Capítulo 10 #2
—Ah, sí, así es. —El capitán Jeffrey bebió un sorbo de su copa y, con ojos entrecerrados y especulativos, miró a Justin por encima del borde.
— Le he dado permiso al señor Tempest para que cese en sus funciones en cuanto le convenga.
Pero —hizo una pausa y se inclinó hacia delante para volver a llenar la copa— tengo un competente segundo al mando en el teniente Meredith.
Ya lo he informado de que, mientras mi nave esté en esta estación, él actuará como primer teniente.
Señor Broome, debe reconocer que, mientras el Kangaroo esté aquí, usted no podrá ocupar su puesto.
Sería… Bueno, por decirlo con todas sus letras, una vergüenza social para el coronel Molle y sus oficiales, por ejemplo.
Hizo una nueva pausa e intercambió otra mirada suplicante con su esposa, quien de inmediato acudió en su auxilio.
—Señor Broome —le dijo con dulzura—, lo que el capitán Jeffrey se esfuerza por explicarle es que usted es bien conocido aquí como vástago de delincuentes convictos.
Como tal, por muy loables que sean sus logros personales, no puede ser aceptado como uno de los oficiales en activo de esta nave.
Al nombrarlo para sustituir al teniente Tempest, no me parece que Sus Señorías hayan sido conscientes de las circunstancias ni, de hecho, de la mala reputación que, sin duda, su nombramiento suscitaría en una colonia penal.
Justin se quedó en silencio por un momento. No había esperado una calurosa recepción por parte del comandante del Kangaroo, pero esto… La bilis le subió a la garganta y una ira inútil desgarró lo que quedaba de su compostura.
—Además —continuó la señora Jeffrey, aún con el tono meloso con que acababa de hablar—, el hecho de que su esposa haya sido sirvienta de la Casa de Gobierno e hija de un suboficial…, ¡ay, Dios mío, debe usted reparar en la vergüenza que eso supondría!
Justin consiguió controlarse.
—¿Qué propone entonces, capitán Jeffrey —preguntó con dignidad—, en vista de esto —levantó su comisión— y de las órdenes del Almirantazgo? ¿Voy a quedarme en tierra con media paga?
El capitán Jeffrey ya estaba preparado para la pregunta.
—He reflexionado sobre el asunto —dijo con tono árido—.
Mi propuesta es inscribir su nombre en los libros del barco y concederle un permiso de ausencia prolongado para que pueda continuar con sus…
¿cómo llamarlas? Sus actividades comerciales relacionadas con ese balandro en el que trabaja por cuenta propia.
Supongo que no hace falta decir que presentaré un informe completo a Sus Señorías.
Espero que comprendan mi situación y aprueben de manera oficial la decisión a la que he llegado.
En cuanto a su paga, señor Broome, imagino que Sus Señorías considerarán razonable una petición de media paga, como usted mismo acaba de sugerir. De hecho, estoy seguro de que así será.
—¿Entonces no se me permitirá unirme a este barco? —preguntó Justin.
Se metió la comisión en el bolsillo, consciente de un temblor visible en su mano. A menos que los comisionados del Almirantazgo anularan la decisión del capitán Jeffrey, él no podría hacer nada para cambiarla, pensó con tristeza. Y no podía esperar ninguna respuesta de Whitehall antes de un año.
—No mientras permanezcamos en esta estación —respondió Jeffrey—.
Lo llamaré, en caso de que lo considere necesario, cuando reciba órdenes de ir a otro lugar.
—Se levantó y, en vistas de que Justin no le hizo ninguna reclamación, sus modales se volvieron más cordiales.
— Lo lamento, señor Broome, créame. Está claro que es usted un oficial experimentado y, estoy seguro, muy competente.
Si las circunstancias hubieran sido otras, habría estado encantado de contar con sus servicios.
—Gracias, capitán —reconoció Justin sin calidez. Evitó el apretón de manos, fingiendo no haber notado el movimiento de la regordeta mano de Jeffrey, e hizo una rígida reverencia en dirección a la señora Jeffrey—. Entonces me despido.
—El señor Meredith lo acompañará a su barco —dijo Jeffrey—, si me disculpa.
Mi esposa y yo tenemos que asistir al funeral del difunto juez, el señor Ellis Bent.
Dado que la ceremonia es a las dos y media, debemos almorzar enseguida o llegaremos tarde.
—Tocó una campanilla para llamar a su camarero antes de que Justin hubiera llegado a la puerta del camarote Ya en la cubierta, solo había un pequeño guardiamarina para hacer los honores.
Y se los hizo, con encomiable cortesía, un chico de unos once o doce años.
Para sorpresa de Justin, se dirigió a él por su nombre.
Enseguida, el chico envió a un marinero a que se adelantara de prisa por la escala real, desatara la lancha y la mantuviera firme mientras él embarcaba.
A bordo del Flinders, Cookie Barnes le entregó una nota. El marinero sonreía alegre mientras la desprecintaba.
—De Su Santidad —anunció. Tal era el insolente apodo por el que el reverendo Samuel Marsden era conocido entre los menos devotos de su rebaño—. Y puedo adivinar lo que quiere.
—¿Y bien? —Justin leyó la nota. Tan solo le pedía que, lo antes posible, esperara al capellán mayor de la colonia en la sacristía de la iglesia de Saint Philip.— ¿Qué crees que quiere?
La sonrisa de Cookie se desdibujó. Señaló la goleta comercial que la tarde anterior había fondeado frente al muelle de Simeon Lord.
—No solo traían noticias del naufragio del Kelso, señor Broome, sino a dos de esos salvajes caníbales de la bahía de Whangaroa. Maoríes —añadió, cuando Justin lo miró sin comprender— de la estación misionera de Nueva Zelanda, donde naufragó el Boyd.
—¿Y bien? —volvió a preguntar. A lo largo de los años, había aprendido a respetar la habilidad del viejo Cookie para descubrir noticias y extraer hechos de chismes y rumores.— ¿Qué significa esto?
—Problemas, señor Broome —respondió Cookie con convicción—.
Parece que el jefe maorí con quien los misioneros habían trabado amistad ha muerto, y es probable que haya una guerra entre dos tribus, con los defensores de la biblia atrapados en medio.
He visto al señor Campbell esta mañana y él me lo ha contado.
—No veo la conexión, Cookie —objetó Justin—. ¿Qué quiere el señor Marsden de mí, por el amor de Dios?
—Quiere el Flinders. Al señor Campbell se le debe de haber escapado que usted se unirá al Kangaroo, ahora que lo han hecho oficial del rey, y que el Flinders se ha puesto en alquiler. —Cookie se encogió de hombros.— Creo que planea ir a Whangaroa para intentar detener la guerra.
—Pero él tiene su propio bergantín, Cookie, el Active. Además…
—Señor Broome, el Active zarpó para Otaheite hace una semana, ¿lo ha olvidado? En su camino, no hará escala en Whangaroa.
Justin se dio cuenta de que su compañero tenía razón.
El Active del reverendo Samuel Marsden desempeñaba una función importante en las islas y, en particular, con los misioneros de Otaheite.
Si había zarpado hacía solo una semana, pasarían otras ocho o nueve, o incluso más, antes de que recalara en Whangaroa.
Y, para entonces, los belicosos maoríes quizás habrían tratado a la embrionaria colonia misionera de Samuel Marsden de la misma manera que habían tratado a la desafortunada tripulación del Boyd , cuyos huesos ennegrecidos estaban esparcidos por la playa.
—Será mejor que vaya a ver al señor Marsden, Cookie —dijo—.
Dio una palmada en el delgado hombro del viejo marinero.
—No me uniré al Kangaroo mientras permanezca aquí.
Su comandante me ha dado permiso con media paga.
Un permiso indefinido, así que no alquilaré el Flinders a los Campbell. ¿Dónde está el muchacho?
—¿El joven Elder? Lo he enviado al almacén del gobierno, señor Broome. Tenemos que descargar el grano. —Cookie lo miró con reproche—. No podremos irnos mientras eso siga llenando nuestra bodega, ¿verdad? Lo pondré en la lancha del gobierno mientras usted juega al mus con el santo Joe.
—Gracias, Cookie —reconoció Justin—. No sé dónde está mi ingenio hoy.
«En el lujoso camarote de popa del Kangaroo », tal vez, pensó irónico. La conmoción que le había producido el recibimiento del capitán Jeffrey lo había dejado entumecido y consumido por una rabia que no tenía salida.
Una nueva conmoción, aunque mucho más grata esta, lo esperaba cuando pasó por su propia casa de camino a la iglesia. Kate Lamerton estaba allí. Salió por un momento a la puerta del dormitorio para decirle que Jessica estaba de parto.
—Aún tardará unas horas, señor Broome —le advirtió—.
Y usted no tiene nada que hacer aquí, excepto comerse lo que su mocita le ha preparado y dejado en la cocina.
Pero, después de comer, puede ir a ver al doctor Redfern si quiere.
Dígale que lo necesitaremos aquí antes del anochecer, por favor.
—Ante la tímida petición de Justin de que le permitiera ver a su esposa, se negó con firmeza.
— Mejor déjemela a mí. Una de las criadas de la señora Dawson vendrá enseguida a echarme una mano.
Podré enviarla a buscar al médico si lo necesitáramos más pronto.
Kate entró de nuevo en la habitación y cerró la puerta. Justin solo alcanzó a ver el rostro pequeño y pálido de Jessica. La joven yacía inmóvil sobre las almohadas de la cama grande y anticuada que tan a menudo y con tanta dicha habían compartido.
No sentía apetito. Hizo como que comía lo que su esposa le había preparado.
Con el corazón en la boca, estaba a la espera de algún sonido, algo que revelara que Kate se había equivocado en su estimación del tiempo que tardaría el parto.
Pero, aparte de unos débiles gemidos, no pudo oír nada.
Por fin, apartó el plato y salió en busca del doctor Redfern.