Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

En sus dos visitas anteriores, solo los había visto en sus canoas o a distancia; pero, al tenerlos más de cerca, empezaba a comprender la preferencia que el reverendo Marsden había manifestado por ellos, así como algo de su admiración.

A juzgar por su talante, eran, en efecto, mucho más inteligentes e infinitamente más nobles de lo que incluso su Te Matenga sugería.

Pero… Mientras la gente se agitaba a su alrededor, Justin reprimió un escalofrío de aprensión.

También eran belicosos, sin duda, y tenían reputación de caníbales.

Kendall le tocó el brazo.

—Hongi nos espera en la casa de asambleas. Será mejor que vayamos, señor Broome.

Hongi los recibió en una ceremonia casi real.

La casa de asambleas era mucho más grande que las chozas que la rodeaban.

Era sólida, estaba construida con madera, y las vigas del techo y los postes sobre los que estas descansaban habían sido tallados con esmero.

El espacioso interior ofrecía una sensación de frescura.

El jefe se había despojado del uniforme militar escarlata que, esa mañana, desde temprano, había llevado en el servicio religioso.

En ese momento, una reluciente capa de plumas cubría sus anchos hombros.

También llevaba plumas entretejidas por toda la cabeza.

Colgaba de su cinturón de lino trenzado una curiosa hacha tallada en piedra verde oscura.

La punta de su lanza, puesta hacia abajo, estaba hecha de la misma piedra.

Los ojos oscuros de Hongi se iluminaron a la vista de los mosquetes. El jefe interrogó a los dos viejos guerreros, y cuando estos asintieron con toda su resolución, se volvió a Kendall y le habló en su lengua nativa.

—El jefe pregunta si hemos traído la pistola —tradujo Kendall—. Le he dicho que sí, pero quiere verla.

—Por supuesto —respondió Justin—, después de que yo haya visto al capitán Jeffrey y esté seguro de que no ha sufrido ningún daño.

Al parecer, el jefe Hongi entendía el inglés mejor de lo que había querido admitir, pues estalló en una airada protesta antes de que el misionero interpretara la respuesta de Justin.

—Ha dicho —explicó Kendall— que él es un hombre de honor y que ha cumplido su palabra.

Como aún no se ha puesto el sol, el capitán Jeffrey no ha sufrido ningún daño.

Podrá verlo si le muestra la pistola en prueba de que la tiene.

Si yo fuera usted —añadió en voz baja—, haría lo que me pide, señor Broome, pues sus guerreros están fuera a la espera de la orden de atacarnos.

Y, según entiendo toda esta situación, su barco ha venido aquí para tratar de evitar una guerra, no para provocarla.

En ese sentido, señor, su capitán es culpable, y usted lo sabe.

El arranque tan temerario que ha tenido puede poner en peligro nuestra misión aquí y nuestras vidas.

Tenemos que aceptar las condiciones de Hongi y cumplirlas al pie de la letra.

Justin sabía que tenía razón. Una veintena de miembros de la tribu maorí, ataviados con plumas, esperaban de pie en torno a la entrada de la casa de reuniones.

Detrás de ellos salía humo de las cocinas cercanas.

Un grupo de mujeres llevaba leña a los hornos sin intentar ocultar la naturaleza de sus actividades.

No era momento para bravuconadas. Se sacó la pistola del cinturón y se la ofreció al jefe para que la examinara. Hongi la estudió y luego la comparó con otra que llevaba oculta y que Justin reconoció como la del capitán Jeffrey. Hizo una pregunta y Kendall la tradujo.

—El jefe desea saber si su pistola está cargada, señor Broome.

Justin movió la cabeza de un lado al otro.

—Dígale, si es tan amable, que yo también soy un hombre que cumple su palabra. He venido en son de paz y ni yo ni mis marineros estamos armados. Pídale al jefe que, como gesto de su buena fe, me permita ver al capitán Jeffrey y hablar con él antes de seguir adelante con este asunto.

Kendall le dirigió una mirada de aprobación y repitió obediente lo que acababan de pedirle.

Justin había supuesto que el capitán estaría retenido en una de las cabañas y que lo llevarían a él; sin embargo, Hongi agitó una mano en un gesto señorial.

En respuesta, los dos guerreros de pelo blanco cogieron sus lanzas y salieron de la casa de reuniones sin ofrecer ninguna señal de que los siguiera.

—Lo traerán aquí —dijo Kendall en un tenso susurro—. Hagan lo que hagan, no los traicione con ninguna sorpresa. Tienen sus propias leyes y costumbres. Con intención o sin ella, el capitán Jeffrey ha violado uno de sus tabúes.

—¿Qué significa eso? —preguntó Justin, consciente de que los dos marineros escuchaban ansiosos, aunque la disciplina los mantenía en silencio.

—Significa que, a sus ojos, los espíritus lo marcarán para la muerte. Si no ahora, más tarde. —El misionero suspiró con pesar.— Todavía no hemos conseguido enseñarles los principios cristianos, señor Broome. —Agarró a Justin por el brazo.— Van a traer al capitán ahora. Recuerde, ¡nada de sorpresas!

Con todo y la advertencia, a Justin le costó mantener una actitud de indiferencia.

Cuando los dos viejos guerreros regresaron, cargaban sobre los hombros un cuerpo atado, suspendido de dos perchas.

Justin los vio arrojar su carga a los pies de Hongi y se dio cuenta de que se trataba de la mayor humillación para el comandante del Kangaroo.

Lo estaban transportando de una forma que solía emplearse para llevar objetos inanimados de un lugar a otro.

Objetos inanimados o…

Intentó apartar de su mente un horrible pensamiento, solo que este persistía, alimentado por lo que el reverendo Marsden le había contado sobre el modo de vida de los maoríes.

Hasta que los misioneros llevaron el ganado a Whangaroa, esa gente no había tenido animales domésticos, salvo sus perros.

Desde que la tripulación del Active empezó a llevar sus cargas a tierra, las vacas, los caballos y los cerdos de Marsden habían sido una fuente de asombro.

Justin sabía que las batatas y los bulbos de taro eran los suministros básicos de la dieta nativa. El único alimento animal de que disponían, aparte del pescado, eran los perros y los pájaros que podían cazar. Así que no era de extrañar que hubieran recurrido al canibalismo. A pesar de todo…

Asqueado y horrorizado, Justin fijó la mirada en su capitán.

El jefe Hongi podía estar marcándose un farol al ordenar que se encendieran los hornos y que su cautivo fuera retenido de una forma que recordaba a un pollo atado; pero, por otra parte, también podía estar infligiendo lo que, según él, era un justo castigo a alguien que había ofendido la ley tribal.

Fuera cual fuese su motivo, el infeliz capitán Jeffrey ya había sufrido bastante.

Justin se arrodilló junto al hombre indefenso.

Pudo ver que había sido amordazado, además de inmovilizado.

Una mano de Kendall en su hombro lo retuvo.

—¡No! —susurró con urgencia—, no sin el consentimiento del jefe. Solo podemos contar con su palabra, señor Broome, si queremos que alguno de nosotros vuelva vivo al barco.

Una vez más, Justin tuvo que reconocer que el misionero tenía razón.

Su pequeño grupo desarmado no tendría ninguna posibilidad contra los guerreros de Hongi.

Aunque él y los dos marineros consiguieran apoderarse de los mosquetes, les llevaría tiempo cargarlos y prepararlos. Era casi seguro que no lo conseguirían.

Como si Justin hubiera expresado sus pensamientos en voz alta, Kendall lo puso bajo advertencia: —Nuestra misión existe aquí porque somos tolerados y por el respeto que esta gente guarda por el señor Marsden. Le ruego que no haga nada que destruya su confianza en nosotros y en él.

Uno de los marineros rompió el silencio que se había autoimpuesto: —No hay nada que podamos hacer, señor —dijo—. ¡Nada, a menos que queramos acabar siendo masacrados y llenar sus estómagos! —Se estremeció.— ¡Dios mío!

Jeffrey luchaba impotente contra sus ataduras.

Sus ojos inyectados en sangre iban de un lado a otro.

Kendall se volvió a Hongi con una súplica en su propio idioma.

El jefe sacudió la cabeza con rotundidad y soltó un torrente de palabras airadas cuya intención era bastante clara.

En consecuencia, Justin se puso en pie, consciente de que sería inútil seguir discutiendo.

—Démosle los mosquetes y la pistola —dijo Kendall con tono llano—. Dos de sus guerreros nos acompañarán de vuelta a nuestro asentamiento. A su capitán lo liberarán cuando hayamos llegado allí. No volverá a pisar tierra.

El viaje de regreso estuvo cargado de tensión.

Los guerreros llevaban a Jeffrey en sus pértigas, con escaso respeto por su dignidad y mucho menos por su comodidad.

Como antes, unos vigilantes furtivos seguían el lento y tambaleante progreso del grupo; las sombras cada vez más largas les permitían permanecer ocultos.

Los dos marineros sudaban a mares y, a pesar de su empeño por mantener una calma disciplinada, Justin necesitó varios recordatorios para evitar que huyeran presas del pánico.

Ambos eran jóvenes y estaban conmocionados hasta lo más hondo por el trato dispensado a su capitán y por lo que habían presenciado en la aldea del jefe Hongi.

—Solo Dios sabe por qué aún se queda aquí, señor —dijo a Kendall el mayor de los dos cuando, por fin, a través de los árboles, las luces de las cabañas de la misión se hicieron visibles—. ¡Yo no lo haría ni por cien guineas a la semana!

—Dios sabe por qué me quedo —respondió el misionero con convicción—. Estoy aquí para predicar su palabra a los paganos. Tengo a treinta y cuatro de sus hijos en mi escuela y están empezando a escuchar la palabra. Cuando crezcan, no serán paganos.

—¿Ni tampoco caníbales, señor Kendall? —desafió el marinero.

Kendall intercambió una mirada con Justin.

—Si esa es la voluntad de Dios, amigo mío.