Capítulo 10 #3
El doctor no estaba en su residencia. Luego, tras una visita infructuosa al hospital, lo localizó en la calle Clarence, en casa de un paciente, y pudo dejarle un recado.
De allí a la iglesia solo había unos cientos de yardas.
Tranquilizado por el aviso del médico de que no se preocupara y dejara que la naturaleza siguiera su curso, decidió acudir al llamado de Samuel Marsden.
Pensó un tanto resentido que, puesto que sus servicios como oficial del rey no eran requeridos en ese momento, sería mejor considerar cualquier oferta de fletar el Flinders, incluso una del capellán, que no era famoso por su generosidad.
En cualquier caso, si los desafortunados misioneros de Whangaroa habían quedado desprotegidos y corrían el peligro que Cookie sugería, no podía negarse, por pura humanidad, a intentar socorrerlos…
O, de ser necesario, a evacuarlos, aunque la tarea parecía más adecuada para el barco de Su Majestad , el Kangaroo.
Justin exhaló un suspiro de frustración y siguió caminando.
Cuando tuvo la iglesia a la vista, notó que un grupo de personas bien vestidas, los respetables habitantes de Sídney, estaban reunidos ante la puerta.
Reconoció al coronel y a la señora Molle, que en ese momento se apeaban de un carruaje.
Un poco después, un elegante coche con dos bien emparejados caballos grises a ambos lados de la pértiga pasó trotando cerca de él.
El capitán Sanderson iba en el pescante, y el capitán y la señora Jeffrey, en la parte trasera.
Jeffrey llevaba el uniforme de gala, en tanto que su esposa vestía de negro.
Con un sobresalto, Justin se dio cuenta de que debían de estarse reuniendo para el funeral del juez. ¡Qué tontería haberlo olvidado, lo mismo que el grano del Hawkesbury en la bodega de su barco!
Y habría dado media vuelta, consciente de que no tenía sitio entre la creciente multitud de notables, cuando oyó que lo llamaban por su nombre. Vio que Rick Tempest corría a alcanzarlo.
—¡Justin, espera! Te he estado buscando.
Cuando he ido a tu casa, me encontré con que la temible señora Lamerton estaba a cargo.
Es evidente que tu hijo se está preparando para llegar a este malvado mundo…
, aunque no por un buen rato, me ha asegurado ella.
Y me ha dicho que podría encontrarte en la iglesia.
—Hizo una pausa y miró a Justin con cierta extrañeza.
— No tenía ni idea de que estarías entre los dolientes del difunto señor Bent.
—Y no lo estoy —dijo Justin.
Explicó el motivo de su presencia y luego, con contenida amargura, añadió: —¿Has visto a tu capitán esta mañana?
Rick asintió.
—Lo he visto y he hablado con él. Y también sé lo que ha hecho. Por el amor de Dios, Justin, ¡nunca he estado tan enfadado en mi vida! Pero me temo que está en su derecho, ya lo sabes.
—¿Lo está?, ¿cuando ha sido el Almirantazgo quien me nombró para el Kangaroo ?
—Él puede alegar que está a la espera del fallo de Sus Señorías, y ya sabes cuánto tiempo puede pasar.
—Sí, lo sé. —Justin hizo ademán de darse la vuelta, pero Rick lo agarró del brazo.
—Me han ordenado que asista al funeral, aunque no conocía al difunto señor Bent.
Ven conmigo, Justin. Deja que Jeffrey nos vea juntos; eso podría hacerlo reflexionar.
Y, cuando termine el servicio, podrás averiguar qué quiere Marsden.
—Al ver a Justin vacilar, le apretó el brazo con más fuerza.
— ¡Vamos, mi querido amigo!, mira, el gobernador está en camino.
Debemos estar en nuestros lugares antes de que entre en la iglesia o seremos culpables de grave descortesía hacia el representante de Su Majestad.
—Muy bien —aceptó Justin de mala gana.
Entraron en la iglesia y encontraron asiento en el extremo del pasillo. Un ruido de cascos anunció la llegada del gobernador con su escolta y la congregación se puso en pie. Macquarie entró investido de dignidad, acompañado de su esposa y con su séquito en la retaguardia.
Hubo una breve pausa. Luego entró el ataúd, seguido por la viuda del juez que, cubierta con un grueso velo, avanzada apoyada en el brazo del hermano de su difunto marido.
En cuanto la mujer se arrodilló en el banco que le habían asignado, la áspera y pausada voz del reverendo Samuel Marsden comenzó a leer el servicio fúnebre.
No se apartó del texto ni dio excesivo énfasis a ninguna parte de las palabras doctrinales.
Hasta que subió al púlpito y recogió las notas que tenía allí colocadas, la congregación no había intuido que pudiera ocurrir algo extraño.
Justin sabía que la costumbre del párroco era pronunciar un panegírico si el difunto era un notable de la colonia, pero, por lo común, en casos como ese hacía discursos breves.
Marsden, sin embargo, liberado de los confines del Libro de oraciones de la Iglesia Anglicana, dio rienda suelta a su elocuencia.
En tono resonante, declamó las virtudes del difunto: su abnegada labor en el cargo que había desempeñado en los últimos tiempos, su dedicación, devoción y paciencia cristiana ante las grandes adversidades.
A medida que su voz retumbaba de un extremo a otro de la pequeña y abarrotada iglesia, se hizo evidente que sus mordaces palabras iban dirigidas al gobernador.
Dadas las circunstancias, el elogio de Ellis Bent implicaba la condena al gobernante de la colonia.
Un silencio de conmoción dominaba los abarrotados bancos, en tanto que la viuda del juez lloraba con la cabeza gacha entre las manos.
A su lado, empero, el hermano de Ellis Bent, el juez cuyo tribunal había permanecido cerrado a litigantes y transgresores por igual durante casi un año, estaba sentado como un poseso.
Una sonrisa triunfante llenaba su rostro.
Sus ojos brillaban a la luz de la cruzada.
El gobernador, según notó Justin, se removía inquieto en su asiento, con la mirada fija en el techo de la iglesia y oleadas de color en sus mejillas delgadas y bien perfiladas.
Por su parte, Samuel Marsden, abandonado el fondo de su panegírico, lanzaba una extraordinaria diatriba contra los habitantes de la propia colonia.
—¡Qué lamentable depravación impregna cada parte de nuestra sociedad!
No hay pecado, por grave que sea, que no se cometa entre nosotros sin el menor remordimiento.
Aquí, la mentira, el perjurio, el robo, la prostitución, la blasfemia y la embriaguez se practican a diario.
Casi todos los individuos de esta colonia perciben los efectos de la desaprobación de Nuestro Señor.
Algunos suspiran, languidecen y se consumen…
—Hizo una pausa para tomar aliento, así como un gesto dramático hacia el ataúd—.
Así fue con nuestro querido difunto hermano, Ellis Bent, quien por todos los medios a su alcance buscó llevar a estos pecadores de vuelta a Dios.
El suyo fue el sacrificio supremo. Les pido compasión por su afligida viuda y sus cinco hijos pequeños, uno de los cuales aún no ha nacido.
Que su alma descanse en paz; que su espíritu noble e intachable sea recibido por Dios Todopoderoso en el cielo, donde recibirá su justa recompensa.
Descendió del púlpito, abultado, aunque musculoso.
Hizo señas al cortejo funerario para que lo precediera y siguió el féretro hacia el cementerio.
La mayoría de los dolientes salieron en silencio para seguir la procesión, pero el gobernador y su personal hicieron un alto en la puerta de la iglesia.
El comandante Antill hizo venir al carruaje virreinal y ayudó a la señora Macquarie a acomodarse en el acolchado interior.
Mientras tanto, de prisa, la escolta montada se fue formando junto al coche.
El gobernador, pálido por lo mucho que le había costado mantener la compostura, subió junto a su esposa y dio órdenes al cochero de que se pusiera en marcha.
A la puerta de la iglesia, junto a un pequeño grupo de personas que habían decidido no asistir al entierro, Rick miró a Justin con una expresión de ridículo asombro.
—¡Dios, ya era bastante malo cuando Bligh era gobernador! —exclamó con pasión—, pero este acto ha superado todo lo que me tocó presenciar entonces. ¡Incluyo el papel del coronel Collins en la Tierra de Van Diemen!
—Sí —logró expresar Justin en tensión, y empezó a alejarse.
Rick le igualó el paso y dijo en voz baja: —Supongo que no verás a Marsden. ¿Y si lo que quiere es fletar tu balandro?
—No voy a verlo. Podrá fletar el Flinders si es lo que quiere, pero… —La boca de Justin se tensó—. ¡A él no lo llevaré ni aunque me ofrezca mil libras! Aceptaré llevar a sus maoríes de vuelta a Whangaroa y traer aquí a sus misioneros si ellos así lo deciden. Pero eso es todo.
—Yo le diría que esta tarea le toca al Kangaroo de Su Majestad —objetó Rick.
—Y para eso se requeriría una orden del gobernador, Rick… Y la buena voluntad de Jeffrey.