al mastelero, señor? —repitió De Lancey con la boca abierta.

—Eso es lo que he dicho —le espetó Red—. ¡Muévase, muchacho!

Dora Lucas se había vuelto, sobresaltada, al oír la voz de Red, pero comprendió la situación igual de rápido.

El joven De Lancey obedeció a regañadientes la inesperada orden.

Con botas resbaladizas, se puso a trepar los obenques cubiertos de hielo.

Dora se volvió hacia Red, sonriendo coqueta y sin el menor apuro.

Con el rostro macilento por el frío, seguía viéndose muy hermosa; el embate del viento no nublaba su belleza.

Encajó su brazo en el de Red y empujó a este en dirección a la escotilla sin dejar de sonreír con seductora inocencia.

Inconsciente por lo visto de la temperatura que avasallaba la cubierta al aire libre, el capitán Lucas ni siquiera había esperado a ponerse un abrigo. Apareció por la escotilla con un terrible ataque de tos. Se aferró a la brazola sin fuerzas para cerrar la tapa.

Para alivio de Red, la mujer corrió de inmediato hacia su esposo con los brazos extendidos y el rostro lleno de preocupación y miedo.

—¡Oh, querido, no deberías haber subido a cubierta!

—exclamó—. Vas a empeorar tu tos, lo sabes.

Y no me habría entretenido mucho, de verdad.

Solo he subido para tomar un poco de aire fresco y…

—Se volvió y señaló a Red. Sus ojos azules le suplicaban que no la desmintiera—.

El capitán ha tenido la amabilidad de ofrecerme su compañía. Y…

Lucas, en cuanto pudo controlar la tos, respondió de mala gana.

Lanzó a Red una mirada en la que se mezclaban la sospecha y el desconcierto.

Luego, habiendo decidido que no ganaba nada permaneciendo más tiempo en la cubierta, se dirigió a Dora con tono brusco y le pidió que bajara. La siguió sin decir nada más.

Tim Broome se apresuró a cerrar la escotilla. Señaló con la cabeza el mástil principal, donde Francis De Lancey estaba acurrucado, muy incómodo, y preguntó con una discreta sonrisa:

—¿Cuánto tiempo desea que el señor De Lancey permanezca de vigía, señor?

Red no le devolvió la sonrisa.

—Que se quede allí hasta el cambio de guardia. A usted lo va a relevar el capitán, ¿no? Dígale al señor De Lancey que se presente ante mí tan pronto como vuelva a cubierta.

—Sí, señor —respondió el primer teniente con formalidad. Tras un momento de vacilación, añadió—: Creo que ha sabido manejar muy bien una situación delicada, señor, si me permite decírselo.

—No se lo permito —replicó Red con irritación—. ¡Váyase al diablo, señor Broome!