Capítulo 3 #4
Él mismo nunca se había casado, porque en el momento en que pudo haber tomado esposa, el clima social no era el adecuado.
Contaba treinta y ocho años, una edad en la que la mayoría de los hombres tenían hijos trabajando para ellos, o hijas listas para casarse o incluso ya casadas, con la perspectiva inminente de darles nietos.
Al recordar los años pasados, buscaba razones para su soledad y suspiraba.
En su caso, por supuesto, las opciones habían sido limitadas, pero, aparte de eso, nunca había conocido a una mujer con la que quisiera compartir su vida… , salvo una.
Su expresión se suavizó. Tenía apenas doce años.
Era un niño infeliz y sin amigos cuando Alice Fairweather entró en la casa de los Van Buren, tan perdida y solitaria como él.
Y Claus le había declarado con absoluta solemnidad su intención de casarse con ella cuando hubiera crecido hasta convertirse en un hombre.
Pero Alice era entonces una mujer adulta, y se había casado mucho antes de que él alcanzara la edad suficiente para cumplir su promesa.
Claus no había podido poner otro remedio que financiar la escuela que dirigía el reverendo Nathan Cox, el hombre con quien ella se había casado.
Y… Volvió a suspirar. También se había convertido en uno de sus alumnos, y se sentiría para siempre endeudado con ellos por todo lo que le habían enseñado sobre las letras y las artes y lo que le habían compartido de sus propias creencias cristianas.
Por lo demás… Volvió a encontrarse con la mirada inquisitiva del viejo Saleh y su sonrisa reapareció.
Le gustaba su libertad. Sin ataduras que lo retuvieran, podía recorrer los océanos.
Los puertos de escala estaban llenos de mujeres dispuestas a satisfacer su necesidad de compañía y dejarlo marchar sin más remordimientos que los que él mismo sentía.
Si amaba algo, era la mar y sus buques. Ellos ocupaban su corazón.
En el Dolphin tenía un barco que superaba a todos los demás: una magnífica goleta clíper de velas cuadras, construida con el mejor roble, pino blanco y alerce y revestida con cobre de Taunton.
Su proa afilada, su gran eslora y la imponente extensión de sus velas eran un verdadero homenaje a Donald McKay, el genial constructor, un hombre al que llamaban Nariz Azul.
McKay era tanto artista como artesano. Él mismo diseñaba los barcos que se construían en su astillero y supervisaba en persona cada detalle del armado.
En los días en que Claus le encomendó la construcción del Dolphin, hacía casi tres años, McKay ya tenía deseos de construir un clíper de tres mástiles y velas cuadras en lugar de la goleta que Claus le pedía.
Y este, por muy tentado que se sintiera de aceptar el plan inicial de McKay, contemplaba consideraciones prácticas que lo obligaban a rechazarlo.
Quería velocidad, sin duda, pero no a expensas de la capacidad de carga.
Además, el aparejo longitudinal del Dolphin garantizaba su manejo por una tripulación más reducida que la necesaria para un barco de velas cuadras.
Debido al diseño de su casco, el Dolphin no podría transportar tanta carga como el viejo Lydia, pero Donald McKay había aprovechado la eslora de forma brillante, con gran agudeza.
Claus se veía obligado a reconocer que su insistencia en equiparlo con tres mástiles había sido otra genialidad más del joven de Nueva Escocia.
En la difícil y tormentosa travesía en torno al Cabo de Hornos, el velero le había suscitado pocas preocupaciones, y…
Un chapoteo de remos llegó a través de la ventana abierta de la popa. Luego oyó un leve grito de su primer oficial desde la cubierta superior.
—Ese chico con el que está usted tan decidido a entablar amistad —lo reconvino Saleh— y su hermana, ¿desea que les ofrezcamos un refrigerio, señor?
Claus se encogió de hombros con fingida indiferencia.
—Supongo que no esperan nada. Murphy se ha enrolado como marinero para pagarse el pasaje, pero la chica será una de nuestras pasajeras. Quizás té, o, si estás ansioso por soltarles la lengua, una copa del excelente brandy con el que solemos brindar.
Señaló su propia copa vacía, y Saleh, con el rostro moreno inexpresivo, sacó una jarra de cristal tallado y copas limpias.
Apenas había terminado con esa tarea cuando alguien llamó a la puerta del camarote.
El segundo oficial hizo pasar a Luke Murphy y a su hermana.
Entró el chico con evidente nerviosismo e incomodidad, pero sus ojos se iluminaron cuando miró a su alrededor y contempló el lujoso mobiliario del camarote y la brillante carpintería de caoba.
Se recuperó pronto y, con la gorra en la mano, se dirigió a Claus y dijo en voz baja:
—Usted quería hablar con mi hermana, señor. Se llama Mercy. Mercy, te presento al capitán Van Buren.
La chica, que estaba de pie en la sombra, dio un paso adelante en respuesta a la presentación de Luke.
La luz de la linterna suspendida sobre su cabeza iluminó por completo su pequeño y ansioso rostro, y Claus, sorprendido al mirarla, tuvo que contener el aliento.
Se parecía tanto a Alice Cox cuando entró por primera vez en la casa de los Van Buren, en la calle Bridge, que se quedó sin palabras por un instante.
Mínima y muy delgada, con el cabello rubio trenzado e inocentes ojos azules, podría haber sido Alice recién llegada de un barco de convictos sin saber siquiera si sería bienvenida; asustada, aunque sin rendirse, y vulnerable hasta provocar lástima.
Mercy le rindió una torpe reverencia y se sonrojó bajo una mirada que más larga de lo esperado. Claus, una vez superada la sorpresa, le acercó una silla. Era consciente de que Saleh también había notado el parecido, ya que su arrugado rostro moreno ya no mostraba el menor gesto de desaprobación.
Los dos chicos rechazaron el brandy. Luego, sin que tuvieran que pedírselo, Saleh les llevó té de la despensa y lo sirvió en las tazas de porcelana finas como cáscaras de huevo que, por lo general, se reservaban para los invitados importantes.
Mientras los jóvenes bebían, Claus se esforzó por apegarse al plan de preguntarle a Luke Murphy cuáles eran sus razones para querer marcharse de San Francisco, pero el chico lo evadió con toda urbanidad.
Lo único que admitió fue que aquellos dos socios que habían muerto en el accidente minero del río Sacramento le habían hablado mucho de Australia.
A raíz de eso, Mercy y él habían decidido empezar una nueva vida en aquel lugar.
—Tom Gardener tenía esposa e hijos en Sídney, señor, y sus padres viven allí.
Creo que a mis dos compañeros les debo ir a ver a sus familiares.
Ellos no saben lo que ha pasado y estarán viviendo con la esperanza de que Tom y Frankie vuelvan.
Y ya no hay nada que nos retenga aquí en Frisco, señor, nada.
—¿Y qué hay de las excavaciones? ¿No estás desperdiciando una oportunidad de hacer fortuna?
Luke Murphy negó con un enfático movimiento de cabeza.
—Por lo que he oído, hay oro en Australia, siempre que uno sepa dónde buscarlo. Por eso, muchos de los jóvenes que vinieron aquí en busca de oro ahora regresan a casa.
—¿No los que se han hecho ricos, verdad? —sugirió Claus. Vio a Luke intercambiar una mirada con su hermana y volver a negar con la cabeza.
—Ni siquiera ellos, señor, tienen motivos para quedarse. Y si hay oro en Australia, como ha afirmado un tal Edward Hargraves, volverán como mineros con experiencia, lo que les dará ventaja. No les faltará trabajo, señor, y a mí tampoco. Dicen que el señor Hargraves ha vuelto a Sídney.
Claus frunció el ceño. Sentía una extraña inquietud ante la perspectiva de una fiebre del oro en Australia.
¿Se convertiría el Jackson, el gran puerto de Sídney, en un cementerio para barcos, como lo era San Francisco?
¿Convergerían allí buscadores de oro de todo el mundo?
, ¿invadirían los ricos pastos de las ovejas para ponerse a lavar oro en los ríos?
, ¿traerían consigo sus salones de juego y su anarquía?
Nunca había oído hablar de Edward Hargraves ni de sus teorías, pero bien podría haber algo de verdad en esa afirmación, ya que en el pasado habían corrido rumores: historias de pastores y exploradores que habían encontrado oro aluvial en las tierras más allá de las montañas Azules.
Aquellos rumores habían sido desmentidos, pues ningún gobernador de una colonia penal estaba dispuesto a correr los riesgos que conllevaba admitir que había oro en cantidades sustanciales. A pesar de todo…
Exhaló un largo suspiro.