Capítulo 13 #5
—Pero no tiene nada bueno que decir de él, me imagino.
Muy bien, señor Broome —el tono de Forster era cortante—, no hace falta que le diga nada más, pero lo haré: Davey es un borracho.
Está dejando que ese lugar se convierta en una ruina.
Mientras yo estaba allí, un ballenero trajo noticias de un transporte de presidiarios; un indianés, el Conway.
Estaba de paso hacia aquí, según se me dio a entender.
El patrón del ballenero informó de que el barco estaba inmovilizado y los cadáveres de tres hombres colgaban de una percha.
Dijo que había hablado a gritos con la tripulación, pero todo lo que pudo averiguar fue que había habido un intento de motín.
Davey no quiso que yo saliera a investigar.
No paraba de gritar «¡Puducherry!», por alguna oscura razón, y me ordenó volver a Sídney para informar al gobernador.
Cuando salí de Derwent, el Conway aún no había llegado a puerto, así que Dios sabe lo que le ha pasado…
—Se interrumpió con una rápida sonrisa al ver que Jessica se acercaba. — ¿Su esposa, señor Broome?
—Sí, señor. —Justin la presentó sin dejar de pensar en lo encantadora que era, con su brillante cabello oscuro y su figura esbelta y erguida.
Llevaba un vestido sencillo y un chal de tartán.
No podía igualar en elegancia a la mayoría de las mujeres invitadas por el gobernador, y, sin embargo, destacaba.
Las cabezas se volvían hacia ella cuando la veían moverse con donaire al lado de su marido.
—El señor Tempest te busca, Justin —dijo en cuanto el comandante Forster se hubo retirado—. El capitán Hawley y Rachel están aquí, ¿has hablado con ellos?
Justin negó con la cabeza.
—No, mi amor. Y por más que he intentado acercarme a ti en la última media hora, aún no he podido hablar contigo.
Ella señaló el uniforme de su esposo.
—Has estado en casa, ya veo. El uniforme te sienta bien, marido.
Justin sonrió y se llevó la mano de su esposa a los labios. Habría suficiente tiempo, decidió, para contarle lo cerca que había estado de perder el derecho a ponerse el uniforme del rey. Y, si el comandante del Emu se decidía por aceptarlo, quizás no habría necesidad de decirle nada en absoluto.
—¿Has visto al niño? —preguntó Jessica.
—Sí, claro. Qué guapo ha salido, ¡y qué buen nombre le has puesto!
—Oh, ¿porque le llamo Red, quieres decir?
Ah…, parece que le queda bien. Pero va a ser bautizado como Dios manda, Justin, en la iglesia de Saint Philip.
Solo estaba esperando a que volvieras para organizar la ceremonia.
—Con las mejillas sonrojadas de placer, Jessica lo miró—.
La señora Macquarie quiere dar una fiesta de bautizo, y…
, ay, Justin, se ha ofrecido a ser la madrina. Sería un gran honor, y yo…
—¿Has aceptado, supongo? —la desafió Justin con fingida severidad.
—No, le he dicho que debía esperar tu regreso también para eso. Pero, yo… Justin, sería un honor, y…
Justin le pasó el brazo por los hombros cubiertos de tartán. Deseaba que la carpa no estuviera tan abarrotada para poder abrazarla sin fingimientos.
—Mi queridísimo amor —le susurró—, sé que lo es, y estaré más que orgulloso de aceptar el honor en nombre del joven Red.
¿Quizás quieras acompañarme a presentar mis respetos a Su Excelencia y agradecerle su amabilidad?
Luego buscaremos a Rick Tempest, a Andrew y a mi hermanita. ¿Qué quiere Rick, lo sabes?
—Quiere ir a la concesión —dijo Jessica— y empezar a construir.
—Se zafó de su abrazo y le cogió la mano.
— Está impaciente por casarse, ya lo sabes, pero dice que no le pedirá a la pequeña Katie que se case con él hasta que haya una casa adonde llevarla.
Y los papeles de la sociedad ya están preparados, solo necesitan tu firma.
—Los firmaré mañana —le aseguró Justin. Cogió la mano de su esposa y se dejó conducir hasta donde estaba sentada la señora Macquarie.
El mayor Antill y su esposa la acompañaban, y, para su consternación, vio que los Jeffrey estaban a punto de unirse al grupo, con el coronel Molle y su ayudante.
Quiso refrenarse, pero Jessica, ajena a los dictados del protocolo, siguió adelante.
La esposa del gobernador siempre la había tratado más como a una hija que como a una criada.
Ni por un momento se le ocurrió que su marido, en la gloria de su uniforme naval, pudiera ofender con su mera presencia a cualquiera del grupo que había ido a presentar sus respetos a la anfitriona.
El capitán Jeffrey le dirigió una mirada prohibitiva; su esposa hizo como que no lo había visto, en tanto que el coronel Molle, con un gruñido incomprensible, plantó su corpulento cuerpo entre ellos.
Justin se detuvo de pronto. Soltó la mano del ligero apretón de Jessica y se inclinó con rigidez. Estaba a punto de darse la vuelta cuando el gobernador apareció a su lado.
—¡Ah, Justin, hijo mío! —El saludo del general Macquarie fue muy cálido.
El hombre le puso una mano en el brazo y, con movimientos hábiles, lo condujo a una de las mesas.
— Tomemos un trago juntos —lo invitó—. Estoy ansioso por oír tu relato de la misión del señor Marsden en Whangaroa.
Es curioso que tu querido comandante parezca mal informado sobre los detalles esenciales.
Me ha dicho que él no pisó tierra, mientras que tú sí lo hiciste.
Así que… —Hizo una seña a un criado y, mientras este servía dos vasos del whisky escocés del gobernador, Justin miró el rostro blanco y furioso del capitán Jeffrey.
Dudó un instante y luego dijo, en voz lo bastante alta para que Jeffrey lo oyera: —El capitán no se encontraba bien, excelencia. No pudo desembarcar. Le diré todo lo que pueda, señor. Pero… no hay mucho que contar.