Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

—¡Ah! —La interrupción fue categórica. Vinieron luego un ceño de perplejidad y otro de enfadado.

— Ya me había parecido una mésalliance. Usted me ha dicho que era pariente del dueño del Kelso , en tanto que el tipo que me quiso convencer de que usted era su esposa es…

un marinero común, ¿no? Un caballero, en todo caso, apenas, pero…

—El mayor no esperó la respuesta de Lucy.

Se puso en pie, fue a la puerta y ladró una orden a alguien.

Cuando regresó a su asiento detrás del escritorio, sonreía.

Todo rastro de ira había desaparecido de su rostro bronceado y apuesto.

— ¿Por qué este tipo…? Burdock se apellida, ¿no es así?

¿Por qué Burdock ha intentado mentirme a mí y al buen doctor?

¿Es un convicto?, ¿un fugitivo? ¿Ha supuesto que usted lo protegería?

—Su expresión se suavizó. Extendió una mano para coger la de Lucy por encima del escritorio.

— ¿Será, querida señora Cahill, que usted se siente en deuda con él por el servicio que le ha prestado?

—Eee… Sí, sí, señor. —Era la verdad. Lucy la admitió en un susurro mientras esquivaba la atenta y escrutadora mirada azul.

Los dedos del mayor apretaron los suyos y la hicieron sentir un pequeño estremecimiento.

Ella no le deseaba ningún mal a Jonas; ¿cómo podía desearle un mal después de todo lo que había hecho?

Pero tampoco estaba dispuesta a encubrir sus mentiras—.

Me salvó la vida —dijo, y se armó de valor para levantar la mirada—.

Además, trajo el barco pesquero de vuelta a donde yo estaba, mayor Van Buren.

Estoy en deuda con él, solo que… —No podía continuar, las lágrimas la ahogaban.

—No se angustie, se lo ruego. —Él se puso en pie y fue al lado de Lucy, sin soltarle la mano—. Resolveremos el asunto con justicia. ¿Es un convicto fugado? Puede decírmelo en confianza.

Lucy negó con la cabeza. Seguía conteniendo las lágrimas.

—No, era primer oficial del Kelso. Él…

Un golpe en la puerta la interrumpió. Dos soldados traían a Jonas, medio a rastras. El mayor Van Buren les pidió que lo mantuvieran a distancia.

Lucy vio que la fiebre le había hecho mucho daño. Tenía las mejillas rojas y hundidas bajo la espesa barba incipiente. Sus ojos estaban inyectados en sangre y todo su cuerpo vibraba en violentos temblores. Cuando el comandante holandés lo desafió con dureza, ella sintió una punzada de lástima.

—Esta dama no es su esposa, ¿verdad, Burdock? Me ha mentido, ¿verdad?

Si el hombre hubiera retirado la indignante afirmación, ella no habría hecho nada más, pero, Jonas, desafiante, insistió en que eran esposos. Lucy se volvió contra él, furiosa.

—¡Di la verdad, Jonas, por tu propio bien, si no por el mío! No puedo protegerte si no lo haces. Si…

—¿Protegerme? —replicó Jonas con amargura—. ¿Protegerme de qué? En nombre de Dios, ¿qué crimen he cometido?

Sus palabras y su obstinación ofrecían, a la vez, una excusa y un medio para dejarlo en evidencia.

Y ella se sentía obligada a desacreditarlo, o el interés del mayor Van Buren por ella se desvanecería.

Lucy era consciente de que no debía existir la menor sospecha de que estuviera relacionada con un…

, ¿cómo había dicho el mayor?, con un vulgar marinero.

En un alarde de emoción, dejó caer la cabeza sobre sus manos extendidas y, con la voz apagada por los sollozos, susurró la acusación condenatoria.

—Este hombre es un ladrón, mayor Van Buren. Me robó mis joyas. Las lleva encima, en una caja forrada en terciopelo. Sus soldados la encontrarán si lo registran.

El comandante dio una orden. La caja apareció pronto y uno de los soldados la depositó sobre el escritorio. Mientras Van Buren contemplaba su contenido, sus ojos se abrían de par en par.

—Todo quedó explicado —dijo él—. No tiene que preocuparse más, señora Cahill. —Cerró la caja con cuidado y la puso en manos de Lucy.— Haré los arreglos necesarios para que la trasladen de aquí a un alojamiento más cómodo.

Hizo una seña con la cabeza a los soldados. Estos agarraron con brusquedad a su prisionero y empezaron a sacarlo de la habitación.

En la puerta, Jonas se las ingenió para soltarse. Con el rostro devastado y cargado de desprecio, se volvió y escupió en el suelo a los pies de Lucy.

—Espero —graznó con rencor— que su conciencia la deje vivir, señora Cahill. Aunque fuera la última mujer viva en la tierra, no me casaría con usted. ¡Por Dios que no!

Los soldados se lo llevaron. Cuando la puerta del consultorio se cerró, el recinto quedó en un silencio que solo rompían los sollozos de Lucy.

El mayor Van Buren se acercó para levantarla con un dulce toque.

Venga —la invitó—, la llevaré a mi casa, señora Cahill. No tiene nada más que temer de ese bribón.

—¿Qué será de él? —preguntó Lucy con voz trémula—. Por favor, él me salvó la vida, no quiero que lo castiguen.

—El buen Dios lo está castigando —le dijo Van Buren antes de sonreír—. El doctor Reisner dice que él y sus compañeros estarán muertos en veinticuatro horas.

Le ofreció el brazo. Tras un momento de vacilación, Lucy se lo cogió. Sintió los fuertes dedos del hombre cerrarse, una vez más, en torno a los suyos.