Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 13 #2
95%

Capítulo 13 #2

El muchacho estaba sin aliento y, por alguna razón, emocionado. Justin se levantó para ponerse los zapatos y el abrigo de guardia y le preguntó con curiosidad: —Parece satisfecho, señor Harris. ¿Le han dado permiso para bajar a tierra?

Harris negó con la cabeza.

—No, señor, eso no. Pero el capitán me ha dicho que me ponga las insignias blancas. Me van a dar el grado de guardiamarina, señor Broome. Y la señora Jeffrey, señor, ha prometido coserme las insignias.

—¿De verdad? ¡Dios bendito! Enhorabuena, guardiamarina Harris. —Justin hablaba con auténtico placer. Harris era un buen muchacho y el grado no era más de lo que merecía, pero… Golpeado por una idea repentina, su placer se esfumó—. Dígame, señor Harris… ¿Ha dicho algo más el capitán?

—¿Algo más, señor? —repitió Harris—, ¿aparte de enviarme a buscarlo, quiere decir?

—Sí, a eso me refiero.

—Bueno, señor, sí. Me exhortó a que mantuviera la lengua quieta y que no dijera nada a nadie sobre lo ocurrido en Whangaroa.

—Con ojos de ingenuidad, dijo muy serio—: Y por supuesto que no se me habría ocurrido hablar de ello, señor Broome.

Quiero decir, señor, que no es el tipo de cosas que uno…

, bueno, que uno se pone a propagar por ahí, ¿verdad?

Y el capitán va a hacer un informe completo al gobernador, dice, y a Sus Señorías, lo que hace todo esto oficial, ¿no es así, señor?

—Sí, sin duda —confirmó Justin. Se abrochó la chaqueta y recogió la gorra de guardia.

A un oficial bajo arresto no se le permitía llevar espada, reflexionó, y, en cualquier caso, él no tenía espada; ni siquiera un uniforme adecuado.

Se metió la gorra bajo el brazo—. ¿Le han dado órdenes de que me acompañara al camarote del capitán, señor Harris?

—Oh, no, señor —negó el chico—. Tengo que quedarme junto a la lancha.

Como le he dicho, señor, el capitán y la señora Jeffrey van a desembarcar.

Tengo entendido que el gobernador va a dar una recepción para celebrar la victoria en Francia.

El capitán Forster, del Emu, ha enviado un bote, señor, para informar al capitán.

Y la señora Jeffrey, cuando la he recogido, señor, me ha dicho que había recibido una invitación de Sus Excelencias.

—Ya veo. Gracias, señor. Siga con lo suyo, señor Harris.

—Sí, señor.

El chico se marchó a toda velocidad. Justin, sumido en sus pensamientos, se dirigió al gran camarote del Kangaroo.

Iba reflexionando en que Harris había estado presente cuando el capitán Jeffrey se enzarzó con el jefe Hongi.

Si el chico hablara de la escena que había presenciado, su relato del incidente no podría redundar en prestigio para su comandante.

Así que… le habían dado el codiciado grado de guardiamarina seis meses, al menos, antes de que le correspondiera.

También le habían dicho, en términos inequívocos, que mantuviera la boca cerrada.

¿Por qué?, se preguntó Justin. ¿Por qué?

¿Habría sido la influencia de la señora Jeffrey? Ella era hija de un almirante. Conocía la tradición y la práctica navales y estaba deseosa de impulsar la carrera de su marido, y… ¿No había insinuado Rick que Jeffrey prestaba gran atención a sus opiniones y consejos?

Ante la puerta del camarote, se detuvo a oír el sonido de voces que procedían del interior.

¿Se le ofrecería a él también algún tipo de compromiso a cambio de su silencio?

, se preguntó. ¿Incluso la retirada de los cargos contra él, tal vez, así como la amenaza de un consejo de guerra?

Si así fuera, entonces… ¡Por Dios que aceptaría con gratitud cualquier oferta de ese tipo!

Que el capitán Jeffrey avanzara en su carrera; que buscara un puesto de mayor rango si eso era lo que quería, ¡y que se fuera al infierno!

Justin cuadró los hombros y llamó a la puerta del camarote.

Como en su primera entrevista, la señora Jeffrey acompañaba a su marido.

Llevaba vestido de noche y el pelo peinado con elaborados tirabuzones.

Para sorpresa de Justin, el capitán Jeffrey, que había permanecido en la cama durante todo el viaje desde Nueva Zelanda, se había puesto el uniforme de gala.

La espada y el bicornio estaban sobre la mesa.

Se veía pálido y algo demacrado, pero, aparte de esto, parecía haberse recuperado de su terrible experiencia a manos del jefe Hongi.

Cuando habló, lo hizo en un tono seguro y enérgico.

—Ah, señor Broome, lo he hecho llamar porque hay un asunto que deseo discutir con usted.

Me temo que no dispongo de mucho tiempo: la señora Jeffrey y yo hemos recibido una invitación de Su Excelencia para asistir a la celebración oficial de nuestra victoria en Waterloo.

Pero… Ah, tenemos el asunto de su corte marcial.

Me pregunto si se da cuenta de que esto no podría ocurrir en la colonia.

Justin lo miró con fijeza, sorprendido. Era cierto, tenía que reconocerlo: los consejos de guerra de la marina se celebraban en Inglaterra. Lo había olvidado. Ahora se enfrentaba a ello con la mayor consternación.

—Es posible —continuó el capitán— que, puesto que usted es colonial de nacimiento, sería admisible su juicio si se celebrara en el tribunal penal de aquí.

Entonces, como sin duda sabrá, sus jueces serían oficiales de la guarnición del ejército, es decir, oficiales del coronel Molle.

—Hizo una pausa, como a la espera de alguna respuesta, pero Justin no dijo nada.

Jeffrey miró a su mujer, quien inclinó la cabeza en señal de aprobación, y continuó—: Sin embargo, soy reacio a crear un precedente, ya que siempre he creído que las infracciones de la disciplina naval deben ser juzgadas por tribunales navales. ¿Está de acuerdo?

Justin controló su temperamento.

—Como colonial, señor, no tengo experiencia en estos asuntos —respondió en voz baja—.

Pero, señor, permítame señalarle que usted ordenó que me detuvieran sin informarme de las infracciones de la disciplina naval de las que me considera culpable.

Desconozco los cargos que desea presentar contra mí. Si me dijera cuáles son, yo…

—¡Maldita sea, señor Broome! —interrumpió irritado el capitán—.

Puedo enumerar media docena, según los Artículos de Guerra: insubordinación, no cumplir las órdenes de su oficial superior; negarse a actuar en defensa de la bandera de Su Majestad, y, sí, ¡maldita sea!

, cobardía frente al enemigo, porque a eso equivale cantar un himno infernal con un grupo de salvajes, ¿no es así?

Lo envié a tierra, al mando de un grupo armado, con el propósito de apresar a un nativo llamado Hongi y llevarlo ante la justicia, ¿no es así?

—Sí, señor —admitió Justin—. Pero era necesario esperar el regreso del reverendo Marsden, para que pudiera guiar a mi grupo hasta la aldea de Hongi. Creía, señor, que el capellán podría interceder ante el jefe Hongi y evitar un derramamiento de sangre innecesario. Pedí consejo al señor Kendall y…

Esa vez fue la señora Jeffrey quien lo interrumpió.

—Señor Broome, es innecesario, de verdad, entrar en todos estos detalles.

Lo que está hecho no puede deshacerse, y da la casualidad de que el capitán Jeffrey lo ha mandado llamar para decirle que ha decidido retirar los cargos, ¿verdad, querido?

——Apeló a su marido y este frunció el ceño con resentimiento, pero terminó por asentir.

—Sí, sí, esa ha sido mi decisión. Me doy cuenta de que no se puede esperar que un colonial sin formación naval acepte la disciplina naval. Sus Señorías cometieron un error al concederle una comisión, señor Broome, como creo que le dije en nuestro primer encuentro.

—Lo hizo, señor, sí. Pero…

—He escrito al secretario a tal efecto —dijo Jeffrey, como si Justin no hubiera dicho nada—, pero soy consciente de que sería una injusticia obligarlo a ir a Inglaterra para ser juzgado, cuando su hogar y su familia están aquí; y no estoy dispuesto a solicitar que sea juzgado aquí por el tribunal penal.

Usted, después de todo, tiene una comisión en la Armada de Su Majestad, así que…

—Levantó la vista y clavó en Justin una mirada vidriosa.

— Siempre que mantenga este desgraciado asunto en la más estricta confidencialidad, señor Broome, retiraré mis cargos y quedará usted en libertad.

Podrá salir con permiso indefinido, a la espera de la decisión de Sus Señorías sobre su nombramiento en este barco.

Pero puedo decirle ahora que no volveré a exigirle que sirva bajo mi mando. ¿Acepta mi decisión?

No podía esperar más de un hombre así, pensó Justin, y… cualquier cosa era preferible a hacer el largo viaje de vuelta a Inglaterra para un juicio de cuyo resultado no podía estar seguro. De aceptar, sería libre. Se incorporó y dijo con firmeza: —Sí, señor, acepto.

La señora Jeffrey susurró algo que él no alcanzó a oír y el capitán le contestó enfadado.

—Me gustaría que me prometiera que considerará todo este asunto confidencial, señor Broome.

Haré un informe oficial, por supuesto, tanto a Su Excelencia el gobernador como a Sus Señorías, y, sin duda, Hongi tendrá que responder algún día por sus crímenes contra mí.

—Se levantó.— Su palabra, señor Broome, para que pueda ordenar su liberación.

—Tiene mi palabra, capitán Jeffrey —le aseguró Justin—. Es un episodio que estoy deseando olvidar. ¿Tengo su permiso, señor, para abandonar el barco de inmediato?

—Por supuesto —concedió el capitán Jeffrey—. El señor Harris podrá traer de vuelta mi lancha después de que me haya desembarcado. —Asintió con la cabeza, se volvió hacia su esposa y le ofreció el brazo.— Vamos, querida. Me temo que ya es tarde.

Justin regresó a su camarote para recoger sus escasas pertenencias. Se detuvo para dar las gracias al viejo Billy Onslow y luego buscó a Silas Crabbe, que estaba de guardia.