Capítulo 13 #3
—Así que lo dejan marchar, señor Broome —dijo en seco el capitán cuando Justin lo informó de su inminente partida—.
No podía hacer otra cosa, dadas las circunstancias, ¿verdad?
Pero lamentaré verlo marchar, de verdad.
Sin usted y sin el señor Tempest, bueno…
—Se encogió de hombros.— Ojalá que nos quedemos aquí un tiempo y podamos disfrutar de la vida social.
—Y, si tal hiciera —le aseguró Justin—, será bienvenido en mi casa, señor Crabbe.
Después de estrecharse la mano con afecto, Justin cogió la lancha para ir a la costa.
Cuando llegó a su pequeña casita junto al agua, había una luz encendida. Fue Kate Lamerton quien salió a recibirlo.
—La señora Broome está en la Casa de Gobierno —dijo.
Sonrió al ver la decepción en el rostro de Justin—.
No se preocupe, señor Broome. Lo está esperando allí, solo que no estaba segura de si a usted le darían permiso.
Su Excelencia la mandó llamar para que la ayudara con todos los preparativos de la recepción.
Aún depende de ella, ya lo sabe, y, como habrá visto, esta noche se ha montado un buen jolgorio: fuegos artificiales y hogueras, y todo el mundo invitado a una cena bufé.
Y el pueblo también se ha vuelto loco. La mayoría solo necesita una excusa, pero yo…
—Su sonrisa se ensanchó.— Estoy cuidando a su hijo mientras la madre no está, y no es que sea un problema.
Duerme en su cuna, y el joven Dickon, en la cama de ustedes, porque la señora Abigail, la señorita Katie y el señor Tempest están invitados a la Casa de Gobierno.
¿Quiere ver a estos dos pilluelos antes de irse, señor Broome?
—Sí —dijo Justin, después de asimilarlo todo—.
Y tendré que arreglarme un poco si Jessica quiere que la acompañe a la recepción de Sus Excelencias.
—El capitán y la señora Jeffrey, pensó con irónica diversión, no se alegrarían de verlo en tan augusto entorno.
Pero, si Jessica estaba allí, entonces… Palmeó el amplio hombro de Kate.
— No tema, señora Lamerton, no despertaré a los chicos.
Kate lo siguió hasta el dormitorio y se quedó a su lado mientras él miraba a su hijo dormido. Justin se quedó contemplando su rostro apenas iluminado por una solitaria vela.
—Murdoch —dijo en voz baja.
Kate soltó una risita.
—La señora Broome no lo llama así, señor.
—¿No? Era el nombre que habíamos elegido antes de que tuviera que irme. ¿Cómo lo llama?
—Bueno, señor, Murdoch podrá ser su nombre de pila, pero su madre lo llama Red.
Y, mire, este es el motivo. —Kate acercó la vacilante vela, con cuidado de no despertar al bebé, y apartó la manta que lo cubría para revelar una mata de tenue pelo rojo que había empezado a crecer en la pequeña y bien formada cabeza del niño—.
Igual que su abuela —sugirió la corpulenta comadrona—.
Y, al igual que su madre, señor Broome, si se llegara a parecer a ella, será un muchachito pelirrojo.
Y así sería, pensó Justin, consciente de una punzada mientras reponía la manta y se alejaba.
—¿Tiene algún inconveniente en que busque una camisa limpia en el armario, señora Lamerton?
—No hace falta que busque nada, señor —lo reprendió Kate con suavidad—.
El señor Tempest le dejó su uniforme, el que usted no tuvo tiempo de llevarse cuando fue a abordar e Kangaroo.
Lo arreglamos entre las dos para que le quedara bien.
La señora Broome se lo ha dejado tendido en una silla del salón, por si acaso llegaba a tierra esta noche.
Cámbiese ahora y le calentaré un poco de agua.
Justin hizo lo que ella le había sugerido. Era la primera vez que vestía el uniforme de oficial de la Marina Real. Después de afeitarse, se puso un ostentoso frac, el traje de gala de Rick. Lo complugo comprobar que, a pesar de la diferencia de estatura y medidas, le quedaba bien.
En su camino a través del césped hacia la gran carpa en la que se estaba sirviendo la cena bufé, el uniforme le valió el saludo del centinela que montaba guardia a las puertas de la Casa de Gobierno y el de dos jóvenes oficiales del regimiento del coronel Molle.
La carpa estaba abarrotada de oficiales de uniforme y civiles vestidos de noche acompañados de sus damas, la mayoría de las cuales iban ataviadas con elegancia, como si se tratara de un baile.
Mientras se abría paso entre la parlanchina multitud, Justin reconoció a muchos de los emancipados más ricos; entre ellos, Simeon Lord, el doctor Redfern y su esposa, sir Henry Brown Hayes, el abogado Crossley, el topógrafo adjunto del gobierno, James Meehan, y el asistente del gobernador, Michael Robinson.
Brown Hayes estaba con los Molle y el capitán y la señora Jeffrey en un pequeño y unido grupo de oficiales del Cuadragésimo Sexto.
La viuda de Ellis Bent, de riguroso luto, avanzaba a pasos lentos del brazo de su cuñado, el juez, con intención de unirse a ellos.
Por puro instinto, Justin se apartó para evitarlos.
Vio por fin a Jessica, de pie detrás de la silla de la señora Macquarie, en el extremo más alejado de la carpa, y fue hacia ahí para hacerle saber su llegada tardía.
Consiguió llamar su atención y saludarla con la mano, pero no había llegado a la mitad de la carpa cuando se vio obligado a detenerse.
Se estaba proclamando un brindis con la aclamación de los presentes.
El brindis era por «nuestro ejército victorioso».
El gobernador, resplandeciente en su traje de las Tierras Altas y su kilt de tartán del clan Macquarie, encabezaba los vítores con la copa en alto.
Su rostro demacrado y cetrino era todo sonrisas.
Se hizo el silencio y Robinson, el asistente del gobernador, sudando a mares, leyó un poema que había compuesto para la ocasión.
Comenzaba así:
Dios salve a los gloriosos guerreros de Britania,
aún sin rival, aún invictos…
Justin alcanzaba a escuchar poco. Acorralado por la multitud, tuvo que quedarse donde estaba, en un acto de cortesía, hasta que la oda, algo larga, llegó a su fin entre aplausos apagados.
El verso final se desviaba del propósito original del brindis y parecía ser un elogio a la colonia y al gobernador.
Un lugar
de valles dorados y colinas verdes,
protegido de la belicosa tempestad,
donde el valor con dignidad preside,
donde la sabiduría guía, la verdad decide,
la piedad se inclina con sutil continente,
y es la esperanza placidez sonriente…
Del grupo que tenía al coronel Molle en el centro brotaron algunas sonoras carcajadas y alteraron la compostura del pobre Michael Robinson.
La alegre sonrisa del gobernador pasó a ser un ceño fruncido.
Entonces, el mayor Antill, siempre sensible a los sentimientos de sus jefes, se apresuró a intervenir con un nuevo brindis.
—Brindemos por las fuerzas militares de Su Majestad en esta colonia —dijo en voz alta, y Molle, enrojecido y sorprendido, no tuvo más remedio que responder. Levantó su copa hacia el capitán Jeffrey, quien le devolvió el cumplido tras una breve vacilación, ambos de espaldas al gobernador.
Justin vio a su esposa escabullirse en dirección a la salida trasera de la carpa y las cocinas.
Estaba a punto de ir a perseguirla cuando una mano surgió para detenerlo y agarrarlo por el brazo.
Se dio la vuelta y se encontró frente a un oficial alto y rubio, con uniforme de comandante naval, que le dedicó una sonrisa amistosa y divertida.
—No me había dado cuenta, hasta ahora, de las corrientes de fondo que hay en este lugar —dijo—. ¿La sociedad de Sídney está siempre dividida de una manera tan palmaria?
Justin se hizo eco de su sonrisa. El hombre le cayó bien de inmediato.
—Hay divisiones, señor, y, por desgracia, siempre las ha habido.
Elitistas contra emancipados, libres contra delincuentes…
Quizá el hecho de que tengamos un gobernador dispuesto a dar una oportunidad justa y equitativa a quienes considera que se la han ganado propicie…
, bueno, una disensión más notoria. Los privilegios, cuando están amenazados, se guardan con ardor.
—La suya es una evaluación muy profunda del escenario —aprobó el comandante. Estudió con detenimiento el uniforme de Justin y levantó la vista para encontrarse con su mirada—. Supongo que lleva aquí algún tiempo. ¿No viaja usted con la nave Kangaroo de Su Majestad?
—Nací aquí, señor —respondió Justin, y enrojeció—. Me asignaron al Kangaroo cuando el barco llegó a Sídney y estuve sirviendo como primer teniente en funciones hasta… esta noche. Pero ahora…
—¡Ah! Ahora está de permiso, según tengo entendido.
—El comandante extendió una mano delgada y marrón y un brillo especulativo iluminó sus agudos ojos azules—.
Ahora lo reconozco… Usted es el teniente Broome, ¿verdad?
¿El teniente Justin Broome? Soy James Forster, comandante del barco de Su Majestad Emu, que acaba de regresar de la Tierra de Van Diemen y el Derwent.
He oído hablar mucho de usted, señor Broome.
—¿De veras, señor? —Justin le estrechó la mano, pero se quedó mirando a su dueño con recelo.
Forster debía de haber hablado con el capitán Jeffrey, y este, pensó cabizbajo, no habría perdido tiempo en condenarlo.
Aunque tal vez… Después de haber enrojecido un poco más, dijo—: ¿Me permite preguntarle quién le ha hablado de mí, señor?