Los aventureros (Los australianos 9) Capítulo 10
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Capítulo 10

Justin remó hasta el Kangaroo al mediodía del día siguiente.

Se sentía eufórico. El orgullo y la alegría de Jessica por la noticia de que lo habían alistado en la Marina Real habían sido todo un aliciente.

Además, la entrevista con el abogado emancipado George Crossley había resultado del todo satisfactoria.

El acuerdo de Rick, así como su firma en el documento que redactaría el abogado, era, por el momento, lo único que se necesitaba para poner en marcha la sociedad.

Con la ayuda de Dios, todo conduciría a una asociación feliz y provechosa para los dos en cuanto su concesión de tierras empezara a desarrollarse.

Justin silbaba alegre para sí mismo mientras cruzaba la ensenada, sin prisas, en el pequeño bote del Flinders hasta emparejarlo con el barco del rey.

Desde la cubierta, le preguntaron a gritos cuál era su negocio.

Incluso antes de que le dieran la oportunidad de responder, le dijeron que el capitán del barco había dicho que los comerciantes de la costa no tenían permiso de subir a bordo.

Molesto por el recibimiento tan maleducado, Justin enganchó el bichero de su lancha a las cadenas del Kangaroo y, sin ofrecer ninguna explicación de su presencia, subió al alcázar y saludó según la costumbre naval.

Un joven teniente, a quien tomó por el segundo de a bordo de Rick, se acercó dando grandes zancadas para plantarse frente a él e impedirle seguir avanzando por la cubierta.

—¿Estás sordo, tú? —preguntó socarrón—, ¿o solo eres estúpido? ¿No me has oído decir que los comerciantes y los barcos de suministros de la costa no son bienvenidos?

Justin no llevaba uniforme, pues Rick aún no se lo había proporcionado.

Además, hacía tiempo que le quedaba pequeña la chaqueta de guardiamarina con parches blancos que, cinco años antes, había llevado a bordo del Hindostan.

Pero vestía con decoro pantalones blancos de lona, casaca azul y gorra de plato de capitán de barco.

La presunción del joven teniente de que se trataba de un buhonero de la costa aumentó su irritación.

Después de controlarse, dijo con frialdad: —Informe a su primer teniente, si es tan amable.

—Está en tierra —contestó el oficial de guardia del Kangaroo.

Sonaba menos seguro después de haber notado la estatura de Justin y su aire de autoridad—.

¿Tiene asuntos con él…, señor? —Este fue un «señor» añadido con prisa.

El muchacho enrojeció bajo la mirada inflexible del recién llegado.

— Perdóneme si…, es decir, si he supuesto que la suya era una lancha de suministros.

Hemos tenido problemas con ellos en Madeira y en el Cabo, y las órdenes permanentes del capitán son rechazarlos. Así que yo…

—No están permitidos en este fondeadero —dijo Justin en tono seco—. ¿Está su capitán a bordo?

—Sí, señor. El capitán Jeffrey, señor. ¿Lo informo que usted está aquí?

—Si es tan amable. Me apellido Broome.

—Sí, señor. Se lo diré, si es tan amable de esperar.

Se marchó enseguida a hacer su recado. Mientras Justin esperaba, era observado con curiosidad por los hombres de la guardia de servicio, ocupados en las tareas rutinarias del puerto bajo la mirada de un contramaestre.

El capitán Jeffrey, pensó, debía de ser uno de los comandantes menos ricos de la marina, a juzgar por la pintura blanca diluida que un grupo estaba aplicando a las barandillas y las tapas de las escotillas.

Al mascarón de proa del barco, la efigie de un canguro tallado en madera, le urgía una capa de pan de oro y no parecía estarla recibiendo.

Justin había puesto una especial atención en ella cuando cruzaba el fondeadero.

Llevaba la idea de rectificar esa omisión en cuanto asumiera las funciones de teniente primero.

—Señor. —El oficial de guardia estaba de nuevo a su lado.— El capitán lo recibirá ahora. Sígame, por favor.

Justin le dio las gracias.

El camarote de día del capitán, según vio al entrar, era un espacio amueblado con ostentación, sin reparar en gastos.

Frente a las ventanas de popa, había un escritorio de nogal con incrustaciones y una mesa de comedor de caoba muy pulida.

Los relucientes cubiertos de plata se reflejaban en la superficie de la mesa con perfección de espejo.

Y, aunque el camarote era un tanto pequeño, el espacio que por lo general estaba destinado a dos cañones de caza lo ocupaban un par de sillones de cretona.

En uno de los sillones estaba una mujer guapa y morena.

Justin supuso que se trataba de la esposa del capitán, y se quedó un tanto sorprendido de que estuviera presente en lo que, después de todo, era una entrevista formal.

El capitán en persona, un hombre corpulento, de cara roja y complexión fornida, no se levantó de su silla frente al hermoso escritorio de nogal.

Asintió en respuesta a la reverencia de Justin, pero mantuvo a su visitante de pie.

Se lo quedó mirando con el ceño fruncido durante un tiempo considerable antes de hablar con voz llana y poco entusiasta: —Ah, señor Broome, habrá oído, sin duda, decir al señor Tempest que Sus Señorías del Almirantazgo han considerado oportuno concederle un despacho de teniente y que se me ha encomendado entregárselo.

—Sí, señor —reconoció Justin—. El señor Tempest me lo ha dicho.

Jeffrey no lo felicitó. Abrió un cajón cerrado de su escritorio, extrajo el encargo y se lo tendió.

Justin se dio cuenta de que el hombre tenía la mano regordeta y blanca, y las uñas, largas en exceso.

Una arrugada línea de tejido cicatricial recorría la palma en un trazo irregular.

Al darse cuenta de que Justin había observado la cicatriz, el comandante del Kangaroo exclamó con tono apesadumbrado: —¡Una reliquia de nuestra guerra con los malditos colonos yanquis!

Y la llevaré hasta el día de mi muerte. Pero usted no sabrá nada de la guerra, supongo.

—No, señor. No he visto acción —admitió Justin.

Seguía esperando a que lo invitaran a sentarse, consciente de que, tanto el capitán como su esposa, lo estaban sometiendo a un escrutinio minucioso.

La señora Jeffrey no le había sido presentada, pero esta, con un tono calculado para dejarle claro que se dirigía a un inferior, preguntó: —¿Y dónde ha pasado los años de guerra, señor Broome? ¿Por ahí?

—En su mayor parte, señora, sí. —Justin respondió con un tono uniforme. Sabía que la mujer estaba tratando de denigrarlo, pero él se negaba a caer.

La mesa estaba puesta con los cubiertos para el almuerzo. Había garrafas de vino en un extremo, y tanto el capitán como su esposa tenían a su lado copas medio llenas. La señora Jeffrey bebió un sorbo de la suya. No intentó ser hospitalaria con Justin ni se disculpó por la omisión.

—Por supuesto —añadió la señora Jeffrey con suavidad—. Creo que usted nació aquí.

No dijo «de padres emancipados», pero la insinuación estaba ahí. A pesar de su autoimpuesta contención, Justin enrojeció.

El capitán Jeffrey retomó el interrogatorio.

—Me han dicho que su padre formaba parte de un grupo de convictos que escapó de esta colonia en un cúter robado al gobierno —dijo—. Usaba otro nombre, ¿verdad? Y todos fueron apresados en Timor por el capitán Edwards, del Pandora, que los llevó de vuelta a Inglaterra para ser juzgados.

Justin mantuvo la calma. Estaba claro que el comandante del Kangaroo había estado haciendo averiguaciones sobre él.

La indagación en el pasado había resultado gratificante.

Había gente en Sídney que conocía la historia de la increíble fuga, gente que había estado en la ciudad en aquella época.

Los detalles no habrían sido difíciles de conseguir.

Abigail Dawson sabía de ella, e incluso había conocido a la valerosa Mary Bryant en Cornualles, donde la mujer se había establecido después de esa terrible experiencia en la que había perdido a su marido y a sus dos hijos pequeños.

Al igual que el padre de Justin, la señora Bryant había obtenido el indulto del rey.

Justin se irguió, miró al corpulento Jeffrey y esbozó una sonrisa tensa.

—Así es, señor —aceptó—. Ya bajo su nombre verdadero, mi padre recibió el indulto y se alistó como voluntario en la Marina Real.

Sirvió en la acción del Nymphe en el noventa y tres y fue ascendido al rango de oficial mayor por sir Edward Pellew.

Antes de regresar con el gobernador Hunter a bordo del Reliance, participó en la acción de la flota del primero de junio, bajo las órdenes de lord Howe.

Su rango en la Marina Real, en el momento de su muerte, era el de oficial de navegación, señor.

Le aseguro, capitán Jeffrey, que no tengo motivos para avergonzarme de mi ascendencia. Mi madre…

Jeffrey le interrumpió.

—De su madre me ha hablado nada menos que la esposa del gobernador, señor Broome; y de sus propias hazañas, Su Excelencia. Usted es propietario y capitán de un pequeño barco comercial llamado Flinders, según entiendo.

—Sí, señor. Ahora mismo está en el fondeadero. Es un balandro de dos mástiles.

—Lo he estado observando —concedió el capitán a regañadientes—.

Se nota que es una embarcación práctica para estas aguas y, sin duda, para los ríos.

Lo alquila, ¿verdad? —Tras recibir el asentimiento de Justin, prosiguió pensativo—: , No deseo obligarlo a abandonar una ocupación rentable para la que, desde luego, usted está bien preparado, señor Broome.

Y Eso ocurriría si yo lo empleara en este barco.

Justin inhaló con brusquedad.

—Tenía entendido que me habían nombrado en lugar del teniente Tempest, señor, dado que él va a dejar el servicio del rey.