Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

—En cualquier caso —concluyó con altivez—, tu querido padre tiene objeciones religiosas, ¿no es así?

Quiere pavimentar calles y revestir casas con el oro, no darle un uso comercial sensato.

Quédate aquí y dedícate a talar árboles, muchacho.

Esta concesión me ha costado mucho y quiero ver un rendimiento por lo que he gastado. No tardaré, como te he dicho.

Y cumplió su palabra. Antes de la tarde del tercer día estaba allí con el carro.

Una vez más, se quedó en mangas de camisa y se puso manos a la obra con todo su denuedo.

Si bien dejó el trabajo duro a sus jóvenes socios, no permitió que ninguno de ellos manipulara la pólvora.

Luke se vio obligado a admitir que Morgan era un experto en manejarla y, como Dan solía comentar, las explosiones bien controladas que preparaba les ahorraban horas de trabajo agotador.

En menos de una semana perforaron la roca.

Tres días después, ya habían avanzado veinte pies en la falda, instalando puntales de madera a intervalos regulares.

Morgan pasaba horas bajo tierra con una linterna de aceite y su martillito de geólogo.

Sus informes eran alentadores, aunque solo consiguieron desenterrar unos cuantos trozos de mineral aurífero y dos pepitas de menos de diez onzas.

Durante todo ese tiempo, su locuacidad era inusual; sin embargo, dio una respuesta seca cuando el alcalde, es decir, el presidente electo del comité permanente de mineros, acudió del campamento del recodo Thayer, acompañado de otros dos miembros del comité, a preguntarle por las explosiones.

El alcalde era un veterano de cabello blanco llamado Ephraim Crocker, quien había llegado a las excavaciones en la primavera de 1848. El hombre escuchó la escueta explicación de Jasper Morgan con un notable escepticismo y luego observó con rotundidad:

—Está usted completamente loco, capitán.

—La forma en que trabajo mi explotación es asunto mío, señor Crocker —respondió Morgan con frialdad, y con eso cortó de raíz el intento del viejo de señalarle las desventajas de excavar un túnel en la ladera—. En cualquier caso, estamos fuera de su jurisdicción. Le agradecería que lo recordara.

Crocker intercambió miradas con los miembros de su comité y se encogió de hombros.

—Haga lo que quiera, señor. Yo intentaba darle un consejo amistoso, eso es todo.

Depende de usted aceptarlo o no. Llevo más de dos años en las excavaciones y he aprendido por las malas lo que funciona y lo que no.

El oro aluvial es fácil de tratar, pero el cuarzo aurífero es otra cosa: hay que triturarlo, ¿no?

Y usted no tiene las herramientas ni los hombres para extraerlo, suponiendo que lo hallara.

Asintió a sus compañeros y estos se pusieron a caminar con él.

Los tres ya se habían alejado antes de que Jasper Morgan pudiera reunir las palabras con que responderles.

Pero la advertencia de Crocker preocupó a Luke.

Esa noche se llevó a su hermano aparte con la intención de expresarle sus dudas.

Descubrió, entonces, que Dan las compartía.

—Quizá Morgan sabe lo que hace. Siempre le he dado crédito por eso, pero —la expresión de Dan era cautelosa— el viejo Eph Crocker también sabe, estoy seguro.

—Me gustaría comentarlo con papá —dijo Luke.

Para su alivio, su hermano asintió.

—Sí, Luke, creo que ha llegado el momento.

—Morgan no me dará permiso. Dice que hay demasiado trabajo por hacer.

—Y lo estamos haciendo —respondió Dan con tono cortante—, hemos hecho todo lo que nos ha pedido.

En estos últimos días, Luke, me he estado preguntando qué le hemos arrancado a esta maldita mina.

No hemos conseguido mucho con nuestro trabajo, ¿verdad?

Ni siquiera tanto polvo como el que sacábamos del balancín de oro o el que Frankie cernía con la bandeja.

Vaciló. Sacó del bolsillo de su abrigo una bolsita de gamuza con polvo de oro. Se la pasó a Luke.

—Ve a casa esta noche, chico, y llévale esto a papá. Es una pequeña fracción del valor de las pepitas que encontraste, así que creo que te la has ganado. Habla con papá y pídele consejo.

—¿Qué dirá Morgan —preguntó Luke con ansiedad— cuando descubra que me he ido?

—Te cubriremos. No se enterará. De todos modos…

—Dan volvió a dudar y se sonrojó un poco—.

Tom cree que el hombre se está preparando para ir a San Francisco.

Ayer sacó la carreta nueva, y a Tom, cuando fue a la cabaña a por provisiones, le pareció que la estaba revisando, preparándola para un viaje.

—¿Ha dicho que se va?

Dan negó con la cabeza.

—No con claridad, no. Pero mencionó el precio que la Casa de la Moneda paga por el polvo. Y el viejo Eph Crocker dijo lo mismo cuando se lo pregunté. Veintidós dólares la onza.

—Sí, pero…

—Luke, chico, tenemos que confiar en él —insistió Dan, anticipándose a la pregunta—. Como te he dicho, no se llevará con él a su pequeña. Dijo que no lo haría. Es su hija y tiene que volver a por ella. Y veintidós dólares la onza es mucho más que dieciséis, ¿no?

Luke tuvo que admitir que sí, pero preguntó inquieto:

—Dan, ¿Morgan tiene nuestro oro? ¿Lo tiene todo en la cabaña?

Dan se sonrojó.

—Sí, él lo tiene.

—¿Y lo has dejado llevárselo?

—Dijo que quería pesarlo para poder rendirnos cuentas.

Por escrito, Luke. Me ha prometido que lo pondría todo por escrito antes de marcharse.

Solo me he quedado con esa bolsa para que se la llevaras a papá.

—Dan se puso en pie—. Si has de ir, será mejor que te marches pronto, chico.

Te ensillaré el caballo mientras preparas tus cosas.

—De acuerdo —aceptó Luke. Miró el rostro franco y abierto de su hermano y dijo con timidez—: Dan, has calculado cuánto vale nuestro hallazgo, ¿verdad?

—Solo una aproximación mental.

—Bueno, ¿y cuánto calculas?

—Mejor no le digas nada a papá —le advirtió Dan—, pero, si se vende a veintidós dólares la onza, unos diez mil dólares, más o menos.

La mitad sería de Morgan. Los cuatro nos repartimos el resto.

—Sonrió—. Si tú y yo siguiéramos unidos y juntáramos nuestras partes, Luke, podríamos comprarnos una buena finca.

—¡Sí, Dan, podríamos…! —El corazón de Luke se alegró.

Era una pequeña fortuna, una suma que superaba sus sueños más descabellados.

¡Una granja en las colinas, con vacas y cerdos, y también caballos, y él y Dan juntos!

No podía pedir más. Por supuesto, cuidarían bien de papá y mamá.

Comprarían tierras cerca de ellos y construirían para papá el granero que siempre había deseado; y, para mamá, harían traer del este un armonio.

Rodeó con los brazos el cuello de su hermano y lo abrazó—. No tenía ni idea de que sería tanto.

—Solo estoy haciendo conjeturas —le recordó Dan—.

No tenemos balanza. Podría ser menos, podría ser un poco más.

Lo sabremos con certeza cuando Morgan ponga todo por escrito.

—Le devolvió a Luke el abrazo y luego apartó al joven con una juguetona palmada en las delgadas nalgas—.

Vete, chico, y prepárate. Frankie te dará la comida que necesites.

Ya le he dicho que quizá te irías mañana o así.

Y puedes llevarte mi yegua. Se monta mejor que tu pinto, y papá se alegrará de ver que no le ha pasado nada.

***

Luke terminó pronto sus preparativos. Cuando fue a rendir su breve despedida, la luna ya había salido.

Montó la yegua castaña de Dan y, con la manta enrollada y un pequeño saco de provisiones atado a la silla, partió a casa.

Cabalgó por el camino lleno de baches y pronto dejó atrás el campamento minero del recodo Thayer, que ya estaba a oscuras.

A su paso ladraron a algunos perros, pero nadie se despertó. No se detuvo.

Tenía un largo camino por delante, se recordó a sí mismo, y estaba contento de haber partido.

Su ánimo se alegraba aún más con cada milla.

Sería estupendo volver a ver a mamá y papá; fabuloso poder decirle a papá que Dan y él pronto serían ricos y que volverían a casa para siempre en cuanto Jasper Morgan les pagara su parte y los dejara marchar.

La yegua trotaba alegre por el camino sombreado, sorteando con cuidado las marcas que habían dejado a su paso innumerables ruedas de carro. Con la montura avanzando a su aire, Luke frunció los labios y se puso a silbar una alegre melodía.