Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

El viejo Saleh lo miró pensativo, pero aceptó la copa rebosante que el capitán le ofrecía.

Su puesto, según los registros del barco, era el de mayordomo del capitán, pero era un cargo privilegiado, ya que había sido amigo y mentor del propietario del Dolphin durante más de veinte años.

Su tez sin arrugas tenía el color y la textura del marfil, lo que le daba un aire de serenidad que, de alguna manera, rectificaban la barba blanca bien recortada y la cabeza calva.

Claus pensaba que Saleh sería joven para siempre.

El viejo brindó, bebió y observó con un tono un tanto escéptico:

—Completo en número, tal vez, pero no en habilidades náuticas. Y no obtendrá ningún beneficio de sus pasajeros, capitán.

—He sacado beneficios de mi carga —le recordó Van Buren—.

Mil por ciento de la madera, y la harina se vendió a cuarenta y cuatro dólares el barril; las patatas, a dieciséis dólares el bushel; son los precios de San Francisco, Saleh.

Y ya sabes lo que pagaron nuestros cazadores de fortuna del este para que los trajera aquí.

¡Casi he cubierto el coste de este barco en un solo viaje!

El señor Donald McKay es un genio en lo que se refiere al diseño de veleros rápidos y no le regatearía ni un centavo de lo que me pidió.

El Dolphin es el mejor barco que he tenido o comandado; el mejor, sin duda.

Lo habré amortizado diez veces cuando volvamos a Sídney.

Ya verás, el día que soltemos el ancla en la ensenada causará sensación.

Nadie ha visto nada igual, te lo prometo, ¡y los comerciantes de té rechinarán los dientes de envidia!

Saleh arqueó sus cejas blancas, pero Claus Van Buren desdeñó las dudas implícitas y sonrió para sí mismo, orgulloso de su nueva goleta clíper de ochocientas cincuenta toneladas construida en Boston.

Un barco a prueba de cualquier crítica. Cierto que había sido costosa, pero él había vendido la vieja goleta Lydia, en la que habían hecho la travesía de Sídney a Boston, por bastante más de lo que habría obtenido por ella en Australia.

La demanda de barcos para transportar buscadores de oro desde los estados del este a California era ahora casi insaciable.

Eso había dictado el precio del Lydia, así como el del propio Dolphin.

Y quienes remontaron el Cabo de Hornos a bordo de su barco habían estado dispuestos a pagar mucho por el privilegio de llegar a su destino en menos de cien días.

El Dolphin no había batido el récord del Sea Witch, aunque solo por un día…

—Vamos, Saleh —lo instó, y su sonrisa se ensanchó hasta convertirse en un gesto juvenil—.

Puedo permitirme ser generoso con los hombres de Dios y sus familias.

Pobres, no merecían quedarse varados en este antro de iniquidad tan solo porque la tripulación de su barco ha desertado y los ha abandonado a su suerte para ir a los yacimientos de oro.

¿Quieres que los deje aquí? No hay otra carga que me quiera llevar de este lugar, y ¿quién, salvo nuestros buenos misioneros, desea abandonarlo?

—El joven que ha contratado esta tarde —señaló Saleh con gravedad—. Aquel a cuya hermana usted también ha aceptado llevar a cambio del coste de su comida. Ese joven viene de los yacimientos auríferos, capitán. Es un granjero, según él mismo ha admitido, y poco servirá como marinero.

—Luke Murphy —añadió Claus—. Pero los otros dos que ha traído con él han servido en la mar, y son australianos. Me han asegurado que mañana por la mañana enviarían a otros tres, todos marineros de primera.

—Este chico Murphy es estadounidense. Sin duda aprenderá. Estoy seguro de que tiene muchas ganas, pero, señor, está demasiado ansioso por marcharse de aquí. ¿Le ha dicho por qué?

Claus negó con la cabeza. Se vio obligado a admitir que el chico no había explicado su ansiedad por abandonar San Francisco, y Saleh tenía razón al insinuar que parecía demasiado ansioso.

Había hablado de sus trabajos en una explotación minera en el río Sacramento, junto con su hermano mayor y dos australianos.

Los tres habían muerto en el derrumbe accidental de un pozo minero.

Pero Luke no le había dado más detalles sobre su historia, no había soltado ningún pormenor ni había culpado a nadie.

Y también estaba lo de su hermana. Pocos mineros de oro llevaban a sus esposas con ellos al campo; menos aún a sus hermanas.

El tal Murphy era joven, dieciocho años, según había dicho, y su hermana, un año menor.

—Le he pedido al chico que trajera a su hermana al barco esta noche, Saleh —se defendió—, antes de que yo pudiera aceptar darle pasaje. Al parecer, viven en un casco de barco en la costa. He enviado un bote a buscarlos y llegarán pronto. Podrás interrogarlos si lo deseas.

Saleh extendió las manos en un gesto negativo.

—No me corresponde a mí interrogarlos, amo. Pero, si me lo permite, estaré presente cuando usted hable con ellos.

—¿Qué temes? ¿Que el chico sea un criminal, un fugitivo de la justicia?

El viejo javanés volvió a encogerse de hombros.

—Es posible. Este es un lugar sin ley. Se oyen historias de justicieros que imparten castigos sumarios, y son muy temidos.

Se dice que los llamados Sabuesos matan y roban, que sus víctimas son mexicanos y españoles, gente de piel oscura, como nosotros, y que no han tenido con ellos ninguna piedad.

Y todos los días hay peleas de borrachos en las calles y en los bares.

Si hay que creer en los rumores, los mineros del oro hacen sus propias leyes en sus campos.

Aquí hay mucha gente mala que no respeta la religión ni la iglesia.

—Luke Murphy ha dicho que se crio en la fe mormona —argumentó Claus—. Los mormones son gente buena y temerosa de Dios, Saleh. Además, el chico me ha caído bien y me ha inspirado caridad.

Los labios barbados de Saleh esbozaron una sonrisa comprensiva.

—No ha cambiado desde que era niño. ¡Siempre ha dejado que el corazón domine su cabeza!

A usted no lo cambiaría por nada, capitán, pero a veces es prudente actuar con cautela.

En su deseo de hacerse amigo de este chico estadounidense, tal vez esté recordando su propia juventud y la crueldad que sufrió a manos de su padre y de mevrouw Van Buren, la esposa de su padre.

Quizás era así, reflexionó Claus con tristeza.

Quizás se veía a sí mismo en aquel chico delgado y fibroso que había suplicado con tanta sinceridad que le diera la oportunidad de trabajar para pagarse el pasaje a Australia, a pesar de su reconocida falta de habilidades náuticas.

Ese joven que luego le había rogado, con aún más sinceridad, que le permitiera llevar con él a su hermana.

El capitán del Dolphin recordaba que su propio noviciado en la navegación había sido bastante duro.

Apenas tenía once años cuando su padre, que durante un largo tiempo se había negado a reconocer la paternidad, lo llevó a las Indias Orientales Neerlandesas.

Lo había puesto como miembro de la tripulación del viejo Dorcas, a la espera de que trabajara como un hombre.

Y él había cumplido; siempre hacía lo que su padre le solicitaba o esperaba de él, sin esperar elogios ni recompensas y sin recibir nada a cambio.

Pero, al final, aquel holandés grande y arrogante que lo había engendrado terminaría por reparar el daño.

Al morir, lo había reconocido por fin como su hijo legítimo y como heredero, y le había legado el apellido Van Buren y los tres barcos mercantes sobre los que Claus había construido su propia prosperidad.

El capitán correspondió a la mirada inquisitiva del viejo Saleh y le devolvió la sonrisa.

Ahora era un hombre rico. Los tres barcos se habían convertido en una flota de considerables dimensiones que comerciaba de forma rentable con las Indias y la China.

En sus inicios, la elitista sociedad de Sídney se había mostrado reacia a aceptarlo debido al color de su piel, a sus orígenes y al hecho de que, durante la vida de su padre, él y Saleh habían sido sirvientes en la elegante casa que ahora le pertenecía.

Pero la educación que había adquirido en la escuela de la iglesia de Windsor, un municipio a orillas del río Hawkesbury, y su creciente riqueza e influencia habían propiciado cambios.

Además, el paso de los años había traído el fin del transporte de convictos y, con ello, el abandono de las marcadas divisiones en la sociedad de la colonia.

Los convictos emancipados y sus descendientes nacidos en Australia poseían tierras y, a menudo, ocupaban cargos en las fuerzas armadas británicas; y otros, como él mismo, se dedicaban con éxito al comercio, de modo que la brecha que antes existía se había salvado.

Nueva Gales del Sur era un estado con un Consejo Legislativo propio, nombrado por elección.

Esto se había conseguido, en gran parte, gracias a los incansables esfuerzos de William Charles Wentworth, que luchaba por conquistar un mayor grado de autogobierno.

La población ya había aumentado a más de ciento noventa mil habitantes.

El comercio de exportación, sobre todo el de lana, nunca había sido tan próspero.

Los sucesivos gobernadores, con la reducción de sus poderes autocráticos, se habían vuelto menos rígidos en sus actitudes sociales.

Claus reflexionó en que, de hecho, las divisiones, cuando existían, eran entre los grandes terratenientes y los comerciantes y burgueses de clase media.

Es más, las principales responsables de las barreras erigidas entre ellos eran las mujeres con las que se casaban.