Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 1
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Los buscadores de oro (Los australianos 13)

Los buscadores de oro (Los australianos 13)

Por Vivian Stuart

© inepub.com

Capítulo 1

—¡Sigue así, joven Luke! —Alegre, Daniel Murphy animaba a su hermano.

Sonreía mientras, con sus poderosos brazos, vaciaba el contenido de su carretilla en la caja del balancín de oro en la que estaban trabajando—.

Esto nos podría dar algo más que polvo. Otros han logrado grandes hallazgos, ¿por qué no íbamos a tenerlos nosotros?

Morgan dice que aquí hay oro, y él sabe de lo que habla, ¿no?

Luke, sumergido hasta los muslos en las frías y turbias aguas del arroyo, respondió con un indiferente encogimiento de hombros.

—¿Lo sabe, Dan? —preguntó—. ¿Lo sabe?

Sin esperar una respuesta, y con la habilidad que da la práctica, vertió agua en la cuna del balancín y comenzó a sacudirlo para cerner la masa de arena y grava.

Los fragmentos más grandes de roca y los guijarros inútiles quedaban retenidos en la parte superior de la caja, en una lámina metálica perforada.

El resto caía al fondo inclinado para que el agua lo lavara a través de una serie de listones o rejillas.

Al terminar la jornada, alguien recogería con todo cuidado las partículas de oro que se hubieran depositado en las rejillas, mezcladas estas, sin poderlo evitar, con arena.

Luke se enderezó y reprimió un suspiro. A diferencia de Daniel, que medía metro ochenta y tenía unos músculos bien desarrollados, él era pequeño y delgado.

Acababa de cumplir dieciocho años, tres menos que su hermano.

Hasta hacía cuatro meses, cuando entró en sus vidas el capitán Jasper Morgan, un hombre que iba de camino a los yacimientos de oro, tanto él como Dan se habían contentado con trabajar en la pequeña y aislada granja de su padre en el valle de Sacramento, en California.

Solían criar cerdos y caballos y suministrar a los viajeros de la fiebre del oro y a los campamentos mineros alimentos y madera, además de reemplazos para sus equipos desgastados.

Su padre era mormón, uno de los primeros conversos; sin embargo, el hombre había encontrado demasiado restrictiva la vida bajo Brigham Young en Great Salt Lake City, así que, tras haber abandonado la Nueva Sion, había vuelto a la vida y al trabajo que mejor conocía y más amaba.

Conservaba, no obstante, los principios de su fe.

Así, la fiebre del oro que se apoderó del estado de California en el año 1850 no llegó a conmoverlo, pues seguía prestando atención a la severa advertencia del líder mormón de que el oro era para pavimentar las calles de la ciudad y no para el enriquecimiento personal.

Luke, con la cabeza descubierta bajo el implacable sol, se secó la frente mientras veía a su hermano alejarse con la pesada carretilla en dirección a la ribera, donde sus dos compañeros trabajaban con picos y palas.

La llegada del capitán Jasper Morgan lo había cambiado todo.

Hombre guapo, elegante y con experiencia mundana, Morgan era ágil de lengua y tenía una respuesta ante cualquier argumentación.

Al principio los había cautivado a todos.

Incluso había refutado la máxima de Brigham Young al enumerar las ventajas que, sin duda, obtendrían quienes tuvieran el ingenio y los conocimientos suficientes para extraer con éxito el oro que, según él, estaba ahí para quien quisiera cogerlo.

Morgan tenía ese conocimiento. Con su melodiosa voz galesa, había afirmado que en cuestión de unas pocas semanas, o un par de meses como mucho, encontraría el lugar adecuado.

Con las habilidades que había adquirido en las minas de carbón y estaño de su tierra natal, garantizaría un éxito más allá de las quimeras de la avaricia.

Pero necesitaba ayuda: brazos fuertes, hombres jóvenes y acostumbrados al trabajo duro, ya que él mismo —Luke sonrió con ironía al recordarlo—, que había seguido la carrera militar y vivido como un caballero, era deficiente en ese aspecto.

Dan había esperado con ansias su oferta de asociarse.

A pesar de su estricta educación y sus principios mormones, siempre había anhelado la oportunidad de unirse a los miles de buscadores de oro que llegaban en masa a tierras inhóspitas y desoladas desde el descubrimiento de James Marshall en Sutler’s Mill.

La sonrisa de Luke se hizo más grande en una muestra de profundo afecto.

Adonde fuera Dan, él también iría. Después de que el padre diera su consentimiento y la madre su cautelosa aprobación, firmaron los documentos de la sociedad.

En su lugar dejaron a los dos viejos mexicanos que Morgan había traído consigo desde San Francisco.

Luego condujeron la carreta de su nuevo socio, con las tiendas y el equipo de minería, hasta el sitio elegido por el propio Morgan.

Había sido un viaje agotador a través de excavaciones abandonadas y campamentos mineros desiertos, pues los invasores ávidos de oro se desplazaban en cuanto recibían noticias de nuevos hallazgos.

Y cada día se sumaban más buscadores. Los rumores decían que ya eran más de cien mil.

California había sido cedida a los Estados Unidos por México y ya era un estado de la Unión: millones de acres vacantes, sin cultivar y deshabitados.

Estaban ahí para quien los quisiera, tal como Morgan había dicho del oro que extraía.

Los mineros formaban sus propios comités, elegían líderes y escribían las leyes que consideraban necesarias.

Cualquier hombre podía reclamar una concesión y conservarla mientras trabajara en ella y sus herramientas y tiendas permanecieran en el lugar.

Pero Morgan no compartía esas ideas democráticas.

Tenía una teoría que, reflexionó Luke de mal humor, no había considerado oportuno transmitir ni a Dan ni a él mismo ni a los otros dos hombres, Frank y Tom Gardener, unos hermanos australianos a quienes también había recogido por el camino y convertido en socios.

Atravesaron Sacramento, una ciudad hecha en gran parte de tiendas de campaña, para continuar por un valle como un mar.

Después de trasponer las colinas cubiertas de robles, habían dado con la amplia meseta de la Sierra para descender de nuevo a la región del río Feather.

Ahí, por fin, Morgan les había ordenado hacer un alto.

Montaron el campamento en un oscuro desfiladero, conocido por los locales como la barranca Windy, por cuyo fondo escarpado y rocoso discurría un arroyo poco profundo.

Morgan había demostrado una secreta pericia mientras inspeccionaba el lugar elegido para, al final, declarar que las rocas contenían oro.

Y había asegurado a sus ávidos socios que el arroyo, trabajado a conciencia, produciría todo el oro aluvial que pudieran desear.

Supervisó la instalación del balancín de oro, repartió las palas y cubos que llevaba en el carro y, tras instruir a todos sobre los procedimientos, se llevó dos de los caballos y desapareció durante casi tres semanas.

Dan regresó con otra carretilla llena de arena y guijarros, y Luke la descargó taciturno.

—Anímate, muchacho —le dijo su hermano—, que pronto será la hora de comer. Frankie nos ha cazado un par de conejos bien gordos, así que, al menos, comeremos bien, aunque tengamos mucho que mostrar después de un duro día de trabajo.

—Nunca tenemos mucho —replicó Luke, que se negaba a dejarse sosegar—.

Unas cuantas bolsas de polvo, nada más, y el sudor suficiente para encontrarlas.

—Sacudió furioso el balancín—. ¡Y ahí está el capitán Morgan, siempre dando órdenes y nunca echándonos una mano!

Menuda sociedad es esta, con nosotros cuatro haciendo todo el trabajo.

—Nos ha enseñado lo que hay que hacer, Luke —le recordó Dan—, y ha pagado por el carro, los caballos y los suministros. —Levantó la cabeza hacia el cielo—. En media hora se pondrá el sol. Verás las cosas de otra manera cuando hayas comido algo decente.

Quizá sí, pensó Luke, aunque sin convicción.

Su resentimiento hacia Jasper Morgan no hacía otra cosa que aumentar.

Era cierto que el capitán, después de aquellas tres semanas de ausencia, había vuelto con más provisiones y una segunda carreta.

También había traído a una chica; su hija, según Tom Gardener, el único que la había visto.

En lugar de vivir en las tiendas, como los demás, Morgan se había mudado a la casa del tendero en el recodo Flycatcher’s, a tres millas de ahí, y pasaba en la explotación menos tiempo que antes.

Luke vio la puesta de sol con el ceño fruncido.

Ahora que tenía privada de calor la parte superior del cuerpo, se encontró preguntándose por la chica, la hija de Morgan.

El hombre la mantenía bien escondida; algo quizá comprensible, dada la proximidad del principal campamento minero de la zona.

Los hombres de allí eran, en general, sobrios, se comportaban bien, pero pasaban de doscientos.

Era imposible evitar que algunos se saltaran las normas si se les presentaba una oportunidad.

Provenían de todos los rincones del mundo.

Los había estadounidenses, por supuesto, y británicos y australianos; también negros de los estados del sur, mexicanos, alemanes y franceses.

Había algunos irlandeses, así como un pequeño grupo de chilenos.