Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 2 #5
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Capítulo 2 #5

—Voy a ir contigo a San Francisco —dijo con una firmeza tranquila aunque inesperada.

Él, sorprendido, quiso ponerse a discutir, pero ella lo interrumpió—.

No tengo ningún otro sitio adonde ir. En Sacramento…

trabajaba en una taberna. Allí fue donde Jasper Morgan me encontró, y no pienso a volver a ese lugar.

No lo haría ni aunque me estuviera muriendo de hambre. Y tampoco puedo quedarme aquí sola.

Los brazos de Luke, que la rodeaban por la cintura, la soltaron por instinto. Luego, avergonzado de su reacción, se disculpó.

—Pero tú eres… Eres una mujer. No podemos viajar juntos. No estaría bien. No sería decente.

—No te causaré ningún problema, Luke. Me educaron como una persona respetable.

Mis padres eran gente temerosa de Dios, pero el capitán Morgan…

—Mercy, con la cabeza gacha, dejó la frase sin terminar, y todas las tristes implicaciones provocaron la compasión de Luke.

Tras un rápido cambio de tono, ella añadió—: En San Francisco me necesitarás como testigo.

Si fueras solo, sería tu palabra contra la suya.

Y él…, ¡ay, Luke, lo conoces! Jasper Morgan se saldrá con la suya, piense lo que piense el comité de mineros.

Tenía razón. Luke se vio obligado a admitirlo.

—Tenía planes de matarlo —admitió él con un poco de mal humor— en caso de que se negara a volver aquí conmigo y enfrentarse a su juicio.

Se dio cuenta de que esa idea había estado rondando por su cabeza desde que vio el cadáver de Dan, pero no la había expresado con palabras, ni siquiera en sus pensamientos, hasta entonces.

Venganza: una vida por otra. Incluso las Escrituras sostenían que eso no era más que justicia.

Y Jasper Morgan les había quitado la vida a tres hombres; había planeado matarlos desde el momento en que los puso a trabajar en esa mina inútil e improductiva que se convertiría en su tumba.

Mercy Bancroft contuvo el aliento. Se volvió para mirar a Luke por encima del hombro y él se quedó sorprendido por el dolor descarnado que leyó en sus ojos.

—Yo también —dijo con voz baja y amarga— podría matarlo por lo que me ha hecho.

No sabía que un hombre fuera capaz de ser tan cruel.

—Su tono cambió de nuevo y se volvió suplicante—.

¡Por favor, Luke, llévame contigo! Podríamos viajar como hermano y hermana.

Te juro que no seré una carga ni un estorbo para ti.

¡Y lo encontraremos, de verdad que lo encontraremos!

Luke cedió. Le costó mucho hacerlo, pero ella tenía razón. Morgan le había robado a su hermano y a sus dos socios, así como el oro que él mismo había encontrado, pero, a esa chica delgada e indefensa, quizá le había robado aún más.

—Lo encontraré —juró él—, aunque me lleve el resto de mis días.

¡Dondequiera que haya ido, lo seguiré, Mercy!

Nos lleva casi un mes de ventaja, pero no habrá ningún lugar en San Francisco donde pueda esconderse.

Habrá gente que lo recuerde, estoy seguro.

Jasper Morgan no es un hombre que pase inadvertido entre la multitud.

Y tampoco esperaría que lo persiguieran, pensó Luke con ironía, pues ¿no había derribado media ladera para ocultar las pruebas del crimen que había cometido?

Mercy permaneció en silencio durante un largo rato. Luego dijo a regañadientes:

—Puede que, cuando lleguemos, ya no esté en San Francisco. ¿Has pensado en eso, Luke? Tal vez ni siquiera esté en California.

—No —admitió Luke, y frunció el ceño—. ¿A dónde más podría ir?

—Me habló de Australia más de una vez —le dijo Mercy.

Cierto. A Luke se le encogió el corazón al recordar los comentarios que Morgan había hecho en su presencia.

Les había hablado de un tal Hargraves, y Tom y Frankie también habían dicho algo de él.

Hargraves, aquel australiano que sugería que bien podría haber oro entre los ríos y las montañas de su tierra natal.

El país era similar a California, había afirmado, y se rumoreaba que ya se había encontrado oro.

Y esos rumores, según Tom, habían sido silenciados…

Luke frunció aún más el ceño. Puede que Morgan no esperara que lo persiguieran, pero el tipo se aseguraría de evitar cualquier riesgo de que eso ocurriera.

—Bueno… —se sacudió su momentáneo desánimo—, si Morgan se ha ido a Australia —dijo sin meditarlo—, lo seguiré hasta allí. Pero supongo que todavía está en San Francisco.

Mercy se volvió de nuevo para mirarlo. Por primera vez, Luke la vio sonreír.

—Partiremos por la mañana —dijo la versada moza—, y alcemos nuestras oraciones por que siga allí.

Y no me digas que será un viaje difícil, hermanito —añadió.

Al verlo abrir la boca para alegar, le dedicó una sonrisa burlona—.

Esto no puede ser peor que cruzar la sierra con una caravana.

—Agitó su pequeña mano morena en dirección a las lejanas montañas, ya cubiertas de nieve.

Luke, privado de su último argumento, guardó silencio, pero la abrazó con más fuerza. Se dijo a sí mismo que sería bueno tener compañía durante el viaje. O, al menos, durante la primera parte.