Capítulo 13 #4
—Por supuesto —respondió el comandante Forster—.
Al principio, el capitán Pasco, y luego, el capitán Case, William Case, que estuvo aquí con el S emarang.
Servimos juntos en el Centaur, al mando del almirante Hood, en aquella bonita acción frente a Rochefort en mil ochocientos seis.
El pobre almirante perdió un brazo, pero capturó cuatro fragatas francesas.
Billy Case no paraba de elogiarlo, Broome; dijo que había intentado convencerlo de que se alistara en el S emarang y que no había tenido éxito.
Deduje por varias personas, sin embargo, que la gente de Case no fue muy popular aquí, precisamente…
—No, señor —confirmó Justin, aunque sin comprometerse, pues recordaba el comportamiento disoluto de la compañía de Case durante su estancia en Sídney—, no lo fue.
—Y mucho menos ante Su Excelencia —dijo Forster—; o, al menos, eso me dijo él cuando llegué aquí, hace dos meses.
Se estaba proponiendo otro brindis. Esa vez, por el doctor D’Arcy Wentworth.
El comandante del Emu hizo un gesto a un criado para que les rellenara las copas.
El grupo del coronel Molle, al que se sumaron otros oficiales del Cuadragésimo Sexto, hablaba en voz alta durante el breve discurso de Wentworth.
Después de bajar su copa, el comandante Forster observó con cautela: —¿Puedo adivinar que el doctor Wentworth, a pesar de su cargo de magistrado y de que es el galeno principal de la colonia, era, a su llegada, uno de los desfavorecidos?
Justin se encogió de hombros. Vio que Jessica había vuelto a la carpa presidiendo a un grupo de sirvientes de la Casa de Gobierno, cargados de provisiones frescas de comida y bebida.
Pero la chica estaba absorta en su tarea y ni siquiera miró en su dirección.
Estaba claro que no era el momento oportuno para acercarse a su esposa, así que se dio la vuelta para responder a la pregunta de su compañero.
—Hay rumores de que el doctor Wentworth, en su juventud, fue condenado por un asalto en un camino, señor, pero él siempre lo ha negado. Y esos rumores…, bueno, fueron difundidos por quienes tuvieron un papel destacado en la rebelión contra el gobernador Bligh.
—Ya veo. ¿Y ahora? Lleva aquí mucho tiempo, ¿no?
—Unos veinticinco años, señor. Tiene una reputación impecable.
—Como usted mismo, señor Broome —sugirió el comandante Forster—.
Su Excelencia el gobernador habla muy bien de usted y me ha asegurado que goza de su respaldo.
Sin embargo… —Los agudos ojos azules sometieron a Justin a un nuevo escrutinio.
— El capitán Jeffrey me acaba de decir que, aunque Sus Señorías lo designaron a usted para su barco para cubrir la vacante dejada por el teniente Tempest, él no tiene intención de emplearlo.
Y Tempest, según entiendo, va a establecerse aquí, de modo que no hay ninguna posibilidad de que vuelva a ser nombrado para el Kangaroo, ¿verdad?
Justin negó con la cabeza.
—No, señor, ninguna. Rick ha aceptado una concesión de tierras.
—¿Puede decirme la razón por la que el capitán Jeffrey se ha negado a contratarlo, señor Broome?
—La sonrisa despojaba las palabras de James Forster de toda intención de ofender.
Todavía sonriendo, añadió—: Tengo una buena razón para preguntárselo; y, si la suerte no me hubiera traído a usted esta tarde, lo habría buscado para hacerle la pregunta.
¿La decisión de su capitán se debe al hecho de que usted nació aquí, de padres emancipados, y a que ese hecho se le atasca en el gaznate?
—En parte, sí, señor. —Justin estaba tratando de responder con toda sinceridad—. Solo en parte, me temo. Mientras estábamos en Whangaroa, no obedecí una orden que me dio el capitán Jeffrey. Y, lo siento, señor, pero no estoy en libertad de decirle nada más.
—¿No está en libertad? Por el amor de Dios, ¿por qué?
—Al ver que Justin guardaba silencio, el comandante prosiguió.
De pronto, su tono era frío—: No obedecer una orden de un oficial superior es un delito grave en la Marina Real, y estoy seguro de que usted lo sabe.
El capitán Jeffrey pudo haberlo enviado a Inglaterra con una solicitud de que lo juzgara un consejo de guerra naval.
—Sí, señor, bien podía haberlo hecho —aceptó Justin.
—¿Pero no tiene intención de hacerlo?
—No, señor. —Justin había subido la guardia.
Se sentía desconcertado por la insistencia del comandante Forster—.
Señor, soy inferior a usted en rango, pero no estoy bajo su mando, y aquí, si me permite recordárselo, estamos celebrando una ocasión social.
Le ruego, señor, que le pregunte al capitán Jeffrey por qué ha decidido despedirme.
Estoy obedeciendo sus instrucciones en la materia y…
Para su sorpresa, el comandante Forster soltó una carcajada.
—Maldita sea, Broome, ¡claro que se lo he preguntado!
Todo lo que me ha dicho es que usted es un oficial de mar competente y un navegante de primera clase, pero que, al no haber sido educado en la tradición naval, tiende a la insubordinación y a actuar por iniciativa propia.
Lo atribuye al hecho de que usted ha tenido su propio mando, como capitán de un buque mercante, y… ¡Usted!, ¡un momento, si es tan amable!
Una vez más, Forster interrumpía la conversación para pedirle a un criado que pasaba por allí que les llenara las copas.
Prosiguió, como si nada: —Así lo ha descrito el capitán Jeffrey mientras intentaba persuadirme de que aceptara intercambiar a mi actual primer teniente por usted.
Jeffrey es superior a mí en rango, como comprenderá, de modo que una petición suya no es algo que pueda rechazar así sin más.
No obstante, le he dicho que debía conocerlo a usted antes de aceptar el canje.
El Emu es un barco feliz y bien disciplinado, señor Broome, y un primer teniente insubordinado socavaría la disciplina.
Dígame la verdad: ¿es usted insubordinado?
Al ver a Justin vacilar, el capitán del Emu bajó la voz y dijo: —Este asunto queda estrictamente entre nosotros. Quiero su respuesta sincera. Sea cual sea, no irá más allá, se lo prometo.
—Entonces, señor, no soy insubordinado —afirmó Justin—. Nunca, en mi pasado servicio en los barcos de Su Majestad, me he negado a obedecer una orden de un oficial superior, y no es probable que llegara a hacerlo. Solo puedo darle mi palabra al respecto, señor.
—Y me inclino a aceptarla. A menos que esté dispuesto a contarme, en confianza, por qué se negó a obedecer la orden del capitán Jeffrey en…, ¿cómo se llama ese lugar?, ¿Whangaroa, no? ¿Cuando su barco estaba en Whangaroa?
Justin soltó un suspiro. Al final, después de elegir con cuidado sus palabras, contestó: —Porque temí que la orden condujera a un derramamiento de sangre innecesario, señor.
—¿La sangre de quién temía que se derramara? —desafió en seco el comandante Forster. —¿La suya, la de sus hombres o la de los maoríes?
—Todos ellos habrían estado implicados, señor, y también los misioneros del señor Marsden y sus esposas e hijos. Habríamos tenido que evacuarlos, y el señor Marsden…
—¿El señor Marsden estuvo de acuerdo con su lectura de la situación?
Justin asintió.
—Entiendo que sí. La orden del capitán Jeffrey fue revocada después de que el señor Marsden hablara con él.
Yo… Señor, lo que quiero decir es que retrasé la ejecución de la orden, puesto que el señor Marsden estaba ausente en ese momento.
Yo creía que, a su regreso, el capellán solicitaría la revocación.
Y eso es lo que ocurrió. Como puede ver, la verdad es que, a mi juicio, el capitán Jeffrey no estaba apreciando el peligro que corrían los misioneros.
—Gracias, señor Broome —reconoció el comandante.
Hizo una pausa, con las cejas fruncidas, y estudió de nuevo el rostro de Justin.
Al final, dijo—: Muy bien, puede dar por sentado que consideraré de inmediato el intercambio propuesto por el capitán Jeffrey.
Puedo ver las ventajas: no tengo experiencia en navegación, por lo que su pericia y sus conocimientos locales me serían de gran utilidad.
Preveo que se nos ordenará regresar a Hobart en un futuro próximo.
Su Excelencia está preocupado por la situación allí y, en particular, por las depredaciones causadas por las bandas de bushrangers.
Quiere enviar a un oficial de su estado mayor para que tome el mando de la guarnición militar y se esfuerce por poner fin a la anarquía reinante.
Se trata de un tal capitán Hawley, tengo entendido; un antiguo capitán de la Marina Real. ¿Lo conoce?
Justin sonrió.
—Muy bien, señor. El capitán Hawley es mi padrastro.
—¿Su padrastro?, ¡por Dios! Bueno, otro punto a su favor, señor Broome. Supongo que estará listo para zarpar tan pronto como Su Excelencia dé órdenes de que mi barco vaya a Hobart.
Justin levantó la mirada para ver a Jessica, que se acercaba. Reprimió el impulso de decirle a señas que no estaba disponible.
—Señor —respondió inexpresivamente—, espero su decisión.
—La tendré en uno o dos días —le prometió Forster—. ¿Conoce, por casualidad, al actual teniente gobernador de la Tierra de Van Diemen, el Mayor Davey?
—Sé de él, señor —admitió Justin, receloso—. Pero…