Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 12
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Capítulo 12

Hacía tiempo que Justin tenía al reverendo Samuel Marsden como un hipócrita, un tipo propenso a juzgar a sus semejantes con criterios que ni aplicaba ni consideraba aplicables a sí mismo. Y eso era más notable con quienes llegaban a Sídney encadenados.

Entre los navieros, se decía que el lucrativo comercio del párroco con Nueva Zelanda y las islas del Pacífico incluía el tráfico de armas.

Sin embargo, en el pasado, el reverendo caballero había condenado con toda su energía a los traficantes de ron, cuyos beneficios no llegaban a igualar los suyos propios.

Como magistrado, sus sentencias eran duras, y los azotes que ordenaba, inclementes; pero, a las pocas horas de imponerlos, se subía al púlpito a exhortar a la congregación a mostrar un mutuo amor fraternal entre semejantes.

Luego, aunque él mismo tenía una esposa devota y una numerosa descendencia, era propenso, casi en el mismo aliento, a condenar lo que insistía en llamar «los males del concubinato» y a ensalzar los beneficios derivados de la castidad.

Decía todo eso a hombres que buscaban a lo largo y ancho de la colonia sin poder encontrar una sola mujer honesta para tomarla como esposa; o bien, a condenados a años de exilio que, en cuanto tuvieron puestos los grilletes, habían tenido que dejar esposas e hijos detrás.

A pesar de todo, Justin no pudo evitar sonreír al ver las cabezas inclinadas de trescientos guerreros maoríes, todos acuclillados en paz mientras escuchaban el mensaje cristiano de Samuel Marsden, pronunciado en un idioma que pocos o ninguno de ellos entendía.

El respeto que sentían por el ardiente evangelista era casi veneración.

El Kangaroo estaba anclado en la bahía de Whangaroa desde hacía veinticuatro horas.

Las tribus de Hinaki, Hongi y Korokoro (el sucesor del difunto Ruatara) ya velaban armas, listas para el combate, con los terrenos de la misión como campo de batalla.

Así que los misioneros y sus familias estaban destinados a convertirse en las primeras víctimas…

y en botín para los vencedores, pues, una vez terminada la batalla, se encenderían los hornos.

Pero no verían a Marsden trepidar. El párroco bajó a tierra, Biblia en mano, después de haberle dicho no al capitán Jeffrey ante su oferta de hacerlo acompañar por una guardia de marineros armados.

—Me conocen, capitán —había afirmado—. El jefe Hongi irá pronto a Inglaterra a instancias mías.

Korokoro viajó a Sídney con el desventurado Ruatara.

Mi esposa y yo cuidamos del infeliz joven cuando cayó enfermo durante su visita a la colonia.

Ellos confían en mí y yo confío en ellos.

Créame, son la raza de paganos más fina y noble que el mundo civilizado haya conocido. No necesito su guardia.

Con fe en la existencia de una confianza mutua, el corpulento capellán había ido al encuentro de los guerreros.

De pie, junto a la barca que había llevado al clérigo a tierra, Justin se vio obligado a corregir su opinión sobre aquel hombre.

El reverendo Samuel Marsden podía ser hipócrita, pero no cabía duda de que era valiente y de que era dueño de un extraño poder, casi místico, sobre su belicoso rebaño.

Los de Whangaroa lo habían recibido con alegría.

Sus gritos de «¡Te Matenga!» resonaban de punta a punta de la playa.

Agrupados muy cerca, en una colina baja, los amenazadores guerreros de Hinaki esperaban con las lanzas clavadas en el suelo, una lanza delante de cada guerrero.

Entonces, tras una breve vacilación, hicieron suyo el grito y bajaron corriendo a unirse a la multitud que se arremolinaba.

Marsden durmió ahí, en una de las cabañas de los misioneros.

No le importó lo que estos le advirtieron: que, durante los dos últimos meses, habían estado en alerta, día y noche, con la barca siempre a flote y los remos y las velas preparados para una huida instantánea, por si se producía el esperado ataque.

Según él mismo admitió después, había dormido a pierna suelta.

En ese momento estaba celebrando un servicio cristiano para las tres tribus, para todo el que quisiera asistir.

Un misionero llamado Kendall lo interpretaba en voz baja, lo que contrastaba de modo extraño con las apasionadas y, a veces, estruendosas palabras de Marsden.

Los fieles se ponían de pie o se sentaban en los pasajes apropiados del servicio matutino y el jefe Korokoro dirigía sus movimientos con una vara flexible, a modo de batuta.

Los tres jefes vestían viejos uniformes militares que habían recibido como regalo en una de las visitas anteriores del Active.

Llevaban sombreros de plumas y portaban espadas británicas.

Era un espectáculo extraordinario. El capitán Jeffrey, a quien la mera curiosidad había atraído a tierra, estaba de pie con la mandíbula caída y una ridícula expresión de perplejidad en su redondo y sudoroso rostro.

—Es increíble, señor Broome —murmuró a Justin—, no lo habría creído si no lo estuviera viendo con mis propios ojos. —Miró a su alrededor y negó con la cabeza.— Y, según me dijo usted, esta es la misma playa, ¿no es así?, en la que la gente del Boyd fue masacrada y… canibalizada.

—Así es, señor —confirmó Justin, que disfrutaba en su fuero interno del desconcierto de su comandante—. Los huesos quedaron esparcidos por toda la arena, hasta que el señor King y el capitán Hansen, el comandante del A ctive, s eñor, les dieron cristiana sepultura.

—El señor Marsden es un hombre notable —dijo Jeffrey—, ¡notable de verdad!

Confieso que esperaba estar cargando a los misioneros, sus esposas e hijos a bordo del Kangaroo a las pocas horas de haber echado el ancla en la bahía; y con el uso de la fuerza, además, pero ¡por Dios!

¿Y esto…? Diantre, están cantando el Old hundredth, ¿verdad? ¡Y de pie!

—Eso me parece, señor.

—Tal vez debería haber hecho una…, eee…, una aparición oficial en el servicio —añadió el capitán, aunque entre dudas—; pero usted no lo sugirió, y ahora es demasiado tarde.

—Creo que no hubiera sido prudente, señor —objetó Justin—. El señor Marsden no quería ofrecer ninguna exhibición de fuerza, y me parece que ha demostrado que tenía razón. Los maoríes se habrían dado cuenta de que nuestros cañones estaban apuntando a la costa y…

—Era una precaución necesaria —interrumpió Jeffrey, irritado—, dadas las circunstancias, señor Broome. Sin embargo, ya que dicha precaución no parece necesaria, lleve mi lancha de vuelta al barco y asegure los cañones. Iré a conocer a los jefes maoríes en cuanto termine el servicio.

—Sí, sí, señor —asintió Justin—. ¿Irá usted solo, señor?

El capitán Jeffrey vaciló con el ceño fruncido; sin embargo, cuando las palabras del conocido salmo se apagaron en un silencio momentáneo, aprovechó para echar un vistazo a su lancha, que lo esperaba.

El joven voluntario, Harris, estaba sentado en la popa, atento a cualquier señal de que pudieran necesitarlo. La expresión del capitán se relajó.

—Me llevaré al joven Harris. Puede ser útil, no lo dudo. Dígale que traiga mi pistola de la lancha y… preséntese aquí para sacarme en un par de horas, señor Broome.

Justin obedeció la orden. Cuando se dirigía al barco anclado, oyó un fuerte alboroto en la orilla, y, al mirar hacia atrás, vio que los guerreros maoríes, terminado el servicio religioso y liberados del decoro que este imponía, estaban inmersos en una salvaje danza de guerra ejecutada con muchos gritos y choque de lanzas.

Era de esperar que, ante el repentino cambio de humor de los conversos, el capitán Jeffrey mostrara la misma tolerancia que Marsden y sus misioneros.

Eso cavilaba mientras observaba cómo un negro enorme, vestido con la escarlata del rey, saltaba entre su gente blandiendo la espada.

Los gritos de «¡Te Matenga!» eran más débiles, ahogados bajo el pesado golpeteo de pies de los bailarines y el profundo sonido de su canto.

—Parece que todo está muy animado en tierra —observó el teniente Meredith cuando Justin se reunió con él en el alcázar del Kangaroo— . ¿Qué hacen ahora, por el amor de Dios?

—Han alabado al Señor a la manera cristiana —le dijo Justin, sonriendo— y ahora lo hacen a su propia manera. Pero no hay motivo para alarmarse: el capitán se ha quedado en tierra y quiere que aseguremos los cañones y retiremos las tripulaciones. Ocúpese de eso, por favor.

—Sí, sí —acató Meredith. Como solía hacer, omitió el habitual «señor». Dio la orden y luego preguntó, un poco ansioso, cuánto tiempo pensaba el capitán permanecer en tierra.

—Debo recogerlo dentro de dos horas, a menos que usted quiera que le delegue el honor.

La sonrisa de Justin se hizo más grande cuando Meredith negó con un enérgico movimiento de cabeza.

—No, gracias, señor Broome. Con esto me basta. En cualquier caso, salgo de guardia dentro de una hora y me gustaría dormir una siesta.

—Y eso es lo que yo pretendo hacer ahora. Deje dicho que me llamen a las dos campanadas de la guardia del señor Crabbe, por favor.

Justin bajó. Había hecho la guardia intermedia y abordado la primera lancha a las seis, para ir a tierra. Se quedó dormido a los pocos minutos de haber entrado en su camarote.

La paz le duró poco. Una mano lo sacudió hasta despertarlo.

Abrió los ojos con dificultad y encontró al capitán, Silas Crabbe, inclinado sobre él.

Detrás de la encorvada espalda del hombre, alcanzó a ver el rostro blanco y asustado del guardiamarina Harris.

Justin se incorporó y bajó los pies, alarmado al instante.

—¿Qué ocurre? —les preguntó—, ¿el capitán está en apuros?

Harris asintió con un gesto calamitoso. El viejo piloto dijo: —Dejaré que el muchacho le cuente lo sucedido, señor Broome. Su barco estará tripulado y listo en cuanto usted suba a cubierta. Uno de los misioneros, el de apellido Kendall, lo está esperando. Me ha dicho que él lo ayudará.

Justin empezó a ponerse la camisa y los pantalones.