Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 2 #2
12%

Capítulo 2 #2

Una vez más, los dos hombres mayores intercambiaron miradas; enseguida, Logan negó con la cabeza.

—No, estaba solo, Luke.

Eso era un alivio, al menos, y la expresión de Luke se iluminó.

Si Morgan había dejado atrás a su hija, tendría que volver.

Dan lo había asegurado, y también había dicho que, entonces, cuando les hubiera pagado su parte, ellos…

Luke se tensó. A pesar de sus grandes esfuerzos por evitar el llanto, un sollozo se le escapó entre los recuerdos.

Dan y los otros dos ya no podrían reclamar su parte.

Los tres estaban muertos, lo que significaba que, como único socio superviviente, tendría que reclamar lo de sus compañeros, además de lo suyo: el cincuenta por ciento, la misma suma que Morgan.

Encontraría la manera de enviar las partes de Tom y Frankie a los familiares en Australia; era lo mínimo que podía hacer, por supuesto.

Y quizá convencería a papá de que aceptara la parte de Dan; incluso para donarla a la iglesia, si esa fuera su voluntad. Él…

El joven Ted le llevó una taza hirviente de café negro y Luke bebió con gratitud, mejor que el whisky. Ephraim Crocker se sentó y esperó a que se lo terminara. Luego preguntó pensativo:

—¿Por qué el capitán Morgan fue a San Francisco, hijo?, ¿lo sabes? ¿Qué motivo tenía?

—Fue a vender nuestro oro a la Casa de la Moneda, señor Crocker —respondió Luke. Enseguida cerró la boca, pues, aunque tarde, acababa de recordar la insistencia de Jasper Morgan de no hablar de su hallazgo con los hombres del recodo Thayer.

Crocker entrecerró los ojos y se lo quedó mirando.

—¿Habéis tenido un golpe de suerte, entonces?

Ya no tenía sentido intentar ocultar la verdad. Luke asintió.

—Sí, y uno bueno, señor. —Describió su descubrimiento y la forma en que lo había conseguido. Cuando el viejo lo presionó, le compartió la estimación de Dan sobre su valor.

Crocker frunció los labios en un silbido silencioso. Logan, con más que un atisbo de resentimiento, dijo:

—El capitán Morgan nunca me dijo nada de eso, muchacho. Ni siquiera lo insinuó.

—No. Él…, bah, nos dijo que mantuviéramos la boca cerrada. Dijo que, si esto llegaba a saberse, habría una avalancha hacia el barranco, y él no quería que eso aconteciera.

Crocker gruñó.

—Puedo entenderlo —admitió—, pero no sacasteis nada bueno de esa mina vuestra, ¿verdad?

—No, no nos fue bien. Con todo —comenzó Luke—, el capitán Morgan había dicho que…

—Sé lo que dijo —le recordó Crocker—, y también sé lo que dije yo.

Tú estabas allí y me escuchaste. Le dije que estaba completamente loco porque no tenía las herramientas adecuadas ni suficientes hombres.

Tendría que haberse dedicado al beneficio, como el resto de nosotros.

—Se levantó con pesadez, como si de repente no quisiera continuar la conversación—.

Intenta dormir un poco, chico. El señor Logan te lo organizará todo, ¿verdad, Mike?

Y yo vendré a primera hora de la mañana para que podamos ir juntos a la barranca Windy.

—Puso una mano nudosa sobre el hombro de Luke en señal de silenciosa condolencia y salió de la tienda.

Luke compartió cama y manta con el joven Ted Logan y logró dormir a ratos.

Todavía se sentía cansado y desanimado cuando, poco después del amanecer, partió hacia el barranco Windy con Ephraim Crocker y otro viejo, un tal Roberts, miembro del comité permanente de mineros.

Al llegar se encontraron con que el pozo de la mina era una masa informe de rocas y tierra.

La entrada se había derrumbado y estaba obstruida.

Luke la miró con los ojos llenos de lágrimas y comprendió, sin necesidad de que Crocker se lo explicara otra vez, por qué los aspirantes a rescatadores habían abandonado el intento de abrirse paso hasta los hombres sepultados.

Les habría llevado horas, y las posibilidades de encontrar a alguien vivo bajo esa masa de escombros eran casi inexistentes, incluso aunque hubieran logrado llegar hasta ellos.

Sin embargo, la idea de que el cuerpo de su hermano hubiera quedado allí lo superaba.

Dan se merecía algo mejor que eso, se decía a sí mismo.

Se merecía un entierro digno, con palabras de la Biblia leídas ante su cuerpo y una lápida que marcara su última morada.

Eso merecían los tres: Dan y los dos australianos.

Por mucho que tardara, se aseguraría de darles lo que se habían ganado.

Cuando Luke dijo lo que pretendía hacer, Ephraim Crocker negó con la cabeza, pero, a pesar de todo, hubo un destello de aprobación en sus descoloridos ojos azules.

—No puedo prometerte ayuda, hijo —dijo a modo de disculpa—.

Todos tenemos explotaciones que trabajar.

Ahora bien, si ya has tomado una decisión, no intentaré detenerte.

Es posible que algunos quieran venir a echarte una mano.

Has hecho un buen hallazgo aquí y, cuando se corra la voz, es probable que uno o dos se animen a venir.

Ofréceles la mitad de lo que encontréis; eso debería aligerarte el trabajo.

Y, cuando hayas podido sacar los cuerpos, les daremos un entierro cristiano en el campamento.

El señor Roberts es predicador laico; él les leerá el réquiem, ¿verdad, John?

—Con mucho gusto —aceptó Roberts—. Y estaré encantado de ayudarte, chico.

Luke les dio las gracias. El pequeño campamento estaba tal y como los tres hombres, ahora muertos, lo habían dejado.

Las tiendas seguían en su sitio; las mantas, enrolladas con cuidado; la hoguera, fría, con los asadores y la vieja olla de hierro intactos.

También había algunas herramientas: dos picos y una pala con el mango roto, un hacha oxidada y el pequeño martillo de geólogo de Jasper Morgan. Pero el barril de pólvora estaba vacío.

Una de las trampas de Frankie contenía los restos podridos de un conejo; Luke se deshizo del cadáver y, con un nudo en la garganta, volvió a colocar la trampa. Luego, cuando Crocker y Roberts ya se estaban alejando, ató a su fatigada yegua y comenzó la ardua tarea.

Trabajó durante dos días como un poseso, desde la salida del sol hasta bien entrada la noche.

Su caballo pinto, el que había dejado con Dan, regresó, pero no había ni rastro de los dos animales de los Gardener.

Decidió que Morgan debía de habérselos llevado, ya que los caballos nunca se habían alejado mucho del campamento, además de que una de las sillas de montar había desaparecido.

A la mañana del tercer día, el predicador laico, John Roberts, llegó con otros dos hombres.

Traía harina de regalo y una pequeña bolsa de café.

Los tres trabajaron con Luke durante varias horas, y el joven, por fin, sintió que empezaba a avanzar.

Sin duda, los otros compartían su opinión, porque regresaron al mediodía siguiente, esa vez con Ephraim Crocker, una linterna y algunas herramientas.

—El señor Roberts cree que, si trabajamos duro, podremos llegar a los cuerpos antes de que anochezca, hijo —le dijo a Luke con brusca amabilidad—.

Y no nos parecía… Bueno, no nos parecía adecuado que estuvieras solo.

—El viejo dudó y luego, sin quitar los ojos de sus botas cubiertas de tierra, siguió diciendo—: Recuerda que han estado enterrados en ese pozo casi tres semanas.

No estarán… —Cerró la boca sin saber qué decir.

Luke asintió con los labios apretados.

—Lo sé, señor Crocker. Sé lo que nos espera.

—De todos modos, hijo, será mejor que nos dejes entrar primero. Llevaremos mantas y… el señor Logan traerá un carro. Todo lo haremos con el debido respeto y de forma adecuada, no te preocupes.

—Iré con usted, señor —afirmó Luke.

Tenía una sensación de malestar en el estómago, y habría aprovechado gustoso la amable oferta del viejo, pero… Dan era su hermano. No podía eludir su deber.

Dos horas más tarde habían logrado abrirse paso y, para sorpresa de Luke, se encontraron en una pequeña cámara que no había sido afectada por la explosión.

El techo aún se mantenía firme gracias a los puntales de madera que sí habían cedido en otras partes.

Y allí estaban los cuerpos. Luke los vio a la luz de la linterna de Crocker: los tres, acurrucados juntos, como si estuvieran durmiendo.

Había supuesto que los encontraría aplastados bajo el peso de la tierra y las rocas, y estaba preparado para ver sangre y miembros horriblemente destrozados, rostros muertos indistinguibles unos de otros, pero…

no era así. Reconoció a Dan al instante y tuvo que contener un sollozo, con el estómago revuelto.

—Déjanoslo a nosotros, Luke —le suplicó John Roberts—. Sacaremos los cuerpos. —Probó con ambas manos uno de los puntales del techo y asintió a Ephraim Crocker—. Es bastante seguro. ¿Tienes las mantas, Eph?

El cuerpo de Frankie era el que estaba más cerca. Crocker extendió una manta e hizo un gesto a Roberts para pedirle ayuda. Estaba comenzando a levantar el cuerpo inerte del australiano para colocarlo sobre la tela cuando dejó escapar un grito de horror y sorpresa. Lo soltó de golpe.

—¡Dios todopoderoso, John, lo han asesinado! ¡Le han disparado por la espalda, Dios santo! No lo mató la explosión, le dispararon.

Uno de los otros entró a gatas por la estrecha abertura y también maldijo con horror.

—Lo mismo ha ocurrido con este pobre, Eph…, y también por la espalda.

—Saca al chico de aquí —ordenó Crocker con voz ronca.

—Vamos, Luke, hijo —lo instó John Roberts—, haz lo que ha dicho Eph: sal de aquí.

Luke estuvo a punto de protestar, pero Roberts lo agarró de los hombros y lo empujó hacia el aire libre. Luego le pasó el brazo por los hombros y lo llevó hasta una pila hecha con las rocas removidas. Le pidió que se sentara.

—Rezaremos juntos, muchacho —le sugirió consolador—. No intentes arrodillarte; el buen Dios comprenderá que estás débil por la conmoción. Solo cierra los ojos y escucha, ¿de acuerdo?