Capítulo 12 #5
Meredith estaba en su puesto. Justin le ordenó que reuniera a ambas guardias y mandó al maestro armero a que sacara los mosquetes necesarios.
Se demoró todo lo que pudo en la selección del grupo de desembarco.
Entonces tuvo una idea y envió al cadete Harris en la lancha a buscar al misionero Kendall.
—Dígale que se reúna con el primer bote en nuestro lugar de desembarco, señor Harris. Y dígale que es muy urgente que el señor Marsden venga a bordo en cuanto regrese; él entenderá por qué. ¡Date prisa, muchacho!
El «Sí, señor» de Harris fue nítido. No hizo preguntas. Subió obediente a la lancha y se dirigió a la orilla. Iba dando gritos estridentes a su tripulación para que remaran con vigor.
Meredith, por el contrario, cuestionaba todas las órdenes y mostraba un considerable resentimiento cada vez que Justin se negaba a satisfacer su curiosidad.
La hosquedad del oficial estaba provocándoles retrasos.
Justin, al concurrir con la mirada inquisitiva de Silas Crabbe, sacudió la cabeza en señal de advertencia.
—Déjelo, señor Crabbe. Cuanto más tardemos, mejor. Me han dado órdenes que, dadas las circunstancias, no puedo cumplir.
El viejo capitán se encogió de hombros con resignación.
—Puedo sumar dos y dos, señor Broome. Déjeme ir con usted.
—¿Y arriesgarse a perder su mandato por incumplimiento del deber? Sería más prudente no ofrecerse voluntario, señor Crabbe —le advirtió Justin.
Crabbe le dedicó una sonrisa lenta y divertida.
—Nunca he sido prudente, señor, y nunca he podido orientarme en tierra. Me ofrezco voluntario.
—Entonces, gracias —reconoció Justin con ironía—. Ya somos dos, ¿no? Sea tan amable de llamar a la lancha, por favor.
Kendall ya los estaba esperando en compañía del joven Harris cuando la lancha encalló en la playa.
Era evidente, por la severidad de su expresión, que había recibido suficientes revelaciones del muchacho como para ser consciente de lo que estaba ocurriendo.
Los marineros armados, reunidos en la playa, terminaron por confirmar sus temores, así que dijo con tristeza: —El señor Marsden no ha vuelto. He enviado una canoa a buscarlo.
—Entonces esperemos que lo encuentren —respondió Justin—. ¡Recemos para que así sea!
—¿Tiene intención de marchar sobre la aldea de Hongi, señor Broome? ¿No me dio su palabra de que no lo haría? —El amargo reproche en la voz de Kendall no fue ninguna sorpresa. Justin reprimió un suspiro.
—Mantendré mi palabra, señor Kendall, pero necesitaré su ayuda. ¿Puede organizar el servicio divino donde el señor Marsden predicó ayer? —El segundo bote encalló para descargar más hombres armados y Justin los señaló con un gesto—, ¿para mi grupo?
—¿Para sus marineros? —El misionero le miró con incredulidad.— En nombre de Dios, ¿para qué?
—Los mantendrá ocupados y le daremos más tiempo al señor Marsden para llegar aquí. Además, podría borrar las sospechas sobre nuestras intenciones. Imagino que Hongi nos tendrá bajo observación, ¿no es así?
La mirada de desconcierto de Kendall fue reemplazada por una de comprensión y gratitud. El hombre inclinó la cabeza.
—Sí, nos estará vigilando. Yo… Deme media hora. Convocaré a algunos de los niños para que se unan a los soldados, si usted los hace marchar hasta nuestro asentamiento.
El servicio fue inesperadamente conmovedor: los niños maoríes cantaban con voz bien afinada mientras los marineros, junto a ellos y con los mosquetes apoyados en el suelo, añadían sus profundas voces a la interpretación de los himnos ingleses.
Para alivio de Justin, Samuel Marsden regresó mientras el grupo de desembarco seguía enzarzado en el servicio religioso. Unas palabras de Kendall hicieron que el capellán abordara su canoa y, junto con sus amigos maoríes, se fuera a remo hacia el Kangaroo anclado .
Marsden llevaba a bordo menos de veinte minutos cuando el cadete Harris trajo la revocación de órdenes del capitán Jeffrey. El grupo de desembarco debía reembarcar sin demora y el barco zarparía hacia el puerto Jackson con la marea vespertina.
—Bien está lo que bien acaba —observó Silas Crabbe mientras Justin y él caminaban juntos hacia los botes—, ¿eh, señor Broome?
—¿Sí? —replicó Justin con pesar—. Me lo pregunto, señor Crabbe.
No se quedó mucho tiempo con la duda. En cuanto abordó el Kangaroo , ya lo estaba esperando el teniente Meredith con una sonrisa de triunfo en su joven y cetrina cara.
—El capitán me ha ordenado ponerlo bajo arresto, señor Broome —anunció en voz alta—. Debo informarlo de que permanecerá confinado en su camarote hasta que lleguemos a Sídney. Tiene intención de presentar cargos contra usted ante un consejo de guerra general.
La petulante satisfacción en su voz irritó a Justin, aunque no abrió la boca hasta que Meredith añadió: —Su espada, si es tan amable.
—No llevo espada. Pero… —Justin desenganchó el pesado mosquete que llevaba y, sin demasiada delicadeza, apoyó la culata en el pie de Meredith.— Puede aliviarme de esto, si le place, y maldito sea, señor Meredith.
Dejó al oficial jadeando de dolor. Luego, mientras empezaba a descender, oyó detrás una tenue ovación de los hombres que habían sido testigos del intercambio.