Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 13
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Capítulo 13

Al caer la noche, la ensenada de Sídney era una fiesta de banderas y banderines cuando el Kangaroo , después de disparar las salvas de rigor con el cañón de señales, entró en el fondeadero.

Justin estaba ejercitándose en la cubierta durante su permiso de una hora.

Reconoció la balandra de guerra Emu, que por fin regresaba de Hobart, y pudo leer las palabras Barden y London en la popa de un gran transporte de convictos de tres mástiles anclado en las proximidades.

Ambos barcos lucían sus mejores galas. El Emu exhibía una línea continua de banderas de señales, desde el palo de proa hasta el tope del mastelerillo, pasando por el asta de señales.

Por lo visto, se estaba celebrando una fiesta nacional.

Justin vio con asombro que los pequeños mercantes de Sídney, sin faltar su propio Flinders , que flotaba en el muelle de Robert Campbell, lucían todas sus banderas.

En la orilla, a medida que se iba haciendo de noche, se encendían hogueras.

Se oían a lo lejos los acordes de la música de la banda militar.

El habitual concierto vespertino en el parque Hyde acababa de terminar y la banda marchaba de regreso a sus cuarteles o…

No, el sonido se acercaba. Sin hacer caso al ceño de censura del teniente Meredith, Justin se acercó a la barandilla de estribor.

Se dio cuenta de que la Casa de Gobierno estaba iluminada con luces brillantes.

Había farolillos de colores suspendidos de los arbustos del jardín y de los árboles.

Cerca de las puertas, los farolillos adornaban también el gran pino de Norfolk, que cobraba parpadeante vida.

—¿Qué diablos está pasando? —exclamó Meredith. En su desconcierto, olvidó por un momento la animosidad que había decidido mostrar a Justin desde su arresto. —¿Crees que debería informar al capitán?

El capitán Jeffrey no había salido de su camarote desde que zarparon de la bahía de Whangaroa.

No había subido a cubierta ni siquiera para despedirse del reverendo Marsden cuando este decidió abandonar el barco y esperar a que su propio bergantín Active lo llevara de regreso a Sídney.

La lancha del capitán había sido enviada a recoger a la señora Jeffrey y aún no había regresado. Justin se encogió de hombros.

—Quizá sea mejor, primero, averiguar qué está pasando —sugirió—. Y sería conveniente que se preparara para vestir el barco, señor Meredith, para que esté listo cuando el capitán dé la orden.

—Sí —dijo Meredith—, eso estaría bien. —Berreó una retahíla de órdenes y luego volvió al lado de Justin. —¿Cómo diablos vamos a averiguar a qué viene tanto alboroto? Tal vez debería enviar una lancha al Emu .

Justin señaló el horizonte.

—No será necesario. Una lancha de Robert Campbell va hacia allá. Ese parece ser uno de los oficiales del Emu, ¿no?

—Sí, eso creo —aceptó Meredith con una sensación de alivio. Cuando el barco estuvo a un grito de distancia, preguntó con impaciencia—. ¡Ah del bote! ¿Qué estáis celebrando?

—¡Una gran victoria sobre Napo en Waterloo!

Los gabachos corren hacia París y el duque va tras ellos.

—Era obvio que el teniente del Emu había estado celebrando con los hospitalarios Campbell, porque su respuesta fue un rugido, en tanto que sus entusiastas vítores se intercalaban con fuertes hipos—.

¡El Barden nos ha traído las noticias y Sídney está de fiesta, mis muchachos!

Vestid ese barco vuestro, ¡y animaos! El gobernador ha dado la orden de empinar el codo.

En la cubierta del Kangaroo estaban reunidas las dos guardias. Todos los hombres respondieron con un rugido. Olvidada la disciplina, pataleaban, ululaban y vitoreaban. Los intentos de Meredith por restaurar el orden no eran escuchados y, mucho menos, obedecidos.

—Creo —le dijo Justin sin ceremonias — que ahora debería presentarse ante el capitán, señor Meredith, y pedirle permiso para vestir el barco.

—Sí, sí —empezó Meredith. Luego, en un tardío intento de reafirmar su autoridad, tuvo el mal gusto de añadir—: Sigue usted bajo arresto, señor Broome, y su hora de ejercicio ha expirado. Tenga la amabilidad de volver a su camarote.

Justin no dijo nada. La animosidad del teniente Meredith era el menor de sus problemas.

Mientras bajaba, iba preguntándose cuánto tiempo pensaba el capitán Jeffrey mantenerlo arrestado y confinado en su camarote.

Jessica habría visto llegar el barco; y si no, alguien se lo habría dicho, sin duda.

Después de que la compañía recibiera el permiso para bajar a tierra, se preocuparía de no ver a su esposo entre ellos.

Además, estaba su hijo pequeño. El niño habría crecido durante su ausencia y Justin estaba ansioso por volver a verlo.

Desconsolado, se quitó el abrigo y se tumbó en el catre.

No pudo conciliar el sueño. Había dormido demasiado desde su detención y el sueño le estaba siendo esquivo. Allí tumbado, con la cabeza apoyada en las manos entrelazadas, escuchaba los diversos sonidos que se filtraban hasta su pequeña y mal ventilada prisión. Trataba de interpretarlos.

Las órdenes dadas a gritos y el ruido de los pies sobre la cubierta le revelaron que Meredith había obtenido el permiso del capitán para adornar el barco con banderas de celebración.

Mientras los tripulantes se ocupaban de la tarea en lo alto, oyó que un bote se acercaba al costado.

El agudo trino del joven Harris le dijo que la señora Jeffrey había llegado por fin a reunirse con su marido.

Su conjetura se confirmó casi al instante, cuando la voz de la mujer, junto con los tonos de sicofante de Meredith, le llegaron débiles desde la plancha de embarque.

En tierra, los festejos estaban en pleno apogeo.

Justin podía oír los silbidos de los cohetes y vislumbrar las estelas reflejadas en el agua oscura, bajo su portilla.

La música de pífanos y tambores continuaba a intervalos.

A menudo, llegaba casi ahogada por estallidos de vítores.

Toda esa algazara sugería que una multitud entusiasta se había reunido fuera de la Casa de Gobierno para añadir sus aplausos al tributo de la banda.

Con el cambio de guardia, el viejo Billy Onslow, cocinero del barco, le trajo la comida. Justin le preguntó qué se veía desde la cubierta.

—Parece que hay una gran juerga en tierra, señor Broome —respondió el viejo con tristeza—.

Pero no veremos nada de eso, lástima, pues no habrá permiso para bajar a tierra, según le ha dicho el capitán al señor Meredith.

¡Y le ha dado la mala noticia sonriendo por toda la cara!

Y es la hora a la que solemos tomar el grog.

Justin comió sin apetito. Pensaba en que la mayoría de la tripulación se habría enterado de la señal del gobernador de empinar el codo, pues el teniente del Emu lo había anunciado a pleno pulmón.

Sin embargo, el capitán Jeffrey estaba decidido a hacer oídos sordos; incluso a la guardia de abajo le negaba el permiso para bajar a tierra.

Nada de eso contribuiría a su popularidad. Apartó el plato.

—Disculpe, señor —dijo Billy Onslow con timidez—, pero ¿dónde está Waterloo? Allí es donde se ha conseguido esta gran victoria, ¿no?

—Sí, eso creo, Billy. Pero me temo que no tengo ni idea de dónde está.

—Justin frunció el ceño. Llegaba a su memoria, de repente, el extraño comportamiento del niño aborigen Winyara la noche en que él y su hermano William acamparon en su concesión de tierras, en el nuevo territorio más allá de Bathurst.

El episodio lo había impresionado mucho y…

Frunció el ceño. Podía recordar la fecha, el domingo dieciocho de junio, así como las extrañas y proféticas palabras de Winyara.

El chico decía haber visto una montaña en la que se libraba una gran batalla.

« Muchos hombres mueren —había dicho—. Veo fuego, oigo truenos.

Los hombres luchan, matan » . Al final, en un inglés muy claro, había añadido: « Dos grandes guerreros los guían » .

El emperador francés Napoleón y el duque de Wellington encajaban bastante bien en esa descripción, se dijo Justin: eran los dos comandantes militares más famosos de Europa.

Y en cuanto a la fecha, si el Barden había hecho una travesía bastante rápida o si había recogido la noticia de un buque de despacho naval en Río o en Cabo, la extraña visión onírica de Winyara había estado más cerca de la verdad de lo que incluso él había supuesto.

El Barden era un barco de tres palos de unas seiscientas o setecientas toneladas de carga.

Pudo haber zarpado de Inglaterra a finales de junio y haber hecho la travesía en…

¿cuánto? Ciento cuarenta días. Tanto el Catherine como el Three Bees habían realizado travesías similares el año anterior, recordó, y era diecinueve de noviembre; o veinte.

Tenía perdida la cuenta del tiempo y… Justin suspiró.

El cocinero se inclinó para recoger la bandeja.

—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó solícito.

—Sí, sí, estupendo. Y gracias, Onslow. Me has cuidado muy bien.

El viejo Billy Onslow mostró sus encías casi desdentadas en una sonrisa amistosa, complacido por el cumplido.

—Hay oficiales y oficiales —observó juicioso—. A algunos les tengo respeto y a otros no. Usted y el señor Tempest son marinos de primera, señor Broome, y saben cómo comandar un barco y cómo tratar a la tripulación. Pero hay otros, señor, que no…

—Creo que será mejor que bajes la voz, Billy —le advirtió Justin—, aunque aprecio lo que acabas de decir. Vuelve a tu galera. Si mañana te conceden permiso para bajar a tierra, quizá seas tan amable de llevarle una nota a mi esposa.

—Con mucho gusto, señor —aceptó Onslow—. Lo haré, en caso de que usted esté aún aquí.

El cocinero llevaba fuera solo unos minutos cuando el cadete Harris hizo una aparición inesperada. Venía a comunicarle una citación del capitán.

—Dice que quiere verlo enseguida, señor. Va a desembarcar con la señora Jeffrey y me han ordenado que lo espere en su lancha.