Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 2
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Capítulo 2

Apenas catorce días después de haber abandonado las excavaciones, Luke se encontró una vez más ante el grupo de tiendas y cabañas de madera que constituían el campamento minero del recodo Thayer.

La visita a casa, en la que había puesto tantas esperanzas, había durado un día, ni más ni menos.

Regresaba escarmentado y más que un poco rebelde.

Su padre, afectado de nuevo por los escrúpulos religiosos, había rechazado la bolsa de polvo de oro, y Luke, durante las pocas horas que pasó despierto en aquella breve estancia, se había visto obligado a escuchar una interminable sarta de condenas y reproches sobre sus malos hábitos y la impía búsqueda de riquezas en la que se había embarcado.

Su madre le había confiado en tono irónico que dos misioneros de Great Salt Lake City habían visitado la granja durante la ausencia de Luke.

—Eran unos jóvenes estupendos, educados y decentes, pero, desde que estuvieron aquí, tu padre ha estado lidiando con su conciencia.

Ahora cree que nunca debía haberte dejado ir, y tampoco a Dan, a esos yacimientos de oro.

Dice que ambos habéis ido en contra de la voluntad de Dios y quiere que volváis solo si estáis dispuestos a entregar a la iglesia el oro que habéis encontrado. ¿Crees que podrás hacerlo, Luke?

Y él recordaba el mal sabor de haber tenido que rechazar la sugerencia.

Llegó a sentir cómo unas lágrimas poco masculinas le escocían los ojos.

Durante todo el largo viaje de vuelta, la afligida cara de su madre lo había perseguido, pero él y Dan ya habían trabajado demasiado duro para hacerse con su hallazgo, se decía a sí mismo.

Ninguno de los dos estaría dispuesto a entregar el fruto de su esfuerzo a una iglesia a la que no debían ninguna lealtad.

Era cierto que habían sido criados en la fe mormona, pero, durante los años en que su padre estuvo alejado de esas enseñanzas, ellos, en consecuencia, también lo habían estado.

Y su madre… Suspiró. Mamá se había esforzado mucho por el bien del viejo, pero, en realidad, su corazón nunca estuvo en ello.

Era de ascendencia irlandesa y había sido criada como católica.

Desde luego, no estaba de acuerdo con la poligamia.

El cansado caballo trastabilló y Luke se obligó a prestar atención a la montura.

Se sentía rígido y le dolían las nalgas, pero en media hora más llegaría al campamento.

Desde allí, solo tendría que recorrer otras cinco millas hasta su propio destino en el valle.

Decidió llevar a la explotación una botella de whisky que compraría en el campamento con las pocas onzas del polvo de oro que su padre había despreciado.

Entonces, dejaría que Dan se tomara un trago o dos antes de hacerle el relato del viaje de vuelta a casa.

Sabía que su hermano se enfadaría, pero, con toda seguridad, estaría de acuerdo en que no se les podía exigir que entregaran su parte del hallazgo a la iglesia mormona.

Faltaba una hora para la puesta de sol cuando llegó al recodo Thayer.

La tienda era una choza de madera en el centro del campamento y estaba regentada por un hombre llamado Logan, a quien ayudaban sus dos hijos pequeños.

Luke ató las riendas de su yegua al amarradero de fuera.

Sacó de su alforja la bolsita de ante con el polvo de oro y entró con pasos rígidos en la tienda.

El hijo mayor de Logan, Ted, estaba detrás del mostrador.

Para sorpresa de Luke, el chico lo miró como si hubiera visto un fantasma.

Sin siquiera preguntarle qué quería, Ted retrocedió y corrió hacia la trastienda, dando voces a su padre.

—¡Papá, ven a ver! ¡Es uno de los muchachos de la barranca Windy! ¡Es él o su viva imagen!

Apareció el propio Logan. Llevaba una servilleta metida en la camisa y maldecía irritado por lo que, a todas luces, era una comida interrumpida. Sin embargo, al ver a Luke, sus ojos se agrandaron detrás de unas gafas sin montura. Las palabras airadas se le quedaron en los labios.

—¡Dios todopoderoso! —exclamó lleno de sorpresa—. Eres uno de los chicos del capitán Morgan, ¿verdad?, ¿de la concesión de la barranca Windy?

—Así es, señor Logan —le aseguró Luke—. Soy Luke Murphy.

Vengo de visitar a mis padres en… —Dejó de hablar, consciente de la tensión del tendero—.

¿Ha pasado algo? —Pensó en el pozo de la mina y en el reducido espacio en el que él y los demás se habían visto obligados a trabajar.

Contuvo el aliento—. No ha habido ningún… accidente, ¿verdad?

Logan dudó. Era conocido por ser un hombre duro, pero sus ojos, cuando se encontraron con los de Luke, se llenaron de compasión. Al fin, el tendero inclinó la cabeza.

—Así es, muchacho, ha habido uno…, uno muy grave.

A decir verdad, pensábamos… Quiero decir, no sabíamos que estabas de visita con tus padres.

Debiste de marcharte antes de que ocurriera.

Pero será mejor que te lo cuente Eph Crocker.

Yo solo soy un tendero, no sé nada de minería.

—Señaló la puerta—. Ted, cruza la calle y dile al señor Crocker que venga.

Dile… Dile que uno de los chicos del barranco Windy ha aparecido aquí, que no todos están…

—Se tragó la palabra que estaba a punto de decir, pero Luke, con una sensación de náuseas en el estómago, pudo adivinarla.

—¿Muertos? —susurró con voz quebrada—. ¿No habrá querido decir que… están todos muertos? Dios mío, señor Logan, ¿no era eso lo que iba a decir?

Logan no abrió la boca. Le dio la espalda al chico, vertió una medida de whisky en un jarro de peltre y se la puso a Luke en las manos.

—Tómate eso, hijo —lo instó—. Eph llegará pronto y te lo contará.

El licor crudo ahogó a Luke. Soltó el jarro con la mano temblorosa.

Recordó que había ido con la intención de comprar una botella de whisky para celebrar su regreso y consolar a Dan por lo que tenía que decirle sobre su padre.

Pero Dan no lo escucharía…, no podría escucharlo porque estaba muerto; y, con él, Frankie y Tom.

Jasper Morgan también, supuso. Todos menos él mismo.

Ted llegó sin aliento, seguido por el viejo Ephraim Crocker, quien entró con prisa en la tienda.

Era obvio que él también había interrumpido su cena por la llamada del niño.

Todavía se estaba abrochando la chaqueta cuando se detuvo junto a Luke con el rostro arrugado y grave.

En pocas y bruscas palabras, confirmó la historia del tendero.

—Lo siento mucho, muchacho, de verdad, pero estaban usando pólvora, ¿sabes?

, y todo el pozo se derrumbó sobre ellos.

—Explicó las circunstancias—. Supongo que el estallido debió de suceder cuando estaban dentro.

Fue muy fuerte. Fue mucha la pólvora que reventó al mismo tiempo, ¿sabes?

Yo oí la explosión desde aquí y supuse que algo iba mal.

Una docena de nosotros soltamos nuestras herramientas y corrimos hacia el barranco tan rápido como pudimos, pero ya era demasiado tarde.

Estaban sepultados y no había forma de llegar hasta ellos.

—¿Lo intentaron? —logró decir Luke con la garganta apretada—. Señor Crocker, ¿intentaron llegar hasta ellos?

El viejo inclinó la cabeza blanca y calva y dijo con pesar:

—Sí, lo intentamos, hijo, pero era inútil.

Fueron toneladas de roca las que se derrumbaron.

Aunque hubiéramos podido moverlas, no había ninguna posibilidad de que alguno estuviera vivo, ninguna posibilidad.

—En un torpe gesto de conmiseración, dio a Luke una palmada en los hombros caídos—.

Será mejor que pases la noche aquí, en el campamento.

Por la mañana te acompañaré para que veas todo con tus propios ojos.

Supongo que no habrás comido nada, ¿verdad?

—No —admitió Luke con voz apagada—. Pero no quiero nada.

Estaba horrorizado por lo que Crocker acababa de contarle, y también desconcertado, pues ¿no había afirmado siempre Jasper Morgan que era un experto en el manejo de la pólvora?

Un experto no habría permitido que hubiera hombres dentro de la mina si una carga estaba a punto de detonar.

En el pasado, Morgan había sido cuidadoso; meticuloso, incluso.

Y siempre había mantenido la pólvora a una distancia segura.

Llevaba a las paredes rocosas solo la cantidad necesaria para cada carga.

Luke empezó a decir esto, pero Crocker intercambió una mirada con el tendero y dijo a regañadientes:

—El capitán Morgan no estaba allí, hijo.

Pasó por aquí con su carro la víspera del accidente.

Se detuvo en la tienda para comprar provisiones y le dijo al señor Logan que se dirigía a San Francisco, ¿verdad, Mike?

—Logan asintió y el líder elegido por los mineros siguió hablando.

Evitaba la mirada de Luke—: Así que todos pensamos que había sido un accidente.

Quizá tu hermano y esos dos chicos australianos con los que trabajaba no sabían…

Bueno, quizá no sabían cómo manejar la pólvora, y, con el capitán ausente…

Dejó la frase sin terminar, flotando entre ellos.

Todas las implicaciones estaban tan claras para Luke como si las hubiera expresado.

El joven contuvo una indignada negación; sabía que Crocker no intentaba hacerle daño, pero Dan no era ningún tonto, nunca lo había sido.

Todos habían aprendido a manejar la pólvora bajo la tutela de Morgan.

Dan no era de los que arriesgaban la vida de los demás, ni tampoco la suya propia.

Aquello no parecía tener sentido por ningún lado.

Luke frunció el ceño con disgusto mientras trataba de resolver el enigma.

Jasper Morgan se había ido a San Francisco, tal y como lo había anunciado, y se había llevado consigo el oro —el oro de la sociedad— para venderlo a la Casa de la Moneda de los Estados Unidos.

—¿El capitán llevaba a la chica con él, señor Logan? —se sintió obligado a preguntar—. Me refiero a su hija.