Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 5 #5
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Capítulo 5 #5

De hecho, recordó Justin, habían tenido que pasar quince años y habían tenido que llegar desde Alemania exiliados luteranos dispuestos a trabajar para que Australia Meridional alcanzara una situación financiera más o menos sólida.

La criada irlandesa, Biddy, entró para anunciar la cena.

Justin comió sin apetito. Él y Johnny, de mutuo acuerdo, evitaron el tema de la enfermedad de Jessica y continuaron hablando de la situación del país en general.

Las opiniones de Johnny diferían apenas de las suyas, aunque, como periodista, quizá era más liberal.

Justin pensó con orgullo que el chico era muy culto, a pesar de que había recibido su educación en Sídney y no había disfrutado de las ventajas de una escuela pública inglesa, como muchos de sus contemporáneos.

Sin poderlo evitar, la conversación volvió a Hargraves y a la amenaza que supondría una fiebre del oro a escala californiana para el actual modo de vida de Nueva Gales del Sur.

—Y no será solo aquí —afirmó Johnny con tristeza—.

Algunos de los hombres provenientes de las minas estadounidenses tienen la intención de dirigirse a Victoria.

Hargraves me ha dicho que un amigo suyo, un personaje al que llamó Happy Jim, tenía la intención de probar suerte allí tan pronto como encontrara un barco que lo llevara al puerto Phillip.

Son un grupo decidido, papá, y no será fácil detenerlos.

Si Hargraves o sus dos muchachos llegaran a encontrar oro en uno de los arroyos del río Macquarie, aunque sea una pepita, no habrá quien calle la noticia.

Y tú mismo has dicho que tú y el tío Rick encontrasteis oro en el río Pengallon.

Añade eso a lo del viejo Yorky, a lo del conde Strzelecki, a lo del reverendo Clarke y…

—Extendió las manos en un gesto de impotencia—.

¿Sabes si el tío Rick encontró más oro en esos parajes?

—Me inclino a creer que sí —comenzó Justin—, pero, como todos los demás, se lo calló. Él… —Lo interrumpió la entrada de Jenny.

—Papá —anunció sin aliento—, mamá quiere veros… Quiere prepararse para dormir, y supongo que lo conseguirá. Ha podido tomarse un cuenco entero de caldo con poca persuasión por mi parte. Las noticias de Red la han… ¡Ah, la han hecho tan feliz!

Y, así era, en efecto, reconoció Justin cuando, con sus hijos pisándole los talones, regresó a la habitación de la enferma.

El rostro pequeño y delgado de Jessica estaba radiante; sus ojos oscuros, más brillantes de lo que los había visto en semanas.

Ella se aferró a su mano y le rogó que se quedara después de que los hijos le hubieran dado las buenas noches.

Justin se sentó en la silla junto a su cama sin soltarle su mano, y, como ella no daba señales de querer dormir, charlaron hasta bien entrada la noche, como solían hacer en los primeros días de su matrimonio, después de una de aquellas largas ausencias en la mar.

Hablaron de Red, por supuesto, ya que su regreso era el tema que más la atraía; y de los Macquarie, de quienes ambos recuperaron recuerdos que creían olvidados hacía tiempo.

Justin le contó el descubrimiento de Edward Hargraves y la decisión de Johnny de ir a Guyong al día siguiente para investigar las afirmaciones de ese hombre.

De repente, la expresión de Jessica cambió y el brillo se apagó en unos ojos que se le llenaban de lágrimas.

—¿Recuerdas lo que nos dijo tu madre cuando vio por primera vez la tierra más allá de las montañas Azules?

—Vaciló por un momento, como si escuchara una voz que Justin no podía oír.

Luego, con la voz fuerte y clara de su juventud, continuó hablando mientras pensaba en «los rebaños y manadas que esta tierra sustentaría, ¡en los cultivos que produciría!

Miradla, hijos, porque vuestro futuro se extiende allí abajo.

Esta es la tierra próspera que, según nos ha dicho el gobernador, se llamará Australia…

, ¡y es para que vosotros construyáis en ella! ».

—Lo recuerdo bien, mi amor —logró decir Justin con voz ronca—. Mi madre siempre me citaba la promesa del gobernador Phillips. Su fe en esa promesa dictó su vida, y doy gracias a Dios por haberla visto cumplirse. Yo…

Era como si Jessica no lo hubiera oído, pero la mujer apretó los dedos en torno a los suyos y añadió en un suave susurro:

—¡Ahora lo destruirán todo en su codiciosa búsqueda de oro! Ay, Justin, doy gracias a Dios por no quedarme aquí para ver cómo ocurre, cómo se rompe la promesa del gobernador Phillips.

Jessica se sumió en el silencio. Por su respiración tranquila y uniforme, Justin intuyó que se había quedado dormida. Él se quedó donde estaba, dormitando a ratos, hasta que la voz de su esposa lo despertó con brusquedad.

—Red, mi querido hijo, qué alegría que hayas vuelto a casa, qué alegría volver a ver tu rostro…

Y la voz se apagó. En el repentino silencio, Justin ya no pudo oír su respiración. Gritó de dolor y compasión cuando la mano de Jessica, ya sin fuerza, se deslizó de entre la suya. Supo, entonces, que había muerto.