Capítulo 4 #2
—Hablando de cuarzo, señor… —Johnny se puso de pie de un salto y cruzó la habitación hasta la repisa de la chimenea.
Cogió unas pequeñas muestras de roca y se las ofreció al visitante para que las examinara—.
Hace más o menos un año vinieron dos jóvenes.
Decían que eran geólogos. Se quedaron aquí y me dieron estas muestras el día en que se marcharon.
—Señaló las vetas de uno de los ejemplares.
A la luz de la lámpara, brillaban con intensidad—.
Me dijeron que esto era oro, pero ¿cómo se puede extraer?
—Hay formas más fáciles de conseguir oro —le dijo Ned—, formas que aprendí en las minas de California.
Los mineros yanquis lo buscan con bandejas, esclusas y balancines.
No hay de qué preocuparse, porque el equipo es sencillo y no cuesta más de unos cuantos chelines.
Hay que buscar en los lechos de los arroyos y ríos, que es donde el oro aluvial se encuentra en forma de polvo y pepitas.
—Imperturbable, sometió a Johnny Lister a un escrutinio—.
Mi objetivo es encontrar oro aquí, Johnny, y he traído mi equipo, pero no había venido a estas tierras en mucho tiempo.
¿Conoces esta zona lo bastante bien como para hacer de guía?
Johnny no lo dudó.
—He recorrido estos parajes desde que era niño, señor Hargraves. Conozco cada arroyo y cada barranco en kilómetros a la redonda, y mi madre puede decírselo. Lo llevaré adonde desee ir.
—Es cierto, Ned —confirmó la viuda Lister con cierta amargura—. Johnny siempre está por ahí. Cuando lo necesito, suelo encontrarlo con su amigo Willie Tom. Pero puede acompañarte si quieres, por los viejos tiempos. Eso sí: es probable que tenga que llevarse también a Willie.
—¿Podemos, señor? —suplicó el chico—. ¿Podemos llevarnos a Willie con nosotros?
Ned suspiró. Lo último que quería era que se divulgaran sus intenciones de salir por ahí, solo que…
—De acuerdo, muchacho —aceptó—, pero tendréis que mantener la boca cerrada si encontramos oro. No queremos que todos los hombres que han vuelto de California se precipiten aquí, ¿verdad? Mi intención es llegar a un acuerdo con el gobierno, ¿entendido?
—Puede confiar en mí, señor —dijo Johnny con sinceridad—. Voy a decírselo a Willie ahora mismo. ¿Entiendo que quiere empezar mañana a primera hora?
—Así es. No me llevará mucho tiempo poner a prueba mi teoría, sea cual sea el resultado.
—Ned contuvo un bostezo de cansancio—. Ahora, si me disculpa, señora Lister, voy a acostarme.
Nosotros… —Sonrió, sorprendido por un pensamiento extraño, y recuperó toda su confianza—.
Mañana podríamos hacer historia. ¡Y tengo la extraña sensación de que eso es precisamente lo que vamos a hacer!
Esa sensación persistía a la mañana siguiente, cuando él y los dos chicos partieron para comenzar su búsqueda.
El joven William Tom, hijo del predicador seglar que había acogido a Ned en su primera visita a la zona, era el único que desentonaba.
El joven corpulento y moreno parecía disfrutar expresando sus recelos ante la posibilidad de encontrar algo de valor en los arroyos y barrancos a los que se dirigían; mucho menos oro.
Mientras examinaba la bandeja metálica plana que Ned Hargraves llevaba en la silla de montar, dijo con desdén:
—Pero… Esto es una maldita sartén, ¿no? ¿Cómo cree que va a hacer fortuna con eso, señor Hargraves? ¡Sería mejor que me dejara usarla para cocinar pan cuando paremos a comer!
—No vamos a parar a comer —le dijo Ned con aspereza—. Y, si paramos, será donde yo diga y en el momento en que yo diga. Cuando encuentre el lugar adecuado, ¡te enseñaré cómo hacer una fortuna con mi sartén! ¿Cuánto queda para llegar a Summer Hill Creek, Johnny?
Johnny Lister señaló hacia delante.
—Después de bajar hasta este valle, señor Hargraves, a una milla. El Summer Hill se une con las lagunas Lewes allí abajo, y también con lo que llaman el Rincón de Yorky, donde el viejo Yorky MacGregor tenía su cabaña. Yorky era…
—… el pastor que informó de que había encontrado una pepita de dimensiones considerables —concluyó Ned por él—. Bueno, el lugar podría ser tan bueno como cualquier otro para empezar.
Al llegar al cruce de los dos arroyos, Ned se animó.
La sequía había reducido el nivel del agua y dejado al descubierto arena y grava.
Más abajo, en el lado opuesto del arroyo Summer Hill, había un banco de arena, un recuerdo vívido de sus trabajos en el valle de Stanislaus, en California.
Allí había encontrado pequeñas pepitas de oro aluvial a pocos centímetros de la superficie, lo que, sin duda, también le había ocurrido al difunto Yorky, pero una rápida búsqueda reveló que ahí no había ninguna.
Fue a por la bandeja, se acuclilló en la orilla del arroyo y dio a sus dos jóvenes compañeros una lección sobre cómo buscar oro.
Con solo su cuarta bandeja llena, soltó un grito de triunfo.
—¡Mirad! —invitó al escéptico Willie Tom—. ¡He encontrado oro! ¡Por Dios, tenía razón! Esta es tierra de oro. Chicos, estáis viendo polvo de oro, y juraría que hay mucho más de donde vino esto.
Sin embargo, a pesar del éxito inicial, tras cinco horas más de cuidadoso lavado solo obtuvieron unos pocos granos del preciado metal. Ned Hargraves secó el minúsculo botín y lo envolvió en su pañuelo. Se levantó cansado.
—Mañana lo intentaremos más abajo —dijo—. Llevaré un pico y una pala a la orilla del arroyo y ahí construiremos un balancín tan pronto como encuentre unos buenos tablones de madera. Así podremos lavar más tierra.
Durante las tres semanas siguientes, con la ayuda de los dos jóvenes, Ned tomó muestras de grava de una amplia zona del valle del río Macquarie.
Encontró suficiente polvo de oro para confirmar todas sus esperanzas y sueños.
En su metódica búsqueda, solo se toparon con unos cuantos pastores y ganaderos.
A pesar de todos sus esfuerzos por ocultar el motivo de su presencia en ese lugar, Ned estaba cada vez más preocupado de que la noticia de sus hallazgos llegara a oídos de los hombres que acababan de regresar de California.
—Debo ser el primero en hablar con el gobernador —le confió a Susan Lister—.
Los muchachos y yo hemos trabajado duro y es justo que reclamemos una recompensa por lo que hemos logrado.
Volveré a Sídney en un día o dos y solicitaré una entrevista con las autoridades.
El balancín está terminado. Les enseñaré a Johnny y al joven Willie cómo manejarlo.
Ellos podrán instalarlo en el arroyo Summer Hill o en el rincón de Yorky.
Te garantizo que encontrarán oro en cantidades considerables una vez que esa cosa empiece a oscilar; porque está ahí, Susan. ¡Apostaría mi vida a ello!
Dos días más tarde, tras haberles sacado una promesa de silencio a los Lister y Willie Tom, Ned montó en su gran caballo gris y partió de vuelta a Sídney.
Los dos chicos lo vieron alejarse. Entonces, tan seguros como su mentor, cargaron los caballos con el balancín y el equipo de acampada y partieron en su misión.
Era bien entrada la tarde cuando llegaron a su destino.
Descendieron la empinada pendiente del barranco Lucas para llegar al arroyo, a media milla de donde aún se encontraba la cabaña del viejo Yorky. Willie Tom se secó la cara acalorada.
—Pongamos a hervir la olla —sugirió— antes de empezar a descargar nuestro equipo. Estoy sediento, no sé tú.
—De acuerdo —aceptó Johnny sin dudarlo. Desató la olla ennegrecida que colgaba del fuste de su silla de montar—.
Estamos solos, ¿no? Podemos tomarnos nuestro tiempo, sin un Ned Hargraves que nos esté apresurando.
Toma… —le entregó la olla a Willie—, ve a por agua.
Yo desensillaré los caballos y les pondré las maneas.
Willie sonrió y se deslizó por la orilla hasta el banco de arena expuesto.
Sumergió el puchero en el agua, lo sacó y reprimió un grito.
En una grieta de la roca, justo bajo la superficie, vio algo que emitía un tenue brillo amarillento.
Sin atreverse a creer en su suerte, metió la mano en la grieta y sacó una pepita del tamaño de un huevo de gallina.
¡Era oro! Oro puro, aluvial, tal y como lo había descrito Hargraves.
Se volvió sin poder contener su emoción, y le gritó a Johnny que se uniera a él.
—¡Mira! —exclamó con voz entrecortada—. ¡Por Dios, John, mira lo que he encontrado! Hargraves tenía razón. Aquí hay oro, sin duda. ¡Y pensar que solía preguntarme si estaba loco!
—Siempre ha estado seguro de tener razón, Willie —afirmó el leal Johnny—, y tenemos que darle el mérito. Nunca habríamos encontrado nada si él no nos hubiera dicho cómo buscar y dónde, ¿verdad?
—Quizá. —Will se encogió de hombros y se agachó para sumergir el puchero en el arroyo—. Solo que le costará convencer al gobernador Fitzroy con los pocos granos de polvo que se ha llevado, te lo garantizo. Debería haber esperado para poder llevarse esta maravilla.