Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

—Todavía no —respondió Johnny—. Tengo que investigar más.

Le he sugerido al señor Hargraves que me lleve al lugar donde hizo su descubrimiento, pero no le ha gustado nada la idea, ni siquiera cuando le he garantizado una absoluta confidencialidad.

Creo que esperará a conocer la reacción del gobernador después de que Deas Thomson le entregue su carta.

No pretendo hilar fino, papá, pero Hargraves busca una recompensa económica y quizá algún tipo de cargo en el gobierno.

A diferencia del comandante británico del que hablas, este hombre apenas cubrió sus gastos en California, junto con el pasaje de vuelta a casa.

Si hay oro en nuestras montañas Azules, quiere llevarse el mérito de haberlo encontrado.

—¿Y te has propuesto investigar más?

El rostro bronceado de Johnny se iluminó con una sonrisa juvenil.

—Sí, ese es mi plan, y el periódico está muy interesado en que lo haga.

Hargraves dejó escapar que tiene a un par de muchachos husmeando por los arroyos del valle del Macquarie: el joven Lister y un chico llamado William Tom.

Él les enseñó a buscar oro. Antes de que los dejara, construyeron lo que ha llamado un balancín de estilo californiano.

Y parecía bastante seguro de que encontrarían suficiente oro para convencer al gobierno.

—¿Y él tiene claro lo que te has propuesto hacer?

—preguntó Justin. Dejó su copa sobre la mesa, consciente de la profunda consternación que le producía la posibilidad de que se confirmara el descubrimiento de Hargraves.

Al igual que el gobernador Macquarie años atrás, temía las consecuencias de un hallazgo de esa naturaleza.

Expresó sus inquietudes y Johnny asintió muy serio.

—Lo sé, ¡y espero, por todo lo que hay en el cielo, que Hargraves esté equivocado!

De hecho, haré lo posible para refutar su afirmación.

A juzgar por lo que está ocurriendo en California, lo último que queremos aquí es una fiebre del oro.

—Johnny vaciló—. Tenía pensado partir mañana hacia Guyong, pero…

está mamá. He estado fuera apenas un par de semanas y…

Papá, me ha sorprendido ver lo mucho que ha cambiado, incluso en tan poco tiempo.

¿El doctor Munro…? —Tragó saliva—. ¿Le ha dicho… ?

Justin contuvo el aliento con un suspiro de tristeza.

El chico se había dado cuenta, por supuesto; era inevitable que lo hiciera, y Jenny también.

No podía ocultarles la triste verdad; ambos tenían derecho a saberlo, por mucho que le costara decírselo.

Incluso él mismo se resistía a admitirlo, pero…

—Munro dice que no puede hacer nada más por ella, Johnny, salvo tratar de aliviar su dolor. Es… Ah, maldita sea, muchacho, es solo cuestión de tiempo, ha dicho.

—¿Te ha dado alguna idea de cuánto tiempo? —preguntó Johnny con los labios apretados.

Justin negó con la cabeza.

—No lo sabe. Podrían ser solo semanas; tal vez más.

—¡Espero por Dios que Red llegue a tiempo!

—Yo también lo espero, Johnny. —La carta de Red, el hecho de que estuviera de camino, de que ya hubiera zarpado, había alegrado tanto a Jessica que tal vez…—. Creo que encontrará fuerzas para aguantar hasta que Red regrese. Pido a Dios que le dé esas fuerzas. Volver a verlo lo sería todo para ella.

—Sí, lo sé. —Johnny permaneció en silencio durante un largo rato.

Evitaba la mirada de su padre—. ¿Crees que debería ir a Guyong mañana, papá?

Tendría que estar fuera al menos una semana; quizá diez días.

Y no querría dejarla si…, quiero decir, si mamá me necesita. Yo… —Volvió a titubear—. ¿Ya lo sabe?

—Munro no se lo ha dicho —respondió Justin con un nudo en la garganta—.

Callarlo le parece muy importante, pero…

Dios, Johnny, creo que ella lo sabe. Nunca lo admitirá, por el bien de todos nosotros.

Debe de pensar que así nos ahorra el dolor.

Será mejor que vayas a Guyong, porque, si no, tu madre podría pensar que pasa algo raro.

Se lo diré a Jenny, que va a estar aquí; y, si fuera necesario, yo mandaría a alguien a buscarte.

—Muy bien. —Johnny volvió a guardar silencio.

Justin se levantó a rellenar las copas. Por su mente pasaban pensamientos que no podía compartir ni siquiera con su hijo.

Fue Johnny quien rompió el silencio y cambió de tema con toda intención.

—Red dice en su carta que traerá a un ingeniero naval para que se haga cargo del mando de tu astillero, ¿verdad, papá?

—Sí, creo que sí —confirmó Justin, con voz inexpresiva.

—¿Te importa?

—¿Que si me importa? No, en absoluto. —Justin se encogió de hombros—. El mío era solo un mando temporal. Desde el punto de vista oficial, estoy en la lista de retirados.

Y era cierto, reflexionó: no le importaba.

Ahora, ante la trágica enfermedad de Jessica, nada le importaba, y, en muchos sentidos, sería un alivio ceder la administración del nuevo astillero naval.

Maldita sea, pensó irritado, él era un marinero, no un…

¿Qué había dicho Red de su pasajero? ¿Que pertenecía a una nueva clase de oficiales?

, ¿que era un ingeniero naval, un hombre de barcos de vapor?

— Estaré agradecido, Johnny —añadió con más emoción de la que pretendía revelar.

—Nunca has sido un hombre muy ambicioso, ¿verdad, papá? —sugirió Johnny—. Quiero decir, nunca has sido un cazador de glorias.

—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó Justin, cogido por una genuina sorpresa—.

He estado al mando en la mar durante la mayor parte de mi vida adulta.

Eso era a lo que aspiraba, lo que deseaba, para ser sincero.

Y todos mis mandos fueron aquí, por lo que me considero afortunado.

Sus Señorías bien pudieron haberme destinado a un barco en la estación de la India o incluso en el Mediterráneo o en la Flota del Canal.

Al igual que Red, pensó, todo su servicio podría haber transcurrido a doce mil millas de su hogar, pero el hecho era que Sus Señorías lo habían dejado en Australia, quizás porque le habían concedido el cargo a regañadientes y…

Apretó los labios. Porque un hijo de convictos emancipados era una vergüenza para ellos.

Ahora bien, Red, como miembro de tercera generación, y con el almirante Stirling como benefactor, ya se había liberado del estigma.

Justin reflexionó con orgullo que su hijo estaba haciendo una brillante carrera.

—Pudiste haber sido gobernador de Australia Meridional —afirmó Johnny con cierta beligerancia— si hubieras querido. Estabas allí con el coronel Light, el topógrafo general. Y te juro que lo habrías hecho mejor que sir John Hindmarsh y el comisionado residente… ¿Cómo se llamaba?

—Fisher —completó Justin—. Pero el capitán Hindmarsh era un oficial naval muy distinguido, Johnny, con un historial insuperable.

—Aun así —argumentó Johnny, imperturbable—, hizo un trabajo pésimo como gobernador. Después de que el coronel Napier rechazara el nombramiento, te tuvieron en cuenta a ti, ¿no es verdad?

Era cierto, Justin se vio obligado a admitirlo, aunque dudaba de que la Oficina Colonial Británica hubiera aprobado su designación.

En cualquier caso, al igual que el capitán Hindmarsh, no había sido capaz de ponerse de acuerdo con el comisionado residente de la Compañía de Australia Meridional.

Todo había agotado su paciencia y llevado su tolerancia al límite: las interminables disputas sobre la ubicación de la nueva capital, Adelaida, la confusión en la venta de tierras a los colonos recién llegados y el hecho de que se prohibiera el trabajo de los convictos en la colonia.

Justin notó que Johnny lo miraba en silencio, expectante, y habló enfático:

—Por el amor de Dios, muchacho, ¡me dio mucho gusto no haber aceptado ese nombramiento!

El coronel Light tenía planes sensatos y yo estaba de acuerdo con todo lo que proponía, pero la triste realidad es que todos los nuevos asentamientos de este país sufren cuando se excluye la mano de obra de los convictos.

No se puede contar con los colonos libres para realizar tareas arduas, como la construcción de carreteras, o incluso la de casas, o el desarrollo agrícola.

Los primeros colonos libres que llegaron a Australia Meridional esperaban encontrar mano de obra con facilidad, ¡y el propio Hindmarsh tuvo que pedir a los marineros del Buffalo que se construyeran sus propios refugios!