Capítulo 5 #3
—¿Cuándo escribió esa carta? —Johnny devolvió a todos a la realidad—. Llegó en el Lady Frere, y creo que el barco tardó poco más de cinco meses en hacer la travesía, pues se retrasó en Cabo. Así que el barco de Red, ¿cómo se llama?, ¿ Galah?, ya ha de estar en camino, mamá.
—Si zarpó de inmediato, Johnny. —Justin, otra vez bajo control, acababa de recuperar la carta—. Esta la escribió el diecinueve de febrero. —Se aclaró la garganta—. Leeré el resto, ¿te parece, mi amor?
—Sí, por favor —susurró Jessica—. Espero que Red nos diga cuándo… podemos esperarlo.
Pero Red no podía dar una fecha precisa, según supieron cuando se reanudó la lectura.
—«Tenemos que completar el equipamiento y reunir a la tripulación, y Sus Señorías me han ordenado hacer un viaje de prueba a Lisboa con despachos.
Podrían transcurrir de seis a ocho semanas antes de que pongamos rumbo a aguas australianas.
Ten por seguro que cualquier retraso no será culpa mía, pero tenemos que llevar al futuro comandante de tu nuevo astillero naval, papá.
Se trata de uno de esos nuevos ingenieros de vapor que ahora están dejando huella en la Marina Real.
Nuestro pasajero es un oficial llamado Lucas, nada menos que un capitán de navío, y viene acompañado de su esposa… ».
Justin sonrió con ironía.
—Pobre Red, ¡su primer mando y le endosan un capitán ingeniero! Y, además, un capitán ingeniero casado… Me temo que el muchacho tendrá que ceder su camarote. —No esperó ningún comentario de los demás y continuó con la lectura.
—«Sin embargo, Sus Señorías me han permitido elegir a mis oficiales. El primo Timothy ya se ha incorporado como primer teniente. Estamos esperando al joven Francis De Lancey como segundo, tan pronto como pueda hacer el viaje desde Dunglass, en Escocia».
—Timothy, el hijo mayor de William y Dodie —añadió Jessica con evidente satisfacción—. Estarán tan encantados con esta noticia como yo, Justin.
Pero con menos motivos, pensó Justin. El joven Timothy Broome había sido uno de los guardiamarinas del capitán Keppel en el Maeander, que había hecho escala en Sídney el febrero anterior, por lo que su familia lo había visto hacía poco tiempo.
El hermano de Justin, William, era propietario de unos veinte mil acres de tierra en el nuevo estado de Victoria, tierras que había adquirido criando ovejas en ejercicio de lo que se conocía como derechos de ocupación.
Por esas tierras, el gobierno solo exigía un pago simbólico.
—George De Lancey —observó Justin—. No ha visto a Francis desde hace varios años.
—Terminó de leer la carta, que concluía con una entusiasta descripción del Galah, Notó con preocupación el cansancio en el pequeño rostro de su esposa, así que le llevó la carta y le dijo con delicadeza—: Te dejaremos ahora, ¿de acuerdo, querida?
Intenta dormir un poco. Luego, quizá Jenny consiga convencerte de que comas algo.
—No te preocupes, papá —dijo Jenny—, me encargaré de ello. Pero no creo que necesite mucha persuasión después de las noticias de Red, ¿verdad, mamá?
Con la carta en la mano, Jessica esbozó una sonrisa de respuesta. Justin dejó a las dos mujeres juntas, tomó a su hijo del brazo y lo condujo escaleras abajo hasta la pequeña habitación que utilizaba como despacho.
—Tomemos una copa juntos, Johnny —lo invitó—, para que me cuentes tus noticias. ¿Cuándo has regresado de Goulburn?
—Ah, he llegado a Sídney antes del mediodía —le dijo Johnny—.
Mi viaje resultó ser una completa pérdida de tiempo.
Pero… —Aceptó la copa de brandy que su padre acababa de servirle y la levantó en señal de brindis—.
A tu salud. Sin embargo —continuó—, ocurrió algo muy interesante, y estaba ansioso por contártelo.
A mi vuelta a la oficina, había un tipo de apellido Hargraves, Edward Hammond Hargraves, esperando para verme.
Es un tipo interesante, muy alto, corpulento y con una frondosa barba negra.
Me ha contado que solía trabajar en una granja en Gosford, pero que se marchó a California para unirse a la fiebre del oro estadounidense.
Y, si bien no consiguió hacerse rico, afirma saber todo lo que hay que saber sobre la búsqueda de oro.
—¿Y tú le has creído? —preguntó Justin.
—Sí, papá. Me pareció bastante sincero. Y su historia es que se dio cuenta de que el campo más allá de Bathurst y el valle del río Macquarie se parecen mucho a los yacimientos auríferos de California.
—Johnny se encogió de hombros y sonrió—.
Ha vuelto aquí para demostrarlo y afirma haberlo conseguido.
Al final de la entrevista sacó unas cuantas motas de polvo de oro y me contó que se las había enseñado al secretario Deas Thomson.
Justin sintió un repentino interés.
—¿Dijo dónde había encontrado el polvo?
—No, solo dijo que fue en la zona del río Macquarie. El hombre espera obtener una recompensa económica del gobierno y por eso fue a ver a Thomson, de quien…
—De quien —intervino Justin— no recibió ningún ánimo.
Johnny lo miró pensativo.
—Exacto. ¿Cómo lo has sabido?
—Porque hace más años de los que puedo recordar —respondió Justin—, Rick Tempest y yo encontramos oro aluvial en Pengallon, cuando éramos socios allí… —Su memoria se agitó y lo hizo recordar con viveza los acontecimientos que siguieron a su descubrimiento.
Rick había encontrado las pepitas en la orilla del río, pero pocas horas después del hallazgo, ambos habían sido víctimas de un funesto ataque por parte de una banda de convictos fugitivos. Rick había recibido un disparo y había caído herido de gravedad antes de que llegaran a ayudarlo.
—Informamos de nuestro hallazgo al gobernador Macquarie —añadió Justin—.
Tal como yo había previsto y advertido a Rick una y otra vez, Su Excelencia insistió en que no se hiciera público.
Una sabia decisión. Hizo que se modificaran los términos de nuestro contrato de arrendamiento y excluyó los derechos mineros durante veinte años.
—Frunció el ceño al recordar la voz de Lachlan Macquarie y la consternación en su rostro mientras lo informaba del descubrimiento de Rick.
«¡Dios mío! —había exclamado—, si la noticia se difundiera, las consecuencias serían desastrosas.
No se podría controlar a los convictos. Habría fugas masivas y todos los fugitivos irían a las montañas, a las nuevas tierras de pastoreo, en busca de oro.
Y no solo los convictos, sino también los hombres libres, los colonos, los soldados de la guarnición.
La colonia se volvería ingobernable en un pispás.
La gente moriría de hambre si se les permitiera explotar los recursos naturales en una búsqueda desenfrenada de oro. No puedo correr ese riesgo».
Los que habían seguido al gobernador Macquarie al frente del destino de la colonia compartían esa opinión, se recordó Justin, y con razón. Empezó a ampliar el tema, pero se detuvo al darse cuenta de que Johnny, un periodista bien informado, no necesitaba que lo convencieran.
—Todos los gobernadores que vinieron detrás de Macquarie guardaron silencio sobre la posibilidad de encontrar oro aquí, papá: Brisbane, Darling, Gipps…
Strzelecki encontró cuarzo aurífero cerca de Hartley y sir George Gipps lo hizo jurar silencio; y lo mismo pidió al párroco William Clarke cuando este fue a prospectar a lo largo del río Cox y el Wollondilly.
Y luego estaba ese pastor, al que llamaban Old Yorky.
Hargraves sabía de él; lo admitió ante mí.
De hecho, supongo que se dirigió al arroyo donde solía estar la cabaña de Yorky para comenzar su búsqueda.
Eso se encuentra cerca de Guyong, donde Hargraves me dijo que se alojaba.
Es amigo de la viuda Lister, que regenta la posada allí.
Y no hay duda de que Yorky encontró una pepita de dimensiones considerables.
—Johnny se encogió de hombros con gesto resignado—.
Padre, me temo que no será posible seguir callando lo del oro, digan lo que digan Deas Thomson o el gobernador Fitzroy.
Hargraves no se va a callar así de fácilmente y, además, no es el único que ha vuelto aquí desde California.
Están regresando en masa… De algunos de esos viajeros no podría decirse que son personas recomendables.
Se dice por ahí que las autoridades de San Francisco los han echado.
Justin asintió con la cabeza.
—Tienes razón, Johnny. Esta mañana he tenido ocasión de subir a bordo de uno de sus barcos, el bergantín Banshee, registrado en San Francisco.
El propietario parecía un caballero. Decía haber sido comandante del ejército británico.
El grupo que lo acompañaba, sin embargo, era de verdad desagradable.
Dos tripulantes habían cumplido condena en la isla de Norfolk, y todos procedían de las minas de California.
El mayor…, creo que ha dicho que se apellidaba Lewis, me ha contado que se había hecho rico en los yacimientos estadounidenses, pero se ha mostrado evasivo en cuanto a los motivos por los que había venido.
—Me pregunto si conoce a Edward Hargraves —dijo Johnny pensativo—.
Por lo que Hargraves me ha explicado, he podido deducir que hablaba con bastante libertad a cualquiera que quisiera escucharlo mientras estaba en las minas de California.
Parece que, antes de salir de Sídney, ya estaba convencido de que el valle del Macquarie era campo aurífero, así que viajó a California solo para demostrar su teoría. Ahora cree que lo ha conseguido.
Justin, ansioso, miró a su hijo con ansiedad por encima del borde de su copa.
—¿Crees probable que el Herald publique su historia?