Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Un comité elegido en el campamento había redactado los estatutos, que se aplicaban de forma estricta y, a veces, brutal.

Pero algunos de los mineros hacían fortuna e iban a emborracharse para celebrar su buena suerte, a pesar del precio exorbitante que los tenderos de la localidad ponían al alcohol.

Por cierto, ese alcohol era, en su mayoría, de mala calidad, proveniente de destilerías clandestinas.

Los campamentos en sí eran primitivos. En algunos había unas cuantas cabañas de madera tosca, pero la mayoría de los mineros dormían bajo lonas.

Un puñado de hombres, los que habían agotado sus ahorros en la búsqueda de un filón, vivían sin siquiera una tienda de campaña.

Así que una joven guapa, y la chica de Morgan lo era, según afirmaba Tom, sería, sin duda, una tentación dolorosa para esos hombres; sobre todo porque, en su mayoría, llevaban mucho tiempo privados de compañía femenina.

Luke se dijo con amargura que, aun así, Jasper Morgan no tenía por qué pasar la mitad del tiempo con ella y dejar que sus socios hicieran todo el trabajo en la explotación.

No recibían ningún salario, en tanto que el capitán, dado que les proporcionaba comida y equipo, exigía el cincuenta por ciento de los hasta entonces escasos ingresos, y tomaba el oro a su capricho.

—El capitán es un caballero —le recordaba siempre Dan cuando Luke expresaba sus dudas—. Y, como él dice, la palabra lo obliga. No nos engañará.

Pero ¿era de verdad un caballero? Sin duda, Morgan hablaba con toda la arrogante firmeza de que lo dotaba la superioridad social.

Les había dicho que su nombramiento había sido una concesión de la reina de Inglaterra y que había luchado como mercenario en la guerra Carlista.

Como prueba de su afirmación y su valentía, mostraba una espléndida medalla de oro con incrustaciones de joyas y la efigie de la reina Isabel.

Pero, a pesar de todo eso, a pesar de la verborrea del hombre sobre viejas glorias y largos viajes, las dudas de Luke no se disipaban.

Aumentaban, más bien, y lo preocupaban aún más, sobre todo desde la llegada de la chica.

Mercy, según Tom. El nombre podía ser galés, o quizá no; un hipocorístico de Mercedes, tal vez…

—¡Hola, Luke, viejo amigo! —Tom lo saludó desde la orilla del arroyo.

Era un tipo grande y afable que, sin importar el tiempo, trabajaba con el torso desnudo y en pantalones recortados por encima de la rodilla.

Él, su hermano y Dan compartían la mayor parte del trabajo pesado de excavación.

Además, Frankie Gardener se había ofrecido como voluntario para hacer de cocinero del campamento—.

Frankie está asando los conejos que ha cazado y dice que no tardará mucho.

Ya puedes dejar esto, chico, y ponerte ropa seca.

Yo me encargaré de los separadores de mineral.

—Gracias, Tom —le dijo un agradecido Luke.

El joven se enderezó y estiró los músculos agarrotados.

Sentía los retortijones del hambre. Había sido una larga jornada y, como casi todos los días, dejaba la labor con la esperanza de haber encontrado algo más que arena y un puñado de polvo de oro, si bien esas esperanzas rara vez se cumplían.

Morgan no quería ni oír hablar de marcharse de ahí, por pequeña que fuera la recompensa.

Él mismo había elegido el yacimiento de la barranca Windy después de haber apostado toda su experta sabiduría en la tarea.

Abandonarlo sería poner en duda sus conocimientos.

Mientras Luke caminaba por la orilla del agua, un apetitoso olor a carne asada le dio la bienvenida.

El joven saludó con afecto a Frankie Gardener.

Debía reconocer que él y Dan habían tenido suerte con los demás miembros de la sociedad.

Los Gardener eran dos hombres tan buenos como cualquiera que él hubiera conocido: honrados, trabajadores, fiables sin dobleces y la mejor compañía, incluso en la decepción.

Le gustaba escuchar las historias que contaban sobre Australia mientras, por la noche, iban a sentarse junto a la hoguera.

Ambos habían sido marineros hasta que, como tantos otros, prefirieron abandonar el barco en San Francisco para probar suerte en los yacimientos de oro.

Ninguno de los dos tenía intención de quedarse en los Estados Unidos.

—En cuanto encontremos algo que valga la pena, nos volveremos a Sídney —le había dicho Tom a Frankie muchas veces.

Y sonreía mientras hablaba de su mujer y sus hijos y de su deseo de poner fin a aquello, que se había convertido en una separación de tres años.

Luke recordaba que también le había hablado de un compatriota australiano llamado Hargraves, un marinero mercante que había servido en su mismo barco y con el que Jasper Morgan había llegado a tener algunos tratos.

Frankie había dicho de Hargraves:

—Ned es muy listo. Cree que el campo de nuestras zonas de Bathurst y Goulburn es tan parecido a este que apenas se diferencian.

Así que, si hay oro aquí, en California, entonces hay muchas posibilidades de que haya oro en Nueva Gales del Sur.

Yo, por mi parte, estoy deseando volver y averiguarlo.

Tom y yo solo estamos esperando un buen golpe de suerte para largarnos a casa.

Pero ese buen hallazgo no llegaba, solo unas pocas bolsas pequeñas de polvo, ganadas tras días y semanas de trabajo extenuante y sudores.

Y era agotador, pensó Luke con amargura.

Cada palada de tierra requería esfuerzo; cada carretilla cargada debía ser empujada por el terreno accidentado hasta el balancín, volcada en este, sacudida y lavada.

Minería aluvial, así la llamaban. El lavado era más fácil, aunque menos gratificante.

En cualquier caso, después de haber pasado un día removiendo arena del río en una pesada bandeja de metal, a uno le dolían los músculos, le daba vueltas la cabeza.

Trabajaban en esa explotación a sabiendas de que otros mineros, más hábiles y experimentados, ya habían ido a la barranca Windy y se habían marchado. Además…

—¡Eh, Luke, chico! —Frankie, con las manos a modo de megáfono, lo llamaba desde el campamento. Luke se detuvo, obediente, y miró hacia la cima del banco rocoso, a unos treinta pies por encima de él.

—¿Sí, Frankie? ¿Quieres algo?

—Un cubo de agua potable, muchacho. Asegúrate de que el cubo esté limpio, porque es para hacer café. No queremos tragar polvo con el café, ¿verdad? Ni pepitas de oro tampoco.

Hacía tiempo que la broma había perdido la gracia, así que Luke no se rio.

Miró hacia atrás, donde Tom y Dan estaban ocupados raspando los separadores, y vio a Dan negar con la cabeza en respuesta a la pregunta tácita.

Solo polvo, pensó con amargura, polvo. Con una pizca podían comprar una o dos bebidas.

Un puñado se vendía por veinte dólares, pero, con los precios que había en la zona minera, eso apenas bastaba para mantenerlos con harina y café.

Se necesitaba casi una onza de polvo al día solo para mantener a un minero alimentado y trabajando…

—De acuerdo —respondió mientras se tragaba la decepción—, te traeré agua, Frankie.

Volvió al arroyo, a chapotear en sus gastadas botas de piel de vaca. Enjuagó a conciencia el cubo y lo llenó de agua limpia. En ese punto, la orilla era empinada. Había un ascenso más fácil unos metros atrás, pero, en su actual estado de depresión, Luke no quiso molestarse en volver.

Pronto se dio cuenta de que había sido un error.

Sus botas mojadas resbalaron sobre una roca cubierta de líquenes y, con tal de no derramar el agua del cubo, extendió la mano libre y se agarró a unas raíces expuestas de manzanita que crecían en una grieta.

Consiguió estabilizarse y perder solo unas gotas de agua, pero entonces, de improviso, las frágiles raíces de manzanita se desprendieron.

Luke tuvo que usar las dos manos para aferrarse al borde de la grieta, así que dejó caer el agua.

Maldijo al ver que el cubo rodaba fuera de su alcance.

Y estaba a punto de bajar a recuperarlo cuando algo en el interior de la grieta llamó su atención.

Donde antes estaban las raíces del arbusto silvestre, ahora había guijarros dispuestos como si fueran un nido, solo que los guijarros eran más grandes que cualquier huevo de pájaro que hubiera visto jamás.

Bajo los últimos y débiles rayos del sol poniente, reflejaban la luz con un brillo apagado.

Aún sin atreverse a creer lo que veían sus ojos, Luke metió la mano en la grieta y cogió uno de los guijarros.

Tuvo que ahogar un grito impulsivo. Es mejor asegurarse, se dijo a sí mismo con el corazón latiéndole con fuerza.

Habían sido tantos los fracasos, tantas las esperanzas frustradas, que no valía la pena gritarles a Dan y a los demás que por fin había hallado el tesoro de sus sueños. No hasta estar seguro.

Solo que no tardó mucho en asegurarse. Había visto y manipulado otras pepitas. No había duda: el peso y el tacto eran los correctos. ¡Oro! Y había… Dios… Había ocho piezas de diferentes tamaños y formas. La más grande, según sus cálculos, pesaba unas cinco libras.

Incrustada en la roca había una más grande aún.

Las manos temblorosas de Luke echaron mano a la navaja, y entonces, con infinitos cuidados y no poca dificultad, extrajeron la pepita.

De nuevo, el muchacho tuvo que resistir el impulso de llamar a los otros.

Se llenó los bolsillos con las pepitas más pequeñas y bajó a buscar el cubo. Colocó dentro su último hallazgo.

La luz casi se había apagado. Regresó a grandes zancadas por la suave pendiente que solían tomar y ascendió como si caminara por el aire.

Dan y Tom estaban esparciendo la magra mezcla de arena y polvo del día para secarla frente al fuego mientras Frankie, ocupado con sus conejos en los asadores, hacía observaciones sin volverse. Habló con un tono de suave reproche: