Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

De hecho, Ned se encontró con un escepticismo considerable cuando, por fin, fue recibido por el secretario colonial, Edward Deas Thomson, después de haber esperado en la antesala durante casi todo el día.

Thomson, un hombre de cincuenta años y yerno de un exgobernador, ejercía una influencia considerable en la colonia.

Llevaba catorce años en el cargo y había trabajado en la administración durante más de veinte.

Escuchó la historia de su visitante en un silencio opresivo. Luego, cuando Ned sacó los granos de polvo de oro para corroborar su afirmación, el secretario se puso las gafas de forma ostensible y comenzó a examinarlos.

—No es un hallazgo muy impresionante, señor Hargraves —observó con una notable falta de entusiasmo—. Ah, ¿me ha dicho que estuvo en las minas de oro de California?

—Así es, señor. Pasé más de un año allí. —Resentido por la actitud del secretario colonial, Ned se lanzó a dar la charla que había preparado con esmero, pero fue interrumpido con rudeza.

—Estoy seguro de que usted sabe de lo que habla, señor…

, mientras que yo no —le aseguró Thomson con una leve sonrisa—.

Sin embargo, esperar un pago del gobierno con pruebas tan endebles como esta es…

, bueno, algo optimista, por decirlo con suavidad.

Si tuviera razón en cuanto a la existencia de un yacimiento aurífero en esta colonia, detendría la emigración a California, sin duda.

Pero, señor Hargraves, también haría mucho más que eso, nada bueno ni beneficioso para nuestra sociedad pastoral.

Ya ha habido reclamaciones como la suya, como usted sabe.

Las administraciones anteriores consideraron más prudente pasarlas por alto. Las razones le resultarán obvias.

—California se ha abierto como resultado directo del descubrimiento de oro, señor Thomson —argumentó Ned—. La población de San Francisco se cuadruplicó en dos años. El oro ha traído prosperidad y…

—Y anarquía, según todos los indicios, señor.

—El tono del secretario colonial era desalentador—.

Por decirlo con toda claridad, la anarquía, en lo que hasta hace poco era una colonia penal, no es buena para nadie.

Aquí gozamos de prosperidad, señor Hargraves, una prosperidad bien ordenada y con bases seguras.

Con toda franqueza, no creo que Su Excelencia sir Charles Fitzroy acoja con agrado su descubrimiento, si es que lo es, ni se sienta dispuesto a recompensarlo por haberlo hecho.

—Pero, señor —comenzó Ned, incapaz de ocultar su disgusto—, el oro, en las cantidades que calculo con confianza, reportará a la colonia más beneficios que la lana o el carbón. Y solo pido una recompensa justa por mi trabajo y los gastos en los que he incurrido. Si Su Excelencia fuera a…

—Ponga su petición por escrito, señor Hargraves —lo invitó Thomson—. Mi secretario le proporcionará pluma y papel. Cuando la haya terminado, deje la carta con él. Me encargaré de que Su Excelencia la reciba sin demora.

Consciente de la desaprobación de Thomson, Ned no tuvo más remedio que aceptar la sugerencia.

De vuelta en la antesala, pasó más de una hora redactando su carta al gobernador Fitzroy.

Le aseguraba que revelaría la ubicación exacta de su descubrimiento a cambio de una recompensa acorde con el valor que para la colonia tendrían los hallazgos.

Como incentivo adicional, ofrecía sus servicios expertos en calidad de…

Frunció el ceño y buscó un título. En calidad de comisionado para el oro, comisionado para las tierras auríferas.

¡Por Dios, Essie quedaría impresionada si volviera con un nombramiento oficial!

Y los dos chicos que lo habían ayudado, Johnny Lister y Willie Tom, también merecían una recompensa.

—Se está haciendo tarde, señor —le reprochó el ayudante del secretario colonial—. ¿No ha terminado?

—No lo entretendré más de cinco minutos —respondió Ned con dignidad.

Escribió «Comisionado de Tierras de la Corona» y firmó con una floritura.

Quinientas libras, decidió. No era mucho pedir en un primer momento, o, tal vez…

Volvió a coger la pluma y escribió: «Dejo a la generosidad del gobierno la decisión de concederme una recompensa acorde con el beneficio que, con toda probabilidad, mi descubrimiento reportará a esta colonia».

Puso la misiva en manos del empleado, salió a la calle y, por puro impulso, pidió a un transeúnte que le indicara dónde se encontraba la oficina del principal periódico de Sídney, el Morning Herald.

Es mejor prevenir que remediar, se dijo Ned Hargraves.

Thomson había sido todo menos agradecido, y, como ya había ocurrido, él y Sir Charles Fitzroy podrían intentar ocultar la noticia de su importante descubrimiento, pero, si se lo revelaba a la prensa, las manos del gobernador quedarían atadas sin remedio.

Y él podría insistir al Herald que retrasara la publicación hasta que el gobernador hubiera respondido a su informe.

Ahora bien, en caso de que no lo hiciera o si la respuesta fuera desfavorable, entonces…

Con paso alegre, Ned siguió las indicaciones que acababan de darle. Caminaba con un gesto firme y decidido.