Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 11 #3
82%

Capítulo 11 #3

Esos preparativos se llevaron un tiempo considerable.

Jonas no tomó parte en la discusión; parecía aniquilado y dormía haciendo mucho ruido, con la respiración entrecortada y el poderoso cuerpo tumbado, flácido e inmóvil sobre la cubierta sucia.

No protestó cuando un grupo de camilleros nativos lo recogió para subirlo a un carro de bueyes que esperaba en el muelle.

En el mismo carro arrojaron sin ceremonias a los demás enfermos.

A Lucy, sin embargo, y para su gran alivio, le trajeron una silla con dosel.

A hombros de dos porteadores nativos, la condujeron pronto y con razonable comodidad a un edificio largo y bajo situado en lo alto de una colina, a un cuarto de milla del puerto, donde pusieron a su disposición un espacioso dormitorio.

Los criados le trajeron agua para lavarse y una comida ligera, y la dejaron a su aire.

También le dieron una campanilla de latón y, a señas, le dijeron que la tocara si necesitaba algo.

Volvió a dormir. A la mañana siguiente ya había perdido el mareo y las náuseas que la tuvieron atormentada en el barco pesquero.

Incluso pudo disfrutar de un abundante desayuno.

El vestido manchado que traía puesto se la trajeron de vuelta lavado y bien planchado.

Luego, una sirvienta la ayudó a bañarse, a peinarse y a trenzarse el pelo.

Por fin, libre de los pegajosos residuos de sal, una rápida inspección en el espejo le mostró que, para su infinito alivio, una vez más parecía una dama.

«Una dama», se dijo Lucy. De ningún modo, nadie, ni siquiera un comandante holandés con la cabeza de palo, sería tan temerario como para suponer que era la esposa de Jonas Burdock.

Tampoco creerían que Jonas, reclamara lo que reclamara, podía ser el legítimo propietario de una caja de piedras preciosas que valía el rescate de un rey o de una rani india.

Esperó la llegada del comandante con creciente impaciencia.

Sin embargo, su primer visitante fue un médico, un hombrecillo delgado y barbudo cuyo inglés no era mucho mejor que el del empleado de la noche anterior.

Era servicial y concienzudo, eso sí, y de modales corteses.

Su examen, si bien hecho con delicadeza, fue bastante superficial.

—Ya está casi bien —le dijo—, y pronto estará muy bien, madame, como si…, ¿cómo se dice en inglés?, como si nunca le hubiera pasado nada malo. Muy afortunada. No como los pobres marineros con usted. Dos de ellos muy enfermos. Uno creo que morirá.

El corazón de Lucy dio un vuelco. ¿Cuál de ellos moriría, se preguntó? En caso de que fuera Jonas, ya no tendría nada más que temer, siempre que pudiera recuperar la caja de piedras preciosas.

Intentó interrogar al médico, pero no consiguió hacerlo comprender.

Su ruego de que se le diera permiso de visitar a los enfermos se encontró con una negativa horrorizada.

Estaban en cuarentena y debían ser aislados.

El pabellón donde los habían internado no era un lugar adecuado para que una dama de su calidad lo visitara.

— Le comandante, mayor Jos Van Buren, vendrá pronto. A él, madame, hará una solicitud, ¿sí? —El pequeño doctor hizo una cortés inclinación y, tras dejarle un brebaje y unas pastillas, se marchó.

Aquella noche, el mayor Van Buren hizo su tardía aparición, cuando Lucy ya empezaba a creer, desesperada, que jamás lo vería.

La condujo a su presencia uno de los sirvientes del hospital.

De pronto, se encontró frente a uno de los hombres más apuestos que había visto en su vida.

Era alto y rubio y tenía unos treinta y tres o treinta y cuatro años.

Lejos de ser el oficial de cabeza dura que ella esperaba, era impecable, tanto sus modales como en su inglés.

Él la saludó con un beso en la mano. Enseguida le acercó una silla de mimbre y la ayudó a sentarse. Lucy, que podía percibir admiración en los inteligentes ojos azules del mayor, al instante se sintió atraída.

—¡Así que el viejo doctor Reisner tenía razón! —exclamó—. ¡Es usted verdaderamente hermosa, madame ! Estoy encantado y honrado de conocerla.

Un poco desconcertada por tan franco homenaje, Lucy se sonrojó y respondió al cumplido con un gesto de timidez.

Él le preguntó sobre el naufragio y se quedó escuchando atento la descripción de las últimas horas del Kelso.

Al final, cuando ella narró el rescate, Van Buren expresó su beneplácito por el milagro que le había salvado la vida.

—El buen Dios velaba por usted, querida jovencita, y tenemos la suerte de que la haya traído aquí ilesa.

Vemos pocas mujeres blancas hermosas en Kupang…

De hecho, ni siquiera en estas islas apestadas donde, por mis pecados, me veo obligado a servir.

Pero haremos todo lo posible para que su estancia aquí sea cómoda y agradable.

Mi casa está a su disposición hasta que pueda continuar su viaje al puerto Jackson.

Su marido también, por supuesto, cuando se haya recuperado y nuestros médicos lo hayan declarado libre de infecciones.

Lucy perdió el color. Así que Jonas había cumplido su amenaza, pensó con amargura. Por muy enfermo que estuviera, había afirmado ser su marido. Exhaló con fuerza.

—No tengo marido, mayor Van Buren. Me llamo Lucy Cahill y soy viuda. Yo…