Capítulo 3
Tanto para Mercy como para Luke, San Francisco se convirtió muy pronto en un lugar de pesadilla.
El vasto puerto era un bosque de mástiles y vergas, abarrotado de barcos abandonados cuyas tripulaciones habían desertado para unirse a la febril búsqueda de oro.
Y seguían llegando barcos de todos los rincones del mundo a correr la misma suerte de los anteriores y a engrosar las multitudes de hombres hoscos y enfadados.
Muchos de esos hombres no eran capaces de encontrar refugio ni tenían fondos suficientes para pagar el transporte a las lejanas minas; ni siquiera para alimentarse.
Los precios eran altos y los productos de primera necesidad escaseaban.
El alojamiento en hoteles y pensiones era muy costoso.
La mayoría de los edificios eran chozas de madera hechas de prisa, en tanto que las construcciones mejor equipadas eran tabernas y casas de juego; incluso algunos de esos negocios funcionaban en tiendas de lona o carpas.
Desde el centro de la localidad se extendía una ciudad de tiendas de campaña, habitada por personas de todas las naciones.
Caminar por las calles a la luz del día era una odisea, y por la noche, una aventura peligrosa, pues los robos eran tan comunes que ya ni siquiera llamaban la atención.
Había violencia y borracheras desenfrenadas y, sin duda, impunes.
Un transeúnte le dijo a Luke que había justicieros, liderados por un hombre llamado Brannan y controlados por su propio comité.
San Francisco tenía un gobernador y dos senadores electos, pero…
El informante se había encogido de hombros y señalado un bloque de edificios ennegrecidos por el fuego a poca distancia.
Había afirmado con severidad que aquello era obra de pirómanos.
—Los justicieros los atraparon. Colgaron a cuatro de ellos, azotaron a un par y deportaron al resto. Pero estas cosas siguen ocurriendo.
El informante, conmovido tal vez por la juventud y la aparente indefensión de los chicos, los dirigió a uno de los cascos que habían sido remolcados cerca de la costa y varados.
—Jemmy Kemp era el cocinero de ese barco.
El capitán le cedió el mando cuando él y los demás se fueron a las excavaciones —explicó—.
Ahora el barco está convertido en una pensión.
Decidle que os envía Gene Drucker y él os dará un lugar donde dormir.
Os costará dinero, pero estaréis bien a bordo del Nancy Bray, y Jem es un hombre honrado.
Y así era, aunque Luke se sintió indignado por el alquiler que les pidió Kemp.
La oferta era un diminuto camarote de dos camas, pero era un refugio, y tendrían las comidas.
Mientras observaba desde la cubierta la entrada de otro barco en el puerto, Mercy pensaba que ya no tendría ninguna necesidad de andar por las calles, además de que no tardarían mucho en desaparecer.
A pesar de que llegaban tarde, el rastro de Jasper Morgan aún estaba fresco.
La investigación inicial de Luke en la Casa de la Moneda de los Estados Unidos les había revelado que su presa había estado allí hacía apenas un mes.
Mercy recordó la visita. Ahí, en la Casa de la Moneda, habían comenzado su búsqueda.
Un empleado boquiflojo estuvo dispuesto a contarles lo que querían saber, ya que no todos los días, eso estaba claro, un hombre traía una fortuna en oro para cambiarla por dinero en efectivo, ni siquiera en la Casa de la Moneda de San Francisco.
—Era un caballero muy educado —les había dicho el empleado sin que se lo preguntaran—.
Lo recuerdo bien: un oficial militar británico, según me dijo, que llegó aquí en el vapor Panamá.
Eso fue a principios de año, cuando el Panamá hizo la mejor travesía desde Oriente: ciento cuarenta y dos días.
Pero, por supuesto, los nuevos clípers que salen de Boston han batido ese récord.
El Sea Witch lo hizo en noventa y siete días desde Nueva York, rodeando el Cabo de Hornos. Ningún barco de vapor podrá igualarlo.
Estaba dispuesto a explayarse sobre los logros del clíper, pero Luke lo había devuelto al tema de su investigación.
Para su profundo asombro, habían descubierto que la estimación de Dan de diez mil dólares era demasiado baja.
La Casa de la Moneda le había pagado a Jasper Morgan más de doce mil.
El ensayador jefe de la casa había descubierto que una sola de las pepitas pesaba trece libras y cuatro onzas.
—¡Dios mío! —había confesado Luke en un susurro ronco.
Mercy estaba a su lado en el pequeño despacho de madera iluminado por luz tenue—.
Esa fue la que encontré en el agujero donde crecía el arbusto de manzanita, a mitad de camino de la orilla del río.
Sabía que era grande, pero nunca imaginé que fuera tan pesada.
Y Jasper Morgan se la había robado, reflexionó Mercy con amargura mientras observaba al empleado contar el exiguo pago por las bolsitas de polvo.
No dejaba de alabar a aquel caballero militar británico, cuyo hallazgo había hecho que todos los empleados de la Casa de la Moneda departieran con envidia.
A pesar de todo, ninguno había podido decirles, ni siquiera aventurar, una suposición sobre el paradero actual de Morgan o sus planes futuros.
—Supongo que habrá vuelto a su explotación —había sugerido el empleado—.
Está en el valle de Sacramento, ¿no? O… No, el capitán mencionó el Feather.
Si estás tan empeñado en encontrarlo, tal vez deberías dirigirte al Feather.
Ahora hay barqueros que navegan desde aquí hasta Sacramento y Marysville.
También he oído decir que hay diligencias que suben por el valle, en caso de que puedas pagar el pasaje.
Jasper Morgan podía permitirse el barco de vapor.
Quizá de ese modo había conseguido tanta ventaja sobre ellos, decidió Mercy, que conocía sus costumbres.
No volvería al barranco Windy, por supuesto.
Por mucho que hubiera cubierto sus huellas, no correría ese riesgo.
La zona cubierta por las excavaciones se había ampliado; cada día, los buscadores de oro se alejaban más y más a medida que llegaban a los campamentos noticias de nuevos hallazgos.
Pero ella estaba convencida de que Morgan no querría quedarse en California.
Australia, y, para ser precisos, Sídney, en el estado de Nueva Gales del Sur, era sin duda su destino más probable.
El capitán había hablado a menudo de Sídney y de las perspectivas de encontrar oro en aquella colonia, recordaba Mercy, por más que ella no le hubiera prestado mucha atención en aquel momento.
El viejo Jemmy Kemp asomó la cabeza canosa por la escotilla abierta. Al ver a Mercy, hizo un gesto amistoso con la mano.
—¿Tu hermano aún no ha vuelto? —preguntó.
Ella negó con la cabeza.
—Todavía no, señor Kemp.
Luke pasaba los días en una búsqueda infructuosa.
Nadie en la ciudad había podido darle ni una sola pista.
Siguiendo las indicaciones de Mercy, en los últimos días había comenzado a hacer averiguaciones en el puerto.
Frecuentaba los bares de marineros y abordaba barcos que no estaban desiertos del todo con la esperanza de que, si su presa había abandonado San Francisco, hubiera intentado embarcarse en uno de los navíos que hacían rutas por el Pacífico.
Mercy miró al cielo sin prestar mucha atención a lo que Jemmy Kemp le decía sobre la cena.
Estaba oscureciendo. El viejo cocinero del barco alimentaba muy bien a sus huéspedes: otra media docena, aparte de ella y Luke.
Pero pocos permanecían a bordo del Nancy Bray durante mucho tiempo.
Conseguían provisiones, compraban suministros y partían hacia los campos.
Luego eran sustituidos por otros recién llegados, cuyas estancias eran igual de breves.
Como Luke, esa gente pasaba los días en la ciudad y solo volvía al barco para dormir.
Su presencia no molestaba a la chica, ya que, sin excepción, la trataban con respeto…
Se estremeció al recordar la actitud de los hombres de la taberna de Sacramento cuando trabajaba allí. Y… la de Jasper Morgan.
Pasaría mucho tiempo antes de que pudiera olvidar la forma en que Jasper Morgan la había tratado.
—Estofado de ternera y patatas —remató Jemmy Kemp con orgullo comprensible—. Algunos granjeros trajeron un rebaño de novillos, un poco flacos, pero, de todos modos, es buena carne roja, ¿no? Vigila que el chico no se la pierda.
La cabeza del cocinero desapareció.
—Luke llegará pronto —le gritó ella.
Mercy cruzó la cubierta, cuyas tablas desgastadas y mal ajustadas crujían incluso bajo su ligero peso, y se detuvo en el extremo de la destartalada pasarela que unía el Nancy Bray con la orilla.
Luke solía regresar antes del anochecer por miedo a dejarla sola, pero ya brillaban luces a través de la bruma que envolvía la ciudad y no había ni rastro de él.
Era un joven extraño, pensó con tolerancia; tímido con las mujeres, hasta el punto de sentirse incómodo en su presencia.
Y, aunque el cuidadoso manejo de sus recursos los obligaba a compartir el dormitorio, Luke nunca la tocaba cuando estaban solos.
La cogía del brazo en sus paseos por la ciudad, eso era cierto, pero ella sabía que era más para protegerla que por cualquier gesto de afecto o intimidad.
Luke tenía dieciocho años, uno más que ella.
Con todo, en muchos aspectos y, sin duda, en experiencia, era un niño inocente, mientras que ella…
Mercy sintió un nudo en la garganta. Por culpa del cólera, que la había privado del amor y el apoyo de sus padres, ella misma había experimentado una rápida y dolorosa transición a la edad adulta.
Y no había vuelta atrás. Se había convertido en lo que un destino cruel había hecho de ella, en lo que Jasper Morgan había hecho de ella, con su lengua ágil y sus promesas vacías.