Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

—En efecto —convino Rick sin énfasis. Se detuvo y miró el cielo iluminado por el sol—.

El día aún es joven. Iré a visitar al abogado Crossley y a ocuparme de mi parte de nuestro acuerdo de colaboración.

Desde hoy estoy fuera de la Marina Real, según me ha informado mi capitán, y el joven Meredith está encantado con la perspectiva de convertirse en teniente primero interino.

—Hizo un alto y se volvió hacia Justin con una cálida sonrisa.

— Te invitaría a tomar una copa conmigo, amigo Justin, pero tienes asuntos más importantes en la cabeza, lo sé.

A su debido tiempo celebraremos la llegada de tu primogénito, ¿eh?

Los Dawson planean llevar a mi Katie a Upwey para que conozca el modo de vida de los colonos.

Yo estaré en la casa de la calle Pitt, por si me necesitas.

Se separaron y Justin regresó a su propia casa. Ahí se enteró de que el doctor Redfern ya había sido llamado. Sin embargo, pasaron tres angustiosas horas antes de que el otrora médico naval viniera a decirle que era padre de un niño.

—Un vigoroso pequeñín —le aseguró un Redfern todo sonrisas. Desde la habitación contigua llegaba a sus oídos un estridente llanto, como si el bebé quisiera confirmar de ese modo la valoración del médico—. Kate Lamerton lo está preparando para tu inspección.

—¿Y Jessica? —Preguntó Justin, con un nudo en la garganta—. ¿Cómo está Jessica, señor?

—Está cansada, Justin, porque ha sido un parto difícil, pero pronto volverá a ser la misma de siempre, no te preocupes. Los verás dentro de un rato, a ella y al niño. Mientras tanto, sigamos la tradición naval y festejemos con un trago, ¿qué te parece?

—Por supuesto, señor. He olvidado mis obligaciones.

Bebieron a la salud del nuevo bebé. Luego, Redfern volvió a levantar su copa.

—¡Malditos sean los enemigos del rey, teniente Broome!

, y también los del gobernador, ¿no te parece?

Porque en este momento dan la impresión de estar en plena efervescencia.

—Y, mientras dejaba su vaso, añadió con pesar—: Me he enterado de lo que ha ocurrido hoy en el funeral.

D’Arcy Wentworth me lo ha contado antes de que yo viniera. Es mal asunto, Justin.

—Sí, señor, muy malo. He estado allí.

La aparición de Kate Lamerton, con el pequeño rorro en los brazos y envuelto en una manta, interrumpió su descripción del panegírico del capellán.

—Helo aquí —anunció orgullosa—. Aquí está su hijo, señor Broome. Y la madre lo está esperando. —Puso el pequeño bulto en los brazos de Justin y se apartó, radiante.— Lléveselo, ¿quiere?

Justin, con el corazón henchido, la obedeció.

Jessica estaba tumbada, apoyada en las almohadas. Tenía los ojos cerrados, pero se despertó al instante cuando Justin entró. Tendió los brazos para recibir la carga que le llevaba su esposo.

—Es precioso, ¿verdad? —susurró. Acomodó al pequeño en el hueco de su brazo y sonrió feliz.— ¿Podríamos bautizarlo Murdoch, en honor a mi hermano?

—Claro que sí. —En aquel momento, Justin le habría dado cualquier cosa. Se inclinó para besar la carita sonrojada.— Es un buen nombre y este es un buen chico. Jessica India, eres preciosa y te quiero. Gracias a Dios que todo ha ido bien contigo… Con los dos.

Los párpados de la joven madre se agitaron. Somnolienta, se hizo eco del agradecimiento de su esposo al Creador. Luego volvió a abrir los ojos y le cogió la mano.

—Justin, podrás quedarte en tierra por un tiempo, ¿verdad? ¿El capitán Jeffrey te dará permiso?

—Ya me ha dado el permiso, querida —respondió Justin. No sabía qué más decirle, y entonces, para su alivio, vio que se había quedado dormida.

Marsden, pensó sin piedad, podía irse al diablo.

No le daría el Flinders. Si el tipo necesitaba un barco para evacuar a sus misioneros de Whangaroa, que se dirigiera gorra en mano al gobernador a quien había difamado de un modo tan majadero, a suplicarle por el barco del rey, el Kangaroo.

Con las tribus maoríes empeñadas en pelear y las vidas de los británicos en peligro, era poco probable que el gobernador, siendo el hombre que era, se negara.

Miró a su esposa dormida y a su hijo recién nacido, un pequeño trozo de humanidad de cara enrojecida, y murmuró en voz baja: —No os dejaré a menos que me cojan del pescuezo y me lleven a rastras, ¡os lo prometo! Así que descansad tranquilos.

La orden de presentarse a bordo del Kangaroo le llegó por escrito al mediodía siguiente.

Tras leerla, Justin maldijo de pura rabia.

Le había sido entregada por un guardiamarina y estaba firmada por el capitán Jeffrey.

Lo informaba de que su permiso de ausencia quedaba anulado debido a que, por instrucciones de Su Excelencia el gobernador, el barco debía dirigirse de inmediato a Nueva Zelanda.

«En acatamiento a las órdenes de Su Excelencia —concluía la escueta nota—, y con la seguridad de que usted está familiarizado con estas aguas, estoy requiriendo sus servicios. Nos ayudará en la navegación y desempeñará las funciones de primer teniente.»