Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 5
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Capítulo 5

Estaba anocheciendo cuando Jenny Broome bajó de un elegante carruaje. Volvía a la casa de sus padres en Elizabeth Bay, a las afueras de Sídney, del picnic que había compartido con William De Lancey.

William, un joven alto y apuesto con su uniforme de caballería de gala, la ayudó a bajar. Retuvo la mano de la moza un poco más de lo que dictaban las buenas maneras.

—¿Has disfrutado del paseo, Jenny? —preguntó con interés.

—Muchísimo, Will —contestó ella. Le soltó la mano y se sonrojó un poco al ver cómo se iluminaban los ojos oscuros del muchacho.

Sus familias eran viejas amigas. El padre de William había sido uno de los jueces más respetados de la colonia, además de su tío político.

Ella y Will, nacidos con solo un año de diferencia, se conocían desde la infancia.

Pero William, destinado al ejército británico, había estado en servicio activo en la India durante los últimos cinco años.

Jenny, por mucho que intentara revivir la relación infantil, experimentaba en su compañía una curiosa timidez.

Nunca la había sentido y, a pesar de la larga ausencia de Will, sabía que no debía considerarlo un extraño; ni siquiera…

Bajó la mirada. Ni siquiera un pretendiente, por Edmund Tempest, con quien había habido un acuerdo desde hacía tiempo, tanto por parte de sus padres como por la suya propia.

Pero Edmund parecía estar siempre demasiado ocupado con la granja de su familia en el río Macquarie, más allá de Bathurst, como para dedicar mucho tiempo a lo que en Sídney siempre había sido un noviazgo algo irregular. Jenny contuvo un suspiro.

—Volverás a salir conmigo, ¿verdad, Jenny?

—insistió William—. No me quedaré aquí mucho más tiempo.

¡Mi permiso terminará muy pronto, maldita sea!

, pero he oído que el Cuadragésimo Regimiento tiene intención de dar un baile en su comedor cuando llegue su comandante.

Yo…, es decir, sería un honor y un placer para mí que me permitieras llevarte.

Y, por supuesto, la semana que viene hay carreras.

Estaba pensando en participar en la de los oficiales de la guarnición.

Jenny vaciló. Lo miró con incertidumbre mientras se fijaba en los rasgos fuertes y angulosos de su rostro.

Se sintió, de pronto, muy consciente del atractivo masculino de Will.

Era mucho más maduro que Edmund, reconoció, y, según lo que se decía por ahí, había demostrado un valor extraordinario en la reciente guerra contra los sijes en la India; valor suficiente, en cualquier caso, para ganarse una mención en los despachos del comandante en jefe.

Y esa tarde había disfrutado de su compañía, a pesar de la timidez del joven.

Con un sentimiento de culpa, recordó la razón de su prisa por volver a casa.

La enfermedad de su madre les causaba mucha ansiedad a todos, sobre todo a su padre.

Al parecer, la pobre, la muy querida, había estado enferma desde hacía bastante tiempo.

Y ella no le había dicho nada a nadie hasta que, casi un mes atrás, un colapso repentino la mandó a guardar cama.

Empezaron, entonces, las frecuentes visitas del doctor Munro; últimamente, dos veces al día.

—No lo sé, Will —evadió, triste—. Está lo de mi madre. Debo acompañarla.

—¿Está muy enferma?

—Me temo que sí. —Con la conciencia intranquila, Jenny echó a andar hacia la entrada de la casa—.

El doctor Munro ha sido muy amable y atento, y mamá nunca se queja, pero está sufriendo mucho.

En realidad, no debería haberla dejado hoy, pero ella ha insistido en que yo necesitaba un descanso y que esta salida me vendría bien.

—¿Y te ha sentado bien? —preguntó William—. ¿Te ha sentado bien, Jenny?

—Sí —admitió ella—. Creo que sí. Gracias, Will.

—Búscame —le rogó William—. Búscame siempre que necesites un descanso y puedas ausentarte. Siento mucho lo de tu madre, Jenny, de verdad.

Por fin se despidió, entre reticencias y adulaciones, y Jenny se apresuró a entrar en la casa.

Era una agradable obra de ladrillo pintada de blanco, con vistas a la bahía Elizabeth y a la azulada extensión del gran puerto.

Contrastaba del todo con la cabaña del lado oeste de la cala de Sídney, donde había pasado su infancia.

Su padre había construido esa nueva casa hacía diez años, cuando fue ascendido a oficial de la Marina Real.

A su madre le encantaba, ya que la vista de los barcos que llegaban era, para ella, una fuente constante de alegría.

A menudo, Jenny y su madre habían observado y esperado juntas, siempre con ansiedad, los barcos en que viajaba su padre, pero los días en la mar habían terminado ya.

En su lugar, su padre trabajaba en la construcción de barcos y supervisaba la edificación de un nuevo astillero naval en la isla Cockatoo, donde, para su disgusto, se sabía que había planes de construir y reparar barcos de vapor.

Incluso allí estaban empezando a sustituir a los veleros que él amaba con toda su pasión.

La joven criada irlandesa, Biddy, fue a quitarle el sombrero y la capa.

Jenny, sorprendida y preocupada al ver que la chica estaba llorando, le preguntó de inmediato cómo estaba su madre.

El médico había acudido, le dijo Biddy entre sollozos, poco después de que Jenny se marchara a su paseo con William De Lancey.

—Seguro que le ha dicho algo cruel a la pobre señora, porque la he oído gritar.

Y no ha comido en todo el día, señorita Jenny; solo ha tomado unos sorbos del caldo que le ha preparado la cocinera.

Y me ha pedido que se lo quitara. «No me apetece», me ha dicho, aunque me ha agradecido que se lo llevara, como siempre.

Jenny pensó que esa cortesía era típica de su madre.

De joven había sido sirvienta, doncella de la esposa del difunto gobernador Macquarie.

Sin duda, por eso trataba a todos sus sirvientes con una consideración inquebrantable, con el resultado de que todos, al igual que la llorosa Biddy, la adoraban.

—Quizá, si me prepararas una bandeja con té, Biddy… —sugirió—. Yo se la llevaré y, con suerte, la convenceré de que coma un poco.

Biddy se secó los ojos llorosos en el filo del delantal y se apresuró a preparar la bandeja. Regresó unos minutos más tarde, todavía llorosa, y señaló las tazas adicionales que había dispuesto.

—El señor está con ella, señorita Jenny. He pensado que quizá le apetecería tomar una taza.

Podría ser, pensó Jenny, consciente del nudo que tenía en la garganta mientras cogía la bandeja.

La enfermedad de su madre estaba afectando a su padre de una manera terrible.

Él intentaba ocultar su pesar, pero pasaba más tiempo con su esposa que en el astillero.

A pesar de la estudiada alegría del hombre, Jenny podía sentir su ansiedad como si fuera un ser vivo que lo estuviera destrozando.

No debería haberlos abandonado, se reprochaba a sí misma; debería haber hecho oídos sordos a las insistencias de su madre y a los halagos de William De Lancey.

Para sus padres, todo era más fácil si ella estaba allí.

Cuando John, su hermano, regresara de la misión que le había encomendado el periódico, podrían idear entre los dos algún plan que ayudara a mejorar las cosas.

Jenny se apoyó la bandeja llena en la cadera, llamó a la puerta del dormitorio de su madre y entró.

El rostro delgado y pálido de Jessica Broome se iluminó con una sonrisa. Recostada sobre las almohadas, acababa de reconocer a su hija.

—Has vuelto pronto, hija. Supongo que te habrá sentado bien salir. ¿Te lo has pasado bien?

Jenny dejó la bandeja y se inclinó para darle un beso.

—Sí, mamá —respondió. Le era difícil fingir entusiasmo, pero lo consiguió mientras describía el picnic y enumeraba a los que habían estado allí.

Con dolor, percibía el tenso silencio de su padre.

Pero él sirvió té y, en respuesta a un gesto de su hija, le llevó una taza a su esposa.

Jenny indujo a su madre a beber sin preguntarle si quería o no.

—Le estaba leyendo en voz alta algunas viejas cartas de Red —dijo Justin Broome cuando Jenny devolvió la taza vacía a la bandeja.

Él la miraba a los ojos, con una muda expresión de infelicidad, y ella supuso que algo debía de haber ocurrido durante su ausencia.

Ese algo se sumaba a la angustia de Justin.

Quizá había hablado con el doctor Munro, o…

Al sentir que el labio inferior le temblaba, Jenny se lo mordió.

La pequeña caja de madera con ribetes de latón en la que se guardaban las cartas de Red, su hermano mayor, estaba abierta sobre la mesa de noche.

Sin sentir ni una pizca de celos o resentimiento, recordó que su madre siempre había querido mucho a Red, mucho más que a Johnny o a ella, y había guardado sus cartas durante años.

A juzgar por el estado del papel, era evidente que las habían sacado, leído y releído muchas veces, ya que los folios estaban arrugados, y la tinta, descolorida.

En algunos lugares, la letra era casi ilegible.

Jenny reflexionó que ella era solo un bebé cuando Red se unió a la fragata Success de la Marina Real como guardiamarina bajo el mando del fundador y primer gobernador de Perth, en Australia Occidental. Aquel hombre era hoy el almirante sir James Stirling, miembro de la Junta del Almirantazgo.

Red, cuyo nombre de pila era Murdoch, había tenido una excelente carrera en la marina, incluso mejor que la de su padre.

Todo estaba allí documentado, en las cartas, algunas de las cuales ya habían leído esa tarde, pero Jenny dejó escapar un suspiro de pesar.

Si había considerado a Will De Lancey como un extraño, ¿cuánto más extraño se había vuelto su hermano mayor después de haberse ausentado de su tierra natal por más de veinte años?