Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 12 #4
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Capítulo 12 #4

Al borde de la pequeña parcela de tierra cultivada por los misioneros, los dos guerreros maoríes dejaron su carga sin ceremonias.

Se quitaron las perchas de los hombros y volvieron a la oscuridad sin decir palabra.

Justin usó un cuchillo de marinero para cortar las ataduras del capitán Jeffrey.

Luego le quitó la mordaza de la boca. Pero el hombre no podía hablar.

Estaba tan aturdido y conmocionado que apenas parecía darse cuenta de dónde estaba.

Después de verlo beber con avidez el agua que Kendall le trajera, lo llevaron al bote con toda la delicadeza que pudieron.

Mientras la tripulación se esforzaba por poner cómodo a su capitán, Justin alejó a Kendall del alcance de sus oídos.

—Le debo mi más profundo agradecimiento, señor Kendall —le dijo con sinceridad—. Sin usted, no habríamos conseguido traer al capitán de vuelta sano y salvo… Y dudo que hubiéramos podido volver nosotros mismos. Estoy en deuda con usted, señor.

El misionero no dio importancia a su agradecimiento.

—No me debe nada, señor Broome. Excepto, quizás…

—Dejó de hablar y largó la mirada hacia el Kangaroo.

— Me temo que su capitán, cuando recupere el sentido, se enfadará mucho, y es comprensible.

Pero, si exigiera retribución, si intentara enviar a sus marineros armados para vengarse de la gente de Hongi, le ruego de la manera más encarecida que lo disuada.

Algo así pondría fin a todo nuestro trabajo en este lugar y, sin duda, provocaría muchas muertes, tanto de sus hombres como de los de Hongi.

Incluso podría llevar a la pérdida de su barco, ya que las otras tribus se aliarían con esta.

Son valientes luchadores y tienen canoas.

—Se encogió de hombros.— Si sobreviniera una batalla, nuestras esposas e hijos no se salvarían.

Justin inclinó la cabeza con gravedad.

—Lo comprendo, señor Kendall, y haré cuanto esté en mi mano para evitar cualquier cosa por el estilo. —Conociendo a Jeffrey, no sería fácil, pero… Le tendió la mano.— Le doy mi palabra, y, como el jefe Hongi, la mantendré.

—Con el favor de Dios, el señor Marsden estará aquí mañana, en algún momento —dijo Kendall—. Tiene la intención de volver con usted a Sídney, creo, así que, tal vez, si él…

No necesitó completar la frase, porque Justin volvió a asentir.

A la mañana siguiente, como era de esperar, estalló la tormenta. Justin fue llamado al camarote del capitán. Encontró a Jeffrey todavía tumbado en su catre, gobernado por una rabia que apenas podía contener.

—Es usted consciente de lo que ocurrió ayer, señor Broome —le espetó Jeffrey sin preámbulos—.

Esos asquerosos salvajes insultaron a la Marina de Su Majestad y a mi persona de tal modo que no puede quedar impune.

Quiero que ese tal jefe Hongi sea capturado y traído a bordo de este barco, donde lo colgaré.

—Silenció el intento de interrupción de Justin con un furioso—: ¡Cállese la boca, señor, maldita sea! Estoy a punto de darle órdenes.

Y las órdenes eran tan predecibles como la rabia que consumía al capitán. Justin las escuchó en un silencio sepulcral. Debía reunir una partida de sesenta hombres, armados con mosquetes y sables, y conducirlos a la aldea con el propósito de arrestar a Hongi.

—Si encuentra resistencia, abra fuego sin vacilar, ¿está claro? Aunque esos tengan algunos mosquetes, no serán rivales para marineros entrenados, así que no preveo que se enfrente muchas dificultades. ¿Ha entendido, señor Broome?

—Entiendo lo que usted quiere que haga, señor —respondió Justin—, pero, con todo respeto, señor, ¿comprende cuáles serán las consecuencias?

—¡Al diablo con las consecuencias! Le he dado una orden, ¡cúmplala! —El capitán se incorporó sobre un codo.— ¡Qué demonios, Broome!, ¿tiene miedo de un puñado de malditos salvajes? En ese caso, será mejor que el señor Meredith vaya en su lugar.

Eso era lo que se había temido. Justin se incorporó. Tenía que evitar a toda costa que Meredith se pusiera al mando del grupo.

—Iré si usted me lo ordena, señor —dijo—, pero le ruego que me escuche antes de confirmar la orden.

—No le dio tiempo a Jeffrey de negarse y empezó a lanzar los argumentos que Kendall había expuesto, haciendo hincapié en la probabilidad de que todas las tribus se unieran contra ellos en caso de que Hongi sufriera un ataque. Subrayó el peligro que corría el barco.

El capitán lo interrumpió a media frase y le dijo con voz gélida: —No puedo tener en cuenta esos asuntos, ni tampoco los peligros que usted prevé, puesto que la bandera de Su Majestad ha sido ultrajada.

Usted es un maldito colono, no un oficial naval regular, señor Broome, y es evidente que no comprende lo que Sus Señorías verían en un insulto de este tipo.

—Hizo una pausa y fijó en Justin una mirada torva.

Enseguida, con un tono afilado en la voz, dijo—: Cumplirá mi orden y arrestará al jefe Hongi o se enfrentará a un consejo de guerra. ¿Qué prefiere, señor Broome?

Justin hizo una reverencia. Sabía que algo así sería el final de su breve carrera naval.

No le quedaba más que ganar tiempo y desear que Samuel Marsden regresara antes de que fuera demasiado tarde.

Cabía esperar que, en ausencia de la señora Jeffrey, que estaba en Sídney, el reverendo consiguiera hacer cambiar de opinión al capitán; si no mediante el razonamiento, sí por la pura fuerza de su personalidad y su condición de civil.

Era difícil que Jeffrey amenazara a Marsden con un consejo de guerra.

Dijo sin énfasis:

—Señor, reuniré al grupo de desembarco. —Sin esperar la respuesta de Jeffrey, salió del camarote.