Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

El hombre pronunció sus oraciones con profunda sinceridad y compasión.

Luke apenas podía escucharlo, si bien lograba susurrar un obediente «amén» cuando el bienintencionado predicador hacía una pausa para respirar.

A pesar de su aturdimiento por la escena tan sobrecogedora que acababa de presenciar, su mente corría con vértigo e iba sacando conclusiones tan espantosas que Luke se resistía a expresarlas con palabras, incluso a John Roberts.

¿Quién podría creerle?, se preguntaba con amargura; ¿quién creería su palabra frente a la de Jasper Morgan, el capitán Morgan?

Y, sin embargo, tenía que haber sido Morgan el perpetrador de la atrocidad que acababan de descubrir bajo las ruinas del pozo de la mina.

Tenía que ser Morgan. El asesino de Dan, Tom y Frankie tenía que ser él, ya que era el único que salía ganando con esas muertes.

Morgan se lo había llevado todo, no solo su propia mitad, y se había marchado a San Francisco con la intención de vender el polvo y las pepitas a la Casa de la Moneda, a veintidós dólares la onza.

Era cierto que había abandonado las excavaciones la víspera de la explosión, pero…

Luke apretó los puños a los costados, colmado de una ira inútil.

Logan, el tendero, habría sido testigo de su partida, pero ¿no era eso lo que el cerdo había pretendido?

Pudo haber regresado. Pudo haber dejado su carreta bien escondida para que nadie se diera cuenta…

¿No se había llevado los otros dos caballos y la silla de montar de Tom, aunque no tenía ninguna necesidad evidente de quedarse con ellos?

Se levantó un revuelo en la entrada del pozo de la mina. Al oír la voz de un Ephraim Crocker que exhortaba a la prudencia, Luke sintió que lo invadía una oleada de náuseas. La bilis le subió a la garganta y le provocó arcadas.

El predicador Roberts, que estaba de rodillas, terminó de forma abrupta su larga oración y se levantó.

—Quédate donde estás, Luke —le aconsejó—. Supongo que Eph subirá los cuerpos ahora. Es mejor que no mires hasta que estén cubiertos como Dios manda.

Pero Luke sabía que tenía que mirar; tenía que estar seguro. Se puso en pie a trompicones sin mirar siquiera la mano que le tendía Roberts. En cuanto se pudo mantener erguido, recorrió con rigidez las pocas yardas que lo separaban de los cadáveres.

Bajo la intensa luz del sol, la causa de las tres muertes se veía con toda claridad.

Tom y Frankie habían recibido disparos por la espalda, pero la herida de Dan estaba en el pecho, como si…

Luke se estremeció sin quererlo. Era como si su hermano se hubiera dado cuenta de repente de lo que estaba pasando.

Como si, tras volverse hacia su asesino, hubiera intentado en vano luchar con él.

La boca de Dan estaba abierta, congelada en el rictus mortal, y sus ojos, muy abiertos también, con… ¿qué?

No era miedo. Era, más bien, una mirada acusadora, mezclada con incredulidad, la mirada de quien se da cuenta de que el demonio asesino que apunta a su pecho con una pistola es el hombre, el caballero, en quien ha estado confiando: el capitán Morgan.

Los había engañado para que cavaran un pozo minero.

Debía de haber sabido que no produciría oro aprovechable.

El hombre había planeado convertir esa mina en una tumba tan pronto como fuera lo bastante profunda para su propósito.

Y quizá el pobre Dan ni siquiera tuvo tiempo de hacer ninguna recriminación antes de que el asesino disparara la Colt y lo silenciara para siempre.

Morgan habría salido de ahí retorciéndose.

Antes de galopar hacia la oscuridad encubridora, se habría detenido solo para encender la mecha que ya tenía preparada.

Todo encajaba, pensó Luke con tristeza; todo había salido según lo previsto, salvo, quizás, su propia ausencia.

Pero eso no habría preocupado mucho a Morgan.

Una vez provocada la explosión, las pruebas de su malvado crimen habrían quedado sepultadas.

Sin duda, el tipo no imaginaba que alguien, y mucho menos el despreciado hermano menor de Dan Murphy, sería capaz de remover toneladas de tierra y rocas para sacar los cadáveres de sus víctimas y, con ello, revelar la verdad.

Le costó un gran esfuerzo controlarse, pero lo consiguió.

Tiró del borde de la manta que cubría el rostro sin vida de Dan y la levantó.

Miró a Ephraim Crocker en silencio, como preguntándole algo.

No esperaba que el viejo minero hubiera llegado a la misma conclusión que él, ni siquiera que estuviera razonando de forma similar, pero era evidente que Crocker sí lo había hecho, porque, en voz baja, le dijo:

—Llevaremos al hombre que hizo esto ante la justicia, hijo, no temas. Y solo hay un hombre que podría haberlo hecho: el único que salía ganando, ¿no es así? Pero tendremos que llevar esto ante el comité y presentar las pruebas con claridad para que todo sea legal, ¿entiendes?

A los dos mineros que acababan de salir del pozo con él les hizo un gesto para que se apartaran.

Entonces, Logan, el tendero, llevó su carro con cuidado por el suelo cubierto de escombros y se detuvo a poca distancia de los cuerpos cubiertos con mantas.

Los demás conversaban en murmullos. Crocker tomó a Luke del brazo y lo llevó fuera del alcance de los oídos.

—Mañana por la mañana les daremos un entierro cristiano, Luke, hijo —le prometió—.

Cuando hayamos terminado, convocaré una reunión con todo el comité.

Quizá te pidan que cuentes lo que sepas sobre los términos del acuerdo al que llegasteis con el capitán Morgan y, por supuesto, sobre tu hallazgo, así que mejor recoge tus cosas y pasa la noche con nosotros.

Debemos actuar rápido, hijo, si queremos que se haga justicia.

Luke asintió para indicar que lo había entendido.

Al funeral, oficiado por John Roberts, asistieron casi todos los hombres del campamento del recodo Thayer.

Para Luke fue una experiencia muy dura, pero la afrontó con una calma glacial.

Se sintió reconfortado por las muestras de condolencia y la espontánea gentileza de los hombres.

Muchos se habían tomado la molestia de ponerse sus mejores trajes, con corbatas o pañuelos y sombreros de copa.

Todos habían sacrificado una parte considerable de su jornada laboral para, como dijo un veterano, «rendir homenaje a esos pobres jóvenes, cuya vida quedó truncada en plena florescencia».

Después del entierro de los compañeros de Luke, la reunión del comité del campamento comenzó de inmediato, y, bajo la presidencia de Ephraim Crocker, fue un concilio ágil y profesional.

A pesar de todo, resultó ser una experiencia más dura incluso que el entierro, puesto que Luke se vio obligado a desempeñar el papel de testigo principal.

Después de que Crocker y Roberts prestaran declaración sobre el descubrimiento de los cadáveres y hubieran expuesto que los tres hombres habían muerto por heridas de bala, Luke fue llamado a declarar.

Se dirigían a él como «señor Murphy», con toda formalidad.

Tanta ceremonia no hizo otra cosa que aumentar la inquietud de Luke, pero el joven respondió a las preguntas con la mayor sinceridad y claridad posible.

Describió en detalle el acuerdo de sociedad con Jasper Morgan y, a instancias de Crocker, ofreció una descripción minuciosa de su hallazgo.

Cuando se le pidió que estimara el valor del oro, solo pudo echar mano de evasivas y decir que no lo sabía.

—Dan, mi hermano, me explicó que, según sus cálculos, la Casa de la Moneda de San Francisco pagaría por él unos diez mil dólares.

—¿Y por eso el capitán Morgan tenía el oro en su poder? ¿Iba a llevarlo a San Francisco con vuestro consentimiento, el suyo y el de sus socios?

—Los demás debieron de dar su consentimiento —respondió Luke con el ceño fruncido mientras intentaba recordar lo que Dan le había dicho—.

A mí nadie me preguntó nada, pero… Bueno, Dan dijo que teníamos que confiar en el capitán Morgan, y eso me bastó.

El hombre tenía una balanza e iba a pesar el oro.

Dijo que nos entregaría un documento firmado en el que se indicaría cuánto era.

—¿Recibió usted ese documento, señor Murphy? —preguntó John Roberts.

—No, señor. Me fui a casa antes de que estuviera listo.

—¿Confiaba usted en el capitán Morgan? —preguntó por sorpresa uno de los otros miembros del comité.

Cuando Luke vaciló, sin saber muy bien cómo responder, el hombre añadió—: Lo que quiero decir es esto: cuando usted se dispuso a visitar a sus familiares, sabía que Morgan tenía intención de llevar el oro a San Francisco, ¿no es así?

—Sí. Por lo que me dijo Dan, yo sabía que se estaba preparando para irse.

—¿Qué lo hizo pensar que volvería con el dinero que obtendría por el oro?, ¿con su parte y la de sus socios? ¿Tenía alguna garantía? ¿Su hermano le pidió alguna?

Luke movió los pies inquieto. Nunca había confiado en Jasper Morgan, pensó con amargura, aunque, desde luego, tampoco había imaginado que el tipo fuera capaz de cometer un asesinato.

—Está la chica, señor —dijo sin convicción—. La hija de Morgan. Él no se la iba a llevar a San Francisco. Dan me dijo que volvería a por ella. Así que pensé…

Ephraim Crocker lo interrumpió.

—He mandado a buscar a la chica, hijo. Escucharemos lo que tenga que decir tan pronto como llegue.

—Sacó su reloj de bolsillo y miró con curiosidad a los miembros de su comité—.

Es probable que aún tarde un rato, así que, si no tienen más preguntas que hacerle al joven Luke, descansemos media hora. Hablar da sed.