Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

—Tengo una pregunta, Eph —dijo uno de los hombres más jóvenes—, no me tomará más de un minuto.

—Se volvió hacia Luke y le dijo con brusquedad—: Nos han dicho que las heridas que sufrieron los hombres asesinados fueron causadas, con toda probabilidad, por disparos a quemarropa con una Colt cuarenta y cuatro.

¿Sabe si el capitán Morgan llevaba una Colt cuarenta y cuatro?

Luke lo miró a los ojos y asintió.

—Sí, señor, la llevaba.

—Entonces, yo diría que eso es todo, Eph —sugirió el interrogador—. Sin importar lo que la hija de Morgan tenga que decirnos, propongo que emitamos un veredicto basándonos en las pruebas que ya hemos escuchado.

—¿Qué veredicto sugieres, Sam? —preguntó Crocker con el mazo en alto.

—Bueno, no sé con exactitud cómo habría que redactarlo para que sea legal —admitió el hombre llamado Sam—, pero se me ocurre que este tipo, Jasper Morgan, es culpable de asesinato y…

, ¿cómo se dice?, latrocinio. Debemos dictar una sentencia acorde con eso.

Y luego, cuando vuelva a por su hija, lo colgaremos.

Se produjo un silencio de estupefacción. Un momento después, varias voces se alzaron en señal de asentimiento. Ephraim Crocker golpeó con su mazo.

—Tendría que escuchar las acusaciones y ser juzgado, Sam —objetó—.

No tenemos derecho a condenarlo sin haberle permitido defenderse.

No estamos aquí para linchar, como una turba.

—Se encogió de hombros—. Déjame pensarlo, ¿vale?

Y también creo que deberíamos escuchar a la chica antes de emitir un veredicto, ¿de acuerdo?

La reunión queda aplazada hasta que ella llegue.

La chica llegó una hora más tarde. Tom ya había dicho que era guapa, pero Luke se quedó pasmado al verla. Era más que guapa, pensó, era preciosa: una joven delgada y de rasgos delicados, con el pelo rubio trenzado alrededor de una cabeza hermosa. Tenía la piel bronceada de un exquisito tono dorado.

Y estaba muy asustada. Los ojos azules enrojecidos y los párpados hinchados revelaban que había llorado sin cesar a lo largo de todo el camino hasta el campamento.

Pero era valiente. Frente al círculo de inquisidores, enderezaba sus delgados hombros y mantenía la cabeza alta, en respuesta a la petición de Ephraim Crocker de someterse con espíritu cooperador a las preguntas del comité.

—Les diré lo que pueda, señor, aunque quizás no sea mucho.

Luke pensó que se parecía poco a su padre. Era más joven de lo que había supuesto; de su misma edad o incluso menos. El viejo Ephraim Crocker, conmovido por el aspecto y el porte de la moza, le hizo una cautelosa advertencia.

—Esta reunión ha sido convocada para investigar la muerte de los tres pobres jóvenes que encontramos ayer en un pozo minero en la barranca Windy.

Empezó a entrar en detalles, pero la chica dijo:

—Hubo una explosión, ¿verdad? He oído que hubo un accidente y que murieron unos hombres.

Luke se dio cuenta de que la chica, que fijaba con intensidad su inocente mirada azul en Ephraim Crocker, parecía desconocer que los tres hombres eran los socios de su padre.

Era evidente que no tenía ni idea de las sospechas que recaían sobre el capitán.

Y no había forma de decirle nada de aquello con delicadeza, aunque, había que reconocerlo, el viejo estaba haciendo todo lo posible.

Le explicó lo de las heridas de bala mientras la moza seguía mirándolo con gravedad.

Solo cuando nombró a los hombres muertos y, enseguida, señaló a Luke y reveló que su hermano era una de las víctimas, la expresión de la joven cambió.

En voz baja, pero con toda sinceridad, dijo:

—Oh, lo siento mucho, de verdad, señor Murphy.

—Ve al grano, Eph —intervino con impaciencia el hombre que había abogado por el ahorcamiento—, o estaremos aquí todo el día. Dile que su padre es el principal sospechoso.

—Bueno, supongo que eso es cierto, señorita —dijo Ephraim Crocker con torpeza—. Todas las pruebas que hemos visto apuntan a ello. Su padre, el capitán Jasper Morgan, se ha ido a San Francisco y creemos que se ha llevado…

—¡Por favor! —La interrupción de la chica fue estridente.

De sus mejillas escapó todo el color cuando al fin comprendió lo que estaba pasando.

Pero se controló y, con la misma dignidad que había mostrado durante el intento de explicación de Crocker, añadió—: Se equivoca, el capitán Morgan no es mi padre.

No tengo ninguna relación con él, señor, ninguna en absoluto.

Hubo otro silencio prolongado mientras los miembros del comité asimilaban poco a poco las implicaciones de esa negación. Luke fue el primero en recuperar el habla.

Se acercó a ella y le preguntó en voz baja:

—¿Cómo te llamas? Tom… Tom Gardener nos dijo que te llamabas Mercy, y pensamos que eras la hija de Morgan. Lo dimos por sentado, supongo, porque… Bueno, Morgan tiene edad suficiente para ser tu padre, y Tom dijo… ¿Te acuerdas de Tom, verdad?

—Sí, lo recuerdo —respondió. Lo miraba sin pestañear, aunque Luke, que ahora sentía una profunda lástima por ella, alcanzó a ver lágrimas en sus ojos.

Las manos de la chica, apretadas con fuerza por delante, temblaban de manera ostensible—.

Me llamo Mercedes Louisa Bancroft, pero me llaman Mercy.

Mi… Mi padre era Henry Bancroft… Está muerto, y mi madre también.

Ambos perecieron por el cólera hace un año, cuando nuestra caravana llegó al fuerte Kearny de camino a las minas.

Yo… seguí con la caravana hasta Sacramento.

Estaba sola, y… algunas de las personas de la caravana fueron muy amables conmigo.

Me refiero a las que habían partido con nosotros desde Illinois y conocían a mis padres, pero yo…

no quería ser una carga para ellos. Así que…

—Se atragantó con un sollozo—. Quería valerme por mí misma, pero…

Ephraim Crocker dio un golpe con su mazo.

La advertencia estuvo de más, ya que los hombres permanecían en silencio, muy quietos, y evitaban mirarse a los ojos.

Todos habían oído hablar de la terrible epidemia de cólera de 1849.

El mal había devastado el valle del Misisipi y se había extendido a los ríos Platte y Green, a lo largo de la ruta que seguían muchas de las caravanas procedentes del este.

Para evitar que la chica tuviera que hacer delante de extraños revelaciones que tal vez no quería admitir, dijo:

—Así que aceptó trabajar para Jasper Morgan, ¿verdad, señorita? ¿Y él la trajo aquí?

Mercy Bancroft lo miró con gratitud y parpadeó para contener las lágrimas.

—Sí, señor. El capitán me dijo que tenía una cabaña aquí y que me pagaría por cocinar y limpiar para él. Y también me prometió darme alojamiento. Parecía un caballero, y yo pensé… —Se interrumpió. Una oleada de rubor se extendió por sus pálidas mejillas.

Una vez más, Ephraim Crocker trató de evitarle más turbaciones.

—Creo que eso es todo lo que necesitamos saber al respecto.

¿De acuerdo? —Con una mirada desafiante a cualquiera de los miembros de su comité que quisiera plantear objeciones, recorrió la sala.

Ninguno dijo nada, así que continuó—: Tal vez pueda ayudarnos a concluir esta investigación.

Díganos si cree probable que el capitán Morgan vuelva.

Sabemos que se ha ido a San Francisco y supongo que sabemos los motivos, pero ¿le dijo que tenía intención de volver?

—No, señor —la chica negó con la cabeza—, no volverá.

Me dejó esto. —Sacó del bolsillo de su vestido una bolsita de piel de ante—.

Dijo que me lo daba a modo salario y que lo mejor para mí sería volver al lugar de donde he venido.

Pero yo… No podría volver. Mis padres eran de Lawson, Illinois, una pequeña comunidad agrícola donde no tengo a nadie.

Y en Sacramento… —Se mordió el labio inferior y no dijo más.

El hombre llamado Sam habló con impaciencia:

—Está bastante claro, Eph… Morgan es un asesino, un maldito ladrón, un sinvergüenza. Si tiene algo que ver con estos asuntos, no volveremos a verlo por aquí. Dejemos de perder el tiempo, que tenemos que trabajar, ¿no?

Hubo un murmullo concertado de asentimiento. Ephraim Crocker dejó escapar un suspiro de resignación.

—Tenemos que hacer las cosas de forma legal, Sam —señaló—. Aquí está esta pobre joven, huérfana y abandonada a su suerte. Es tan víctima como esos pobres muchachos a los que acabamos de enterrar, ¿no?

Varias voces se alzaron para ofrecer sugerencias.

—Podríamos hacer una colecta para la niña.

—Ese canalla de Morgan no volverá por voluntad propia, Eph, pero podríamos enviar a alguien para que lo traiga de vuelta.

—¡Claro que podríamos! Y entonces lo juzgaremos por asesinato.

—Tenemos que dictar sentencia. Ponla a votación, Eph.

Luke se puso de pie. De repente, sabía lo que tenía que hacer. Todos guardaron silencio de nuevo, a la espera de que dijera algo, y lo hizo con valentía mientras sentía sobre él la mirada de la moza.

—Iré a buscarlo y lo traeré de vuelta, señor Crocker. Se lo debo a mi hermano. Y Tom y Frankie Gardener eran mis socios, así que, si alguien tiene que ir, ese soy yo.

—Supongo que sí —confirmó Ephraim Crocker.

Parecía preocupado, pero ya no tuvo oportunidad de expresar sus dudas, pues los hombres empezaron a dar patadas en el suelo y a exigir una votación.

Por unanimidad, se acordó que Jasper Morgan fuera acusado de asesinato y juzgado.

En una segunda votación, se autorizó a Luke, en nombre del comité de mineros, a llevarlo de vuelta a Thayer para hacerlo responder a los cargos.

Luego pasaron un sombrero y los hombres dieron contribuciones generosas antes de marcharse a toda prisa, decididos a recuperar el tiempo perdido.

—Lleva a la niña a casa de Morgan, ¿quieres, Luke? —pidió Crocker antes de seguir el ejemplo—. Nos veremos antes de que partas hacia San Francisco.

Mientras cumplía la comisión, con la chica en la silla de montar, ella echó por tierra sus planes.