Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—¿Eres tú, Luke? Te has tomado tu tiempo, ¿eh? Danos el agua; estos conejos ya están casi listos.

—He traído algo mejor que agua —dijo Luke. Su voz brotaba tan ronca por la emoción que sonaba antinatural, incluso a él mismo. Dan, rápido en percibir la tensión emocional que su hermano estaba experimentando, se levantó de un salto y lo agarró por los hombros.

—¿Qué pasa, joven Luke? ¿Qué pasa, chico?

—Esto —balbuceó Luke con la garganta apretada—. Lo hemos conseguido, Dan; ¡lo hemos logrado! ¡Alabado sea Dios!

Se arrodilló junto al fuego y, mientras los otros tres lo observaban atónitos, se vació primero los bolsillos. Luego volcó el pesado cubo y dejó su botín sobre la tira de lona en la que se estaban secando los puñados de polvo y arena.

Todos lo miraron con la boca abierta, sin poder articular una sola palabra. Entonces Tom cogió la pepita más grande, se puso de pie de un salto y lanzó un grito salvaje y triunfante.

—¡Jesús, chicos, somos ricos! ¡Esto debe valer…! ¡Dios todopoderoso, esto debe de valer una maldita fortuna! ¡Podremos irnos a casa, Frankie! ¡El chico lo ha conseguido, y a lo grande! ¡Luke, eres una maravilla!

Una de las preciadas liebres cayó del asador al fuego, pero Frankie no se molestó en recuperarla. Le estrechó la mano a Luke, con el bronceado rostro resplandeciente y los ojos azules de marinero llenos de lágrimas. Buscaba en vano las palabras adecuadas.

—¿Dónde? —logró decir por fin—. ¿Dónde has encontrado todo esto, Luke?

Luke se lo contó. Sentía de repente que todo era un sueño, y temía despertar.

—Pellízcame —suplicó—. No puedo creerlo, ni siquiera ahora.

Fue Dan quien los devolvió a la realidad. Recuperó los restos carbonizados de la cena y dijo muy serio:

—¿No os estáis olvidando de que la mitad de esto le pertenece al capitán Morgan?

—No ha sido él quien ha encontrado las pepitas —protestó Tom—. Ha sido el joven Luke, y por su propia cuenta.

—Tenemos un acuerdo de sociedad, Tom —le recordó Dan—.

Morgan ha financiado esto y fue él quien nos trajo aquí.

Tiene derecho al cincuenta por ciento; los cuatro nos repartiremos el resto.

—Sonrió ante el disgusto del joven australiano—.

¡Por el amor de Dios, muchacho, hay suficiente para todos!

Ese trozo de oro que tienes en la mano debe de pesar unas doce libras, y los tenderos pagan dieciséis dólares la onza.

Según se dice, en la sucursal de la Casa de la Moneda de San Francisco pagan más, quizá veinte dólares.

Tom trataba de hacer cálculos mentales. Al fin, recuperada la sonrisa, se puso a contar con los dedos.

—¡Dios mío! —exclamó, asombrado—, ¡ay, Dios mío!

—Y podría haber más —señaló Dan—, más oro enterrado en la orilla del arroyo donde Luke ha encontrado este pequeño lote. —Señaló la carne de conejo que se estaba enfriando—. Comamos, muchachos, y preparemos café. Tú trae el agua, Tom.

—Me apetece ir al campamento —replicó un obstinado Tom— y comprar un montón de whisky para celebrarlo. Hemos esperado bastante para tener algo que celebrar, ¿no?

Dan suspiró.

—No hasta que se lo contemos a Morgan. Tiene derecho a saberlo. Ve a buscar agua, muchacho. Ya habrá tiempo para celebrar. Y Luke, ponte ropa seca. No querrás morir de neumonía, ¿verdad?, ahora que por fin lo hemos conseguido.

Los dos lo obedecieron. Frankie sacó su cuchillo para cortar los conejos y preguntó:

—¿Piensas decírselo a Morgan esta noche, Dan?

—No. —Dan negó con firmeza—. Al amanecer echaremos un buen vistazo al lugar donde Luke ha hecho su hallazgo. Luego, cuando Morgan aparezca, se lo diremos y veremos qué tiene que decir.

***

Al día siguiente, cuando Jasper Morgan llegó a caballo para su habitual visita diaria al lugar donde trabajaban sus socios, estos vieron que, en efecto, tenía mucho que decir, aunque poco de su agrado, pensó Luke con rebeldía mientras escuchaba.

Alto y bien vestido, con su revólver Colt colgado del cinturón, como siempre, Morgan desmontó.

Le lanzó a Frankie las riendas de su caballo, inspeccionó las pepitas sin mostrar ningún signo visible de emoción, salvo un brillo en los ojos oscuros que se desvaneció pronto. De manera terminante, les dijo:

—No iréis al campamento minero, que quede claro para todos.

Si se corriera la voz de que hemos hecho un hallazgo de esta magnitud, el barranco se llenaría de gente.

Queremos mantener esto en secreto y no podremos hacerlo si alguno de vosotros abre la boca.

¿Queréis celebrarlo con una copa?, yo la pagaré.

—Silenció las objeciones de Tom con una mirada gélida y se volvió hacia Luke—.

Confieso que me sorprende que hayas sido tú quien diera con esto, chico, pero, por una vez, tu torpeza ha dado buenos frutos, ¿no?

Ahora borra esa sonrisa estúpida y muéstrame dónde has encontrado las pepitas.

Quizá haya más oro allí y debo decidir cuál es la mejor manera de sacarlo.

Puede que sea solo un depósito circunstancial, pero, si está en el lecho rocoso o cerca de él, tendremos que excavar un pozo y ponernos a cavar en la ladera.

Luke hervía de resentimiento por las palabras despectivas de Morgan, pero una mirada de advertencia de Dan fue suficiente para que se mordiera la lengua.

Se puso en marcha en silencio y los demás lo siguieron.

La búsqueda matutina solo reveló dos pequeñas pepitas que Luke, en su entusiasmo, había pasado por alto.

Luego, a pesar de una minuciosa inspección de la grieta donde la manzanita había hundido sus tenues raíces, Jasper Morgan no encontró nada más.

Sin embargo, se mostraba optimista. Les dio una charla sobre la geología de la región aurífera y recitó términos técnicos.

Envió a Frankie a buscar un pequeño martillo que llevaba en su alforja y, con esa herramienta, se puso a golpear la roca mientras hablaba con conocimiento de las vetas, los filones y las convulsiones de la sierra, millones de años atrás, cuando la tierra se abrió y se puso a vomitar las riquezas que atesoraba en su interior.

Era un gran conversador, reflexionó Luke, y no parecía disuadirlo el hecho de que la mayor parte de su charla estuviera más allá de la comprensión de sus compañeros.

Y, para su sorpresa, también era hábil y ágil.

Morgan se quitó su bien cortada chaqueta para ir de arriba abajo por la orilla, en mangas de camisa y pantalones arremangados, mostrando más energía que la que había exhibido desde su llegada a la barranca Windy.

No era un anciano, por supuesto. Jasper Morgan no podía tener más de cuarenta años; o cuarenta y cinco, como mucho.

Tenía el pelo negro, con solo unas pocas canas en las sienes, lo que le daba un aire de distinción caballeresca.

Las mujeres seguirían considerándolo guapo, decidió Luke mientras lo estudiaba con más atención de la habitual.

Tenía el rostro enérgico y sin arrugas, la boca recta bajo un bigote espeso y la piel morena y bronceada.

Sin embargo, había algo en él que… Luke se encogió de hombros.

Era incapaz de ponerle nombre o incluso de encontrar una razón de peso a aquello que lo hacía desconfiar.

Sin embargo, la sensación estaba ahí, molestándolo sin parar y…

La voz de Dan interrumpió sus pensamientos.

—Vamos a dejar los trabajos del depósito aluvial en el lecho del arroyo, Luke, y a perforar un pozo en la orilla, justo debajo de donde encontraste esas pepitas.

El capitán dice que hay muchas posibilidades de encontrar una veta allí, ¿no lo has oído?

Necesitaremos madera para los puntales; tendremos que cortarla, y más herramientas.

Y también pólvora, que él nos va a traer.

Saldrá ahora mismo, en cuanto se haya tomado un café.

Entró en detalles, pero Luke apenas lo estaba escuchando. Vio que Jasper Morgan se había puesto la chaqueta y se dirigía de vuelta al campamento, enfrascado en una conversación con Frankie y Tom.

—No se llevará las pepitas, ¿verdad, Dan? —preguntó Luke con el ceño fruncido—. ¿Ha dicho que lo hará?

Dan negó con la cabeza.

—No, no lo ha dicho. Supongo que nos las dejará.

Pero sí ha dicho que será mejor que se lleve todo a San Francisco dentro de una semana o dos, tanto las pepitas como el polvo.

La Casa de la Moneda de los Estados Unidos paga a veintidós dólares la onza.

Si aceptáramos lo que se paga aquí o en Sacramento, saldríamos perdiendo.

—Perderemos mucho más si no vuelve —objetó Luke.

—Volverá —afirmó su hermano—. Siempre lo ha hecho, ¿no?

Y está la niña, su hija. El viaje a San Francisco es duro, Luke; no se la llevará con él, así que tendrá que volver.

Además, tenemos un acuerdo de sociedad, ¿no?

Y el capitán Morgan es un caballero. Tienes que aprender a confiar más en la gente, Luke.

Venga. —Le pasó un brazo por los hombros—.

No sé tú, pero yo tengo sed. Vamos a tomar un café.

—De acuerdo —aceptó Luke a regañadientes—; aunque, viendo lo que he encontrado, me gustaría llevarles una bolsa de polvo a los viejos. A papá le vendría bien, y mamá se estará preguntando cómo nos va. Podría ir y volver antes de que Morgan nos traiga las herramientas.

—Pídele permiso a Morgan, chico, a mí me parece una idea razonable. —Dan sonrió—. Sí, no es mala idea. Pídele permiso.

Luke lo hizo. Formuló su petición con una educada moderación, pero la negativa de Jasper Morgan fue tajante.

—Habrá mucho que hacer mientras yo esté fuera, y eso no será por más de tres o cuatro días. Además, chico, no quiero que vayas por ahí contando lo de nuestro hallazgo; tenemos que mantenerlo en secreto, ¿entendido?

—Yo hice el descubrimiento —le recordó Luke.

—Y ahora quieres sacar provecho de ello, ¿eh?

—No, señor, no se trata de eso. Sé mantener la boca cerrada, no diré nada.

Pero Morgan se mantuvo firme. El hallazgo era bueno, solo que, comparado con lo que esperaba que rindiera el yacimiento, era una gota en el océano.