Capítulo 4
Edward Hammond Hargraves era el responsable de su regreso, ya que sus comentarios sobre una fuente mayor y más rica del oro anhelado, allende las Montañas Azules de Nueva Gales del Sur, por fin los habían convencido.
Eso y el hecho de que los justicieros de San Francisco estaban recurriendo a la ley del linchamiento para acelerar su partida.
Hargraves, de treinta y cinco años, era un hombre gigantesco de barba negra.
Medía seis pies y cinco pulgadas y pesaba casi trescientas libras.
Nacido inglés, había llegado a Sídney casi veinte años antes, como grumete a bordo del Wave, un mercante comandado por un tal John Lister.
A los dieciocho años, cansado de la mar y tras haber sobrevivido a un grave ataque de fiebre en Batavia, Hargraves se casó y se estableció en tierra firme; primero en el distrito de Illawarra, y luego, en Gosford, en Brisbane Water.
—Mis medios siempre fueron limitados —solía decir a sus amigos—.
Nunca pude pagar el salario de un hombre, ni siquiera alimentar y vestir a un convicto, no con una esposa y cinco hijos pequeños que mantener.
Pero, por Dios, conozco las estribaciones occidentales y ahora puedo reconocer una tierra aurífera en cuanto la veo. California me enseñó eso.
California, reflexionaba en la cubierta del Emma junto con los demás mientras la tripulación soltaba el ancla de proa…
California le había enseñado todo lo que había ido a aprender allí, y también muchas otras cosas de las que podría haber prescindido.
Había visto lo que la codicia era capaz de hacer con el alma de un hombre, pero mantenía intacto su propio sueño, a pesar del desprecio con el que algunos de los mineros yanquis recibían sus reiteradas afirmaciones.
—No hay oro en tu país, Ned —se había burlado uno de los viejos buscadores de 1849—. Y, aunque lo hubiera, ¡tu reina Victoria no te dejaría sacarlo!
Pero lo había, tenía que haberlo, se decía Ned Hargraves; arriba, en Guyong, a veinte millas de Bathurst, adonde unos años antes había ido en busca de algunas reses extraviadas de su pequeño rebaño.
Las tierras se parecían tanto a las de la sierra Nevada que podían haber sido las mismas.
Él había minado en el campo del arroyo Wood, en el valle de Stanislaus, con bastante éxito.
Su sueño nació al lavar su primera bandeja de polvo y encontrar en la palma de su mano una pepita que resaltaba con un brillo opaco.
Decidió que en ese momento iría a Guyong sin esperar siquiera a comunicarles a su esposa y su familia sus planes de regresar.
Essie no le daría la bienvenida si después de tan larga ausencia volvía sin la fortuna que, con confianza, había predicho que sería suya el día que partió hacia California.
Pero, si consiguiera hacer realidad su sueño…
, ¡ah, entonces ella le daría la bienvenida, sin duda!
Y también el gobernador. Cualquiera que consiguiera aportar pruebas de que Nueva Gales del Sur poseía riquezas potenciales que rivalizaban, si no superaban, las de California, debía con una recompensa sustancial.
Como si le leyera el pensamiento, el hombre que estaba a su lado, James Esmond, un antiguo cochero conocido como Happy Jim, originario del recién creado estado de Victoria, observó con una sonrisa:
—¿Todavía crees que te nombrarán comisionado del oro de Nueva Gales del Sur, Ned?
Ned Hargraves no le hizo caso. Respondió con dignidad:
—Tengo intención de visitar a unos amigos en Guyong, viejos amigos que regentan la posada allí. Y partiré tan pronto como hayamos desembarcado.
Sin embargo, eso le llevó algo más de tiempo del previsto.
Primero tuvo que deshacerse de los que querían acompañarlo; luego, organizar el alquiler de un caballo y conseguir un préstamo, ya que, como siempre, sus fondos eran limitados.
Por fin, diez días después de desembarcar de la lancha del Emma, se puso en camino montado en un gran caballo gris.
Llevaba un segundo animal cargado con el equipo de acampada y la bandeja de cerner que había llevado consigo del valle de Stanislaus.
Un coche hacía el trayecto de Sídney a Bathurst. Eran dos días y ciento cincuenta millas a través de las montañas Azules, pero Hargraves estaba ansioso por no llamar la atención y decidió ir por su cuenta.
Pero se arrepintió. Tuvo que viajar por una región que estaba sufriendo una grave sequía.
La carretera empinada y sinuosa que conducía a las montañas estaba llena de polvo, y los vehículos con los que se encontraba, carros tirados por bueyes muy cargados que transportaban fardos de lana, destinados al creciente comercio de exportación de Sídney, iban en procesión.
Las yuntas avanzaban con lentitud y levantaban a su paso nubes de polvo persistente que parecían no dispersarse nunca.
Y todos los arroyos estaban secos. Su caballo, privado de la posibilidad de saciar la sed y agotado por el peso de su jinete, comenzó a moverse con lentitud al final del segundo día.
A lo largo de varias millas extenuantes, Ned Hargraves se vio obligado a caminar, llevando a rastras tanto el caballo de carga como su propia montura.
Por fin, su destino, el pequeño municipio de Guyong, quedó a la vista a dos millas de Springfield.
Ahí, en su primera visita a la zona, diecisiete años atrás, se había alojado con William Tom, un predicador laico metodista, y su joven familia.
La posada, ahora regentada por Susan Lister, viuda de quien fuera capitán de su barco, era un pequeño edificio de una sola planta con revestimiento de madera.
Estaba rodeada de establos y otras dependencias y sombreada por un grupo de eucaliptos que crecían formando una densa masa.
A pesar del aspecto modesto del lugar, Hargraves se llevó una grata sorpresa cuando, después de haber dejado los caballos al cuidado de un niño aborigen con camisa de manga corta, entró y encontró el lugar escrupulosamente limpio, impregnado de un apetitoso aroma a carne asada.
La propietaria salió a recibirlo. Al principio, no dio señales de haberlo reconocido.
Por supuesto, la mujer había envejecido durante aquellos años, pero él también, pensó con ironía.
Hacía veinte años, el exgrumete del Wave era un muchacho delgado y desamparado, en tanto que Susan Lister era una hermosa joven en la flor de la vida.
Ahora tenía el pelo blanco, aunque seguía delgada y erguida, tal y como él la recordaba.
Y…, ¡Dios!, el joven alto y apuesto que acababa de salir de la trastienda para situarse junto a su madre debía de ser John, John Hardman Australia Lister, que apenas tenía tres años cuando se vieron por última vez.
Ned Hargraves se presentó y les tendió la mano. Sonreía mientras observaba sus expresiones pasar del asombro al auténtico placer. Susan Lister lo abrazó. El joven John le estrechó la mano y llamó a su hermana a gritos para que se uniera a ellos.
—Ah, Susannah, ¿sabes quién ha venido? ¡Te presento a Ned Hargraves, el tipo que te hacía rebotar en sus rodillas como un saltamontes cuando eras pequeña!
Apareció la moza, guapa y de cabello oscuro.
Era evidente que venía de la cocina de la posada, pues no solo llevaba un delantal sobre su pulcro vestido de algodón, sino que tenía las manos y los brazos cubiertos de harina.
Estrechó solemne la mano del visitante sin compartir el entusiasmo del resto de la familia.
—¡Qué mayor se ha hecho! —exclamó—. No puede tratarse del grumete del que nos hablaba mamá, ¿verdad?
—Lo soy, Susie —le aseguró Ned—, soy el mismo. Y me alegra mucho verte convertida en una joven tan guapa, de verdad.
—Estarás deseando sentarte a la mesa —dijo la señora Lister con sentido práctico—.
La comida estará lista para ti en media hora.
Johnny te llevará a tu habitación. La bomba está fuera, en el patio, para que te quites la suciedad del viaje.
A pesar de la sequía, aquí seguimos teniendo mucha agua.
Baja de las montañas, alabado sea Dios. —Miró con curiosidad al visitante inesperado—.
¿De dónde vienes, Ned? ¿De Sídney o de Gosford?
Oí que era allí adonde te habías ido: a trabajar en una granja, ¿no?
—Eso es cosa del pasado, señora mía —aclaró Ned—. Vengo de América, después de haber trabajado dos años en los yacimientos auríferos de California.
Durante la comida, habló largo y tendido de sus experiencias en la sierra Nevada. Al final, animado por las preguntas entusiastas de Johnny Lister, reveló el motivo de su visita.
—¿Cree que hay oro aquí, señor Hargraves, en Nueva Gales del Sur?
—Estoy seguro, Johnny. El paisaje se parece mucho al de las tierras auríferas de California: las mismas montañas, los mismos ríos y barrancos.
Entusiasmado con el tema, Ned Hargraves le dio al chico todo tipo de detalles. Terminó con una charla sobre los rasgos geológicos y las explicaciones científicas que justificaban la presencia de oro en las rocas y los lechos de los ríos.
—¿No es verdad que un pastor, hace unos años, encontró una pepita cerca de las lagunas Lewes? —preguntó.
Johnny asintió emocionado.
—Sí, es cierto. El viejo Yorky MacGregor afirmó haber encontrado una pepita en el arroyo, cerca de su cabaña. La llevó a Sídney, pero nadie le creyó.
—Tal vez no fue una cuestión de crédito, sino que el hallazgo fue ocultado con toda intención.
—Ned se encogió de hombros—. Antes de que me fuera a San Francisco, ya había rumores y leyendas.
Oí que un reverendo llamado Clarke había encontrado cuarzo aurífero en el valle de Wollondilly y en un afluente del río Cox, cerca de Winburndale.