Capítulo 11 #2
Lucy la abrió con las manos temblorosas.
Cuando vio el contenido, emitió un grito ahogado, mezcla de placer y asombro.
Las piedras eran rubíes, esmeraldas y amatistas de un tamaño y una belleza tan resplandeciente que la dejaron sin aliento.
El agua de mar no había atenuado su brillo.
Ella solo podía adivinar su valor. A excepción de un collar de rubíes y dos anillos de plata ornamentados, las gemas no estaban engarzadas, pero todas habían sido cortadas y preparadas para el engarce con notable habilidad.
No recordaba haber visto a Frances llevar nunca el collar ni los anillos.
La mujer había poseído todas estas magníficas piedras preciosas y nunca las había convertido en joyas para su propio adorno.
Recuperado el aliento, dijo:
—Deben valer el rescate de un rey.
—Sí, o el de una reina. El de una reina india, señora Cahill —El tono de Jonas era seco.
— Para decirlo con más precisión, de una rani.
—Con un dedo índice romo trazó unas descoloridas letras doradas escritas en relieve en la cara interior de la tapa.
— En mis viajes he aprendido un poco de hindú, además de holandés.
Por lo que sé, esta caja perteneció a la rani de Anraj.
Esta letra es álif, mire, luego nun, un espacio en blanco y álif otra vez.
La última es su letra jota, que no recuerdo cómo la llaman.
Así escriben los musulmanes, y Anraj es un estado musulmán en la frontera de Bengala.
—Se enjugó la frente empapada de sudor con el dorso de la mano y añadió con voz plana—: Lo sé porque el señor Jasper Spence me dijo que él fue residente de la honorable compañía allí antes de dejar el servicio y marcharse a Sídney.
—Pero, si él le regaló a la señora Spence estas… magníficas gemas, ¿por qué ella las mantenía escondidas? —preguntó Lucy—. Pudo haberlas mandado a engarzar. En Calcuta hay cientos de orfebres y joyeros expertos. Y ella iba allí con regularidad.
—Puedo aventurar una conjetura, señora Cahill. ¿Y usted?
—No —respondió Lucy—, no puedo.
Sentía un extraño mareo. Era incapaz de razonar bien, pero…
Recordaba haber oído hablar de algún escándalo relacionado con Jasper Spence.
El hombre había dejado de trabajar para la Compañía de las Indias Orientales bajo un velo misterioso.
Eso podría explicar por qué Frances mantenía las piedras ocultas en una caja y no las había usado ni vendido; ni siquiera había hablado nunca de ellas.
La mujer tenía un estricto código de honor y…
Jonas alargó la mano para coger la caja.
—Será mejor que me deje cuidarlas.
Colérica, Lucy las aferró contra sí.
—¡No son suyas! No tiene derecho a ellas, Jonas.
—¿No lo tengo? —La sonrisa del marino era tensa. —Yo las encontré, señora Cahill. No tenía ninguna obligación de enseñárselas, ¿verdad? Podría haber mantenido mi bocaza cerrada y usted nunca habría sabido de su existencia.
Lucy se vio obligada a reconocer que tenía razón. Desvanecido el enfado, le entregó la caja.
—¿Dónde las encontró? —quiso saber.
Jonas la miró con semblante serio.
—En el cuerpo de la señora Spence, si quiere saber la verdad. No fui a buscarlas, si eso es lo que usted está pensando. —Se metió la preciosa caja en el bolsillo del pantalón, pero no intentó irse de ahí, como Lucy había esperado.— Creo que tenemos que hablar con mucha seriedad, señora Cahill.
—¿Hablar?
De repente, sin ninguna razón que pudiera explicar, Lucy sintió miedo. Durante el viaje había visto a Jonas con bastante frecuencia, era cierto, pero sabía muy poco de él; solo que era hijo del viejo Jed Burdock y que llevaba cinco o seis años trabajando para Jasper Spence.
Estudiándolo a escondidas, lo había encontrado atractivo de una manera ruda y masculina, pero sus modales eran toscos, y su forma de hablar, inculta.
Había en él un aire extraño, casi amenazador, que le resultaba desconcertante.
Desde luego, le debía mucho: la vida, y dos veces, tal vez, pues habría muerto de haberse quedado abandonada en la playa desierta por más tiempo, sin comida ni agua y sin otra compañía que la de los muertos.
Jonas había vuelto a por ella, pero…
—¿De qué? —preguntó con voz débil. Deseaba que en su cabeza cesaran las dolorosas palpitaciones—. ¿De qué tenemos que hablar?
—De mucho, diría yo. De ti y de mí, para empezar.
—¿De mí y de ti?
—Sí. Tendremos que estar juntos cuando lleguemos a Kupang. Todo será más fácil si les decimos a las autoridades holandesas que eres mi esposa.
—Los otros hombres saben que no lo soy —objetó Lucy—. Los de abajo.
Jonas desechó su objeción.
—Si yo se lo ordeno, mantendrán la boca cerrada.
Sus ojos febriles miraban a la chica con la inconfundible luz de la lujuria. Ella tomó distancia, repelida por su tosquedad y falta de delicadeza. Él continuó con voz suave: —Siempre me gustaste, desde el momento en que abordaste el Kelso. Lo sabías, ¿no es así?, ¿a pesar de tu altanería?
Lucy no dijo nada. Entonces él cambió de tono a uno de negociador: —Con las piedras de la caja de la señora Spence, no nos faltará dinero.
Kupang no es más que un puesto asolado por la fiebre, con una pequeña guarnición.
Pero iré a Batavia, venderé algunos de esos rubíes y compraré un barco de altamar.
Navegaremos a la China, recogeremos un cargamento de té y sedas y volveremos a Sídney con la fortuna hecha.
—Harán preguntas —dijo Lucy. Intentó incorporarse. Se sentía consternada por su propia debilidad y el esfuerzo que le suponía enderezarse.
Jonas extendió un brazo para sostenerla.
—Sí —concedió—, pero tendremos respuestas.
—Con el pretexto de cubrirle los hombros con la manta, deslizó la otra mano por debajo y le cogió uno de los senos.
La estrechó contra él, apoyó en su rostro la mejilla barbuda y le acarició el pezón.
— Podría darte un par de respuestas ahora mismo —se jactó en voz baja—, solo que no tengo más fuerza que un gatito, además de que el viejo Ong nos está vigilando.
Pero espera a que lleguemos a tierra y me quite esta pestilente fiebre.
Antes de que ella pudiera protestar, él la soltó y se sentó en cuclillas. Se quedó mirándola con una sonrisa complaciente. Lucy controló el impulso de abofetearlo. En su lugar, dijo con su voz más fría: —Ten la amabilidad de dejarme en paz. Estoy demasiado cansada para seguir hablando.
Jonas se levantó de mala gana.
—Está bien, señora Cahill… Lucy. Pero ¿recordarás lo que te acabo de decir?
Mañana a estas horas estaremos en Kupang.
Los holandeses son muy avariciosos. Esperarán que les paguemos por cualquier hospitalidad que nos ofrezcan y…
—Se palpó el bolsillo del pantalón.— Yo tengo la sartén por el mango y no pienso soltarla .
Lucy durmió mal. Su sueño se vio perturbado por escenas horribles.
Estaba de vuelta en Yarramundie, sufriendo de nuevo la pesadilla de la incursión de los bushrangers, que tan cerca había estado de pagar con su cordura.
Pero ahora el rostro de su verdugo no era el de Ben Croaker, sino el de Jonas Burdock.
Se despertó con la llegada de la luz del día y el terror de los recuerdos aún no se apartaba de ella.
Hassim Ong le trajo más agua de coco, pero Lucy fue incapaz de digerirla.
Algo peor fue la grasienta mezcla de pescado y arroz que el hombre le ofreció un poco más tarde.
El viejo y sabio pescador le indicó por señas que tratara de dormir.
Lucy temía que volvieran las pesadillas, así que luchó contra la fatiga hasta que, por fin, se sumió en un pozo profundo y sin sueños. Despertó descansada y fresca.
El pesquero tenía tierra a la vista. Mientras ella se incorporaba para observar el avance, se dio cuenta de que se estaban acercando a Kupang.
Un pequeño bosque de mástiles y edificios de tejados rojos indicaba la ubicación de la ciudad.
Mientras Hassim Ong maniobraba el timón, Lucy vislumbró lo que solo podía ser un fuerte militar erguido sobre un promontorio.
Hacia ese punto se dirigían, pero el viento era inestable, y la embarcación, perezosa.
Antes de llegar a la altura del fuerte holandés, ya estaba anocheciendo.
Transcurrido el breve crepúsculo tropical, de la ciudad dejó de verse otra cosa que unas pocas luces parpadeantes que, como luciérnagas, destellaban detrás de los árboles.
Tan pronto como atracó en el muelle, Hassim Ong envió a uno de sus tripulantes a tierra para informar a las autoridades holandesas del número y nacionalidad de sus pasajeros.
Jonas subió a cubierta tambaleándose. A la tenue luz de la linterna de Ong, su aspecto era el de una pálida sombra de sí mismo.
Se acuclilló al lado de Lucy.
—La fiebre —jadeó—. Me está quemando, ¡maldita sea!
—Ella se apartó por instinto y él la miró con resentimiento, pero no intentó seguirla.
A través del espacio que los separaba, arrojó una prenda arrugada e incrustada de sal.
Lucy la reconoció como un vestido que una vez había pertenecido a Frances.
— Será mejor que tengamos un aspecto respetable —dijo— o los holandeses empezarán a preguntarse si no seremos convictos fugados.
Y no olvides que, cuando empiecen a hacer preguntas…
, eres mi esposa. Eres la señora de Jonas Burdock.
Pero los holandeses no les hicieron preguntas.
Después de una larga discusión con Hassim Ong, uno de los hombres explicó, en un inglés entrecortado, que era empleado del gobierno.
Al parecer, el gobernador estaba en Batavia; su segundo era el comandante militar y vendría a visitar a los náufragos al día siguiente.
El empleado añadió que, mientras tanto, los llevarían al hospital y los mantendrían aislados hasta que las autoridades médicas del puerto les dieran el alta.
Los preparativos para su traslado ya estaban en marcha.