Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 6
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Capítulo 6

—Debo discrepar, comandante Broome —anunció en tono agresivo el capitán Benjamin Lucas—, en la controvertida cuestión del rumbo que ha fijado. No suscribo la teoría de la navegación ortodrómica, señor, ¡maldita sea, claro que no!

Estaban de pie en la sala de armas del Galah.

El desayuno a medio terminar de Red Broome estaba todavía sobre la larga mesa del comedor, donde la inesperada llegada del capitán Lucas lo había obligado a dejarlo.

Aprendida la virtud de la paciencia que le había enseñado el viaje de ocho semanas en compañía del capitán de ingeniería, Red controló su enfado.

Tenía asimilado que el capitán Lucas era crítico por naturaleza y que, en la mayoría de los casos, expresaba sus quejas con escasa cortesía, más basadas estas en prejuicios que en conocimientos.

Lucas era un hombre pequeño, calvo y de complexión robusta, a quien Red podía mirar con toda comodidad desde su impresionante altura.

Al igual que su padre, Red medía seis pies, tres pulgadas, y tenía un cuerpo delgado y musculoso de piel muy bronceada.

El pelo rojo del que derivaba su apodo era un legado de su abuela paterna.

Pocos sabían que su nombre de pila era Murdoch, ya que no lo había utilizado desde la infancia.

—El capitán Keppel, señor, bajo cuyo mando tuve el honor de servir durante cuatro años, era un firme creyente en el principio del gran círculo —observó con toda cortesía—.

Eso le permitió establecer marcas de travesía al Lejano Oriente y a Australia.

—El capitán Lucas intentó interrumpirlo, pero no le hizo caso y continuó—: Se basa en una mejora de la carta de Mercator, señor, y los navegantes la han utilizado con éxito durante los últimos cien años.

—¡Conozco esa maldita teoría, caramba! —exclamó Lucas—. Lo que me preocupa es cómo ha propuesto usted servirse de ella.

Red seguía poniendo un rígido control a su temperamento.

—Tengo la intención de navegar hacia el sur hasta alcanzar el paralelo 48. Ahí pondré rumbo a las islas Príncipe Eduardo, a los 46 grados y 23 minutos de latitud sur, y…

—Hará un frío infernal —objetó Lucas con amargura.

—Nos ahorraremos casi cinco días de travesía.

Si siguiéramos la antigua ruta por las islas San Pablo y Ámsterdam, no haría mucho más calor y no podríamos fiarnos tanto de los vientos.

En el Dido , señor, el capitán Keppel registró travesías de entre doscientas setenta y doscientas noventa millas entre las islas Príncipe Eduardo y Kerguelen —explicó Red con estudiada paciencia—.

Entonces, por supuesto, se dirigió al estrecho de Sunda, mientras que nosotros intentaremos aprovechar el viento predominante del oeste para llegar al puerto de Fremantle, en el río Swan, y…

—Cuanto antes abandonen Sus Señorías la navegación a vela en favor de la de vapor en toda la Marina Real, las cosas mejorarán, y lo harán desde todos los puntos de vista imaginables: velocidad, eficiencia, precisión y, sí, maldita sea, ¡comodidad!

—alegó el capitán Lucas. Y añadió, con un tono aún agrio y algo autoritario—: Piense un poco en la comodidad de sus pasajeros, Broome.

Debe comprender que mi esposa y su doncella no están acostumbradas al frío extremo ni al mal tiempo.

En cualquier caso, por lo que he oído de él, su venerado capitán Keppel tenía fama de seguir adelante sin importar los daños que sufrieran sus barcos ni cuántas vergas se llevara el viento.

Red controló el impulso de negar indignado. En cambio, respondió con moderación:

—El capitán Keppel es el mejor marinero al que he servido, señor, y me atrevo a sugerir que pasará mucho tiempo antes de que el vapor sustituya a la vela en el servicio.

Benjamin Lucas lo miró con ira. Sus ojos llorosos y enrojecidos brillaban con malicia.

—Ya lo veremos, comandante Broome, ya lo veremos.

—Estornudó, y el paroxismo de tos que siguió al estornudo lo privó del habla por un momento—.

¡Váyase al diablo! —logró decir por fin—.

Ya hace suficiente frío como para que mis pulmones se vean afectados, y los icebergs siempre significan peligros en estas aguas. ¿Los ha tenido en cuenta?

—Sí, señor, los tengo en cuenta. El…

—Entonces piense en mi esposa. ¿Tendrá que quedarse en su camarote durante la próxima semana o más?

Era su propio camarote en el que la señora Lucas estaría confinada, reflexionó Red con tristeza.

Por cortesía y porque Lucas era su superior, había cedido a esos pasajeros su espacioso camarote de popa.

Y Lucas también se había apoderado del camarote de día, en el que, en condiciones normales, el propio Red habría tomado sus comidas y departido con sus oficiales.

Ahora se veía obligado a comer con ellos en la estrecha sala de armas de la cubierta inferior.

O bien… Suspiró. Si deseaba estar solo, como a veces placía al capitán de un barco, tenía que conformarse con la litera de un teniente y con que le sirvieran la comida en una bandeja, puesto que no había suficiente espacio para que su mayordomo se mantuviera erguido mientras lo atendía.

En realidad, el matrimonio de Lucas con Dora era muy reciente.

El capitán ingeniero se había casado solo unas semanas antes de que el Galah zarpara hacia Australia.

Red sospechaba que esa decisión de casarse había estado dictada por la naturaleza del cargo que le habían asignado, el de superintendente del nuevo astillero naval de Sídney.

El nombramiento incluía una casa, según le había contado su padre, que ocupaba el puesto de manera temporal durante la construcción del astillero.

Por lo visto, el capitán Lucas anticipaba una necesidad social que a un oficial soltero no le resultaría fácil satisfacer.

Sin embargo…

Red miró con el ceño fruncido al hombrecillo robusto y rubicundo y su uniforme mal ajustado.

Lucas tenía cincuenta y tantos años. Su esposa era una chica extremadamente guapa de apenas dieciocho.

No por primera vez, Red se preguntó qué podría haber llevado a Dora Lucas a aceptar como marido a alguien que podría haber sido su padre.

¿La pobreza, tal vez? ¿El anhelo de mejorar su condición?

Red recordó el día que la chica le habló de su hogar.

Había insinuado que se encontraba en una situación económica difícil.

Incluso había despertado su compasión al mencionar a su madre viuda y a sus tres hermanas en edad casadera.

Como ella, carecían de dote y de los contactos sociales adecuados.

Lucas debía de haberle parecido una buena opción, y él, sin duda, había contentado a su joven esposa con ropa y joyas.

Y le había proporcionado una criada, que viajaba con ellos.

Aparte, en la bodega del Galah se apilaban innumerables cajas y cestas con el mobiliario para la residencia oficial que la pareja ocuparía al llegar a Sídney.

Gracias al matrimonio, la joven no carecería de ventajas materiales, pero, aun así, los dos formaban una pareja extraña y, al parecer, poco afectuosa.

Benjamin Lucas era un tipo dominante. Los marineros ya habían sentido el azote de su lengua en varias ocasiones.

A Dora parecía tratarla con un estudiado desprecio e incluso con una dureza que rayaba en la crueldad cada vez que, como ocurría con demasiada frecuencia, la desdichada joven hacía algo que lo disgustaba.

Y eso, pensaba Red, se debía más a la ignorancia de la chica que a sus intenciones.

Nunca se había mezclado en círculos navales y no conocía las costumbres.

El día que subieron a bordo por primera vez, ella, en su inocencia, había intentado amistarse con toda la tripulación del barco, incluidos el propio Red y sus oficiales, y se había ganado una reprimenda pública de su marido cuando pidió al joven teniente Francis De Lancey que la «paseara por el barco», como ella misma había dicho.

Francis era un joven caballeroso. Más tarde expresó su indignación en nombre de la flamante señora Lucas, lo que le valió la severa desaprobación del marido y una reprimenda aún más pública que la que se había llevado la propia chica. Rapapolvo, sin duda, igual de inmerecido.

Dado que Lucas seguía discutiendo la decisión de poner rumbo al archipiélago de las islas del Príncipe Eduardo, Red hizo un esfuerzo por aparentar que escuchaba la diatriba, al menos, aunque apenas le prestaba atención.

Ya habían discrepado en muchos asuntos desde que el Galah zarpó de Sheerness, pensó con cansancio; era más prudente no seguir escuchando.

El primer enfrentamiento se había producido cuando, frente a la costa occidental de África, Red acudió en ayuda de la fragata Leopard, que perseguía a un barco negrero.

Se puso por delante, gracias a lo cual la fragata británica logró concluir la persecución con éxito y salvar vidas de la infeliz carga de aquel transporte.

Pero Lucas lo acusó de incumplimiento del deber y, maldita su estampa, ¡lo amenazó con un consejo de guerra!

A pesar de su rango, el capitán ingeniero nunca había comandado un barco en la mar, y mucho menos un velero.

La propia naturaleza de su formación y sus anteriores empleos lo habían mantenido en tierra, en los astilleros.

Su servicio en la mar se había limitado a probar motores de vapor recién instalados en barcos de ruedas de paletas o hélice.

Él…

Red se tensó al oír mencionar el nombre de Francis De Lancey. Arrancado de su indiferencia simulada, prestó toda su atención a Lucas y lo oyó decir con tono de censura:

—Ha llegado a mis oídos, comandante Broome, que el teniente De Lancey está prestando a mi esposa atenciones intolerables.

—¿He oído bien, señor? —replicó Red indignado—. ¿Está sugiriendo que el teniente De Lancey ha ofendido a la señora Lucas?