Capítulo 5 #2
Era cierto que había regresado a Australia con su antiguo capitán, James Stirling, cuando, por fin, el gobierno británico aprobó el establecimiento de una colonia en el río Swan, en 1829.
Pero la nueva capital, Perth, estaba a dos mil quinientos kilómetros de Sídney.
Entonces Red era solo un miembro muy joven del personal del vicegobernador Stirling, demasiado joven para permitirse hacer el largo viaje y visitar a su familia en calidad oficial.
Y también carecía de medios para pagarse el pasaje en un barco mercante.
En cualquier caso, recordaba Jenny, a su hermano no le había gustado nada la mala gestión inicial del nuevo asentamiento.
Aún menos, los problemas de los primeros colonos libres, mal elegidos.
Por esa razón, había preferido buscar el servicio activo en la mar.
Destinado al barco de Su Majestad Dido, una corbeta de dieciocho cañones bajo el mando del capitán Henry Keppel, hermano de su compañero guardiamarina del Success, Tom Keppel, Red había estado en acción casi sin pausa.
Primero en China, donde su barco participó en la guerra del Opio de 1842.
Luego, su corbeta recibió la orden de dirigirse a Borneo en una expedición para reprimir la piratería, y a los ríos de Sarawak, cuyo rajá blanco, James Brooke, había solicitado la ayuda del gobierno británico. Él…
—Voy a seguir leyendo, Jenny. —La voz de su padre interrumpió sus pensamientos—. A tu madre le hace mucha ilusión leer las cartas de Red —añadió casi disculpándose—, aunque sean de hace años. Pero no te quedes si no quieres.
—Me quedaré, papá —respondió ella.
Y se acomodó en una silla junto a la ventana a observar el rostro de su madre. Vio que los ojos oscuros de Jessica Broome brillaban y que en su expresión había una expectación ansiosa mientras decía en voz baja:
—Nos estaba hablando de los dayaks, Justin, y del señor Brooke.
Justin Broome asintió. Cogió una de las cartas arrugadas y buscó el lugar donde se había quedado. Después de aclararse la garganta, comenzó a leer.
—Los dayaks son piratas fluviales y cazadores de cabezas, muy audaces para ejecutar sus fechorías.
Sus prahus de guerra son muy ágiles, están armados con cañones de bronce y cuentan con cuarenta o cincuenta remeros para impulsarlos.
Pero sienten un gran respeto por el capitán Keppel, a quien llaman rajah Laut, que significa «rey del mar».
Y también por nuestro Dido, ya que es lo bastante veloz para perseguirlos cuando nos encontramos con sus prahus en la mar.
Si huyen río arriba hacia sus fortalezas, los perseguimos en nuestros barcos…
Justin Broome siguió leyendo durante un largo tiempo, como un autómata, apenas consciente de lo que decía.
Su mente y sus pensamientos estaban en la visita del doctor Munro ese mismo día.
Volvió a escuchar en su memoria las palabras del médico.
Munro le había hablado en murmullos y con tintes compasivos, pero ahora aquella voz resonaba en los oídos de Justin y ahogaba el sonido de la suya propia.
«Es un tumor maligno, capitán Broome, que se origina en el bulto que su esposa tiene en el pecho. Me apena mucho decirle que no he podido extirparlo».
Era un bulto muy pequeño, recordó Justin con amarga tristeza, y Jessica había soportado con heroico valor dolores terribles mientras el médico se esforzaba por extirparlo.
Primero, Munro había probado con aplicaciones de ácido, que fueron un fracaso.
Luego, su bisturí de cirujano había cortado la carne cicatrizada y consumida, pero había sido en vano: el espantoso tumor parecía haberse extendido a otras partes que ningún bisturí podía alcanzar.
Su esposa, su amada esposa, se estaba muriendo, le había dicho Munro, y lo único que se podía hacer era administrarle láudano para aliviar su agonía. El médico no había podido decirle cuánto tiempo le quedaba a Jessica.
Justin perdió el hilo de la carta. Su voz se había hecho áspera a sus propios oídos antes de que pudiera recuperar el renglón correcto. Enseguida siguió leyendo, consciente de que su hija lo miraba en silencio, alarmada.
Jenny tendría que enterarse, él lo sabía, y tendría que darle la triste noticia con la mayor delicadeza posible, aunque quizá la pobre chica ya intuyera la verdad.
Estaba muy unida a su madre. Desde que Jessica se había visto obligada a abandonar su valiente fingimiento, Jenny apenas había salido de su habitación de enferma.
Justin llegó al final de la carta que había estado leyendo y, después de doblarla con cuidado, la volvió a guardar en la caja.
—¿Ya has tenido suficiente, querida? —preguntó—. ¿Quieres que siga?
—Solo si no te cansa demasiado —dijo Jessica—.
Leer esas cartas parece acercarnos más a Red.
Y cuando las lees en voz alta, es como si estuviera aquí con nosotros, contándonos en persona lo que ha hecho y dónde ha estado.
—Sonrió con una expresión de extraña melancolía, y Justin sintió una compasión impotente por ella—.
Si estuviera ahora en la habitación, me pregunto si lo reconoceríamos.
Ha pasado mucho tiempo, ¿no? Quizá se parezca a ti, Justin, ahora que se ha convertido en un hombre. De niño era muy parecido a ti.
¡Maldito Red, pensó Justin con rabia, qué larga su ausencia! Poder verlo ahora habría significado mucho para Jessica, pero… Se controló y respondió con una sonrisa forzada:
—Nunca tuve el pelo rojo, mi amor. Y ahora, maldita sea, ¡lo tengo gris! Pero no creo que Red haya cambiado hasta quedar irreconocible. —Cogió otra carta del paquete, solo que interceptó una mirada de advertencia de Jenny y dudó un momento.
Jessica, con el rostro demacrado por el dolor que debía de estar soportando, levantó la mano en un gesto de rechazo.
—Quizás sea suficiente por hoy, querido Justin —dijo casi sin fuerzas—.
Gracias por dedicarme tanto tiempo. —Justin murmuró una excusa y ella, como si él no hubiera dicho nada, discurrió—: Will De Lancey nos ha contado que su hermana, Magdalen, conoció a Red el año pasado, cuando estuvo en Inglaterra, ¿verdad, Jenny?
Me hizo pensar que se veían bastante a menudo.
Jenny, a quien Jessica se había dirigido, lo confirmó. De nuevo lanzó una mirada de advertencia a su padre.
—Sí, así es. Pero, como todas las familias australianas con hijos en el ejército, Will y Magdalen llevan años separados.
Y Magdalen no estuvo mucho tiempo en Londres, sino en Escocia, con los parientes del juez De Lancey, según nos contó Will.
Él también los conoció cuando era cadete en Addiscombe.
Dijo que eran nobles y muy distinguidos.
La madre le lanzó una mirada de reproche, pero no dijo nada.
En eso, unos golpes en la puerta anunciaron la llegada de Johnny, lo que supuso una distracción muy bienvenida.
Alto y muy bronceado, cruzó la habitación con pasos rápidos e impacientes, se inclinó para besar a Jessica en la mejilla, sonrió con generosidad y le entregó una carta.
—Es de Red, señora —le dijo, consciente de la alegría que produciría ese anuncio—. He ido a la oficina de correos a recoger la correspondencia y esto nos estaba esperando. Sabía que la querría tener enseguida.
Justin observó con ansiedad el rostro de su esposa, se levantó y le quitó la carta. El rostro de Jessica mostraba una palidez alarmante. Le temblaban las manos mientras intentaba en vano romper el sello.
—Te la leeré, mi amor —le ofreció él, y ella le dio las gracias con los ojos llenos de lágrimas.
Justin rezó en silencio mientras llevaba la carta a la ventana para aprovechar la luz del día. Dios mío, por el bien de mi pobre Jessie, rezó, ¡que sea la noticia que ha estado esperando todos estos años! Que sea para decirle que va a volver a casa…
Abrió el sobre con manos temblorosas. La misiva comenzaba con palabras de cariño, como todas las de Red.
Preguntaba sobre la salud y el bienestar de su familia y dedicaba mensajes para todos.
Justin leyó a paso lento, con la mirada perdida en el pie de la página.
A pesar de todos sus esfuerzos por controlarse, su voz se iba elevando mientras pronunciaba las palabras.
—«He sido nombrado comandante del buque Galah de Su Majestad, una corbeta symondite de dieciocho cañones.
Hoy, en Sheerness, he leído mi nombramiento a la tripulación del buque y, alabado sea el cielo, tengo órdenes de dirigirme al puerto Jackson y relevar al Otter en la estación australiana.
Estaremos destinados ahí dos años, por lo menos.
La duración real dependerá de las circunstancias, y no encuentro palabras para decirte, querida mamá, lo feliz que estoy de volver a casa por fin… ».
Justin se interrumpió. Al oír los gritos de Jessica, sintió un nudo en la garganta.
—¡Oh, gracias a Dios! Justin, es la respuesta a mis plegarias, lo que de verdad le he pedido al buen Dios que me conceda: ver a mi hijo antes de…
—Contuvo las palabras que estaba a punto de pronunciar.
Justin dejó la carta, se arrodilló junto a la cama y cogió las manos de su esposa entre las suyas.
Ella lo sabía, pensó él con tristeza. A pesar de la bienintencionada insistencia del doctor Munro en que no se la informara de lo grave de su estado, Jessica había visto más allá de las trivialidades y las promesas del médico, y también más allá de las poco convincentes fórmulas de esperanza en su recuperación.
Como era una mujer valiente, fingía creerlas.
Justin miró a Johnny y luego a su hija, y notó que ambos habían entendido, que habían interpretado el mismo significado que él en las palabras que su madre había dejado sin decir.
Jenny hizo ademán de levantarse, pero la mano de su hermano la detuvo.