Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 11
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Capítulo 11

Lucy Cahill se meneó con inquietud y abrió los ojos, solo para verse obligada a cerrarlos de nuevo ante el feroz resplandor del sol.

Una breve mirada y el leve movimiento que alcanzaba a percibir le bastaron para saber que se encontraba en la cubierta de un barco, pero no podía saber qué barco era ni adónde se dirigía.

Pero no era el Kelso , de eso estaba segura.

Tenía vívidos recuerdos del final del Kelso, de la violenta tormenta tropical que, tras incontables horas de lucha, había llevado al indianés hasta un escarpado arrecife de coral.

Ahí, el viento y la mar lo habían golpeado hasta hacerlo pedazos.

Los gritos y llantos de la fatídica tripulación aún estaban grabados en su memoria.

Y también el estruendo de los mástiles y las vergas que se desplomaban, así como los terribles ruidos de desgarrones cuando el casco del barco era arrojado, una y otra vez, contra los afilados e invisibles dientes del coral.

La mar entraba a raudales a través de las grandes grietas del entablado.

Casi fuera de sí por el terror, había permanecido en su litera hasta que el suelo de su camarote estuvo lleno de agua. Frances Spence la había medio cargado, medio arrastrado hasta la cubierta superior. Luego le había dado un trozo de cuerda y le había ordenado que se atara al tocón de un mástil.

Y eso, recordó Lucy desconsolada, había sido lo último que había visto de Frances: un mero atisbo, a través de la implacable lluvia, de una esbelta figura que se abría paso por la cubierta inclinada.

Lucy supuso que había ido a buscar a su marido.

Poco después de la salida de Batavia, Jasper Spence había caído enfermo de fiebre.

También él estaba en su camarote de abajo.

Que Lucy supiera, ninguno de los dos había vuelto a aparecer. Recuperó el aliento entre sollozos.

Le debía la vida a Frances y al oficial Jonas Burdock.

Cuando se hizo de día, ese hombre la obligó, entre gritos y forcejeos, a saltar por la borda y nadar con él.

Ocho o nueve tripulantes llegaron a la playa; tres de ellos, heridos.

Los que podían caminar se fueron con Jonas en busca de viviendas y ayuda, pero no habían regresado.

Lucy se quedó esperando; esperando y rezando, pero había terminado por perder la esperanza, ya que, uno tras otro, los heridos habían fallecido.

Ella también esperaba morir, recordó, y, una vez más, abrió los ojos en busca de pruebas de que esa primera impresión de que estaba a bordo de un barco no era falsa…

ni producto de su febril imaginación. Pero no estaba soñando.

Contra el fondo de un cielo azul despejado, colgaba una vela, tensa, llena de viento.

Era una vela latina, una sucia lona. Parecía la de un pesquero o un pequeño mercante de cabotaje, y no la de todo un barco, como había sido el Kelso .

La cubierta estaba sucia y olía a pescado.

Quiso incorporarse, pero, cuando la áspera manta que la cubría se deslizó a un lado, se dio cuenta de estaba prácticamente desnuda.

Llevaba solo unos jirones. En un instante, con el temor de que alguien pudiera estar observándola, volvió a tumbarse y a cubrirse con la manta.

Alguien debió de haber notado su leve movimiento, porque unos pies descalzos cruzaron la cubierta.

Un hombre moreno vino a arrodillarse junto a ella.

Le dijo algo en un idioma que Lucy no pudo comprender, pero hablaba con suavidad.

Tranquilizada, ella se levantó sobre un codo, con la manta bien envuelta alrededor de los hombros.

—¿Quién es usted? —preguntó con un hilo de voz.

El hombre sonrió y negó con la cabeza. Después de estudiar por un momento el rostro de la joven, se levantó de un salto y se marchó. Regresó con una cáscara de coco hueca y se la acercó a los labios.

Lucy bebió agradecida. Tenía los labios secos y agrietados, de modo que el contacto con el borde de la cáscara le resultaba muy doloroso. Pero el líquido era fresco y reconfortante para su garganta reseca. Después de beber, pudo sonreír a su salvador en señal de agradecimiento.

Él, complacido, le devolvió la sonrisa y, con una delgada mano morena, le acarició el hombro cubierto por la manta.

Luego se volvió a gritar algo en su propio idioma.

Como antes, las palabras resultaron incomprensibles para Lucy, pero la llamada atrajo a otros dos hombres de piel morena.

Los tres se quedaron mirándola con amistosa solicitud.

Entonces, desde abajo, emergieron las rocosas facciones de Jonas Burdock.

El hombre subió a cubierta y se acercó a Lucy poco a poco.

Ella pudo advertir que estaba muy enfermo: tenía la piel ampollada y quemada por el sol casi hasta la negritud, los ojos hundidos y apagados y las mejillas enrojecidas.

—Fiebre —le dijo, y se agachó junto a ella, en cuclillas sobre la cubierta, como si no pudiera mantenerse erguido—.

Los otros siguen abajo y están peor que yo.

Señaló la escotilla de la que había salido.

—No hay mucho espacio ahí, y por eso la hemos dejado en este lugar.

El capitán dijo que sería lo mejor para usted.

Me alegra ver que se está recuperando, señora Cahill.

—Gracias, Jonas —reconoció Lucy.

Nunca le había caído bien ese corpulento oficial ni se había dirigido a él de igual a igual hasta la noche del naufragio.

Jonas Burdock era hijo de un viejo comerciante fluvial que, en un antiguo queche, el Fanny, transportaba correo y provisiones a los asentamientos del Hawkesbury.

Aunque el muchacho no tenía linaje de convicto, su posición social no era mucho mejor que la de aquellos que sí lo tenían.

Pero era evidente, pensó Lucy, que estaba en deuda con él y que le correspondía tratarlo con deferencia.

—Dígame —se las arregló para susurrar—, ¿usted pidió ayuda a estos pescadores?

—Sí —confirmó Jonas—. Nos llevó tres días llegar a su aldea y otros dos persuadir a Hassim Ong para que nos llevara de vuelta adonde había naufragado el Kelso. No sabía si la encontraría viva o muerta, señora Cahill, pero consideré que debía asegurarme.

—Los hombres con los que yo estaba, los que resultaron heridos, han muerto, ¿verdad?

Él asintió con las cejas fruncidas.

—Sí, los tres: muertos sin remedio. Y había más cadáveres en la playa. Ong y sus compañeros me ayudaron a enterrarlos.

—¿Quiénes eran? —preguntó Lucy con temor.

El oficial evitó su mirada.

—La mar ya había hecho con ellos su voluntad, y el sol, otro poco, así que no podría decírselo con certeza, pero… A la señora Spence y el capitán Oliver los enterré yo mismo. Los otros… bueno, usted no reconocería sus nombres, señora Cahill.

—No —concedió Lucy.

La cabeza le palpitaba con un dolor despiadado. A pesar de la calmosa agua iluminada por el sol, un mareo enfermizo la estaba invadiendo. Jonas Burdock percibió su angustia y se dirigió al hombre de piel oscura que le había traído el agua de coco. Este recogió la cáscara vacía y fue a rellenarla.

—¿Hablas su idioma? —preguntó Lucy, sorprendida.

—Oh, sí. En los viajes de regreso, solíamos hacer escala en Batavia y Kupang, sobre todo.

Aprendí un poco de holandés. Los nativos no lo hablan, pero uno puede darse a entender todo lo que quiera.

—El capitán nativo regresó con la cáscara de coco rebosante y Jonas la cogió.

Rodeó los hombros de Lucy con el brazo, le levantó la cabeza y le acercó la cáscara a los labios con mucho cuidado. — No se pase —le advirtió— o enfermará.

En sus hombros desnudos, Lucy sintió el calor del brazo. Recordó lo que Jonas acababa de decirle: tanto él como los hombres de abajo tenían fiebre. Apartó la cáscara de coco.

—Acábeselo —lo invitó—, he tenido suficiente por el momento.

Mientras él la veía beber sediento, Lucy le preguntó: —Jonas, ¿adónde nos llevan? ¿Lo sabe?

—A Kupang, señora Cahill. Creo que llegaremos mañana, en algún momento.

Tal vez por la tarde. —La miró inseguro, vacilante—: No quiero preocuparla ahora que está débil y apenas consciente, pero tendremos que pagarles.

He tenido que prometerle a Hassim Ong que lo recompensaríamos.

Habrá perdido más de una semana de pesca.

Lucy lo miró consternada. No había rescatado nada del naufragio. Sus únicas posesiones eran la ropa hecha jirones que llevaba. Incluso sus pies estaban descalzos.

—¿No tenía el señor Spence… ¿Cómo se llaman?, ¿cartas de crédito, créditos comerciales?

—Puede que los tuviera, pero se habrán hundido con el barco.

—El joven oficial vaciló otra vez, y luego, como si hubiera tomado una decisión, prosiguió—: Nadé hasta los restos del naufragio para ver si había algo que se pudiera salvar, pero había muy poco.

Encontré esto. —Del bolsillo de sus harapientos pantalones sacó una pequeña caja forrada de terciopelo.

Se la tendió a Lucy para que la examinara.

Estaba muy maltratada, con la cerradura rota, pero Lucy la reconoció enseguida.

La había visto en el camarote de Frances Spence, aunque no tenía ni idea de su contenido.

Supuso entonces que se trataba de un joyero de una elegancia mayor que la habitual.

Frances rara vez llevaba joyas, era cierto, pero… Extendió la mano para cogerlo.

—Tenga cuidado al abrirlo —la previno Jonas—. Que no la vea ninguno de los hombres de Hassim. —Se movió para ocultar la caja con su cuerpo y le pidió a Lucy que la abriera.— Una sola de estas piedras saldará nuestra deuda, y se considerarán afortunados.

—¿Piedras? —repitió Lucy, sin haber asimilado lo que acababan de decirle.

Él volvió a aconsejarle:

—Tenga cuidado, señora Cahill. Son piedras sueltas y la caja está gastada.