Capítulo 3 #2
«Te doy mi palabra de caballero —le decía—, estarás a salvo conmigo».
Y ella, tonta inocente, confiaba en él…, hasta que la desilusión llegó con la primera de tantas brutales palizas y con las exigencias que…
El sonido de unos pasos veloces la distrajo de sus pensamientos.
Fijó la mirada en la oscuridad creciente y sintió un gran alivio al reconocer a Luke.
Venía chapoteando por el barro. Al llegar al pie de la pasarela y verla allí de pie, la saludó con entusiasmo.
—Llegas muy tarde —protestó ella con ansiedad—. Estaba preocupada, Luke, tú…
Él no hizo caso a sus palabras y, para sorpresa de Mercy, le dio un abrazo.
—¡Tenías razón! —exclamó—, Morgan se ha ido a Australia. He encontrado pruebas, por fin.
—¡Oh, Luke! —Solo podía mirarlo, presa de emociones contradictorias y, de repente, asustada—, ¿estás seguro?
—Estuvo aquí solo unos días, Mercy —afirmó él—.
Compró un barco, un pequeño bergantín llamado Banshee, y zarpó hacia Sídney hace un mes.
Hablé con el hombre al que le compró el barco, así que no hay duda.
—Hizo una mueca irónica—. Y lo compró barato, porque el capitán ya no podía mantener a su tripulación ni reemplazarla.
—Pero ¿Jasper Morgan sí podía? —insinuó Mercy con un tono cortante en la voz.
—Sí. Parece que el comité de vigilancia del señor Brannan ha infundido el temor de Dios en los exconvictos australianos.
Los llaman los «desertores de Sídney» y los culpan, en gran parte, de los robos y la violencia que se producen aquí.
A dos de ellos los lincharon antes de que saliéramos de Thayer.
A otro lo tienen detenido para juzgarlo.
Algunos de sus compañeros consideraron que debían abandonar San Francisco antes de que los atraparan los justicieros.
El antiguo propietario del Banshee me ha dicho que más de una veintena de desertores se habían enrolado en la tripulación de Morgan solo para escapar de aquí.
—Luke se encogió de hombros—. Según mi informante, eran unos sinvergüenzas de pura cepa, ¡y le creo!
No se extendió demasiado en las historias que le había contado el excapitán del barco sobre las espantosas escenas que trajo la ejecución de uno de los desertores, un hombre apellidado Jenkins.
El tipo acabó en la plaza, en el antiguo edificio de la Aduana, colgado de una soga suspendida de una viga.
Al parecer, el ejemplo había sido suficiente para que los demás australianos comprendieran que había llegado el momento de abandonar California.
Mercy permaneció en silencio durante un largo rato, estudiando el rostro de Luke a la tenue luz y leyendo su determinación. Le preguntó sin rodeos:
—¿Qué vas a hacer, Luke? —aunque sabía la respuesta antes de que él se la diera.
—Iré tras él. Tengo que hacerlo, Mercy, se lo debo a Dan y a los demás. —Le puso la mano en el brazo con timidez—. Lo sabías cuando empezamos.
—¿Cómo vas a encontrar un barco? —Mercy seguía controlando su voz con cuidado—. No puedes comprar uno, como él ha hecho.
—En este puerto, todos los barcos buscan tripulantes —le dijo Luke—.
Y a los capitanes no les importa si los hombres son marineros de agua dulce o granjeros ignorantes, como Morgan solía calificarnos a Dan y a mí.
—Se encogió de hombros—. He oído hablar de un barco que zarpará hacia las islas del Pacífico y Sídney tan pronto como su capitán consiga contratar a media docena más de marineros.
Parte de la tripulación es javanesa o malaya, y han preferido quedarse a bordo.
Es el Dolphin, una bonita goleta nueva, construida en un astillero de Boston y registrada en Sídney.
El capitán es el propietario; se apellida Van Buren y…
—Se interrumpió y esquivó la mirada de la moza—.
Por eso he llegado tarde, Mercy. He ido a verlo con un par de compañeros de las minas, unos australianos que quieren volver a casa.
—¿Y te has enrolado? —Aunque se esforzaba por mantener el control, Mercy ya no tenía la misma firmeza en la voz.
Se dijo a sí misma que siempre había sabido adónde podía llevarla la búsqueda de Jasper Morgan.
Y también estaba convencida de que Luke seguiría al asesino de su hermano dondequiera que este tratara de esconderse—.
¿Te has enrolado con… con el capitán Van Buren, Luke? —insistió con tristeza.
Luke asintió.
—He tenido que hacerlo… Puede que no haya otro barco con destino a Australia en meses.
El Dolphin no hará una travesía directa a Sídney.
Es un mercante y, como te decía, hará escala en puertos de las islas del Pacífico.
Pero es el único, Mercy. Si esperamos más, Morgan se alejará demasiado de nosotros… Nunca lo alcanzaré.
En su perturbación, Mercy apretó las pequeñas manos a los costados.
Quería suplicarle a Luke que no la abandonara, pero no le salían las palabras.
Nunca habían hablado de lo que harían si la persecución de Jasper Morgan los llevara a recorrer medio mundo.
Y ella no había querido abordar el tema, temerosa de que la deserción de su compañero se hiciera realidad, pero leía en él una mirada curiosa, se daba cuenta.
Esbozó una sonrisa trémula. Luke acababa de decir «nosotros».
—¿Me llevarás contigo?
—¿Acaso creías que te dejaría aquí sola? —replicó él con tono de reproche—. Por supuesto que te llevaré, si estás dispuesta a venir. Pero eso significará abandonar los Estados Unidos, Mercy. Quizás para siempre.
Abandonar la única existencia, la única tierra que había conocido, nunca sería fácil, se daba cuenta Mercy, pero ¿qué le había dado la vida allí, salvo desamor y desesperación, la pobreza extrema de su infancia, la pérdida de su madre y su padre, a quienes había amado…
, y la sombra de las humillaciones que había sufrido con Jasper Morgan?
—Será poco lo que me arrepienta por eso —logró decir con un nudo en la garganta—, y no tengo miedo.
Iré contigo con mucho gusto, si el capitán Van Buren está dispuesto a llevarme.
Pero mi pasaje será costoso y… —Estaba a punto de recordarle que era mujer y que el capitán del Dolphin quizá no aceptaría a una pasajera, pero vio que Luke sonreía, así que le preguntó entre vacilaciones—: Luke, ¿le has hablado de mí? ¿Le has preguntado si me llevaría?
—Le he dicho al capitán Van Buren que tenía una hermana menor y le he ofrecido trabajar a cambio de tu pasaje.
El Dolphin tiene camarotes y lleva algunos pasajeros.
—La sonrisa de Luke se ensanchó—. Los otros son misioneros, con sus esposas e hijos; buena gente que se quedó varada aquí cuando la tripulación de su barco desertó.
El capitán Van Buren los va a llevar a cambio del costo de su comida y dice que te llevará en las mismas condiciones.
Mercy lo miró con fijeza. Se había quedado sin palabras. Al fin, con voz débil y entrecortada, le dijo:
—Este capitán Van Buren debe de ser un hombre muy bueno.
—Supongo que sí —confirmó Luke—. Mañana podré vender los caballos.
El hombre de la caballeriza me dará un buen precio.
Eso debería cubrir el coste de tu comida, más o menos, y no nos habremos quedado sin dinero cuando lleguemos a Sídney.
Solo hay un obstáculo más en nuestro camino.
—Titubeó y miró a Mercy con un atisbo de incertidumbre—.
El capitán quiere verte y hablar contigo antes de aceptar el trato.
—¿Para asegurarse de que seré una buena compañía para sus misioneros? —sugirió Mercy con ironía.
—Supongo que ese es el motivo. También tiene que pensar en su tripulación.
Ha dicho que enviaría un bote a buscarnos esta noche.
No te preocupes, hermanita. —Luke le tomó la mano y la apretó entre las palmas endurecidas por el trabajo—.
Tú sí que pasarás la prueba; quizá sea yo el que no la pase.
Nunca en mi vida he estado en la mar y me he enrolado como marinero.
Hemos tenido suerte, Mercy; en otro puerto, ningún capitán me habría aceptado.
Era cierto, Mercy lo sabía bien. Esa gran concentración de barcos abandonados en el puerto de San Francisco era un golpe de suerte, al menos para ellos, y las palabras de Luke le daban ánimos.
Si él estaba dispuesto a trabajar para pagarse el pasaje, entonces…
Un fuerte golpe metálico interrumpió sus pensamientos.
Jemmy Kemp los llamaba a cenar a golpes de sartén.
Otros tres pasajeros del Nancy Bray, como si hubieran oído el ruido, cruzaron la pasarela a pasos pesados, riendo y de un evidente buen humor.
—Mañana nos vamos al campo —dijo uno de ellos—, ¡a hacer fortuna, si Dios quiere! Cambia de opinión y ven con nosotros, joven Luke, ¿qué me dices? Nos vendrías muy bien.
Luke miró a Mercy y luego negó con la cabeza.
—Gracias —dijo en voz baja—, pero tengo otros planes.
Le ofreció el brazo a Mercy. Ella se lo cogió y consiguió sonreír.
Los tres jóvenes cazadores de fortuna se hicieron a un lado con toda cortesía para dejarla pasar.
***
En la espaciosa cabina de popa del Dolphin, el capitán Claus Van Buren terminó de cenar y levantó su copa en un saludo de formalidad extraña.
Un brillo de satisfacción iluminaba sus ojos oscuros.
Era un hombre delgado y alto, de buen físico y cierta arrogancia.
Se plantaba erguido, como si incluso en reposo desafiara a cualquiera que se sintiera inclinado a cuestionar su ascendencia o su derecho al nombre aristocrático que llevaba.
Se dirigió al javanés de barba blanca que le había servido la comida:
—¡Por un viaje rápido y seguro, Saleh! —dijo—. Gracias a Dios, pronto volveremos a zarpar con este barco, porque juro que se rompen los corazones, y el mío no es la excepción, de solo ver este puerto lleno de buques que se pudren. Mañana por la noche tendremos la tripulación al completo.