Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 12 #2
87%

Capítulo 12 #2

—Cuénteme, señor Harris —pidió al muchacho—. Despacio y con cuidado. ¿En qué lío está metido el capitán?

Harris inhaló fuerte.

—Lo han cogido como rehén, señor. El jefe Hongi…, señor. Él…

—Vamos desde el principio, muchacho. Usted ha bajado a tierra con el capitán. Él quería conocer a los jefes, ¿no?

—Sí, señor, así es. —El joven Harris estaba haciendo un esfuerzo por hablar despacio.

— El señor Kendall se los ha presentado y han sido muy amistosos.

Hongi, que habla algo de inglés, ha invitado al capitán a visitar su aldea.

Hemos ido hasta allí, señor; estaba bastante lejos.

La cabaña del jefe estaba en el centro, y el lugar era…

Vaya, era maravilloso. —Empezó a describir la aldea, pero Justin lo interrumpió.

—Quiero saber qué ha pasado, señor Harris, y por qué el capitán está retenido como rehén.

—Sí, señor. Lo siento, señor. —El chico retomó su relato—.

Hemos entrado en la cabaña del jefe Hongi, pues el capitán tenía muchas ganas de ver cómo era por dentro, y había un poste en la entrada con una cabeza humana clavada en él.

La habían encogido, pero era una cabeza humana.

Hongi ha visto que el capitán se la quedaba mirando, la ha descolgado del poste y ha intentado dársela, radiante, como si fuera el mejor regalo que pudiera ofrecerle.

El capitán ha sacudido la cabeza sin querer cogerla.

Entonces Hongi le ha dicho… Ha sido horrible, señor.

—¿Qué ha sido horrible? —preguntó Justin mientras echaba mano de su abrigo de guardia.

Harris tragó saliva.

—Ha dicho que era la cabeza del capitán Jones, señor, un inglés que capitaneaba un ballenero llamado Eliza.

Por lo que he podido entender, pues su inglés no era muy bueno, el capitán Jones asaltó su aldea.

Hubo una batalla campal y Jones terminó ultimado por el propio Hongi, según ha contado él mismo, señor.

Ha empezado a frotarse el vientre y a reírse.

Bueno, lo que quería decir era bastante claro, por supuesto, y el capitán ha perdido los estribos.

Se ha puesto colorado, señor, ha sacado su pistola y…

¡le ha disparado a la cabeza que Hongi tenía en las manos!

Enseguida se ha desatado un infierno. Los guerreros de Hongi han agarrado al capitán para atarlo, así que Hongi me ha enviado a decirle que el capitán será asesinado, señor, a menos que se pague un rescate por él.

«¡Maldita sea!», pensó Justin. Eso era peor, cien veces peor de lo que había previsto. Jeffrey debía de haber perdido el juicio para comportarse así.

—¿Qué piden de rescate? —preguntó. Le costaba trabajo hablar con calma—. ¿Qué pide el jefe Hongi?

Harris, nervioso, arrastró los pies.

—Quiere mosquetes, señor, y una pistola como la del capitán. Deben serle entregados antes de la puesta del sol. Diez mosquetes ha dicho, señor, con pólvora y perdigones. El capitán me ha dado la llave de la armería para que yo se la diera a usted. Aquí la tiene, señor.

Así que Jeffrey esperaba que se pagara el rescate… Justin se puso en pie. Su cerebro galopaba acelerado mientras buscaba el mejor medio de hacer frente a esa situación tan desagradable.

—Hablaré con el señor Kendall —dijo—. Usted váyase, muchacho, y acurrúquese en su hamaca. No hay nada más que pueda hacer. —Había una petaca en el estante, detrás del catre, y la señaló.— Tómese unos tragos de ron, señor Harris. Le ayudará a dormir.

—No estoy cansado, señor —protestó Harris—. Déjeme ir con usted, señor, por favor. Puedo mostrarle dónde tienen al capitán y…

—Quizás el señor Kendall pueda hacerlo. Si no, enviaré por usted. Vaya a su camarote, muchacho, y llévese esa petaca.

Kendall, un joven delgado y de aspecto estudioso, esperaba en el castillo de proa acompañado de Silas Crabbe. Dijo enseguida: —Conozco al jefe Hongi, señor Broome, y puedo decirle que no está haciendo ninguna amenaza vana.

—¿Qué me aconseja, entonces? —preguntó Justin—. ¿Debo darle los mosquetes que me pide?

—Si quiere volver a ver vivo a su capitán, me temo que tendrá que hacerlo, señor.

La única alternativa sería usar la fuerza, y no puedo aconsejárselo.

La situación ya es bastante delicada. El coste de intentar liberar al capitán Jeffrey por la fuerza sería un infierno.

Él sería el primero en morir, y el señor Marsden…

—¿Dónde está el señor Marsden? —preguntó Justin de pronto.

Kendall suspiró.

—Ha ido a Rangihoura, a visitar a la gente de Ruatara. Está a diez millas. Ha ido en barco, con el señor King y el señor Hall. Tiene intención de pasar allí la noche, y me temo que no hay posibilidad de traerlo de vuelta; a tiempo, quiero decir.

Hizo hincapié en esas últimas palabras. Justin se hizo eco de su suspiro.

Solo faltaban tres horas para la puesta de sol y el joven Harris había dicho que la aldea del jefe Hongi estaba…, ¿cómo había dicho?, bastante lejos.

—¿Conoce la aldea, señor Kendall?

—Sí, señor. Puedo guiarlo hasta allí. Tardaremos una hora y media en llegar, pero deberíamos partir de inmediato. No sería aconsejable hacer el camino de regreso al barco después del anochecer.

—Ya veo. —Justin no tenía ninguna intención de malinterpretar lo que implicaban las declaraciones en voz baja del misionero. Una idea le llegó por asalto.— ¿Probará el jefe los mosquetes? —preguntó.

Kendall sonreía, pero su gesto era tenso, carente de diversión.

—Si está pensando en inutilizarlos, señor Broome, solo puedo rogarle que no lo haga.

Quizás Hongi no los pruebe esta noche, pero lo hará mañana.

Y, si descubriera que ha sido engañado, el timo socavaría nuestra relación con todas las tribus.

Los maoríes son hombres de palabra y esperan que nosotros nos comportemos con la misma rectitud.

Justin miró a Silas Crabbe, que había estado escuchando en silencio su conversación con el misionero. El viejo capitán se encogió de hombros con resignación.

—Tendrá que darle a este Hongi lo que pide, señor Broome; no hay salida.

Y no la había, reconoció Justin, pues era evidente que no podía dejar morir a un capitán de la Armada de Su Majestad Británica a manos de caníbales maoríes mientras hubiera alguna posibilidad de lograr su liberación.

Dio a Silas Crabbe permiso para abrir el baúl.

En ese momento se preguntó si serían ciertas aquellas habladurías sobre el tráfico de armas del reverendo Marsden.

Si el religioso ya había suministrado armas de fuego a tribus distintas de la de Hongi, el afán del jefe por obtener los diez mosquetes era comprensible. Y quizá incluso justificable.

—¿Cuántos hombres debo llevar conmigo? —preguntó a Kendall. Se sintió consternado cuando vio que el misionero negaba con la cabeza.

—Ninguno, señor Broome, si me admite el consejo.

—¿Y si no lo hiciera? Diez mosquetes entre dos personas serán bastante carga.

Kendall se encogió de hombros.

—Entonces, dos, tal vez, y sin armas propias. Y déjeme llevar la munición.

—De acuerdo —accedió Justin.

Con la lancha cargada, llegaron a la playa.

Atados los mosquetes en fardos manejables, los pudieron distribuir entre Kendall, dos marineros y él.

Entonces, el grupo se puso en marcha. Tardaron en llegar a la aldea algo menos de la hora y media que el misionero había calculado, a través de un camino estrecho, aunque bien definido, que tenía un ascenso abrupto por la ladera de un valle boscoso.

Justin no estaba de humor para apreciar la belleza natural del entorno.

No le cabía duda de que su avance estaba siendo observado por vigías ocultos.

En ocasiones, incluso conseguía vislumbrar alguna forma oscura que se movía como una sombra entre los árboles.

También oía o imaginaba oír las suaves pisadas de unos pies descalzos, tan cerca de ellos que lo incomodaban.

Pero nadie los molestó. Solo cuando estuvieron a la vista de la aldea aparecieron miembros de la tribu de Hongi.

Dos venerables guerreros de pelo blanco, con la cara y los brazos muy tatuados, salieron a su encuentro a grandes zancadas.

Ambos iban armados con largas lanzas de punta de hueso y garrotes colgados del cinturón.

Sus modales eran de una cortés dignidad, pero en sus rostros oscuros y graves no había sonrisas.

Ambos clavaron sus lanzas en el suelo, con la punta de púas hacia abajo, delante de Justin.

Kendall les habló. Los viejos examinaron los mosquetes y la munición con meticuloso cuidado.

Justin, se dio cuenta de que ponían una atención a los detalles que, por sí misma, delataba la familiaridad de esos guerreros con las armas europeas.

Por último, tras cerciorarse de que el rescate era, en todos los aspectos, lo que su jefe había exigido, hicieron señas al grupo de Justin para que recogieran de nuevo sus cargas y los condujeron al pueblo.

Una pequeña multitud se había reunido para presenciar la llegada. Justin miró a su alrededor con interés. Vio que las chozas eran primitivas y endebles, hechas de juncos atados a ligeros armazones de madera. Su forma redondeada les daba la apariencia de colmenas.

Todos los adultos estaban tatuados con dibujos grotescos.

Incluso las mujeres, que se mantenían en un segundo plano, llevaban la barbilla y los labios ornamentados.

Con todo, a Justin le parecieron un pueblo apuesto, de piel mucho más clara y rasgos más europeos que los aborígenes de Nueva Gales del Sur, a los que estaba acostumbrado.